23 de julio de 2008

DETRÁS DE LA NOTICIA - Una noche digna de Hitchcock



José Trepat
PrólogoLos periodistas conocen la premisa de que lo importante es la noticia, la información pura, y que, salvo en alguna ocasión muy especial, las dificultades que deben superarse para que esa información llegue a los lectores, pasan a un segundo plano y ni siquiera deben mencionarse en el artículo propiamente dicho.

Las excepciones son los reportajes especiales en los que el periodista escribe en primera persona.

Así funcionan las agencias internacionales de noticias como Associated Press, Reuters, France Press, EFE y otras. Son normas convencionales que se respetan desde que el barón Julius Reuter fundó a mediados del siglo 19 la agencia más antigua del mundo, que lleva su nombre.

Los periodistas de agencias no suelen y no deben contar los avatares que ocurren detrás de la noticia mientras desarrollan su labor profesional, pero actualmente, con el advenimiento de los blogs personales se abre la posibilidad de compartir algunas experiencias de la profesión.

De modo que en la medida de lo posible iremos hurgando en los archivos de la memoria para referir alguna situación -interesante, o no tanto, pero siempre real- que escape a la rutina de la mera producción informativa. Estas notas –esperemos que sea la primera de una serie- van dirigidas a un determinado grupo de seguidores de este blog, pero como puede observarse, está abierta a todos los visitantes de esta página.

No se sigue un orden cronológico. Son recuerdos que van saliendo a la luz.

El destino es Medellín
En 1978 se disputaba en Medellín, Colombia, una nueva edición de los Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe, y como ocurría siempre con eventos de esta índole, la oficina central de la Agencia Reuter en Buenos Aires, envió a un equipo de periodistas para cubrir el acontecimiento.

El grupo de cuatro estaba integrado por Enrique Aleson y Juan Araya, de la sección Deportes, y Jorge Bañales y yo, de Información General, que por ser General, incluía también a Deportes. Todos habíamos estado ya en diversos sitios en eventos similares y éste iba a ser otra de esas misiones de rutina.

Salir de Buenos Aires en este tipo de asignaciones era algo bien recibido por la mayoría de los elegidos, pues los hoteles eran siempre de primera categoría, todos los gastos pagados y viáticos diarios más que generosos. Los periodistas compensábamos eso trabajando a destajo, sin horarios y muchas veces hasta la madrugada. El trabajo era exigente; el dinero había que ganárselo.

De Medellín no teníamos referencias muy halagüeñas y los hechos confirmaron esos temores.


Un vuelo cargado de angustia
El vuelo Buenos Aires-Bogotá fue plácido y sin problemas. En la capital de Colombia pasamos la noche en un hotel céntrico para recuperarnos del cansancio del viaje y al día siguiente partimos hacia Medellín en un bimotor. Sabíamos que para aterrizar en esa ciudad los aviones debían atravesar un estrecho desfiladero de montañas que requería mucha pericia de los pilotos, especialmente si había viento. Y ese día había vientos fuertes.

Para qué negar que por momentos el estómago se nos subía hasta la boca, como suele decirse, al ver que los extremos de las alas pasaban muy cerca de las amenazantes rocas pues el viento impedía que el aparato siguiese una línea recta. Finalmente aterrizamos y el aplauso para los pilotos fue la catarsis emocional que es normal en estos casos.

Nos alojamos en el hotel que se nos había asignado, ocupando habitaciones compartidas pues en esa época todos teníamos la misma categoría de redactores. Más adelante, al ir subiendo en el escalafón jerárquico, las habitaciones pasarían a ser individuales. En esa ocasión me tocó compartirla con mi amigo de toda la vida, “Piraña” Alesón.

Una vez instalados y después de almorzar en el restaurante del hotel, decidimos “reconocer” el terreno y nos dirigimos a pie hasta el estadio, distante unos 2.000 metros, donde estaba instalada ya nuestra oficina central de operaciones. El conserje del hotel nos aconsejó que regresáramos al hotel no mucho mas tarde de la puesta del sol.

