28 de noviembre de 2008

Cuando un amigo se va (III) Ultima parte

El deporte, su pasión
En esa etapa inicial y viendo el interés de mi amigo por el deporte, Longhi le encomendó de muy buena gana, que se hiciera cargo de la cobertura deportiva de la agencia, actividad que Enrique asumió con gran entusiasmo, al tiempo que su redacción iba perfeccionándose.

Fimos descubriendo de a poco que el enano tenía una habilidad especial para presentar la información de una manera interesante y cuidando siempre el idioma, para lo cual consultaba diccionarios con mucha frecuencia. Reuter ha sido siempre muy exigente en cuanto a la buena redacción y la exactitud de la información. Todos los datos debían ser cotejados y verificados.

Alesón, como redactor principal de deportes y yo secundándolo mientras seguía esperando el ascenso a traductor-redactor, “copamos” la información deportiva de la agencia abarcando todas las especialidades pero con especial énfasis en el fútbol y el boxeo, al que también teníamos acceso munidos de las acreditaciones para asistir a las veladas de los sábados en el Luna Park, que en esa época era cita obligada de muchos integrantes del mundo de la farándula, como por ejemplo Mirtha Legrand, que no se perdía ningún combate importante.

Noches en el Luna

Nos metimos de lleno en el mundo del boxeo y conseguimos entrevistas con el primer campeón mundial que tuvo Argentina, Pascualito Pérez, ya retirado, con Carlos Monzón, Oscar “Ringo” Bonavena, y entre otros, con quien fue el ídolo máximo de mi gran amigo, el mendocino Nicolino Locche, también ex campeón del mundo y poseedor de un estilo único.

La oficina de Reuter se había agrandado y llegó un nuevo jefe en reemplazo del obeso Alan Patterson. Lo mismo que su antecesor, Ian Glenday confió también en nosotros dos para la cobertura de deportes. Con menos medios en comunicaciones como hay en la actualidad, la información de Reuter sobre los combates de boxeo por títulos mundiales se hacía de la siguiente manera:

Alesón, Glenday y yo nos ubicábamos en la primera fila debajo del cuadrilátero, reservada para las agencias de noticias. Cada uno con su pesada Olivetti, Enrique y yo relatábamos por escrito con la mayor rapidez posible, lo que ocurría en cada round mientras Glenday escribía su versión en inglés. Al término del combate, mi amigo armaba su comentario para los diarios de la región, y yo iba a los vestuarios para recoger las declaraciones, siempre en “caliente” y con los boxeadores prácticamente debajo de la ducha.

El petiso impuso un estilo propio a este trabajo. Cuando llegaba un boxeador extranjero, sobretodo de habla hispana –por aquello de su “alergia” a los idiomas-, Alesón establecía contacto con la delegación del visitante y se creaba una relación de “amistad” a tal punto que llegábamos casi a formar parte del grupo y hasta nos invitaban a cenar con ellos en algún restaurante. Con este sistema obteníamos notables primicias y nuestros despachos tenían mucha aceptación en los diarios y radios de la región.

Siguieron luego numerosos viajes al exterior, siempre juntos, para cubrir torneos de atletismo, varios Juegos Deportivos Panamericanos –en los de Indianápolis tuvimos ocasión de estrechar la mano y hablar con uno de los más grandes boxeadores de la historia, Cassius Clay y con la leyenda del atletismo, Carl Lewis.

Asistimos, siempre juntos, a los campeonatos mundiales de fútbol en México (1986) e Italia (1990), entre otros acontecimientos menores. En México, el histórico gol de Diego Maradona a los ingleses, permitió a Enrique acuñar una frase que fue recogida por muchos medios: “De la mano de Dios, Maradona conduce a la Argentina a su segunda Copa Mundial”.


La mayoría de los viajes al exterior los hicimos juntos, compartiendo primero la habitación del hotel y más adelante cada uno en la propia. Esa convivencia diaria cimentó una relación personal muy estrecha. Llegamos a conocernos perfectamente y congeniábamos en todo, respecto al deporte, la política y la vida misma.

Siempre al borde del estallido
En la convivencia conocí en profundidad el carácter y personalidad de este gran amigo que con el tiempo llegó a ser el padrino de mi primer hijo, Pablo. Su esposa, Marina, fue a su vez la madrina de mi hija Ana, la menor de cuatro hermanos.

Su corta estatura nunca fue impedimento para que se enfrentara con quien fuese cuando estaba convencido de que tenía la razón. Dispuesto al diálogo, podía no obstante pasar a un estado beligerante en cuestión de segundos, sin medir las consecuencias que ello pudiera tener para su físico. Salía siempre en defensa de sus amigos o compañeros cuando consideraba que estos defendían una causa justa.

Cuando en los hoteles surgía algún problema con el alojamiento o de otra índole, no trepidaba en golpear la mesa de recepción mientras a voz en cuello y con el rostro desencajado, pedía hablar con el gerente para que lo solucionara. Siempre lo conseguía.

Conocedores de su carácter “explosivo” los colegas lo provocábamos para que “estallara”. Nunca se lo tomaba mal ni aun cuando las bromas se referían a su estatura. “Petiso calentón”, “el rey petiso” o “Enrique el breve” eran algunos de los apelativos preferidos.

Fin de una etapa
Es imposible agrupar en estas pocas carillas todas las anécdotas y experiencias vividas en estos 30 años de amistad, la que siguió incluso después de que ambos, y muchos otros colegas, abandonamos Reuter en 1994, cuando la agencia decidió trasladar la central de operaciones latinoamericanas a Miami, Estados Unidos.

Cada uno siguió su camino. Yo pude trabajar en otros medios periodísticos, pero él no tuvo esa suerte. Una serie de decisiones bien intencionadas pero equivocadas, además de la crisis económica que sacudió a la Argentina a comienzos de este siglo, fue mermando las reservas de Enrique y su familia, hasta llegar a un estado de pobreza absoluta. En un momento dado llegó a depender de la ayuda que escasamente podíamos darle algunos de sus ex colegas.

Una actitud de Enrique lo pinta de cuerpo entero y quiero relatarla. Cuando Pablo, mi hijo, se casó, él, como padrino lógicamente era uno de los invitados. No asistió porque no tenía dinero para un traje; se había gastado los últimos pesos en un regio regalo de boda. Eso lo supe después.

No obstante conocerlo al cabo de tantos años de amistad, nunca pude establecer la verdadera razón por la cual había llegado a ese estado. Arribé a alguna conclusión pero me la reservo; creo que es lo que corresponde.

Para bien o para mal, Enrique Alesón no fue indiferente para ninguna de las personas que llegamos a conocerlo.

Así era el petiso, mi amigo.

