29 de abril de 2009

* PAGINA DE SOCIALES *

Agradezco sinceramente a quienes han tenido la deferencia de hacerme llegar sus salutaciones en ocasión de mi ¿? aniversario.

La cantidad y diversidad de mensajes recibidos a través de distintos canales (sms, mail, facebook, geni, teléfono, saludo personal, etc.) hace imposible que pueda responderlos individualmente, pero deseo transmitir desde aquí mi aprecio por cada uno de ellos.

Todos son altamente valorados, pero me gustó áquel que dice: "....y que sean muchos más..."

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27 de abril de 2009

Matías, a favor de la interacción


Matías T. después de invitarnos la semana pasada a compartir su experiencia en el Palau de la Música, en la que nos abrumó con sus conocimientos, ha entrado de lleno en la fase interactiva que la tecnología nos ofrece a través de los blogs y páginas web.


Y así, desde su propia página, nos dice que ha cedido un pequeño espacio a su padre en el cual podemos ver el comienzo de una selección de videos que puede llegar a ser muy interesante.


Por supuesto aceptamos el envite y desde este blog recomendamos los que hemos visto hasta el momento: una serie de fotografías realmente impactantes y espectaculares, y un conmovedor discurso de una niña de 12 años ante los líderes mundiales, sobre el futuro que le aguarda a este planeta Tierra si no se cambian las políticas actuales.


En síntesis: sugerimos abrir esos videos y al mismo tiempo alentar el envio de otros que nos llamen la atención o consideremos de interés general. La iniciativa es buena. Página de Matías T.: http://personales.ya.com/matitrepat/.


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A Darwin le resultó más difícil


Todos sabemos quien fue Charles Darwin, y los años y esfuerzos que le demandaron imponer su Teoría de la Evolución.


El naturalista inglés postuló que todas las especies de seres vivos han evolucionado con el tiempo a partir de un antepasado común mediante un proceso denominado selección natural.

Después de muchos años de estudios, investigaciones y viajes, sus descubrimientos científicos aun siguen siendo el acta fundacional de la biología como ciencia. Pero detengámonos aquí!


No se trata de escribir una nota sobre Darwin y su vida -muy interesante por otra parte-, sino en resaltar que le costó lo suyo probar que el hombre desciende del mono.


Mucho más sencillo ha sido demostrar de dónde desciende Paula T. una seguidora registrada de este blog.



















Y aquí está la prueba......!


















Ahora se la conoce también como el pequeño Buda de Mataró.




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22 de abril de 2009

Las desventuras de Cloudy (Comedia en cuatro actos)


Cloudy, la pequeña nubecita, estaba desesperada. Se había extraviado en el inmenso cielo azul y no podía encontrar a sus inseparables amigos de los fines de semana.
Estaba ya al borde del llanto, hasta que de
pronto....





¡Qué suerte! ¡Los había encontrado....!



..y pudo derramar toda su emoción

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21 de abril de 2009

Orgullo de Cataluña




Un distinguido seguidor registrado de este blog asume el papel de cicerón y nos invita a compartir una reciente visita a uno de los sitios orgullo de Barcelona y Patrimonio de la Humanidad desde 1997: el Palau de la Música Catalana.

De esta manera, el blog cumple una de las funciones en las que seguirá perseverando contra viento y marea: la de interactuar con sus seguidores a través de comentarios y aportes de este tipo

El seguidor, Matías, que de él se trata, comienza a sondear los caminos por los que transitará durante su vida, y en este caso ha decidido absorber un buen trago de cultura, aunque sin renunciar a otras ambiciones quizás más redituables economicamente, simbolizadas por un balón y una raqueta. Todas las puertas siguen abiertas.


La cultura no tiene por que ser incompatible con el deporte, de manera que sin más preámbulos, Matías nos cuenta suscintamente la visita a este auditorio de música inaugurado en 1908 y con una acústica inmejorable, según los expertos, comparable a la del Teatro Colón de Buenos Aires.


El proyecto fue diseñado por Lluís Domènech i Montaner, uno de los máximos representantes del modernismo catalán, y en su construcción se aplicaron todas las artes: escultura, mosaicos, vitrales y forja.