“¿Por qué?” preguntamos.
“Ya sabe.. Todavía quedan muchos en la calle”, nos respondió.
“Muchos qué?”, insistimos.
“Mucha gente peligrosa”, agregó sin dar detalles.

“Quítense todo lo de valor”
Su consejo de volver al hotel poco después de la puesta del sol iba a ser imposible de cumplir ya que nuestro trabajo finalizaba alrededor de medianoche, cuando las calles quedaban desiertas y la oscuridad era total. Conseguir un taxi era algo fortuito, así que deberíamos regresar a pie los 10 o 12 días que duraban los Juegos.

Con una ligera aprensión pero no excesivamente preocupados llegamos al escenario principal del evento, retiramos nuestras acreditaciones y luego visitamos la que iba a ser nuestra oficina, ubicada justo debajo de una de las tribunas del pequeño estadio.

Emprendimos el regreso al hotel un tanto avanzada la noche, por lo que decidimos detenernos a cenar en un establecimiento de comidas casi desierto. Al pasar por la caja para pagar la consumición, el cajero fijó la mirada en mi reloj pulsera y murmuró de manera apenas audible sin levantar la vista: “Antes de salir quítense el reloj y oculten todo objeto de valor. No miren a nadie. Háganlo en forma natural, no todos al mismo tiempo”.

Por supuesto que le hicimos caso y por qué no decirlo, empezamos a sentir una sensación de inquietud que desapareció recién cuando llegamos al hotel, caminando deprisa. Comentamos el hecho con el recepcionista del turno noche y éste nos aconsejó dejar en la caja de seguridad todos los objetos de valor.

A la mañana siguiente comentamos con humor lo sucedido la noche anterior, pero los objetos de valor –relojes, cadenitas de oro, anillos y poco más, quedaron en el hotel bajo llave. Acto seguido concertamos una entrevista con la máxima autoridad de Medellín en cuestiones de seguridad, para escribir un artículo sobre las medidas de seguridad que iban a ponerse en vigor durante la realización de los Juegos.

El funcionario, un político, nos aseguró que no debíamos preocuparnos por nada, que todo estaba controlado. Confirmó que en los días previos se habían efectuado redadas de pequeños delincuentes conocidos, malvivientes, mendigos y prostitutas, retirando de la circulación a unas 5.000 personas, y que por lo tanto la seguridad estaba garantizada.

Más tranquilos, comenzamos a trabajar en lo nuestro, lo estrictamente deportivo, que nos absorbería toda la jornada, desde las nueve de la mañana hasta la medianoche. Antes de instalarnos en nuestra base de operaciones en el estadio efectuamos una visita turística “obligada”: el lugar en el que en el año 1935 se produjo el accidente de aviación en el que murió el más famoso artista argentino de la época, Carlos Gardel.

“Den gracias a Dios por no haberse despertado”
Después de un par de días de trabajo sin problemas, ocurrió el incidente, como extraído de una película de suspenso.

Alesón y yo, en la misma habitación, nos acostamos sin cenar después de un día agotador. Los pantalones quedaron en el suelo o en una silla, a pocos centímetros de las camas; el orden no era nuestro fuerte, así que cada cual dejaba todo dónde le daba la gana.

A la mañana siguiente me levanto y comienzo a vestirme. Al ponerme los pantalones meto las manos en los bolsillos y compruebo que me faltaban más de 200 dólares; estaba seguro de que los tenía. Despierto a mi colega “Piraña” y le pregunto si me los había sacado. Me dice que no con el malhumor propio de quienes son despertados en un mal momento.

“Me faltan 200 dólares o más. Estoy seguro que los tenía en el bolsillo”, le dije de mal modo. Ya despierto del todo, Alesón me dijo que debía estar confundido y que pensara dónde los había dejado. “Un carajo! Los tenía en el bolsillo y ahora no están. Fijate si los tenés vos”.

