30 de enero de 2009

Hoy toca una recomendación



Voy por la mitad, pero con lo leído ya me basta para recomendar este libro de Henning Mankell para quienes son adictos a la llamada "novela negra".

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Mankell goza de una fama muy merecida, y el protagonista de varias de sus novelas, el comisario Kurt Wallander, es uno de los personajes de ficción más formidables creados por un autor. Opinión personal.

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En El chino no está Wallander, pero igual es muy interesante.

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Para aportar más elementos de juicio a esta sugerencia, se incluye una nota "robada" al diario La Nación, de Buenos Aires.

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Por Vicente Battista Para LA NACION
El chino Por Henning Mankell
Tusquets/Trad.: Carmen Montes/469 páginas/$ 58



Henning Mankell es un típico ciudadano de dos mundos: desde hace un par de décadas vive seis meses del año en compañía del frío y de la nieve en su Suecia natal; los otros seis meses los pasa en compañía del calor y de las arenas de África: es director del Teatro Nacional Avenida de Maputo, en Mozambique.

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Ha escrito cerca de cuarenta libros, pero esencialmente se lo conoce por diez de sus novelas: nueve de ellas protagonizadas por el Inspector Kurt Wallander, y la restante por su hija, Linda Wallander. Padre e hija no mantienen una relación cordial. Es comprensible, él acaba de cruzar la barrera de los 60 años y está al borde de la jubilación; ella aún no ha cumplido los 30 y acaba de graduarse en la escuela de policía.

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En la literatura de crimen y misterio abundan los inspectores, los comisarios, los oficiales y los detectives. La llegada de Kurt Wallander no tendría por qué haber sorprendido a los devotos del género. Sin embargo, los sorprendió. Este inspector sensible y solitario, que pone en movimiento razón e intuición para resolver sus casos y, de paso, plantea una aguda crítica a la sociedad contemporánea, se transformó en una figura emblemática.

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Curiosamente, esta última obra de Mankell no lo tiene por protagonista; tampoco aparece Linda, la hija de Wallander. Ausencias que de ningún modo alejan a El chino del género: se trata de una genuina novela policial. Basta con evocar de qué modo comienza: un lobo solitario, perdido y hambriento llega en los primeros días de enero de 2006 a Hesjövallen, un pequeño pueblo al sur de Hälsingland, en el que no viven más de 20 familias.

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La bestia va en busca de comida; en su largo peregrinar (viene de Noruega) malamente se ha alimentado con el cadáver de algún alce. En Hesjövallen no encontrará cadáveres de alce, pero sí de seres humanos: dieciocho cuerpos de hombres y mujeres, destrozados por las torturas que han sufrido, y el cuerpo de un chico asesinado, aunque no torturado.

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Los medios no vacilan en afirmar que desde la muerte de Olof Palme no se había producido en Suecia un hecho de sangre de tal magnitud. Vivi Sundberg, una policía con algo más de cincuenta años, pronunciado sobrepeso y dos veces viuda, es quien se hará cargo de la investigación. Pero será otra mujer, la jueza Birgitta Roslin, sesenta años y un matrimonio en crisis, la que tendrá activa participación en la historia.

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Aunque Kurt Wallander no fue invitado a protagonizar esta novela, hay más de un rasgo del viejo inspector que encontraremos en ambas mujeres. La edad, en primer lugar, y, casi de inmediato, el desencanto. Birgitta Roslin en su juventud fue militante de la ultraizquierda prochina de Suecia; ahora, sexagenaria, debe desempeñarse como jueza en una sociedad que está lejos de ser lo que ella ambicionaba; pero el otro sistema, por el que ella luchó, también ha fracasado.

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La jueza y la policía, igual que el inspector Wallander, aceptan con desagrado el mundo que les ha tocado en suerte. En ese mundo existe gente capaz de asesinar a dieciocho ancianos y a un niño. Los ancianos fueron torturados; el niño, no. ¿Por qué? ...sta es la primera pregunta que se plantea Vivi Sundberg; la respuesta vendrá desde la otra punta del país y por boca de Birgitta Roslin. Lo que casi por casualidad descubre la jueza será espeluznante. Para comprenderlo habrá que retroceder casi dos siglos y situarse en el desierto de Nevada, Estados Unidos de América, en 1863, durante el montaje de las vías del ferrocarril.