Matías, con la excusa de ver una obra infatil, llevó a sus padres al Palau, porque en realidad quería conocer por dentro lo que anticipaba la complejidad de la fachada angular.


Esta obra espectacular puede verse en la foto que abre esta nota (cedida gentilmente por su abuelo). En este grupo escultórico están representados un San Jorge y debajo una figura femenina como mascarón de proa, un grupo de personajes que representan el marinero, los campesinos, el anciano, los niños, la clase alta de la sociedad, símbolo de que el Palau de la música catalana era para todo el pueblo.


Según Matías, es imposible describir todo lo que se ve en la parte externa debido a la gran cantidad de elementos que contiene, y que lo mejor es apreciarlo a través de alguna buena fotografía.


Ya en el vestíbulo, el joven visitante señala la gran escalera doble hacia el primer piso con iluminación de grandes farolas y su barandilla ricamente labrada en piedra, con relieves de flores igual que la ornamentación de los techos.


Ya en el primer piso, una imponente lámpara modernista se refleja en los cristales de las puertas. Las columnas que sostienen la estructura son todas diferentes en color y decoración.



Después de pedir a sus acompañantes que procurasen imbuirse de la magnificencia ornamental, Matías encabezó el ingreso a la fastuosa Sala de Conciertos, la de la acústica excelsa, ayudada por sus dimensiones no excesivamente grandes.


Al entrar fueron recibidos por una explosió de luz y color a través de los grandes vitrales a ambos lados del escenario, y en el centro del techo, la enorme claraboya como un gran sol en forma de esfera invertida, de cristales dorados en el centro; un deleite visual.


Desde cualquiera de las 2049 butacas se aprecia perfectamente el escenario de once metros de anchura, flanqueado en uno de sus lados por el busto de Beethoven debajo de La cabalgatas de las Valquirias, de Wagner. En el otro costado se ve una representación de la música popular catalana.


Matías nos hace notar que en el semicírculo posterior del escenario se encuentra el órgano adquirido en 1908 a la casa alemana Walcker. Fue ejecutado por primera vez por Alfred Sittar, organista de la Catedral de Bremen.




Mientras nos sentamos en las cómodas butacas para admirar tranquilamente todo el conjunto, nuestro cicerón, extrae de su bolsillo un ayuda memoria y menciona sólo alguno de los nombres más famosos de la música clásica que desfilaron por este recinto.


Así, nos enteramos de que Joaquín Rodrigo estrenó aquí en 1940, su archi conocido Concierto de Aranjuez para guitarra y orquesta.


Matías cree que es una injusticia no mencionar a todos los grandes de la música que pisaron este escenario, pero la lista es muy larga. Todos los afamados directores de orqustas sinfónicas pasaron por aquí, desde la Filarmónica de Berlin, con las batutas de Richard Strauss y Karl von Karajan, hasta la Filarmónica de Viena, dirigida por Karl Bhöm y Leonard Bernstein.


Entre los solistas, como pequeña muestran van los nombres de Arthur Rubinstein en piano, Yehudi Menuhin, en violín y Mstislav Rostropovich en cello.


Grandes voces de la lírica prestigiaron el Palau, como Montserrat Caballé y José Carreras, pero también fue marco para prsentaciones de músicos y cantantes populares: Paco de Lucía tuvo aquí un marco adecuado para su maravillosa guitarra, y para los canta-autores de la música catalana, actuar aquí era para ellos lo máximo para su consagración. Entre estos últimos no podía faltar Joan Manuel Serrat.


Matías piensa que hay mucho más para decir sobre el Palau, pero tendrá que ser alguna otra vez.


(Las fotos, exceptuando la primera, son de los acomañantes de Matías).
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20 de abril de 2009

Test cultural

Se invita a los distinguidos visitantes del blog a exhibir sus conocimientos, revelando a que país o comunidad autonóma podrían pertenecer los siguientes rótulos o enunciamientos.