Mi colega estaba vistiéndose a su vez y de pronto, muy alterado, exclamó: “A mí también me falta toda la guita. Tenía casi 200”. Nos miramos con cara de asombro. Vimos que la puerta estaba cerrada tal como la habíamos dejado, y no entendíamos nada.

Evidentemente nos habían robado, pero cómo? Quién?. Bajamos rapidamente a recepción y allí, bastante alterados, contamos lo que había sucedido. El recepcionista nos escuchó impasible y cuando hicimos una pausa, preguntó simplemente: ¿Corrieron el pestillo de seguridad de la puerta de la habitación?. "No, no lo hacemos nunca".
“Pues háganlo siempre”.

“Pero, ¿entró alguien? ¿Cómo puede ser que no nos hayamos despertado?
“Den gracias a Dios por no haberse despertado, porque ahora no me estarían contando esto”, dijo el empleado con total tranquilidad.

“Tienen una gran habilidad para abrir las puertas que no están cerradas por dentro y generalmente van armados de cuchillos. Hacen lo suyo y se van después de registrar bolsillos y las mesitas de luz junto a las camas. Si ustedes se hubiesen despertado podrían haberlos matado. Van drogados, son muy peligrosos”,
fue la explicación del recepcionista como si lo ocurrido hubiese sido algo normal.

A nuestra pregunta sobre como pueden tener acceso al interior del edificio, dijo simplemente que una sola persona no puede estar pendiente de todo a lo largo de la noche.

Nos aconsejó denunciar el hecho a la policía, pero advirtió que eso nos ocasionaría mucho engorro. No podíamos perder tiempo, teníamos que seguir trabajando. La impasibilidad del empleado fue como una espina atravesada en la garganta, y nos dejó una tremenda sensación de impotencia. ¿Así que era normal que durante la noche entraran ladrones armados con cuchillos? Que no convenía denunciar el hecho porque era una pérdida de tiempo? Todo muy extraño…

Pero algo aprendimos: a cerrar la puerta de la habitación con el pestillo de seguridad.

Al regresar a Buenos Aires, contamos lo sucedido y los directivos ingleses de la agencia no dudaron un segundo y nos reintegraron el dinero perdido.

El periodismo es a veces una misión de riesgo. Esta vez nos tocó a nosotros.

*

18 de julio de 2008

EL PADRINO DE MATIAS




Noooo! No es éste…aunque tal vez le hubiese convenido a


Mati, pues este Padrino manejaba mucha pasta, pero el elegido es:







*

EL PADRINO DE MATIAS


Este es el verdadero Padrino, también en mayúscula, no sólo por la “pasta” que no sabemos si tiene, pero sí por su riqueza en valores éticos y morales, que sin duda sabrá inculcar a su querido ahijado.

Ha sido una elección acertadísima, si se me permite el superlativo, y este blog desea felicitar a los responsables de esta decisión.
Seguro que abuelos y tios de Mati la comparten plenamente.

Que Mati vaya haciendo sitio para el aluvión de libros y coches que recibirá de su padrino al que, dicho sea de paso, felicitamos también porque su fotografía ocupa en estos momentos el primer lugar en la encuesta. PUBLICIDAD : a ver si quienes leen esto y todavía no han votado sus tres fotos preferidas, lo hacen ahora. FIN ESPACIO PUBLICITARIO.
*

16 de julio de 2008

¡¡¡¡ F E L I Z CUMPLEAÑOS MATIAS !!!!











Esta es una de las últimas fotos que tengo tuyas y por lo tanto una de las más próximas a tu primer año.

.






Tus abuelos de España te desean de todo corazón un muy feliz cumpleaños y que te sientas muy contento cuando soples LA VELITA en compañía de quienes puedan estar contigo.

.






El abuelo tiene que trabajar y a la hora que sale, la fiesta ya habrá terminado, pero esperamos poder estar presentes ambos cuando las velitas sean dos, si es que ese momento nos encuentra en el mismo punto geográfico.