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Un viejo proverbio chino señala: "El aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo". Una interrelación causa-efecto a la que Mankell recurre para la construcción de su novela; de ese modo, los crímenes que se producen en uno de los sitios menos poblados de la tierra (Hesjövallen, total: 22 habitantes) se originan en uno de los sitios más poblado de la tierra: China, mil trescientos millones de habitantes.

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La razón de esos crímenes es tan antigua como el mundo: cumplir con una venganza prometida. A ese desenlace arribará la jueza Birgitta Roslin después de sobrellevar numerosas peripecias y un sinnúmero de aventuras y malentendidos.

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Se ha señalado que Mankell le dio una vuelta de tuerca al policial europeo. El chino es una buena prueba de ello. Prescinde de la norma que caracteriza las narraciones policiales: centrarse en el tema, desechando todo lo que puede ser secundario. En lugar de eso, Mankell plantea dos novelas en una.

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Tendremos los sucesos que acontecen en Suecia, China y Londres durante el invierno de 2006 y los que se desarrollan en los Estados Unidos de América entre los años 1863 y 1867. En el siglo XIX habrá escenarios y personajes que aparentemente nada tienen que ver con los escenarios y personajes del siglo XXI. Sin embargo, todo estará conectado.

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Pese a prescindir, como se indicó, de la norma que caracteriza las ficciones policiales, Mankell mantiene la tensión y el suspenso que distinguen a esas narraciones. Logra que en ningún momento se pierda interés por la lectura, aunque a lo largo de páginas y páginas se refiera al conflicto familiar que sufren la jueza y su marido o dedique capítulos enteros a postular de qué modo un sector de la dirigencia comunista china pretende replantear la colonización en África.

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Esto lo consigue esencialmente por sus dotes de narrador y la indudable calidad de su escritura, detalle que se advierte en la prolija traducción al español de Carmen Montes, quien ha prescindido de charanga y pandereta: no encontramos ni un solo "gilipollas" ni un solo "hostias" en ningún rincón de la novela.


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29 de enero de 2009



El equipo de investigación de este blog escudriñó minuciosamente los archivos de la Federación de Boxeo de Filadelfia y finalmente halló un documento gráfico que muestra los comienzos de Rocky Balboa en el deporte de los puños:





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28 de enero de 2009

Paulita es una Capgròs (cabeza grande) por haber nacido en Mataró, pero me parece que quienes le tejieron el gorro y le compraron el chupete......se excedieron en sus expectativas.




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Bienvenida Paulita al grupo de
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Ya estamos más cerca del millón !



Bienvenido atrepat al grupo de
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Me queda una gran duda: ¿somos
parientes? Ayuda, por favor!

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El blog presente en www.lavanguardia.es

La explicación sobre esta foto puede verse en las siguientes líneas.

*Respuesta de La Vanguardia al envío de la fotografía tomada con Nikon D80

Apreciado José Trepat,

Muchas gracias por remitirnos tan curiosa y sorprendente fotografía (muy ingeniosa su alusión a la “calvicie incipiente”).

Le comunicamos que la hemos publicado e incluido en la Galería de fotografías de los lectores creada con motivo del vendaval.

Puede acceder a la misma desde el siguiente enlace directo:
http://www.lavanguardia.es/premium/publica/publica?COMPID=53626005085&ID_PAGINA=1810075&ID_FORMATO=9&PAGINACIO=1&SUBORDRE=3&TEXT=
Agradeciéndole su interés, le saluda muy atentamente...

(Cliquear foto nr. 5)

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23 de enero de 2009

España seis años después




José Trepat


Los carteles de “Se vende” y “Se alquila” proliferan por doquier en las grandes urbes españolas, algo impensable hace apenas seis años, cuando encontrar un piso decoroso a un precio razonable era como buscar una aguja en un pajar.