Una ayuda: NO es ni Ucrania, ni Costa de Marfil ni Liechenstein


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13 de abril de 2009

LONDRES - Un destino, dos visiones



José Trepat
Este blog se hace sin obligaciones y sin urgencias. No se buscan temas en especial sino que estos fluyen naturalmente para que el proceso de gestación y publicación nos acompañe en el devenir cotidiano, haciéndolo más llevadero. Son como huellas en el desierto que inexorablemente serán tapadas por las arenas del tiempo para dejar paso a otras.

Es nuestra manera de comunicarnos con quienes sentimos afectos personales y también con todas las personas que por circunstancias diversas se sientan interesadas en pasear la vista por un tópico determinado, atraídas por las imágenes visuales que unas veces acompañan y otras sirven de excusa a las notas.

Conocer lugares diferentes a los que uno ve a diario nos amplía el horizonte, que duda cabe, y muchos consideramos la posibilidad de un viaje como una manera de evadirnos de la rutina y a la vez satisfacer la curiosidad de ver con nuestros propios ojos algunos de los tantos sitios que hemos conocido a través de la lectura, el cine o la televisión.

Con esta premisa, aprovechamos la reciente visita que hicieron a Londres dos jóvenes seguidoras de este blog, Ana T., y su amiga Mariela V., para compartir con ellas algunas impresiones de viaje, en paralelo con las que recogimos nosotros en una experiencia similar hace algún tiempo, cuando elegimos también como destino turístico la capital inglesa.

Ana y Mariela aprovecharon al máximo los pocos días que estuvieron allí, pues contaron con la benevolencia de las condiciones climáticas, alteradas sólo por alguna fugaz llovizna. En cambio nosotros, con la misma cantidad de días, conocimos al Londres “real”, o sea, lluvia y más lluvia, con el agravante de que por haber ido en diciembre, a las tres y media de la tarde ya era de noche.


Hay coincidencia en que tanto en la primavera de ellas como en el invierno nuestro, la experiencia fue altamente positiva. Las primeras impresiones? En lo personal me sentí impactado por el “peso” histórico de los edificios y monumentos de Londres, escenario de tantos acontecimientos trascendentales en la historia de la humanidad.

Una imagen de esa grandiosidad la observé reflejada –opinión muy subjetiva y quizás poco importante- en el tamaño de los leones que rodean la columna del almirante Horatio Nelson en Trafalgar Square, plaza construida para conmemorar la victoria inglesa frente a la armada franco española en la Batalla de Trafalgar. Mirándolos desde el nivel de la calle, bajo la lluvia y con paraguas, los leones me parecieron enormes, tal vez exagero.


La llegada al que fue el asentamiento de los romanos en el año 43 bajo el nombre de Londinium, se produjo en el aeropuerto de Heathrow, el de más tráfico internacional en el mundo, pero el traslado a los alojamientos no fue igual.

Las dos amigas argentinas, exprimiendo al máximo sus recursos, habían planeado con antelación los pasos a seguir. En el mismo aeropuerto abordaron el Metro, sabiendo en cual estación debían bajar para ir caminando desde allí directamente al Hostel que habían contratado.

A nosotros en cambio, nos esperaba en la terminal aérea un autómovil que nos llevó a nuestro hotel, un edificio victoriano, con carpetas y alfombras también de la época, a juzgar por lo raídas. Todo muy señorial y recargado en cuanto a mobiliario y cortinados, pero poco funcional y nada espacioso si se compara con los hoteles españoles de la misma categoría. Puertas adentro, nos sentíamos como en el Londres del siglo XVIII.
En su primer día en la capital inglesa, los visitantes buscan enseguida las imágenes que la caracterizan, entre ellas las clásicas cabinas telefónicas rojas y los autobuses de dos pisos, tan vistos en películas y fotografías.

Para las visitas a los distintos lugares de interés se suele utilizar el transporte público, principalmente la vasta red subterránea que cubre al área céntrica y los alrededores de Londres.

Llama la atención la profundidad a que se encuentra el laberinto de túneles por los que circula el London Underground, conocido coloquialmente como The Tube. Fue la primera línea que se construyó en Europa, en el año 1863.


Ingresar a los profundos túneles provoca un poco de aprensión y es imposible no evocar las escenas que deben haberse vivido durante la Segunda Guerra Mundial, cuando eran utilizados como refugio contra los bombardeos alemanes que destruyeron gran parte de la ciudad.

