30 de mayo de 2008

OPINION - ¿Un huevo frito o glutamato monosódico?



josé trepat


Para mí, un huevo frito, o algo que al nombrarlo, mi mente transforme en una imagen de algo conocido, tangible y que mantenga su forma y gusto tradicional. Pero aclaro que no tengo nada en contra del glutamato monosódico, ni sé lo que es ni que gusto tiene. Pura ignorancia tal vez.


Desde un enorme respeto hacia los grandes innovadores de la cocina tradicional, la mayoría españoles, que han ganado fama, prestigio internacional y mucho dinero, la disyuntiva se reduce a algo muy simple: cuestión de gustos. Me decanto por la receta que utilice los productos de la tierra que tengan la mínima manipulación estructural o “molecular”.


Mientras tecleo, me viene a le mente que, ya sea como invitado o por razones de trabajo, he tenido la ocasión de concurrir a restaurantes “caros” con un menú sofisticado en el que el tamaño de la ración es directamente proporcional al precio, pero a la inversa. Es decir: menos comida, mayor costo.


Los “gourmets” de parabienes, pero al comparar esas “delicatessen” con, por ejemplo, los canelones a la bechamel que preparaba mi madre, o un típico asado en Argentina, que va despidiendo su inconfundible aroma mientras la grasa va cayendo gota o gota sobre las brasas de quebracho, ya puede suponerse hacia dónde van mis preferencias.


Desconozco si algún aditivo químico producto de una meticulosa investigación, puede superar al aroma y sabor –para seguir con los ejemplos- de una fabada asturiana o una paella con productos de mar y generosa en azafrán.


Claro está que para arribar a una conclusión objetiva habría que degustar el producto final elaborado de las dos maneras. Pero eso sólo es posible para un selecto y reducido número de comensales: los que pueden permitirse pagar más de 300 euros por una de esas cenas elitistas. La inmensa mayoría de los habitantes del planeta tiene otras prioridades.


Sin pretender ir más allá de la trascendencia que esto tiene para la industria gastronómica, algunos hemos seguido con curiosidad la polémica desatada por la llamada “guerra de los fogones” entre los nombres de élite de la cocina española.


Hasta ahora, Ferrán Adriá, el cocinero catalán considerado el mejor del mundo, y otros colegas también de reconocido prestigio, desarrollaban su actividad de innovación culinaria sin nubes en el horizonte, hasta que de pronto, otro cocinero catalán de renombre, Santiago Santamaría, lanzó la bomba: acusó a sus colegas de cocinar cosas “que ni ellos mismos comerían”. Y fue más allá al calificarlos de “cocineros mediáticos” que trabajan “por la puta pela (dinero)”.


La reacción de los representantes de la alta cocina no se hizo esperar y la polémica sigue abierta. Miembros de Euro-Toques, asociación que agrupa a más de 3.500 cocineros de 18 países (unos 800 españoles) acusaron a Santamaría de haber sembrado la desconfianza al referirse a la utilización de productos de “dudosa salubridad”, y de contribuir a crear “alarma social”.


No es para tanto. Ferrán Adriá y sus colegas emplean aditivos que "cumplen no sólo con la legislación española, sino con la europea”, según fuentes del Ministerio de Sanidad, pero no se trata aquí de cuestionar sus procedimientos, que por otra parte les han deparado numerosos premios internacionales. Es simplemente, como se dijo más arriba, cuestión de gustos.


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19 de mayo de 2008

OPINION - ¿Qué pasa en Argentina?



José Trepat



Un maravilloso e inmenso país dotado de inagotables recursos naturales, espléndidos paisajes y todo tipo de climas, debería estar ubicado en un lugar de privilegio entre los grandes países del mundo, como de hecho ya ocurrió a comienzos del pasado siglo.
Pero no lo está. ¿A qué se debe?

Como mega causa, se puede decir lo que ya es archi sabido: Argentina llegó a ser conocida como “el granero del mundo” en base a su inmensa riqueza agropecuaria cuando Europa vivía inmersa en sus guerras devastadoras y la tecnología agraria no disponía de los avances actuales que permiten a los países avanzados autoabastecerse y hasta exportar.

A Argentina le bastaba con sembrar y cosechar, aprovechando la fertilidad de sus campos. Eso fue en su momento toda una bendición para la economía del país. Bien es cierto que gracias a sus ubérrimas pampas, los argentinos no prestaron la atención debida a lo que en otros países se convirtió en prioridad número uno: la industrialización.

Una proliferación de golpes militares que se sucedieron a partir de la década de 1930 y gobiernos que no supieron encauzar al país por la senda de la estabilidad, alejaron a inversores y mellaron la confianza en sus dirigentes, fueran militares o políticos.

El peronismo, eje de la política argentina desde hace más de medio siglo, es acusado de haber despoblado el interior del país en su primera etapa. Con reparto de dinero a diestra y siniestra, extraído de la gran riqueza agropecuaria, el gobierno de Juan Domingo Perón provocó el éxodo masivo de miles de empobrecidos argentinos que se establecieron en los suburbios de las grandes ciudades. Cincuenta años después son millones los que viven en condiciones humillantes.

Un refrán común es que “mientras la vaca dé leche, hay que seguir ordeñándola”. Y a eso se han aplicado con dedicación hasta nuestros días los dirigentes políticos, empresariales y sindicales. Estos últimos deben estar “pegados” a la ubre lechera, porque no la sueltan desde hace décadas. Siempre son los mismos.

Al argentino medio le sobra capacidad individual para destacarse en la actividad que emprenda, como lo demuestran tantos emigrantes que decidieron buscar nuevos horizontes principalmente en Europa y Estados Unidos, como consecuencia de la gran crisis política y económica del 2001.

Después del gobierno de Nestor Kircher, el país pareció reflotar económicamente, por lo menos ateniéndonos a las cifras oficiales, cuestionadas, eso sí, por la oposición.

Ahora es el turno de la esposa del “hacedor” de la recuperación del país.
Cristina Fernández no ha comenzado con buen pie su gestión de cuatro años. Su popularidad ha caído en picada a sólo cinco meses de haber asumido, y Argentina presenta síntomas que ya son preocupantes.

La soberbia del matrimonio Kirchner está comenzando a hartar al ciudadano común. La negativa de la atildada mandataria a mantener un contacto fluido con la prensa es vista como un acto de soberbia. Sus encendidas arengas en algún acto partidario parecen cosa del pasado; un intento de emular a Eva Perón, idolatrada aún hoy por millones de argentinos.

Los argentinos tal vez disculparían las actitudes y poses autoritarias del matrimonio gobernante, si la vida diaria no fuese cada vez más penosa.

La prensa que no simpatiza con el gobierno no deja de arrimar agua a su propio molino, como suele ser, pero una información de primera mano me ha inspirado esta nota sobre un país al que realmente quiero y en el que he vivido 50 años.

Esa información dice que Argentina NO SE CONSIGUE CARNE!, escasea la gasolina y el gasoil, en invierno probablemente falte el gas (su subsuelo es inmensamente rico en este recurso natural), faltan algunos productos en las góndolas de los supermercados, no se consiguen dólares, refugio natural para los pesos argentinos. Todo muy ominoso.
Espero que algún lector de esta anote aporte nuevos datos. Y si son positivos, tanto mejor para todos.
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