Esta nota, que tiene una marcada connotación personal –como la mayoría de las publicadas en este blog- intenta reflejar los cambios en el proceso de adaptación de la oleada de inmigrantes atraídos por “el milagro español”, impulsado por una sólida economía que ubicó al país en el octavo lugar mundial.

Y no era para menos. Los inmigrantes llegaban masivamente procedentes de países de pobreza endémica unos o castigados por debacles financieras y políticas otros. Llegar a España en busca de trabajo y bienestar era un lujo que no todos se podían permitir. No había nada de malo en ello; las corrientes inmigratorias forman parte de la historia de la humanidad.

Los inmigrantes latinoamericanos tenían la ventaja del idioma, a diferencia de los que provenían de Europa del este o de África, cuya meta era en la mayoría de los casos recalar en las tareas agrícolas o de otra índole, rechazadas por los españoles que sentían haber alcanzado un grado “superior” en la escala social.

Los procedentes de América latina, muchos de ascendencia española, llegaban para emplearse como camareros, asistentes de ancianos y otros trabajos en los que podían comunicarse sin dificultad con sus empleadores. Quienes venían con algún título profesional o universitario encontraron facilidades para ubicarse en el engranaje social de mediano y alto nivel. A muchos de ellos les ha ido muy bien y seguramente no están arrepentidos de su decisión.

La llegada

Cuando llegué a España en 2002 junto con mi hijo mayor fue a modo de avanzada exploratoria para comprobar sobre el terreno si las posibilidades que se nos ofrecían aquí eran mejores. Se había revertido un proceso: hace casi 60 años mis padres emigraron hacia Argentina en busca de lo mismo.

Como sucede casi siempre, los comienzos no son fáciles, y en nuestro caso esa regla no escrita se cumplió, aunque las dificultades iniciales estuvieron matizadas con hechos que ahora, seis años después, se recuerdan con alguna sonrisa.

Apenas salimos del aeropuerto abordamos un taxi, pero no un coche normal sino una especie de furgoneta en la que pudiéramos meter las seis voluminosas maletas que llevábamos. Teníamos reserva en una pensión, pero recién para el día siguiente, así que le pedimos al chofer que nos llevara a un hotel de medio pelo para pasar la noche.

El hombre nos dijo que lo teníamos complicado pues en esos días Barcelona era sede de varias convenciones y los hoteles tenían colmada su capacidad. Entonces, para nuestro asombro, hizo por lo menos diez llamadas con su teléfono móvil hasta dar con un hotel que tenía habitación disponible. Tamaña atención del chofer nos sorprendió gratamente.

Pasamos la noche y a la mañana siguiente debíamos instalarnos en la pensión que distaba unas seis o siete calles de nuestro hotel. No vimos ningún taxi-furgoneta así que emprendimos el recorrido a pie, por etapas. Poco a poco llegamos a la pensión, un tercer piso de un viejo edificio con una enorme puerta de madera, como muchas de las que todavía existen en Barcelona. Esa sería nuestra residencia hasta que encontráramos un apartamento para alquilar.

Comenzamos a deambular por Inmobiliarias pero lo que vimos nos decepcionó: pisos pequeños, pocos, vetustos, sin luz y caros, sobre todo caros; no era lo que estábamos dispuestos a pagar por esa porquería. Mientras tanto, en la pensión habíamos instalado la CPU del ordenador que habíamos traído, junto con un monitor y una impresora que compramos a precios que nos parecieron casi regalados. El propósito era que mi hijo Pablo, ingeniero, pudiese enviar su curriculum a ofrecimientos de trabajo.

¿Y si probamos fuera de Barcelona?

A los pocos días dimos por fracasada la búsqueda de vivienda en Barcelona y decidimos buscar en alguna localidad cercana. Pero cual? No teníamos idea, así que fuimos a la estación de ferrocarril y allí buscamos nombres en un radio de unos 30 kilómetros.
El de letras más grandes era Mataró, y hacia allí nos dirigimos.