*

26 de noviembre de 2008

Mati

Querido Matías, enterados de que tenés un problemita que superarás rápidamente, queremos que sepas que ...


... somos como las estrellas en un día nublado: no se ven pero siempre están para lo que puedas necesitar. Te gustó este giro poético?
Tus abuelos, tíos y futura primita.
(Este blog es personal, por lo tanto también incluye entradas como ésta, que hacen al ámbito familiar. Sepa disculpar el resto de los visitantes).
*

25 de noviembre de 2008

Cuando un amigo se va (II)

(Segunda parte)

Seguimos desempeñando nuestros cargos en la oficina de Telex, pero siempre atentos a cualquier oportunidad que pudiera presentarse.

.



Corría el año 1964 y Argentina se hallaba en un proceso electoral que llevó al poder al médico cordobés , Arturo Umberto Illia, de la Unión Cívica Radical, el segundo partido mayoritario después del peronismo.

Avido lector de diarios y revistas, aunque menos de libros, el petiso se mantenía bien informado sobre la actualidad y nuestros temas de conversación giraban en torno a los deportes, la política y obviamente las mujeres –como todo hombre joven de cualquier edad-, cada uno con sus historias paralelas. Nuestro ídolo era, como de tantos otros, el barbado Fidel Castro, líder de la revolución cubana que había expulsado de la isla al dictador Fulgencio Batista.

Reuter entra en escena


Un día, un colega de la oficina de Telex nos hizo saber que la agencia de noticias británica Reuter necesitaba a dos teletipistas para reanudar sus actividades en Argentina, tras algunos años de ausencia. La agencia, la más antigua del mundo, había sido expulsada del país años antes, seguramente porque sus despachos no eran del agrado del gobernante de turno.

Reuter mantenía su presencia en Buenos Aires con sólo dos corresponsales, Alfonso Mauri, un catalán republicano que había trabajado para Reuter durante la Segunda Guerra Mundial, y Luis Longhi a cargo de la información económica. Mauri –parecido fisicamente y en carácter al gran actor español Fernando Fernán Gómez- se ocupaba de la parte política y de temas generales. Longhi, de carácter introvertido, congenió rápidamente conmigo por nuestra mutua afición al ajedrez (Vease EL AJEDREZ , juego (¿?) maravilloso).


La tarea de ambos consistía en enviar a la sede central de Londres, las noticias relevantes que ocurrían en Argentina.

La oficina en que trabajaban estaba instalada en un antiguo edificio de la calle San Martín al 300. Posiblemente había sido una lujosa residencia familiar en su época de esplendor. Dos escritorios con sendas máquinas de escribir Underwood y un mueble-archivo, era prácticamente lo único de que disponían Mauri y Longhi, y a la sazón Reuter, en el momento de decidir regresar a Buenos Aires y establecer allí su central latinoamericana.

Con esa misión Londres envió a Alan Paterson, con quien nos entrevistamos y nos contrató en el primer encuentro. Así fue nuestro debut en la prestigiosa agencia, y el comienzo de una relación que se prolongó exactamente 30 años. Los horarios que cumplíamos en Reuter se acomodaban bien con nuestro trabajo en la ITT, por lo tanto estábamos en dos sitios a la vez; era lo que buscábamos para revitalizar nuestras maltrechas economías.

Paterson, dos o tres años mayor que nosotros, era un personaje singular. Muy alto y también muy gordo –unos 120 kilos- se pasaba el día desenroscando con los dedos sus ensortijados rizos rubios y sometiendo a mi amigo a constantes bromas sobre su corta estatura. Lo bautizó con el apelativo de “poison dwarf” (enano ponzoñoso). Solía hacer largas lanzas con rollos de papel y se las arrojaba al enano. Nos parecía que estábamos ante un “chiflado” pero con el tiempo demostró que cuando había que ponerse “serio” era un gran periodista.

Reuter estaba en la fase de instalación técnica y nuestro trabajo era vigilar que una cinta de prueba redonda, o sea, pegada en sus extremos, girara constantemente sin trabarse en el aparato transmisor.

.

El texto de prueba tenía sólo dos líneas que habrían de repetirse cientos de miles de veces: THE QUICK BROWN FOX JUMPS OVER THE LAZY DOGS BACK – 1234567890. Eso servía a los técnicos para calibrar las líneas de comunicación. Nuestra tarea, prácticamente nula, pero bien remunerada. Un éxito.

Necesitábamos una primicia
Una vez instaladas las comunicaciones, la agencia se disponía a funcionar como tal. Se había decidido debutar con una noticia importante, cuya primicia debíamos tener a toda costa: la inminente muerte del primer ministro inglés Winston Churchill.

Para ello debíamos turnarnos Alesón y yo para esperar ese momento. La noticia llegó una noche y la transmitimos a los escasos clientes (diarios y radios) que el propio Paterson había conseguido haciendo de agente comercial. La primicia fue nuestra y marcó la reaparición de Reuter en América latina. Fue el comienzo de un largo camino y nosotros fuimos los primeros en ser incorporados para esa nueva etapa.

Se instaló rápidamente una mesa de traducción pues los despachos venían en inglés desde Londres. Enrique y yo comenzamos a trabajar entonces en la tarea específica para la que habíamos sido contratados: copiar en las teletipos las hojas escritas que nos pasaban los traductores, y transmitirlas a los clientes. (En la ilustración puede verse un transmisor de cintas perforadas).

Al poco tiempo ambos habíamos dejado nuestros empleos en la ITT y trabajábamos exclusivamente en Reuter. Igual que nos había ocurrido con el sistema Morse, sentíamos admiración por el trabajo de los traductores. Era una tarea que requería buen nivel cultural y obviamente estaba mejor pagado que la de teletipista. Pero sabíamos poco inglés y nada de redacción.

.





Aquí discrepamos en el enfoque: yo me había hecho el propósito de llegar a traductor y aprender inglés, en tanto que Enrique tenía cierta “alergia” –no para entenderlo, que sí lo consiguió con el tiempo- sino para hablarlo y escribirlo. De eso ni hablar!

Autodidactas
Mi aprendizaje consistía en tomar el despacho original en inglés y compararlo con la hoja traducida. Así fui aprendiendo palabra por palabra, pero claro, las frases tenían poco sentido. Lo importante era saber redactar en español y para ello lo único válido era leer y leer los diarios. Fueron dos años de “estudiar” miles de traducciones sobre política, economía, arte, deportes y todo lo que se presentara, para ir aprendiendo esa técnica.