.






Deseo que cuando crezcas puedas acceder a este blog para enterarte del inmenso cariño que te tenemos todos los integrantes de tu familia.

.






Convertido ya en el más veterano de esta nueva generación, te cabe la responsabilidad de ser el abanderado de lo que más deseamos: que sean buenas personas. Los éxitos y los fracasos son hechos aleatorios en el balance de una vida. Mucha suerte y muchos momentos felices!


Tus abuelos Beatriz y José.

.

PD. Decile a tu papi que nosotros los viejos encontramos un poco complicado el sistema de enviar mensajes a tu página web. Algún día nos lo tendrá que explicar bien.



*

15 de julio de 2008

¿BORGES? .. ¿Y QUIEN ES BORGES?




José Trepat


Quienes conocen Buenos Aires tal vez hayan pasado más de una vez por el cruce de la calle Maipú y la avenida Córdoba, en el radio céntrico de la capital argentina.


En una de sus ochavas, una agencia de viajes, uno de los símbolos de la época actual, ocupa el lugar en el que hace más de medio siglo abría sus puertas uno de los sitios tradicionales del Buenos Aires de entonces, la Confitería St. James, del más puro estilo inglés.


Recordemos que en Argentina se denomina Confitería a aquellos establecimientos que ocupan un escalón jerárquico superior al de los bares tradicionales. Había muchas Confiterías en la década de los 50 –y las sigue habiendo en la actualidad- pero la St. James gozaba de un prestigio particular.

Sus cuatro grandes ventanales de vidrio –dos en la ochava, con la puerta de acceso entre ambas, y otros dos sobre Maipú y Córdoba- estaban enmarcados por paneles de lustrosa madera de color caoba. El resto de la fachada lo constituían placas de mármol de una tonalidad rosada, salpicada de manchas más ocuras.


En el interior, las mesas cubiertas de inmaculados manteles blancos y flanqueadas por sillas tapizadas en cuero, estaban distribuidas de manera tal que se podía pasar entre ellas sin necesidad de desplazar los mullidos asientos. Los camareros, o mozos, vestían impecables chaquetas blancas y pantalones negros, en perfecta armonía con el lugar. La iluminación interior provenía de paneles que no arrojaban una luz directa sino algo difuminada. Todo un detalle de buen gusto para su selecta clientela.

Quienes, como yo, permanecían muchas horas del día frente a la entrada del establecimiento habían llegado a reconocer a muchos de sus clientes habituales, dado que la St James, más que un lugar de consumo al paso, era un punto de cita obligada para numerosos miembros de la colectividad inglesa que residían en Buenos Aires.

Los desayunos y la sesión de té de las cinco de la tarde eran momentos de distensión y sosiego para los clientes cuyo nivel social les permitía generalmente olvidarse de las urgencias del reloj.


A la distancia, me parece ahora extraño que un sitio tan distinguido hubiese permitido que delante de uno de sus ventanales, junto a la puerta de acceso, se instalase diariamente un quiosco de venta de diarios y revistas cuya tosquedad desentonaba notoriamente con el establecimiento. Un verdadero misterio.

Las dos estructuras rectangulares del puesto de venta –uno vertical apoyado contra la pared de mármol, y otro horizontal que tapaba parte del ventanal, se instalaban a las siete de la mañana y se retiraban a las nueve de la noche.


Los dos socios, Salvador Baldossino, italiano, y Juan Rouglan, francés, eran los encargados de traer y llevar, respectivamente las “instalaciones” y material de venta. Durante la noche se guardaban en el pasillo de entrada de un viejo edificio al otro lado de la avenida Córdoba, dónde hoy se levanta el Hotel Libertador, de cuatro estrellas. Así, día tras día, con sol o con lluvia.


Quizás los propietarios de St. James pensaban que el quiosco era aceptado de buen grado por sus clientes, pues éstos en su mayoría, no entraban al establecimiento sin antes detenerse y comprar los diarios y revistas que luego hojeaban o leían con toda tranquilidad.