Llaman la atención los taxis, vehículos que se caracterizan por su misma forma y aspecto antiguo, aunque los hay de distintos colores y algunos hasta con dibujos. Es el medio ideal si se viaje con equipaje, aunque caro, como también lo son, relativamente, el tren, el Metro y el bus.

Las dos turistas, que se reencontraron después de un tiempo para compartir esta visita, nos cuentan que comparada con París, con su monumentalidad, simetría y orden, Londres es más caótica, por lo menos en su parte céntrica, dónde confluyen personajes excéntricos y resalta la policromía de las vestimentas de las diversas etnias que se entremezclan con atildados hombres de negocios locales.

Mariela se había informado con antelación de que en Londres conviven muchas culturas y religiones y de que se hablan unas 300 lenguas, como puede comprobarse caminando por la comercial Oxford Street, que desemboca en la renombrada esquina de Picadilly Circus. Desde allí se puede continuar hacia los lugares elegidos para visitar, con alguna parada ocasional en uno de los tradicionales pubs (bares o tabernas) para observar mientras se descansa, el ajetreo incesante en las horas pico.

Según el tiempo de que uno disponga, se impone establecer un orden de prioridades para conocer los sitios, monumentos y museos más renombrados, de manera que hay que decidir cual de ellos se visitará primero: La Torre de Londres (declarada Patrimonio de la Humanidad), el London Bridge, el Parlamento (Whittehall) o el Museo Británicio, por mencionar sólo cuatro de una lista interminable.

Los museos son gratuitos pero otros sitios requieren un pago, como es el caso de La Torre de Londres, donde la boletería está atendida por un empleado vestido a la usanza medieval del imperio inglés, al igual que quien controla el acceso y el personal que deambula en el interior del recinto amurallado que es oficialmente El palacio y Fortaleza de Su Majestad, aunque el último gobernante que la ocupó fue Jacobo I (1566-1625).


También se la utilizó como prisión hasta la Segunda Guerra Mundial. Su último recluso, durante cuatro días, fue el criminala de guerra nazi Rudolf Hess.

Como parte de sus tradiciones puede verse en el recinto interior de la Torre de Londres, construida en el siglo XI, como seis cuervos negros deambulan a su albedrío.

Cuenta la leyenda que si estos pajaros desaparecierean, el monumento se destruiría y con él, el Reino Unido. De ahí que reciben cuidados especiales y cuando uno muere es reemplazado por otro cuervo salvaje.

En el patio interno hay una placa que recuerda el lugar exacto en que fue decapitada Ana Bolena, la reina consorte, con un hacha similar a la que puede verse en el museo de la Black Tower. Todo aquí es historia y la visita alienta el interés por indagar más sobre este período del imperio inglés.

Los Alabarderos, que tienen a su cargo el control de la Torre y son a la vez guías turísticos, nos explican que el foso alrededor de la fortaleza fue construido por orden del rey Ricardo Corazón de León, y llenado con aguas del Támesis, a escasos metros.

Desde la Torre se divisa el famoso London Bridge, con las sólidas dos bases de piedra que sostienen la estructura desde el año 1176. Cargado de años y de historia, el puente resistió el gran incendio de Londres en 1666. Durante 300 años se utilizó para empalar las cabezas de los enemigos del imperio. La primera fue la de William Wallace, a quién dio vida el actor Mel Gibson en la premiada película Braveheart (Corazón Valiente).

Ana comenta que toparse de pronto con la imagen real del famoso puente la retrotrajo a su época de estudiante de inglés en un aula con las paredes cubiertas de posters de Inglaterra. El puente era uno de los que más se destacaban. Por eso tantas fotografías de un mismo lugar, aprovechando el contraste de colores de cielo y nubes. El resultado, como puede verse, es magnífico.

Después de cruzar el Támesis, nuestros pasos nos llevan a una de las principales atracciones del Londres actual, la gigantesca noria London Eye (Ojo de Londres), construída hace nueve años padra conmemorar el milenio.