Enrique volcó sus esfuerzos en el campo del deporte y fue capacitándose cada vez más en la que sería su especialidad en el futuro. Ninguno de los dos asistió jamás a una escuela de periodismo; eso quedaba para quienes tenían estudios secundarios. Y el deporte, precisamente, nos abrió las puertas para que hiciéramos nuestras primeras armas como “periodistas” sin título de tales.

Luis Longhi, a cargo de la información local, recibía todos los años un par de acreditaciones de cada una de las instituciones futbolísticas que permitían el acceso al estadio y también a los vestuarios. Enseguida vimos el filón impresionante que se nos abría!. Longhi no podía ir todos los partidos al mismo tiempo; de hecho no iba a ninguno porque no le gustaba el deporte. Obtenía los datos de la radio y así elaboraba sus notas para enviar a Londres.

Nosotros dos íbamos todos los domingos al fútbol, así que un buen día le pedimos que nos prestara un par de esas acreditaciones. No tuvo ningún problema y de esa manera se inició un período glorioso: veíamos los partidos en ubicación preferencial e ingresábamos en los vestuarios para hablar con los jugadores mientras estos se duchaban y se vestían…y todo GRATIS.

La primera experiencia fue en un partido que el equipo brasileño Santos disputó en Buenos Aires, y en el vestuario tuvimos oportunidad de conocer y hablar con el ídolo del fútbol mundial, el gran Pelé, que totalmente desnudo se avenía a dialogar con los “periodistas”. En esa época los periodistas tenían libertad total para entrar en los vestuarios apenas finalizado el partido. No creo que eso ocurra en la actualidad.

Eso lo repetíamos todos los domingos. Como es de imaginar elegíamos los estadios de Boca o River. Habíamos arreglado con nuestro colega Longhi pasarle dos datos que obtuviéramos para que él los redactara de manera coherente. Al poco tiempo, la redacción se la hacíamos nosotros pues los despachos se limitaban a consignar el resultado y breves declaraciones de los futbolistas, nada más. Longhi feliz y nosotros dos todavía más. Nos habíamos iniciado como periodistas.

El derrocamiento del presidente Illia en 1966 por un golpe militar encabezado por el General Juan Carlos Onganía en lo que se conoció como la Revolución Argentina (1966-1973) fue el marco de una anécdota graciosa que nos tuvo como protagonistas, y que paso a relatar en tres párrafos.

No recuerdo exactamente la fecha pero a poco de producirse el golpe, tuvo lugar una marcha de tanques del ejército por la Avenida de Mayo que tenía por destino final la Casa de Gobierno. La calzada estaba totalmente despejada y miles de curiosos estaban apostados en las veredas esperando el paso de los tanques.

Enrique y yo habíamos ido a curiosear en mi motocicleta DKW de 125 cc. A la altura de Congreso y no sé por qué circunstancia, nos vimos en medio de la Avenida con toda la calzada a nuestra disposición. Como no podíamos salir debido a la línea compacta de espectadores a ambos lados, no tuvimos más remedio que seguir avanzando en dirección a la Casa de Gobierno. Cien metros detrás venían los tanques.

El enano, con su eterno traje negro y anteojos oscuros, aparentemente hizo creer a la gente que éramos una especie de “avanzada” de los tanques, o tal vez policías de civil que abrían el paso a los blindados. El caso es que NOS APLAUDIAN. Nos reíamos nerviosamente pero queríamos zafar de esa situación no buscada.

.



Finalmente se nos acercó una moto policial y tras abrirnos paso entre la gente nos dijo que nos fuéramos inmediatamente antes de que nos metieran en la cárcel. Por supuesto que acatamos la orden. Ninguno simpatizada con la “Revolución” y menos Enrique, que estaba afiliado al Partido Radical.

Comenzaba la etapa de los noviazgos “serios” con las que iban a ser nuestras respectivas esposas y así, mi relación con Piraña se amplió a un ámbito más familiar.

.



En el trabajo, mi amigo iba afianzándose en lo que le gustaba, los deportes, en tanto que yo persistía en mi deseo de llegar a traductor/redactor. Nuestros esfuerzos se verían coronados años después con los cargos de Jefe de Deportes y Jefe de Redacción, respectivamente.

Pero antes de eso ocurrieron muchas cosas.
(Continuará)

*


23 de noviembre de 2008

El blogger recomienda....


…recientes entrevistas al Premio Nobel José Saramago, un coloso de la literatura y del pensamiento.

El escritor portugués acaba de cumplir 86 años y tras recuperarse de una seria enfermedad concluyó su, hasta ahora, última novela, El viaje del elefante. Ya piensa en la siguiente, aprovechando que el corazón y la mente todavía le responden, según sus propias palabras .

Contrario a todo tipo de divismo y con la humildad de los verdaderamente grandes, Saramago resume su filosofía sosteniendo que “Hay tres preguntas que no podemos dejar de hacernos en la vida: ¿por qué?, ¿para qué?, ¿para quién?.

En su octogéximosexto aniversaro, este blog quiere compartir algunas de sus citas más célebres:


Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay.


En un matrimonio hay tres personas: el hombre, la mujer y la tercera persona formada por los dos.

Yo no invento, sólo miro por detrás de lo que ya existe.

La derrota tiene algo positivo, nunca es definitiva. En cambio la victoria tiene algo negativo, jamás es definitiva.

Las tres enfermedades del hombre actual son la incomunicación, la revolución tecnológica y su vida centrada en su triunfo personal.

Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre y eso es lo que realmente somos.

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran.

¿Qué clase de mundo es éste que puede mandar máquinas a Marte y no hace nada para detener el asesinato de un ser humano?.

En ningún momento de la historia, en ningún lugar del planeta, las religiones han servido para que los seres humanos se acerquen unos a los otros. Por el contrario, sólo han servido para separar, para quemar, para torturar. No creo en dios, no lo necesito y además soy buena persona.

El poder real es económico, entonces no tiene sentido hablar de democracia

Si hay que buscar el sentido de la música, de la filosofía, de una rosa, es que no estamos entendiendo nada.

Las entrevistas mencionadas al principio puede leerse en:
http://www.elpais.com/articulo/portada/hablen/muerte/conozco/elpepusoceps/20081123elpepspor_3/Tes
http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/11/22/_-01806877.htm
*

21 de noviembre de 2008

Cuando un amigo se va (I)

José Trepat

Prólogo
La siguiente nota puede ser leída por quien lo desee, para eso está en el blog, faltaría más…pero quienes le encontrarán más sustancia son aquellas personas que han conocido a los dos personajes centrales de este collar de recuerdos hilvanados a golpe de memoria. José Trepat



Nace una amistad Fueron más de 30 años. Esta es una historia pequeña, mínima, de amistad sin concesiones, en los que mi amigo y yo compartimos todas las alegrías y sinsabores de una trayectoria laboral que nos llevó a escenarios diversos –algunos insólitos- pero con una particularidad: siempre coincidíamos en el debut y despedida en todas las actividades que desarrollamos.