En ese quiosco trabajaba yo durante la mañana y después de las seis de la tarde cuando regresaba del colegio secundario. Mucho tiempo no quedaba para el estudio, pero eran tiempos difíciles.


Así fui conociendo a los clientes habituales de St. James, uno de los cuales era un distinguido caballero de mediana edad que venía con regularidad caminado por la acera de enfrente de la calle Maipú. Al llegar a la esquina con la avenida Córdoba se detenía a la espera de que alguien el ayudara a cruzar la calle, debido a su incipiente ceguera.


Muchas, muchas veces era yo mismo quien cruzaba y tomándolo del brazo lo acompañaba hasta la entrada de la Confitería, no sin antes preguntarme si habíamos recibido tal o cual revista y agradeciéndome por haberlo ayudado a cruzar. Algunos veces, el caballero llegaba acompañado de su madre y entonces era ella quién lo conducía tomándolo del brazo.


Me llamaba la atención verlo tan asiduamente y un día le pregunté al francés Juan Rouglan:
¿Quién es este hombre?
“Vos le llevás los diarios todos los días a su casa, en Maipú 982, primer piso”, me respondió.
“Ah sí. La Nación, La Prensa y el Herald (Buenos Aires Herald)”, recordé rápidamente.
“Es Borges”, dijo el francés.
“¿Borges? … ¿y quién es Borges?”, pregunté.
“El escritor. Jorge Luis Borges”, explicó Juan.


Me había enterado así de quien era ese caballero, pero no significó nada para mí entonces. Con el paso de los años y a través de los caminos por los que me fue llevando la vida, fui tomando conciencia de la dimensión universal de la figura de Jorge Luis Borges.


No es tema de esta nota hablar sobre el Borges conocido y admirado mundialmente como muy pocos lo han sido y lo son –no tengo entidad suficiente para ello- sino referir una simple anécdota personal. Tan sencillo como eso. A lo largo de la vida he seguido fielmente una de las máximas de Borges: “Si un libro no te gusta, dejalo, no sigas leyendo”.


Y es que hurgando en la memoria, eso o algo parecido ME LO DIJO A MI, PERSONALMENTE!.

Sucedió uno de esos días en que crucé la calle para acompañarlo, llevando en una mano una de esas novelitas de vaqueros que estaban de moda en esa época y que leía en el quiosco para no aburrirme. Al llegar a la entrada de St. James, vio (tal vez en forma borrosa) el pequeño librito y me preguntó si me gustaban. Le dije que sí y entonces me aconsejó: “Leete todos las que puedas mientras te gusten”.

Parece que le hice caso pues durante mi permanencia en ese trabajo pasaron por mis manos centenares de ejemplares de las colecciones venidas de España que estaban haciendo furor en esos tiempos. Creo que dejé pocos títulos sin leer de las colecciones Rodeo, Búfalo, Bisonte, CIA, FBI, Servicio Secreto, y no sé que otras.

Ya mayor, intenté abordar las obras de Jorge Luis Borges, pero salvo algunos cuentos y Seis problemas para don Isidro Parodi, escritos en colaboración con Adolfo Bioy Caseres, no he podido asimilar en su correcta dimensión las obras que le han dado prestigio universal. Parece que es demasiado para mi intelecto, que le vamos a hacer!


No he leído mucho a Borges, pero sí mucho sobre Borges, y hasta ahora no encontré explicación sobre porque se le negó sistemáticamente año tras año, el Nobel de Literatura, que muchas veces fue a manos de escritores ignotos que regresaron al olvido después de su momento de gloria al recibir el galardón de la Academia Sueca.


No se trata aquí de trazar una semblanza, ni mucho menos, sobre Jorge Luis Borges, pero no puedo menos que mencionar algo que me ha llamado la atención: tradujo obras de Oscar Wilde a la edad de nueve u once años (según distintas fuentes). A los cuatro años ya sabía leer o escribir. Debido a que en su casa se hablaba tanto español como inglés, su crecimiento fue bilingüe.