Subir a una de sus amplias 32 cabinas para completar un giro que dura unos 35 minutos, es algo oneroso pero vale la pena por la visión panorámica que se tiene desde lo alto, principalmente del complejo que ocupa el Parlamento con su Big Ben, uno de los símbolos tan emblemáticos de la capital inglesa.



En la parte inferior de la fotografía de la izquierda se ven las cabinas, una en día soleado y la otra bajo la lluvia que nos acompañó en nuestro viaje.

Un dato curioso es que la noria no se detiene en ningún momento. Hay que entrar y salir de las cabinas en 30 segundos, o de lo contrario esperar la cabina siguiente.

Desde su interior, en el punto más alto, las imágenes difieren también dependiendo de las condiciones climáticas.

A medida que la conversación avanza y se van hilvanando los recuerdos, notamos muchas similitudes en las visitas realizadas con una diferencia de seis años, aunque los itinerarios se ajustaron a la distribución del tiempo que cada uno manejó de acuerdo a su conveniencia.

Al finalizar la visita a la noria gigante, las imágenes que recogimos desde lo alto, nos llevan directamente hacia el edificio que alberga las dos cámaras del Parlamento británico y el archifamoso Big Ben, el Gran Reloj de Westminster. Para ello cruzamos nuevamente el Támesis y ya nos encontramos fente a la torre de estilo gótico victoriano, de 96 metros de altura.

El Parlamento visto desde The London Eye
A Ana le impactó el gran tamaño de las cuatro esferas de los relojes que rodean a la torre. Y esa impresión es válida si tenemos en cuenta que la aguja que marca los minutos mide 4,3 metros.


Nuestra visita tuvo lugar en las primeras horas de la tarde, ya casi oscuro y bajo una persistene lluvia.

Un sitio imperdible es el Museo Británico, uno de los más antiguos del mundo y que contiene más de siete millones de objetos de las más diversas procedencias.

Se necesita más de un día completo para una visita más o menos exhaustiva, pero la escasez de tiempo obligó a circunscribirla a lo que más nos interesaba. En esta caso coincidimos en el sector correspondiente al antiguo Egipto y una de sus "joyas", la célebre piedra de Rosseta.


Hablar de Egipto y no querer conocer sus momias es algo díficil de concebir, así que dedicamos también unos minutos (lástima que fueron pocos) para saber más sobre el tema, tan apasionante para muchos.

La paciencia y el tiempo de quienes hayan llegado hasta aquí posiblemente se han agotado.

Estas dos "visiones" compartieron también visitas a la Catedral de San Pablo, la Abadía de Westminster, el Palacio de Buckingham.

Quedó tanto por ver! Pero es que Londres abruma por la grandiosidad de sus monumentos y su historia, independientemente del credo político que uno profese. Eso es algo nimio si se compara con lo que ofrece la capital de Inglaterra y del Reino Unido para ampliar los conocimientos y la cultura. La historia es de todos, para bien o para mal.

Como corolario de su visita, que incluyó también la National Gallery, con La virgen del espejo, de Velazquez, considerada su joya mayor, Ana y Mariela fueron recibidas por la familia real británica...aunque sólo en el Museo de Cera.



















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12 de abril de 2009

Dos winners

Otra vez Nadal! Y sí, ¡otra vez Nadal!



Es que a este blog le gusta ver siempre el vaso medio lleno y no medio vacío. Y mientras este ganador nato en el deporte y en la vida siga siendo un ejemplo estará presente aquí.


Hoy vamos a hacerle compartir la nota con otro fenómeno, que de no mediar influencias nefastas en el entorno que le toca vivir, podría ser también un icono para los jovenes que buscan referentes, espejos para mirarse. Los hay, sólo hay que buscarlos y cuando se los encuentra, procurar extraer de ellos lo positivo. Bienvenido Leo Messi a este podio de triunfadores.


El deporte bien entendido sirve para forjar la personalidad, y hay muchísimos ejemplos de superación personal a través del esfuerzo y la disciplina. Quien quiera incluir nombres será bienvenido.


Tomamos estos dos ejemplos de EXITO con mayúsculas porque son las figuras más mediáticas en el mundo del deporte y sobresalen en sus respectivas esferas de actividad; Nadal es el mejor tenista de la actualidad y Messi el mejor futbolista del mundo. Tal vez las opiniones no sean unánimes en uno u otro caso.