Mi relación con Enrique Emilio Santiago Alesón en lo que hace a esa dualidad, comenzó en el año 1961 y terminó en 1994 con el cierre de la sede central de la Agencia de Noticias Reuters en Buenos Aires, y su traslado a Estados Unidos. Allí culminó una trayectoria conjunta de exactamente 30 años en un mismo lugar de trabajo.


Nuestros caminos se bifurcaron con suerte diversa, pero la amistad continuó hasta que, estando ya radicado en España, un aciago día me enteraba a través de un correo electrónico, de que “Piraña” o “el enano”, o “el petiso” , como le llamábamos, había fallecido a la edad de 66 años, un día antes de que finalmente le hubiese sido adjudicada la jubilación que tanto necesitaba para subsistir.


En 1961 comenzó mi vida laboral cotizando para la lejana jubilación argentina…y 47 años después aún sigo aportando a esos fondos del estado que teóricamente nos garantizarían una vejez digna y decorosa. Mis aportes actuales son para la Seguridad Social de España, a la espera de que su contraparte argentina le comunique oficialmente la cantidad de años que he trabajado en el país donde viví 55 años.


Las ilusiones, esperanzas e inconsciencia de los años juveniles nos habían hecho creer a muchos que no tendríamos que depender de la jubilación, pues nuestros éxitos en la vida iban a garantizarnos un muy buen pasar cuando la senectud invadiera nuestros cuerpos y mentes.


Un consejo a los jóvenes: no piensen nunca que no van a necesitarla. Trabajen pensando en que la mayoría dependerá de ese retiro pago para que en las postrimerías de la vida se encuentren preparados para no depender de ayudas externas. Este párrafo ha sido una digresión al paso. Volvamos al meollo de esta nota. “Hola, me llamo Alesón” Ingresé a CIDRA (Compañía Internacional de Radio) empresa de comunicaciones dependiente de la norteamericana ITT (International Telephone and Telegraph).


El primer día de trabajo, un joven bajito, de anteojos oscuros y traje negro, se me acercó y dijo (recuerdo exactamente las palabras): “Hola, me llamo Alesón. Si no nos presentamos nosotros acá no te presenta nadie”. Tenía dos años más que yo. Había comenzado a trabajar allí pocos días antes y era también su primer empleo “serio” después de un período como ejecutante de trombón en un grupo musical en el sur del Gran Buenos Aires, cerca de la localidad donde vivía, Luis Guillón. Ninguno de los dos había terminado los estudios secundarios.


El motivo había sido el mismo: estrechez económica de los padres y necesidad de aportar ingresos al hogar. Muchos años después ambos íbamos a saldar esa deuda pendiente, uno en cursos nocturnos y otro en Bachillerato para adultos. Notamos que había afinidad entre nosotros y enseguida comenzamos a simpatizar.


Eramos auxiliares a cargo las tareas menores como insertar papel carbónico en los formularios de los telegramas o ir a comprar un sándwich o bebidas a quien nos lo pidiera. Sentíamos admiración por los operadores de sistema Morse que enviaban y recibían los telegramas. Nos maravillaba verlos con los auriculares puestos y “escuchando y escribiendo” a través de ese sistema de golpecitos cortos y largos -puntos y rayas- que hoy parece tan lejano y olvidado en los arcones de la historia.


Tal es así que comenzamos ambos un curso de Morse pues veíamos allí nuestro futuro. Nos cansamos pronto del curso. Fue una suerte porque al poco tiempo el sistema Morse fue sustituido por las teletipos, que utilizaba cintas perforadas para enviar y recibir mensajes.


Vino después la conexión punta a punta de esas ruidosas máquinas Siemens u Olivetti, que permitían escribir directamente en el teclado de las mismas. Cuando una de las partes terminaba de escribir finalizaba el párrafo con los signos +?, para indicarle al interlocutor lejano que era su turno.


Habían comenzado las comunicaciones por telex. “Piraña” –bautizado así por un compañero de trabajo- y yo, nos familiarizamos pronto con esa nueva tarea y fuimos ascendidos a “Operadores de Telex”, un gran salto hacia adelante. Yo estaba mejor preparado pues había hecho un curso de dactilografía en las entonces famosas Academias Pitman. Escribía por lo tanto rápido y con los diez dedos, mientras que mi amigo utilizaba sólo tres o cuatro.


Comerciantes frustrados La oficina de telex fue consolidándose con el paso del tiempo y tanto Enrique como yo fuimos escalando posiciones hasta alcanzar los cargos de Encargado de Turno y Supervisor de Telex; éste último puesto me tocó a mí.


El trabajo era interesante y comenzamos a familiarizarnos con el idioma inglés pues nuestra tarea lo requería. Así y todo, los salarios no eran muy buenos, así que elaboramos planes para incrementar los ingresos. Para ello incorporamos a nuestra “sociedad” a Alberto Gutierrez , a la sazón empleado bancario que por la noche venía a trabajar a la oficina de Telex y habíamos congeniado bien con él. “Guti” era hábil con los números pero reacio a cualquier esfuerzo físico; eso quedaba para nosotros.


Decidimos incursionar en el comercio, pero a lo grande. Vestidos de traje y corbata, Enrique y yo visitábamos a dueños de fruterías y nos hacíamos pasar por mayoristas que extendían su actividad al sur del Gran Buenos Aires. Nuestros precios iban a ser los mejores y la entrega estaba asegurada.


Para movilizarnos contábamos con un Rastrojero destartalado que “el enano” había comprado de ocasión. Nuestros recursos financieros eran muy escasos y ni siquiera nos alcanzaban para comprar una batería, de modo que para ponerlo en marcha, lo empujábamos hasta el centro de la calzada hasta que pasaba un camión o un colectivo, o autobús, que no tenía más remedio que darnos un empujón para que pudiera continuar su marcha.


Al entregar los pedidos de la mercadería que comprábamos en el Mercado Central, decíamos al cliente que el camión asignado para la distribución en esa zona estaba en el taller.


Ganábamos muy poco como puede suponerse dada la carencia de aparato logístico. Esa sarta de mentiras no podía durar mucho, como así ocurrió. Decidimos entonces apuntar más alto y citábamos a la oficina de telex a comerciantes que tenían varios negocios de venta. Allí –siempre en horario nocturno, sin jefes a la vista- lo sentábamos frente a una teletipo, y uno de nosotros mantenía una “conversación” con un supuesto exportador de San Pablo, que iba a enviarnos un cargamento de bananas y piñas.