Solo con un diccionario aprendió el alemán y escribió sus primeros versos en francés.

Borges nunca escribió una novela. A quienes le reprocharon esa falta, Borges respondía que sus preferencias estaban con el cuento, que es un género esencial, y no con la novela que obliga al relleno.

En algún momento hay que poner punto final a esta nota-anécdota, y este ha llegado.

La inconmensurable producción literaria de Borges, su relación con la política y políticos, sus definiciones, su visión sobre los militares y sobre la guerra de las Malvinas, entre muchos otros tópicos, se halla todo al alcance de quién se interese por la vida y obra de este portento de las letras que nació en Buenos Aires en 1899 y murió en Ginebra en 1986.
*

10 de julio de 2008

Como conocí a Miguel Najdorf



José Trepat

El momento esperado estaba prácticamente a la vuelta de la esquina.

Un colega periodista, y a la vez eximio ajedrecista, había prometido llevarme al “santuario” de los amantes del juego ciencia y, con un poco de suerte, conocer al personaje que más había descollado en esa actividad en Argentina, durante las últimas décadas.

“Viene todos los días y seguro que hoy también está” me decía Simón Muller esa tarde de otoño de los años 60 mientras nos acercábamos al Club Capablanca, en la calle Sarmiento, a pocas calles de las oficinas de la agencia de noticias Reuters, luego de concluída la jornada de trabajo.

En los últimos 30 años –más precisamente en mi época de adolescente- yo había reproducido en mi tablero de ajedrez centenares de partidas del Gran Maestro Internacional y había llegado a conocer también su historia personal, enmarcada en una serie de acontecimientos, muchos de ellos dramáticos, que habían convertido a Miguel Najdorf en una figura legendaria dentro y fuera de una actividad que se transformó en pasión.

Al subir la escalera hasta el primer piso, la primera imagen que aún conservo en la retina, no dejaba dudas acerca del lugar en que nos hallábamos. Un inmenso salón sembrado de decenas de mesas de ajedrez, todas ocupadas por cientos de aficionados que daban rienda suelta a su afición predilecta en una atmósfera de humo de tabaco, permitido en esa época.

En una barra no muy larga –como para no robar espacio a las mesas- podían adquirirse sándwiches y bebidas, una especie de “peaje” para justificar la ocupación de un tablero durante horas.

Simón tenía razón. Un grupo compacto de aficionados había formado un círculo alrededor de una de las mesas impidiendo ver a quienes estaban sentados frente al tablero, pero mi colega no tenía dudas. “Allí está, a ver si podemos acercarnos”, dijo tratando de abrirse paso mientras cambiaba saludos con varios de los asiduos concurrentes.

Poco a poco pudimos acercarnos hasta la primera fila, y finalmente lo ví a “don” Miguel, a un metro de distancia. Con sus ralos cabellos grises y característicos labios carnosos, el Gran Maestro disputaba en esos momentos lo que ya era rutina, una partida rápida.
Con el codo izquierdo apoyado en la mesa, su mano derecha movía las piezas con una velocidad increíble –lo mismo que su circunstancial rival- siguiendo las órdenes de su cerebro prodigioso.

Las partidas rápidas eran normalmente a cinco minutos para cada jugador, tiempo en el cual se debían efectuar las movidas, hasta que la manecilla de uno de los relojes caía inexorablemente. Se daba también el caso en que uno de los contendientes derrotara al rival antes del tiempo establecido. Najdorf era casi imbatible en esta especialidad y también en otras.

Una mente maravillosa

En San Pablo, Brasil, desafió a 45 rivales con la intención de superar la marca que ostentaba el belga George Koltanowsky, que bajo la misma modalidad se había enfrentado a 34 adversarios en Irlanda, en 1937.