Mataró, una ciudad de 120.000 habitantes fundada a orillas del Mediterráneo por los romanos hace 2.000 años con el nombre de Iluro, nos causó una buena impresión cuando, al bajar del tren comprobamos que su ubicación geográfica era la que yo había tenido siempre como el ideal soñado: de un lado el mar, y enfrente, las montañas. “La vida entera es una búsqueda constante del mejor camino para alcanzar un resultado”, dijo alguien.

Ahora había que buscar vivienda, y eso no fue fácil. En las inmobiliarias sólo había carteles de venta, ninguno de alquiler. Pero cuando pensábamos ya que nuestra excursión había fracasado, nos topamos con una inmobiliaria pequeña y apartada del centro, dónde nos dijeron que tenían UN piso para alquilar. Fuimos a verlo, nos gustó y nos instalamos, no sin antes cumplir con todos los requisitos: seis meses de depósito porque no teníamos ningún aval, dos meses de alquiler adelantado y alguna cosa más.

Con el tiempo, llegó al resto de la familia, en tandas, y finalmente cada uno buscó su propio lugar de residencia.

La “burbuja”

España vivía un auge inmobiliario sin precedentes, como lo demostraban centenares de torres de construcción de edificios que se veían por doquier. Los precios, eso sí, estaban por las nubes, terriblemente altos para lo que estábamos acostumbrados. Pero los bancos ofrecían dinero en hipoteca con muchas facilidades, aunque quién los tomaba sabía que para alcanzar el título de propiedad debía esperar treinta años, o más.

Sin embargo, eran muchos los jóvenes que firmaban una hipoteca. La construcción casi no daba abasto para satisfacer la demanda. Otro aspecto que nos sorprendió era el consumo desmedido de los españoles. En los contenedores de residuos se encontraba todo tipo de muebles, electrodomésticos, bicicletas y muchos otros objetos que eran descartados para sustituirlos por otros más modernos a precios muy asequibles.

Muchos inmigrantes de escasos recursos, ya sea procedentes de Europa del este, Africa o América latina, podían instalarse recogiendo lo que otros despreciaban, incluyendo también ordenadores y aparatos de televisión –una imagen del primer mundo, propia de un país en el que aparentemente había dinero para consumir a destajo. Algunos sin embargo advertían que lo que se conocía como “burbuja inmobiliaria” en algún momento les estallaría en la cara, como efectivamente ocurrió a mediados del año 2008.

Civismo y lo contrario

En la vida cotidiana quedamos sorprendidos al ver como los automóviles se detenían en las líneas blancas de las esquinas, llamadas aquí pasos de cebra, cuando algún transeúnte se disponía a cruzar la calzada. El peatón tenía prioridad absoluta y eso se respetaba escrupulosamente.

Un gran número de perros paseaban sujetos a las correas de sus dueños que también, con pocas excepciones, recogían meticulosamente las deposiciones caninas y las depositaban en contenedores instalados al efecto. Pero no todo era idílico.

Los adolescentes de familias pudientes, los nuevos ricos de la España moderna, daban la impresión –no todos, claro está- de que sus padres se habían preocupado más por darse una buena vida y lucir sus nuevos coches que por inculcar a sus hijos normas de convivencia y buenos modales. No podía creer que por ejemplo, en modernos trenes se apoyasen las suelas en los asientos opuestos ensuciando el tapizado sin que nadie dijera nada. Era eso normal? Aparentemente sí.

Otro aspecto negativo de parte de la juventud es el llamado “botellón” que consiste en una gran afluencia de adolescentes a un sitio determinado y allí pasar toda la noche consumiendo alcohol y alguna otra cosa sin duda. La inmundicia que dejan debe ser retirada al día siguiente por los servicios de limpieza. En mi opinión es una diversión absolutamente idiota que lo único que les deja es una resaca durante un par de días.
¿Cuál es el beneficio que obtienen del “botellón”? Ellos sabrán.

Quien lleva ya algunos años viviendo en este país se ha acostumbrado a un orden relativamente bien establecido, pero claro, siempre se quiere algo más, es propio del ser humano. Pero no hay que perder la objetividad y poner en la balanza todos los pro y contra. Los inmigrantes que llegaron ilusionados y ahora piensan en regresar a sus países de origen ante la falta de trabajo, se hallan ante una difícil disyuntiva que cada uno debe resolver según cual sea su situación.