Nuestros clientes observaban con ojos muy abiertos el diálogo que se imprimía en la máquina, sin percatarse de que el “exportador” era uno de nosotros instalado en otra teletipo a dos metros de distancia. No sé que queríamos hacer exactamente pero por supuesto, no concretamos ningún negocio. A esa edad todo eso era una especie de divertimento entre nosotros.


Cabe consignar que jamás estafamos a nadie. Introdujimos entonces una variante en el negocio. Nuestras mentes brillantes pensaron que podía resultar. Cargábamos el trajinado Rastrojero con naranjas compradas al por mayor y nos apostábamos los domingos cerca de un estadio de fútbol, principalmente el de Boca Juniors. Allí vendíamos las naranjas para los aficionados que desearan saciar su sed o simplemente arrojarlas al árbitro de turno. Otro fracaso.


Sin desalentarnos, decidimos entonces instalar un comercio para la venta de frutas, verduras y artículos de almacén, el cual sería atendido por los tres en nuestro tiempo libre. Alquilamos un local en la zona de Belgrano, con todos los requisitos legales de habilitación y permisos. El único dinero que nos quedaba alcanzaba justo para la compra de mercadería para el día de la inauguración. Pero qué pasó?


El día señalado, mi amigo Enrique debía traer la mercadería en su Rastrojero, pero al venir por la avenida General Paz, el castigado motor de la camioneta dijo basta! y se fundió por falta de aceite. Nadie recordaba cuando había sido la última vez que se había cambiado el lubricante, tal vez nunca. Ese domingo el local no fue inaugurado. Nuestro esquema logístico había quedado pulverizado al quedarnos sin vehículo para el abastecimiento diario.


La solución obligada fue que yo me levantara a las cuatro de la mañana, fuera a comprar la fruta y verdura al Mercado de Dorrego y la llevara al local en una furgoneta alquilada. En esas condiciones las ganancias eran mínimas y los gastos –alquiler, impuestos, etc.- muy altos. Ergo: el local fue cerrado con pena y sin gloria.


El día del cierre, un domingo, decidimos jugarnos el todo por el todo con los escasos pesos que teníamos. Fuimos al hipódromo de Palermo y dejamos hasta la última moneda en las patas de un caballo que indudablemente no sabía cuánto dependíamos de su esfuerzo. El animal llegó tranquilamente en el quinto puesto y nosotros emprendimos el regreso a casa. No dramatizamos. Los tres teníamos nuestro empleo y nadie dependía de nosotros. Capítulo cerrado.


Mi relación con “Piraña” se había afianzado. Hablábamos de nuestros fracasos, esperanzas, proyectos, pero siempre con humor y afinidad de criterios. Nos encontrábamos los domingos para ir al fútbol –el simpatizaba con Boca y yo con River- y también los sábados a la noche para asistir a la velada de boxeo en el Luna Park. Nuestro mutuo interés por el deporte fue lo que nos abrió las puertas del periodismo, como se verá más adelante. (Continuará)


*

8 de noviembre de 2008

Personajes - JOSE LUIS ALVAREZ FERMOSEL



José Trepat

En mi nota anterior sobre Francisco González Ledesma comprobé cuan apasionante es la función interactiva de Internet.

En el apartado “Comentarios” al pie del artículo, tomé conocimiento de que el mismo había sido recogido y publicado en su totalidad por el blog http://www.gonzalezledesma.blogspot.com/ , dedicado al escritor catalán, lo cual agradezco y me halaga.

El blog en cuestión contiene una serie de notas sobre don Francisco González Ledesma y su obra, y entre las firmas una me llamó especialmente la atención: la de José Luis Alvarez Fermosel, el bien llamado Caballero Español, con quien tuve el gusto de coincidir en la redacción de un periódico en Buenos Aires.

Conocía a Alvarez Fermosel –el apellido compuesto tiene sin duda mayor galanura- a través de sus intervenciones en el programa de Rolando Hanglin, un maestro en el lenguaje radiofónico, independientemente de coincidir o no con algunas de sus opiniones.

El apelativo de Caballero Español, que le cuadra como un traje a medida, lo acuñó precisamente Hanglin, responsable también de que al recordado Adolfo Castelo se lo conociera como El Tiburón Blanco.

Por qué no decirlo, me cautivó el fino lenguaje del más puro castellano que Alvarez Fermosel vertía en sus comentarios sobre viajes, lugares, anécdotas y las buenas maneras y el buen vivir en general.

Cuando comencé a trabajar como traductor-redactor en el periódico hemisférico Tiempos del Mundo que se editaba en Buenos Aires, cual no sería mi sorpresa al enterarme de que El Caballero Español era uno de mis colegas en la redacción.

Es difícil no recordar el paso de Alvarez Fermosel a lo largo de la sala de redacción.
Erguido, con los hombros echados hacia atrás y un atuendo siempre impecable, dejaba a su paso un halo de perfume de colonia fresca, que según me confió un día, era Atkinsons, no podía ser otra.

Participar de sus diálogos o simplemente escucharlo era música para el oído de quienes gustan de un vocabulario amplio y variado que agregue nuevos matices al hablar cotidiano. Pero no siempre era así. A veces recurría también al lenguaje coloquial, o del vulgo.

Al pedirle un día que definiera en una palabra la sensual voz de Florencia Ibáñez, colaboradora de Hanglin en su programa radial, el Caballero Español, lo hizo con un contundente y escueto “acojonante”.

Alvarez Fermosel se autodefine como “espartino” por tener su vida dividida entre España y Argentina, igual que quien esto escribe. A sus dos hijos, nacidos en Argentina pero radicados actualmente en España, los llama “argeñoles”.

No conocí en profundidad al Caballero Español pues mi permanencia en Tiempos del Mundo se interrumpió para ingresar al flamante diario PERFIL, pero esa es otra historia.


Sin embargo, ese breve período de convivencia diaria me bastó para ubicarlo en la lista de personajes sumamente interesantes que me han dejado un grato recuerdo.

Salud Caballero Español! Intentaré seguir tus andanzas a través de Internet, en tu reaparición radial junto a Rolando Hanglin.

*

7 de noviembre de 2008

Personajes - FRANCISCO GONZALEZ LEDESMA - escritor


José Trepat

Confieso que allá por los años 50 y 60, en mi época de adolescente, vivía engañado pero feliz.

Esta primera línea suena un poco estrambótica pero tiene una explicación sencilla y se refiere a mis primeros escarceos en el mundo de la lectura, en el que se mezclaban revistas de historietas con novelitas cortas de muy fácil comprensión que cumplían perfectamente su cometido: posibilitar un momento de esparcimiento en jornadas duras no exentas de carencias materiales y económicas.