Najdorf, solo en un cuarto desprovisto de tableros y piezas, llevó a cabo la exhibición que se prolongó 23 horas y 25 minutos, tiempo en el que su mente memorizó la ubicación exacta de las 1440 piezas distribuidas entre las 2880 casillas de las 45 mesas.
Sentado en un sillón y con un micrófono y un parlante, ordenaba y recibía cada una de las jugadas o respuestas de los rivales, hasta completar –sin errores- las 1166 movidas necesarias hasta concluir la prueba. Se impuso en 39 partidas, igualó cuatro y perdió sólo dos.

En un nuevo alarde de su capacidad casi sobrehumana, 24 horas después de la exhibición, “El Viejo Najdorf” reprodujo fielmente cada una de las 45 partidas. Parece increíble.
En 1950 superó su propio record mundial de partidas simultáneas –no a ciegas- jugando frente a 250 tableros. Ganó 226, empató 14 y perdió 10.

Una dura historia personal

Pero la hazaña del Gran Maestro no perseguía tan sólo establecer un record mundial, sino llamar la atención sobre su drama personal y familiar.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en Buenos Aires, donde se desarrollaba la VIII Olímpiada de Ajedrez, en la que representaba a Polonia. Por su condición de judío, decidió quedarse en Argentina y adoptar la nueva nacionalidad. Es fácil imaginar el drama que se desarrollaba en su interior pues su familia había desaparecido en el holocausto.

on el tiempo cicatrizaron las heridas de la guerra y Najdorf formó un nuevo hogar en Argentina. Se casó y tuvo dos hijas, las que a su vez le dieron cinco nietos.
Murió el 4 de julio de 1997 en Málaga, España. Tenía 87 años.
Ver al admirado maestro esa tarde de otoño en el Club Casablanca y conociendo parte de su historia personal, constituyó para mí uno de esos momentos que jamás se borran de la memoria.

Como postdata he de confesar que mi amigo Simón Muller "se dignó" jugar conmigo en varias ocasiones. Por supuesto, me pulverizó en todas. Pero no me importó, porque en ajedrez, para aprender cada día más, hay que enfrentar a rivales superiores. Simón efectuaba las movidas en fracción de segundos, mientras que yo empleaba minutos para encontrar la réplica más adecuada. Nunca lo logré.

Mi colega y Najdorf se enfrentaron varias veces en partidas rápidas y sé que por lo menos una vez le ganó al "viejo genial".
Vaya desde aquí mi recuerdo y admiración para este amigo que falleció con apenas 62 años.
Seguramente será motivo de una próxima nota.

*

7 de julio de 2008

Diferentes ... pero iguales



José Trepat




Uno es atilado, elegante, sobrio, medido, todo un gentleman y poseedor de una técnica casi perfecta para el deporte que practica. Los ingleses sin duda se sienten absolutamente identificados con este suizo que ha hecho de Wimbledon “su” casa después de haber ganado cinco veces consecutivas el trofeo más apreciado del tenis mundial.

El otro, cinco años más joven, exhibe una imagen más informal y distendida, siempre dispuesto para una entrevista, firmar un autógrafo o posar de buen grado para quien desee fotografiarse con él. En la cancha suple alguna posible carencia técnica con una explosiva exhibición de fuerza que apabulla a sus rivales.




Hay algo que los iguala

Pero en lo que Roger Federer y Rafael Nadal –números uno y dos del mundo- son iguales, es en la grandeza que demuestran a la hora de saber ganar o perder, y en el respeto mutuo que ambos se tienen.

El tenista suizo ha tenido que tragar la amarga píldora de la derrota frente a Nadal en las tres grandes finales que este año los tuvo como protagonistas –Hamburgo, Roland Garros y ahora Wimbledon, que para el estadounidense john Mc Enroe, tricampeón en la década de los 80, fue “la mejor de la historia”.

Federer nunca esgrimió ninguna excusa para justificarse, afirmando en cada una de esas finales que su rival había sido superior y que era un legítimo ganador. Tal vez muy pronto llegue a ser considerado en forma unánime como el mejor tenista de la historia, pero muy pocos le disputarán el primer puesto en el podio de la caballerosidad deportiva, algo quizás más valioso que la victoria.