Antes de continuar, hay un tema que no puede soslayarse. Las cifras siderales que perciben los deportistas de élite son abusivas y constituyen una afrenta si se comparan con las paupérrimas recompensas económicas que reciben tantos científicos, investigadores, y hombres y mujeres de la cultura, cuyo legado a la historia será sin duda más trascendente que un mero éxito deportivo.


Pero Nadal, Messi y otros no son culpables de ello, sino que forman parte de una sociedad un tanto desquiciada que se rige por el poder de dinero. Si parte de esas fabulosas ganancias se distribuyera por ejemplo entre ONGs sin fines de lucro, sería de justicia.


En sus apariciones públicas cuando el micrófono sustituye a la raqueta o el balón, Messi y Nadal se muestran contenidos y respetuosos. Este último exhibe mayor soltura a la hora de hablar, porque tiene que hacerlo inevitablemente al recibir el premio en cada uno de los torneos que gana -y ya son muchos-, en tanto que Messi responde con palabras de circunstancia a preguntas también de circunstancia. Este mecanismo los futbolistas lo conocen de memoria.


Pero ninguno de los dos ha menospreciado jamás a un rival y lo que priva es el respeto. Los que en el fútbol tienen la lengua demasiado larga acaban pisándosela.



En la apasionante rutina diaria de sobrevolar Internet para conectarnos con el mundo, nos topamos este domingo con un extenso reportaje que el diario argentino La Nación publica sobre Rafael Nadal. Si bien el artículo lleva la firma del periodista de EL PAIS, su publicación en un diario argentino tiene un valor agregado cuando todavía no se han restañado las heridas de la derrota en la final de la Copa Davis ante España (sin Nadal).



La nota habla precisamente de la amistad de Nadal con los tenistas argentinos Juan Mónaco, David Nalbandian y Juan Martín del Potro, sobre todo cuando coinciden en los hoteles y pasan el tiempo juntos aprovechando seguramente la afinidad del idioma.



A la desdichada frase de Del Potro "A Nadal vamos a sacarle los calzones del orto" el manacorí le resta importancia diciendo que fue producto de la euforia al final de un partido de semifinales de la Davis ganado por el argentino. Rafa se ríe y aclara: "Yo jamás diría eso, aunque le entiendo, por la euforia. No me siento insultado, aunque yo prefiero ver las cosas desde el respeto". Así fue educado por su familia.



Leo Messi está vinculado con el Fútbol Club Barcelona desde los 13 años cuando desde su Rosario natal cruzó el Atlántico para probarse en el club catalán como infantil. Evidentemente alguien le vio condiciones porque desde entonces su carrera ha sido meteórica hasta llegar a ser lo que hoy es la meta de todo futbolista: ser el mejor del mundo.


Si bién debutó en un partido oficial del Barça con sólo 17 años, el 1 de mayo del 2005 tuvo que esperar algún tiempo para tener un lugar indiscutible en el equipo de primera. El anterior entrenador, el holandés Frank Reijkaard lo ponía con cuentagotas, casi al final de los partidos. Finalmente tuvo que rendirse a la evidencia de que Leo era mejor que los titulares en los que el técnico confiaba.



En su página web Leo Messi, muestra su Fundación Pequeño Deseo, en cuya presentación dice, con su habitual parquedad y timidez, que "todos los niños merecen que sus sueños se hagan realidad". Sin duda una hermosa manera de canalizar parte de sus ganancias.


Esa timidez a la hora de hablar desaparece cuando tiene el balón en sus pies y ante casi 100.000 espectadores, saca de la galera jugadas imposibles que le valieron en un momento dado, elogios de su compañero de equipo, el camerunés Samuel Eto: "¿Por qué eres tan bueno?".




Messi se muestra agradecido por todo lo que ha recibido en el Barcelona, y afirma que quiere jugar toda su vida en ese club. Por supuesto que esto no debe tomarse como algo definitivo pues muchas son las circunstancias que puede haber en la vida de un futbolista de élite.