La evasión la hallaba en personajes de tiras de historietas, como el Colt Miller de la revista Rayo Rojo, el Coronel X en Fantasía, y también Kansas Kid y Misterix en la revista del mismo nombre. Había otros que me llegaban a través de episodios diarios en la radio de entonces, como El león de Francia y Las aventuras de Tarzán.

Cuando comencé a trabajar en un puesto de venta de diarios y revistas en la esquina de Maipú y Córdoba, en el Buenos Aires de los tranvías, se me abrió un nuevo filón a mi avidez de lector. Una verdadera invasión de novelitas cortas en pequeños libros de bolsillo atiborraba los kioscos. Procedentes de España, los títulos ofrecían una variada gama de géneros: policiales, de amor (recordar a la prolífica Corin Tellado), de guerra y westerns, sobre todo westerns. Me decanté por estos últimos.

Habré leído más de un millar de estas novelitas que no tenían otro propósito que el de entretener. A medida que las iba consumiendo iba elaborando una lista de preferencias por autor. Nombres como Donald Curtis, Ralf Sheridan, Keith Luger, Clark Carrados, etc., me hicieron creer que eran todos norteamericanos, pues la acción se desarrollaba exclusivamente en alguno de los estados del país del norte.

Entre tantos, uno se destacaba, SILVER KANE.

Se convirtió en uno de los preferidos, pues el héroe de cada una de sus novelas, era el tirador más rápido, el más certero, el que sin desenfundar alojaba una bala entre ceja y ceja de su enemigo. La muchacha más hermosa del lugar siempre caía rendida a sus pies y el final, el mismo en todos los casos: después de dejar un tendal de muertos, el héroe se quedaba con la joven. Esa fórmula se repitió en sus 400 novelas de vaqueros.

El paso del tiempo trajo aparejado otro tipo de lecturas, pero siempre recuerdo con nostalgia esos pequeños libritos que podían llevarse en cualquier bolsillo y acompañaban en viajes y en tiempos de espera. No reniego de ellas.

Pero ese de que los autores eran norteamericanos…nada que ver! Eran todos españoles. Cuestiones de “marketing” como se suele decir. Sólo dos que tuvieron un lugar prominente, se atrevieron a utilizar nombres castellanos –sean estos reales o no- Fidel Prado y M.L.Estefanía.

Esa fuente inagotable de sorpresas que es Internet ha sido el disparador de esta nota que vincula la nostalgia con el presente. Se me dio por escribir SILVER KANE en el buscador y allí apareció entonces el nombre de FRANCISCO GONZALEZ LEDESMA, un personaje sumamente interesante que avivó mis ansias de conocer más sobre su vida y su obra literaria.

Sencillos cálculos matemáticos me revelaron que este abogado, periodista y escritor, nacido en Barcelona en 1927, había comenzado a elucubrar sus “novelitas” del oeste a la edad de 15 años, según confirman artículos biográficos.

A medida que iba interiorizándome de la trayectoria de Francisco González Ledesma, crecía mi admiración e interés por este intelectual que fue otra de las tantas víctimas de la represión franquista. A los 21 años ganó el Premio Internacional de Novela por Sombras viejas, que al igual que otros trabajos suyos, no vieron su publicación hasta 1977, cuando España entró en el período de transición democrática.

Su consagración literaria llegó en 1984 cuando ganó el Premio Planeta por Crónica sentimental en rojo. A partir de ese preciado galardón publica con regularidad novelas de corte policial pero siempre con un trasfondo social. En una de sus últimas obras, Tiempo de venganza, narra las vicisitudes de dos viejos amigos en una Barcelona que el autor ha convertido en escenario referencial de sus obras.

Según sus propias palabras, los dos idealistas de Tiempo de venganza están inspirados en su vida de juventud “cuando los estudiantes pobres todavía creíamos en la posibilidad de que existiera un país mejor. Los ideales eran nuestro único capital”.

En las entrevistas, Gonzalez Ledesma vuelve recurrentemente a su infancia entre gente muy humilde pero idealista, prototipo del republicanismo pobre de esa época. Soy un nostálgico. “Para mí, el pasado tiene mucha importancia porque lo he vivido, mientras que el presente es huidizo y el futuro una incógnita. O sea que el pasado es lo único que tienes”.

Recuerda que cuando se prohibió la publicación de Sombras viejas, la censura lo tachó de “rojo indeseable” y un pornógrafo, porque el protagonista le tocaba el muslo a una chica. “Para simplificar, diría que mi libro era como Los cipreses creen en Dios pero dos años antes y en lugar de ofrecer el punto de vista de la derecha, planteaba el punto de vista de la izquierda. Total: la mía la prohibieron y la de (José María) Gironella no”.

Tuvo que haber sido duro para un escritor de sólo 21 años, ver que su novela premiada no podría ser publicada hasta que Franco hubiese muerto, como así ocurrió, y que el único trabajo literario que se le ofreció fue el de escribir novelas del Oeste; allí nació entonces el seudónimo de Silver Kane.

Al igual que el exitoso escritor sueco Henning Mankell con su personaje del policía Kurt Wallander, González Ledesma creó el suyo propio, el comisario Méndez, que se repite en media docena de sus libros.

Méndez es un nostálgico de sus amistades con prostitutas y gente humilde de la vieja Barcelona. En el cuerpo policial no lo quiere nadie. Siendo un investigador de raza, Méndez siente la frustración de que no sólo no le encargan que descubra un asesinato sino que se le ordena que lo tape. Todo lo contrario de sus convicciones, de su obsesión por la búsqueda de la verdad.

Actualmente estoy leyendo Una novela de barrio, publicada en 2007, con el comisario Méndez como protagonista. El texto me interesa y ya me he hecho el firme propósito de transitar por los títulos previos, si es posible en un orden cronológico.

El periodismo, la pasión que González Ledesma ejerció durante 20 años, lo llevó a jubilarse como Redactor en Jefe y presidente del Consejo de Administración del diario La Vanguardia.

En su faceta de escritor “lento” -cuatro años en terminar una novela- revela que el argumento parte de una calle, de un personaje o de una situación que le haya llamado al atención.

Ya he conocido al Silver Kane de mi juventud.

Ahora me acicatea la curiosidad de saber quién se oculta detrás de aquellos Donald Curtis, Ralf Sheridan, Keith Luger, Clark Carrados y otros. ¿Alguien lo sabe?
*

2 de noviembre de 2008

BUENOS AIRES, seis años después








José Trepat


El avión que me llevaba a España despegó del aeropuerto de Ezeiza en febrero de 2002 dejando atrás un cúmulo de imágenes que configuraban la peor crisis económica del país en el último medio siglo.