"Lo intenté todo", reconoció Federer al final del partido de casi seis horas. "Pero él ha merecido el campeonato y ha jugado fantástico.Es el peor rival en la mejor pista", agregó. Sus palabras fueron seguidas de una ovación, mientras Nadal, a pocos metros, abrazando la copa, lo observaba con los ojos aún húmedos y emoción contenida.

¿Qué estaría pasando por la mente de 22 años de Nadal en esos momentos, al escuchar las palabras de su admirado Federer? Sin duda le servirían para cuando le tocara perder.

Bajo un cielo plomizo y luz artificial, el tenista de Manacor avanzó entonces hacia el punto de la entrevista de rigor, a la que respondió en un inglés más que aceptable.

“Estoy delante del mejor jugador de la historia” reconoció una vez más después de las palabras iniciales en las que resaltó su emoción por el título. "Fue increíble, quiero felicitarle por su actitud, es muy buena para el tenis"… Con Roger cinco veces aquí, las dos últimas muy cerca... Pero él es aún el mejor, tiene cinco. Yo sólo una, así que para mí es muy importante claro", fueron las palabras de Nadal para los millones de televidentes que siguieron el partido en la llamada Catedral del tenis.




La importancia del entorno



Se aprecia a través de su comportamiento fuera de las pistas que el joven Nadal está protegido por un entorno familiar sólido, a diferencia de tantas otras estrellas del deporte que acabaron dando una imagen deplorable en cuanto a conducta y educación; ambas cosas no se consiguen con dinero sino con buenos ejemplos.


Los que cuando pierden buscan alguna justificación, y cuando ganan se sienten los dueños del mundo, son en definitiva figuras patéticas que no conviene imitar.


A ver si quienes opinan a través de los espacios que les ofrecen los periódicos, dejan de decir estupideces, tratando de empequeñecer al notable tenista español -algo que cada vez les está costando más- y aceptan que con perseverancia y esfuerzo, mucho esfuerzo, pueden alcanzar los objetivos que pongan en sus vidas.

.







Objetividad a la hora de opinar

.









Para opinar en deportes hay que hacerlo con argumentos y sin perder la objetividad, sino es mejor callarse y no caer en el ridículo de patrioterismos vacíos, carentes de sustento. Si no se tiene la capacidad de reconocer los méritos de un deportista, aunque éste no sea su preferido, es que algo anda mal en la persona.

.








Quien esto escribe, admira tanto a Federer como a Nadal, o quizás más, porque reconoce la depurada técnica y juego preciosista del actual número uno del mundo. Pero el español da una imagen que imbatibilidad que impresiona. Si hasta el propio Federer lo reconoce una y otra vez, dando pruebas de su calidad humana. ¿Hay alguien que pueda opinar con mayor autoridad que el suizo sobre Nadal?




El español marca una tendencia que es irrefutable: el rendimiento deportivo mejora día a día como lo demuestra la caída de plusmarcas que se produce en cada justa deportiva.



¿Quién pensaba que alguien iba a superar los cinco campeonatos mundiales del legendario Juan Manuel Fangio? Lo hizo Michael Schumacher. Parecía imposible que se pudiera correr los 100 metros planos en menos de 10 segundos; ya perdí la cuenta de las veces que ello ha ocurrido.



¿Las 75 victorias consecutivas de Guillermo Vilas en piso de arcilla? Nadal pulverizó esa marca.


Aparentemente, la capacidad de superación del ser humano no tiene límites.


Nadal no es actualmente el número uno, como él mismo lo ha dicho reiteradamente, pero tiene todo el derecho de aspirar a serlo. Quizás lo logre después de que su ahora máximo rival logre el reconocimiento unánime como mejor tenista de la historia. Si ambos alcanzan sus metas lo tendrán ampliamente merecido.



*