Pero lo importante es que, como Nadal, la "pulguita atómica" mantenga la humildad y el sentido de la gratitud como parte de los valores fundamentales que marquen su vida. Los jóvenes que consideran a ambos como modelos para imitar lo agradecerán.

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10 de abril de 2009

Clint Eastwood, de Jinete Pálido a Gran Fósil


José Trepat

Dicen que Gran Torino es la última película de Clint Eastwood, por lo menos como actor. El título de esta nota puede parecer peyorativo e insultante, pero la intención no es ésa, sino darle un pequeño toque de humor. La prolífica carrera del ahora veterano Eastwood en el mundo del celuloide ciertamente merece todo nuestro respeto y admiración.

Quienes gustamos de las películas de cowboys, vaqueros o del oeste, tenemos a Clint como figura emblemática y uno de los ejemplos para imitar. Pero los que acompañamos como espectadores su larga trayectoria desde aquel Jinete Pálido joven y viril, hasta llegar al casi “fosilizado” intérprete de Gran Torino, tenemos que decir “Basta Clint, ya has hecho bastante, dedícate a dirigir que lo haces muy bien”.

Las críticas no escatiman elogios para Gran Torino pero creo que son desmedidas –todo es opinable, y aquí ejerzo mi derecho-. Es más de lo mismo de algo muy trillado en el cine norteamericano: el hosco y huraño veterano de guerra que vive sólo, se enfrenta a la consabida pandilla de malos del barrio y al final se inmola por una causa justa, es algo que ha sido visto muchas veces y no aporta mucho más.

Eastwood sobrelleva con la mayor dignidad posible el peso de los años y en esta película, que también dirigió, pareciera que intenta despedirse con un personaje que se encuadra perfectamente en el modelo que ha jalonado su vida como actor: un tipo duro, taciturno y defensor de las causas nobles. En una época no muy lejana fue considerado el prototipo ideal del hombre norteamericano.

En Gran Torino apenas se le entiende cuando habla. ¿Será una actuación o es así en la vida real? No lo sé.




Ahora que se halla casi en el final de su carrera es justo reconocer todo lo que aportó al cine desde la recordada trilogía “Por un puñado de dólares”, “La muerte tenía un precio” y “El bueno, el malo y el feo”, dirigidas por Sergio Leone entre 1964 y 1966, hasta que comenzó a destacarse, y mucho, también como director.


En su doble faceta delante y detrás de las cámaras, un Eastwood ya sexagenario, produjo una de las películas más bellas que jamás se han filmado. Quién no ha visto aún “Los puentes de Madison” se ha perdido una obra maestra, aunque esta calificación suene un tanto presuntuosa.


En esa película que gira prácticamente alrededor de sólo dos personajes, Clint, secundado por la magnífica Meryl Streep, ofrece una verdadera lección de lenguaje cinematográfico al narrar la relación que es establece entre un hombre y una mujer que buscan escapar de su soledad interior.


Las escenas de Meryl Streep sonriendo de felicidad juvenil y las lágrimas de Eastwood bajo la lluvia son escenas inolvidables. Es para verla más de una vez.

Mucho antes de Los puentes de Madison, un personaje hecho a la medida para el “duro” Eastwood ocupó las pantallas y dejó huellas en el cine de acción. Todo comenzó con “Harry el sucio” un policía que tenía una manera particular de enfrentar a los delincuentes, fue la primera de una serie cuyas secuelas no alcanzaron el nivel de la primera.

El papel de Harry Callaghan con su inseparable Mágnum 44 lo asumió Eastwood después de que fuera rechazado por John Wayne, Paul Newman y Steve McQueen.


En el año 1992, tres antes de Los puentes… Clint se atrevió a demistificar las películas del oeste, el género que lo lanzó a la fama en los comienzos de su carrera.



Con “Sin perdón” o “Los imperdonables”, presenta a los otrora rudos e invencibles vaqueros como hombres “normales” con sus virtudes y defectos, algunos hasta pusilánimes.



Clint Eastwood tiene en su haber como actor y director otras muchas buenas películas, pero estos párrafos han sido sólo para despuntar el vicio en una mañana de viernes, mientras nos reponemos de una molesta lumbalgia.