Miles de argentinos pasaban noches enteras frente a los consulados, casi al borde de la desesperación por conseguir las visas que les permitieran emigrar hacia otros horizontes en busca de alcanzar algo muy simple, elemental e inherente al ser humano: tener una vida mejor.

En Argentina, país hecho por inmigrantes, se revertía el proceso. La historia de la humanidad se ha nutrido y se nutre de movimientos migratorios en escala individual y colectiva. El aporte de otras culturas, amalgamado con lo autóctono, ha sido un hecho positivo en la mayoría de los casos. No se trata de conquistar países para someterlos, sino de integrarse a sus leyes y colaborar en su crecimiento, lo que a la postre significa crecer en lo personal y familiar.

¿Por qué esto iba a ser diferente? Argentina, a principios del siglo pasado, recibió una fuerte corriente migratoria de países de Europa castigados por las guerras. Los recién llegados se integraron rápidamente y ayudaron –¡vaya si lo hicieron!- a que el país que los acogió con los brazos abiertos llegara a ubicarse entre las diez primeras potencias mundiales.

La ineptitud y corrupción de algunos de sus dirigentes, junto con los vaivenes de la economía mundial, contribuyeron a que esa ubicación de privilegio entre el concierto de naciones fuese retrocediendo cada vez más hasta convertirse, tristemente, en uno de las naciones con mayor índice de “riesgo país”. La crisis estalló finalmente en el período de transición entre el siglo XX y el actual.

Argentina tiene “ESO”

Y a eso no le encuentro explicación. Después de haber vivido 55 años en Argentina -fui también producto de la inmigración al huir de una España arrasada por la guerra civil- puedo afirmar que el argentino medio es un ser de gran inteligencia, notable intuición, sentido del humor y profundos valores humanos, como el de la amistad, de lo cual tengo ejemplos sobrados. Quede constancia aquí de mi admiración y afecto por “lo argentino”. Como bien dijo, Roberto Peralta, vinculado al mundo teatral, “Argentina tiene ESO”, imposible de definir.

Por haber estado la mayor parte de mi vida en Argentina, por haber formado una familia totalmente argentina, por haberme integrado plenamente a su modo de hablar y costumbres, siento que tengo el derecho de expresarme libremente ya sea a favor o en contra. Cuando se denuesta a dirigentes y funcionarios corruptos, el concepto se refiere a individuos, no al país en conjunto. Además, es bien sabido que la corrupción no es patrimonio de ningún país en particular, aunque en algunos sea un mal endémico. La explicación del por qué queda en manos de los sociólogos.

Volviendo al comienzo de la nota, hace seis años decidimos que había que hacer algo para superar el trance de que, de un día para otro, el gobierno nos había saqueado literalmente los ahorros de toda una vida, y con ello quedaba hecha añicos mi fe en las instituciones y en sus dirigentes. Además, como padres teníamos la obligación de intentar la posibilidad de un mejor futuro para los hijos. El desarraigo para algunos es difícil de sobrellevar; tiene su precio.

Lo que comenzó como un viaje exploratorio junto con mi hijo mayor, Pablo, derivó en una radicación en España que ya lleva seis años. Con la llegada del resto de la familia comenzó el período de adaptación. Todos se esforzaron al máximo junto con sus respectivas parejas, y aquí están. El futuro está en sus manos.

¿Por qué esta “introducción” tan extensa? No lo sé. Los dedos fueron deslizándose sobre las teclas y esto es lo que ha salido. El propósito de esta nota es compartir las impresiones recogidas durante un mes de vacaciones en Argentina, tras una ausencia de seis años. ¿Qué es lo que cambió? ¿Qué es lo que está igual? De eso se trata. Las opiniones son personales y hay aspectos que podrán compartirse, o no.


Imágenes

Al partir en el año 2002 llevaba en las retinas imágenes del caos político, económico y social que debieron sufrir los argentinos: Bancos cerrados con sus vidrieras tapiadas para evitar que fuesen destrozadas por encolerizados ahorristas que se sentían –con razón- estafados y robados.

Los “cacerolazos” retumbaban en los barrios porteños, y en un momento dado, se produjo el hecho inédito de cinco presidentes en una semana, o algo así, no lo recuerdo con precisión. Ese era el país, o por lo menos lo que recuerdo del Buenos Aires que dejamos atrás.

Al regresar esta vez de vacaciones a fines de septiembre de este año, sabíamos que, por suerte, la situación era diferente en algunos de esos aspectos. Los Bancos operaban normalmente, la gente camina tranquilamente por las calles céntricas plagadas de comercios, y el gobierno funciona como tal –bien para unos, mal para otros- como es normal en todos los países.

Quedé asombrado por la proliferación de kioscos dedicados a la venta de una extensa gama de productos que van desde tabaco hasta aspirinas, pasando por gran variedad de golosinas, y en fin, todo lo que se quiera. Están abiertos todos los días de la semana y algunos las 24 horas. El contraste con España es notable. En España no existen.

¿Por qué hay tantos? Una posible explicación es que se requiere poca inversión, son una fuente de trabajo para paliar el alto índice de desempleo y el papeleo no debe ser muy exigente. En el radio céntrico son muy codiciados por la gran cantidad de transeúntes que pasan frente a ellos. En las zonas urbanas también los hay pero no se arriesgan a permanecer abiertos después de una determinada hora, salvo que estén protegidos por rejas –un problema del pasado y también del presente.

Buenos Aires confirmó lo que ya sabíamos: es una de las ciudades del mundo con mayor oferta de establecimientos de comida para todos los gustos y todos los precios. Argentina ha sido siempre pródiga en esto; como país gran productor de alimentos, estos abundan aunque tal vez no estén al alcance de todos, ya que el poder adquisitivo de los salarios genera muchos reclamos entre la población. Los índices oficiales de costo de vida difieren descaradamente con lo que se percibe en los costos reales. Existe la opinión generalizada de que el gobierno miente, y eso es creíble.


Las monedas

Al comenzar a hacer compras, nos llamó la atención un hecho significativo: en todas partes nos pedían “cambio”, o sea monedas. Nos enteramos enseguida de que faltan monedas, no hay en circulación la cantidad necesaria y eso es algo que incomprensiblemente, los porteños deben sufrir en su vida diaria. Un ejemplo personal: en un kiosco me exigieron el pago en monedas, de otro modo no me vendían los cigarrillos que me disponía a pagar su precio exacto, cuatro pesos….. en billetes. Cosa de locos! Por supuesto quedé atónito, di media vuelta y me fui.