En España ha estallado la burbuja inmobiliaria y el país está sumido también en la crisis financiera mundial que se originó a mediados de 2008 en Estados Unidos. El índice de desempleo sube mes a mes y los pronósticos son agoreros, por lo menos para todo este año y parte del próximo. ¿Pero se puede pensar que si los países ricos o del “primer mundo” están en crisis, el resto escapará indemne a la misma?

La falta de trabajo ha hecho que muchos españoles repitan lo que sus antepasados hicieron hace varias décadas: emigrar en busca de un mejor empleo o de un empleo simplemente. Ya no se ven más los carteles de “Se necesita camarero” que antes dejaban para los sudamericanos. Todo esto es consecuencia del freno de la construcción, un resorte vital de la economía. Los bancos dejaron de conceder créditos que no saben si van a poder cobrar.

El gobierno evitó durante mucho tiempo pronunciar la palabra “crisis” pero finalmente tuvo que hacerlo y al mismo tiempo anunció un respaldo financiero para las empresas constructoras a fin de evitar la paralización total de la economía.

Este es el panorama actual según nuestra opinión. España tiene problemas. Otros países están mejor, pero muchos otros están peor. ¿Cuál es cual? ¿Hacemos una encuesta?


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11 de enero de 2009

DOS ALTAMENTE RECOMENDABLES





José Trepat


Es conocida la afición de quien escribe estas líneas por la lectura, con un consumo de tres/cuatro libros al mes. Este hábito, que considero muy saludable, me permite ampliar mis conocimientos sobre personas, lugares, hechos históricos, evasión de la rutina diaria, desarrollo de la imaginación, enriquecimiento del vocabulario.

En el aspecto psicológico, la lectura en general –no sólo de libros- nos permite comprender mejor el mundo y facilita las relaciones interpersonales, además de mejorar la ortografía, algo tan necesario cuando debemos comunicarnos por escrito, como sucede actualmente con los correos electrónicos.

Podría hacerse una larga lista de las ventajas de la lectura, pero mencionemos sólo algunas más. Despierta la curiosidad intelectual y científica y, para no extendernos, estimula la imaginación al recrear en nuestra mente las situaciones y personajes que el autor ha creado para nosotros.

Me ocurre normalmente que al terminar de leer un libro que no me aporta mucho, lo hago a un lado y paso al siguiente. No lo recomiendo a mis allegados pero tampoco vierto algún comentario peyorativo sobre la obra, porque quizás otro lector encuentre en sus páginas algún elemento que le pueda servir.

Pero cuando leo un libro que me ha gustado verdaderamente, pienso que el autor y ese título en particular, merecen tener divulgación. Y esto me ha sucedido con los dos últimos.

Se trata de “Los girasoles ciegos” (un título muy sugerente) y “Los hombres que no amaban a las mujeres” (título un poco tontín, si se me permite el neologismo) pero que sin embargo tiene que ver con la temática de la obra.

En “Los girasoles ciegos”, el autor Alberto Méndez -fallecido en 2004 a los 64 años- ofrece cuatro historias entrelazadas con el trasfondo de la barbarie fascista durante la ajetreada guerra civil española. Los relatos son conmovedores. Describe como fue realmente la guerra para estos personajes creados por Méndez en los que sin duda podrán verse reflejados muchos miles de los que también la sufrieron.

“Los hombres que no amaban a las mujeres”, del escritor y periodista sueco Stieg Larsson, fallecido también prematuramente a los 50 años, es la primera novela de una trilogía. Destaca por la escritura simple, directa de una historia muy bien hilvanada que mantiene el interés del lector hasta el final.

En síntesis y volviendo al comienzo: DOS ALTAMENTE RECOMENDABLES.

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9 de enero de 2009


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4 de enero de 2009

Inolvidable cine italiano

José Trepat
 Pocos como los italianos en el mundo del cine han sabido interpretar los sentimientos humanos y extraer del espectador la risa y el llanto de una manera tan natural e imposible de contener. Sin entrar a analizar el estado actual de la industria cinematográfica italiana, esta nota intenta un viaje retrospectivo a una época en la que descomunales guionistas, directores y actores dejaron una profunda huella al reflejarla de una manera magistral.