Un viaje en colectivo (bus) debe pagarse en monedas (0,90 pesos) que se introducen en una caja metálica que emite el billete. ¿Por qué no se adopta el sistema de tarjetas magnéticas? Se eliminaría el problema de la falta de monedas y se evitaría la posibilidad de asalto al chofer, algo que ocurre con frecuencia en las zonas suburbanas durante la noche.

El caótico tránsito vehicular por avenidas y calles de Buenos Aires, y más en el Gran Buenos Aires, es también materia para sicólogos. Las líneas que delimitan los carriles en muchos casos no existen y si existen no se respetan. Los moteros –pocos llevan casco- circulan a su albedrío a contramano. Los transeúntes no deben confiar –y de hecho no lo hacen- en que los automovilistas se detendrán en un paso de cebra. Conscientes de su fragilidad, las personas se abstienen de cruzar la calle si se aproxima un vehículo; es mejor y más saludable esperar a que pase.

Pero esto tiene también sus ventajas. Los argentinos al volante descargan su estrés adelantando vehículos, salteándose los semáforos y circulando en contramano. Está claro que esto no es general pero es que cuando alguien se salta de las normas llama más la atención que quienes las respetan. Es cuestión de acostumbrarse. Como dijo Juan Manuel Fontecha, un argentino en Barcelona: “En Buenos Aires pones la luz de baliza y eso te habilita para todo”.



Puerto Madero



El cambio más espectacular se nota en la zona portuaria, dónde los viejos edificios que otrora pertenecían a la Aduana han sido transformados en un conjunto de oficinas y restaurantes de primer nivel, cita obligada para el visitante a esta ciudad de “cien barrios porteños”, como dice la letra del tango.

Esta transformación ya existía hace seis años por obra y gracia de gobiernos anteriores y de particulares que invirtieron mucho dinero para convertir a la zona en lo que hoy es Puerto Madero.

Pero lo que el visitante ve ahora es que detrás de la línea de restaurantes y más cerca del Rio de la Plata, se ha levantado una serie de edificios escandalosamente altos apiñados uno al lado del otro que serán destinados probablemente a vivienda para personas de muy alto poder adquisitivo. Es como una concentración de riqueza no muy lejos de los numerosos bolsones de pobreza extrema que también forman parte del paisaje urbano.

Esta nota se refiere, como puede comprenderse, sólo a Buenos Aires y sus alrededores, sin mencionar la situación en el resto del enorme país, pues no lo hemos visto, con excepción de un viaje a las Cataratas del Iguazú, una maravilla de la naturaleza.

La impresión entonces es que en un extremo hay una clase pudiente que vive muy bien y otra que está abandonada a la mano de Dios, como suele decirse. La mayoritaria clase media mantiene el equilibrio entre los extremos. La opinión personal es que el rico goza de facilidades y prebendas para realizar inversiones que le reditúen pingues beneficios mientras que los pobres siguen olvidados por los gobiernos de turno, como lo demuestran las carencias en hospitales públicos y otros centros de asistencia.

Lo que no ha cambiado en Buenos Aires es la proliferación de las llamadas villas de emergencia, habitadas por personas sin recursos que han instalado sus precarias viviendas en terrenos ocupados y lo más cerca posible de centros urbanos.

Entrando a Buenos Aires desde los cuatro puntos cardinales se pueden observar estos asentamientos, algunos históricos, que han sobrevivido a los distintos gobiernos que han prometido erradicarlos.

La llamada villa 31, a poca distancia de Puerto Madero, tiene una llamativa particularidad. Las viviendas originales de chapa y cartón están siendo sustituidas por construcciones de ladrillo y cemento que crecen hacia arriba sin cimientos que garanticen su estabilidad. La población de estos asentamientos aumenta día a día ante la inercia de las autoridades. ¿Es que la recaudación de impuestos no permite encontrar una solución a este problema? ¿Qué intereses económicos hay en todo esto? Son preguntas sin respuesta.

Otro asentamiento famoso, el barrio La Cava, en el distrito de San Isidro, uno de los más caros del radio suburbano, se mantiene hace años y se lo conoce como “el impenetrable”. ¿Cómo puede ser impenetrable para la fuerza de policía o aún para la intervención del ejército? Misterios. En última instancia, no se trata de expulsarlos por la fuerza sin antes contar con un lugar alternativo para su radicación. Pero es que nadie parece buscar este tipo de soluciones.


La inseguridad

No se ven cambios en lo que es para mí el peor de los flagelos: la inseguridad. Un quebranto económico puede superarse, pero perder la vida es algo irreparable. En el Gran Buenos Aires los comercios y las viviendas siguen protegidos por rejas, y pocas personas se atreven a caminar de noche por algunas zonas suburbanas.

Estas impresiones negativas están sustentadas por la lectura de la prensa diaria y como son un hecho palpable, real, se deben mencionar en una crónica que pretende dar una imagen de lo que hemos visto en Buenos Aires. Tratar de ocultarlo y esconder la cabeza como el avestruz, es el peor de los remedios.

Todo lo que se ha mencionado en esta nota forma parte de la realidad. Es tangible. Pero el visitante seguramente no se irá de excursión nocturna por el Gran Buenos Aires, sino que dedicará su tiempo a disfrutar de esta ciudad cosmopolita que le brinda casi todo lo que apetezca.
La oferta cultural sigue siendo sumamente variada en cuanto a teatros, espectáculos, museos, lujosas y bien surtidas librerías, innumerables restaurantes y centros comerciales de primer nivel. Las Galerías Pacífico, en la peatonal calle Florida, es de una belleza única. Extrañábamos la esmerada atención en los bares, dónde un simple café es servido acompañado de un pequeño chocolate, una servilleta de papel y un vaso de agua. Tan simple como eso, pero que buen efecto causa.

Extrañaba las llamadas librerías “de viejos” en la avenida Corrientes, en las que revolviendo entre las mesas pueden encontrarse libros olvidados, leídos y releídos, que han sido canjeados por otros, también usados. La vida nocturna es intensa. Los bares y restaurantes cierran muy tarde, a la madrugada y los servicios de transporte, los colectivos, circulan toda la noche. Un lujo para el visitante, que también encuentra taxis a cualquier hora y en cualquier lugar.

Buenos Aires es eso y mucho más. Un lugar de afectos y amigos. Para todos ellos, un fuerte abrazo.


Una reflexión final. Los argentinos fueron estafados hace seis años por un gobierno autodefinido como neoliberal. Ahora, un gobierno estatista acaba de adoptar una medida que ha creado incertidumbre, por definirla de alguna manera. Treinta mil millones de dólares correspondientes a jubilaciones privadas han sido nacionalizados. ¿Podrán dormir tranquilos los jubilados argentinos? ¿O será esto una vuelta al pasado? Espero que no.


*