 Hoy podemos acceder a esa filmografía gracias a los avances tecnológicos que nos permiten revivir incontables obras maestras, hechas casi todas sin presupuestos excesivos pero que han quedado grabadas en el recuerdo como exponentes de un período irrepetible de la historia: el que vivió Italia entre la Primera Guerra Mundial y la década de 1960. En ese lapso de tiempo los italianos supieron reflejar como nadie los avatares de una sociedad que en un escenario de penuria y miserias mostraba al mundo como era realmente la vida que les tocó en suerte.

Viendo esas películas se tiene la impresión de que los guionistas se habían limitado a copiar escenas del quehacer cotidiano, que luego llegaban al espectador a través de los magníficos actores y directores. Quién no se conmovió y derramó alguna lágrima con “Ladrón de bicicletas”, de Vittorio de Sica? O con “La Gran Guerra”, de Mario Monicelli, interpretada por Vittorio Gassmann y Alberto Sordi? “Roma ciudad abierta”, de Roberto Rosellini y “Arroz amargo” (1949) dirigida por Giuseppe di Santis e interpretada por la exuberante Silvana Mangano, son dos exponentes clave de lo que a partir de esas y otras producciones se conoce como el neorrealismo italiano.


“La Mangano”, que había sido elegida Miss Roma en 1946, trae a la pantalla una carga de erotismo –mostrando muy poco- que era desconocida en Hollywood y rara en Europa. Claro que vistas ahora, esas escenas de erotismo sugerido, parecen un tanto ingenuas. En la triste España de la posguerra, “Arroz amargo” se exhibió con numerosos cortes y sólo a partir de los años 70 la película se repuso en los circuitos de arte y ensayo.

En “Roma ciudad abierta”, rodada cuando la Segunda Guerra Mundial todavía no había terminado, Rosellini se aparta de los convencionalismos de Hollywood y en un marco de precariedad y carencias, aporta al cine un nuevo modo de contar historias, que por falta de estudios cinematográficos, debían ser filmadas en escenarios naturales y apelando muchas veces a actores no profesionales. Muchos consideran a su película, junto con “Ladrón de bicicletas”, como las obras maestras del neorrealismo italiano.

 Ese nuevo estilo que acababa de nacer reflejaba con total verosimilitud las condiciones de vida de un país que emergía del cataclismo bélico. Los sentimientos de frustración y miseria parecían escapar de la pantalla y alojarse en el alma de los espectadores. Sería muy aconsejable que las nuevas generaciones tuvieran oportunidad de comprobar que las obras de arte tienen muy poco que ver con la cantidad de dinero utilizado para producirlas.

Para quien esto escribe hurgando en el archivo de la memoria –reitero que estas páginas del blog no pretenden ser artículos periodísticos, sino recuerdos que surgen de manera espontánea- las películas italianas se hallaban en las antípodas del “otro” cine que veía en mi juventud: las producciones de Hollywood en las que siempre ganaba el “bueno”.

Las películas norteamericanas producían héroes en cantidad y un despliegue de recursos que visualmente eran agradables de ver. Por el contrario los personajes del cine italiano, casi siempre en blanco y negro, eran en general “perdedores” que dejaban un regusto amargo pero que transmitían una autenticidad avasalladora. No puede dejar de mencionarse –entre tantas obras que no caben en este espacio y estos recuerdos- la película “Dos mujeres” con una actuación tan soberbia de Sofía Loren, como pocas veces he visto en el cine.

Tampoco puede faltar en esta retrospectiva “Umberto D”, dirigida por de Sicca, otra obra dramática que golpea duro al espectador. Pero por suerte, una Italia que iba recuperándose de los estragos de la guerra, comenzó a generar a partir de la década del 60, una serie de películas, siempre de carácter costumbrista, con un humor desbordante transmitido por una avalancha de actores sencillamente extraordinarios dirigidos también de manera magistral. Fue precisamente Vittorio de Sica, esta vez como actor, quién en 1953, teniendo como “partenaire” a una debutante Gina Lollobrigida comenzó a transitar la vertiente humorística que tantos éxitos fue acumulando con el paso del tiempo.


Y aquí llega el disfrute pleno de las comedias italianas que iban invadiendo las pantallas de los cines de Buenos Aires que en esa época frecuentaba asiduamente. Por suerte, las películas se exhibían en su idioma original con subtítulos, pues a mi modesto modo de ver a los italianos se los debe escuchar en su lengua, con sus giros y entonaciones tan particulares. No pueden ser dobladas; es lo que “exijo” cuando quiero ver una película de ese origen.

 Un gordito de cara redonda y mirada pícara a veces y triste en otras, se convirtió en mi ídolo cinematográfico: Alberto Sordi. Tal es así que en un viaje a Roma con mi esposa sentí la ilusión de cruzarme en la Via Venetto con Albertino para fotografiarme junto a él y expresarle mi admiración. Obviamente no pudo ser; no coincidimos ni en el lugar ni en la hora. Creo no haberme perdido ninguna de sus películas. Cómo un actor puede transmitir tanto al espectador quizás dependa de muchos factores, pero con Sordi sentí como que lo conocía de toda la vida.

Otro grande en mis preferencias, Vittorio Gassmann, me aportó muchos momentos de placer y emoción. Fue uno de los personajes centrales de “Los desconocidos de siempre” o “Rufufú”, una película notable   en la que también estuvo Marcelo Mastroianni, verdadero “monstruo” del cine y otros actores de menos nombradía pero geniales en lo suyo, como Mario y Memmo Carotenuto. En fin, hay tantos que es imposible recordarlos a todos.

 Como olvidar al Gassman de "Il sorpasso" y la palabra que hizo historia: “modestamente…” al referirse a sus atributos masculinos en respuesta al admirativo “Oh La La” de su pareja de baile en esa escena que recordarán todos quienes hayan visto la película dirigida por Dino Risi. También contemporáneos de Sordi y Gassman aparecieron para el deleite de los espectadores nombres como el de Ugo Tognazzi y Nino Manfredi, comediantes de primera línea pero también versátiles si el argumento rozaba el drama.

 Sofía Loren y Gina Lollobrigida perdieron –para mí- algo de su magnetismo cuando incursionaron en el cine estadounidense, pero ocupan un lugar de privilegio en la cinematografía de Italia, donde descollaron también bellezas como Virna Lisi, Sandra Schiaffino, Mónica Vitti y Rossana Podestá, entre tantas.


Las comedias fueron la base de la cultura italiana de los años cincuenta. En este recordatorio no puede faltar el gran Totó. En “Los desconocidos de siempre” protagoniza una memorable escena en la que en su papel de ladrón retirado, brinda una clase sobre como robar una caja fuerte. Fueron apenas unos minutos pero son fragmentos que quedan grabados en la memoria. Siguió a esa época dorada un cine más intelectual de la mano de Federico Fellini, Luchino Visconti y el discutido Pier Paolo Passolini, por mencionar sólo a tres.

Pero estos realizadores escapan un poco al tema central de esta nota, que es el de revivir aquellos años en el que el cine justificó plenamente lo de “Séptimo Arte”. Muchos de mis contemporáneos que lean esta nota se preguntarán con razón ¿como se ha olvidado de tal o cual...? Es inevitable. Perdón por la omisión.
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1 de enero de 2009

Matías explica la crisis

Aquí está mi nieto Matías comentando a su abuela Beatriz, que la tía Ana parece no entender que la crisis global es consecuencia de una serie de desafortunadas decisiones de los distintos gobiernos que no acertaron con el enfoque de la situación, razón por la cual 2009 será un año difícil para todos.

Matías, después de haber hablado con sus asesores, anticipó sin embargo que con el esfuerzo de todos, y la baja del Euribor que abaratará las hipotecas, el panorama podría revertirse a mediados de este nuevo año.

En otro orden de cosas, Matías se comunicó con Paula y ambos coincidieron en un númro mágico: 04376
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