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6 de abril de 2009

Aquellos eran pilotos...y algo más

josé trepat

Cómodamente sentado frente al televisor me dispuse a presenciar la transmisión del Gran Premio de Malasia, segunda carrera del año por el Campeonato Mundial de Fórmula Uno. Estas transmisiones son realmente atractivas y apasionantes para los fanáticos del automovilismo de competición. Y los pilotos son formidables, casi sin excepciones.

Oscar Gálvez y Juan Manuel Fangio

Que nadie crea que poder sentarse al volante de un F1 es fácil ni mucho menos. Casi todos comenzaron desde muy pequeños, desde los karting y pasando por las categorías inferiores. Otros muchos, seguramente muy buenos, no pudieron llegar a formar parte de ese grupo de élite por carecer de algo fundamental: el patrocinio económico que mueve todo este llamado “circo” multimillonario.

Los privilegiados, además de alcanzar la gloria deportiva, llenan sus cuentas bancarias con cifras alucinantes, y si además tienen poder mediático y son carismáticos, tanto mejor. Sin duda deben conocer el coche y sus partes, pero tienen a su alrededor ingenieros, colaboradores y personal listo para satisfacer la más mínima de sus necesidades. Así es este deporte hoy día….muy diferente a lo que era hace algunas décadas.

Quienes hemos ido acumulando años –contra nuestra voluntad- podemos comparar las distintas épocas que marcaron el avance de la Fórmula Uno, y si bien aplaudimos la capacidad conductiva de los pilotos actuales, no podemos menos que rendir tributo a los corredores de antaño, aquellos que debían engrasarse las manos para solucionar ellos mismos los problemas mecánicos de sus máquinas.

En los televisores vemos que antes de la largada, los pilotos son protegidos del sol con paraguas sostenidos por agraciadas muchachas de shorts cortos y sonrisas amplias. Sus trajes anti flama y guantes, además de cascos perfectos y seguros, los protegen de cualquier contingencia, y está bien que así sea. Hace mucho que afortunadamente no muere ningún piloto de Fórmula Uno por accidente en pista.



Nikki Lauda y Ayrton Senna



Al escribir este párrafo se cruzan en mi mente escenas de accidentes tremendos que costaron la vida, entre muchos otros, del sueco Ronnie Peterson en Monza y del brasileño Ayrton Senna –quizás el mejor piloto de F1 de la historia- en el circuito de Imola, San Marino, y de las horribles quemaduras que sufrió el austríaco Niki Lauda en Nurburgring, a las que sobrevivió, aunque con el rostro desfigurado de por vida.

El accidente de Senna fue captado por la cámara instalada en el coche del alemán Michel Schumacher, que tiempo después ganara ocho campeonatos mundiales.

También murieron en carrera el austríaco Jochen Rindt (en Monza), el canadiense Gilles Villeneuve (en Bélgica), y el francés Francois Cevert, en Watkins Glenn..

Ronnie Peterson y Francois Cevert

Estos son los accidentes que recuerdo en estos momentos a partir de la época en que comenzó a interesarme el automovilismo deportivo, influenciado en gran parte por vivir en Argentina, país en el que allá por la década de los 50 había una verdadera pasión por todo lo que tuviese que ver con los motores. Ese fanatismo fue alimentado en gran parte por la consagración de Juan Manuel Fangio cómo quintuple campeón mundial, y por la aparición en el ámbito nacional, de dos hermanos que se convirtieron rápidamente en ídolos indiscutidos, Juan y Oscar Gálvez.

Los aficionados argentinos seguían ávidamente todo lo concerniente al automovilismo deportivo en sus dos vertientes principales: la asombrosa campaña de Fangio en el orden internacional, y el llamado Turismo de Carretera, con legiones de seguidores dentro de las fronteras del país. Los autos eran coches de serie reformados por los propios pilotos, muchos de ellos mecánicos consumados.

El aspecto era similar en todos los casos. Predominaban los Ford y los Chevrolet, con sus guardabarros recortados, refuerzo de la suspensión y modificaciones internas por obra y esfuerzo de los pilotos-mecánicos. Como mejor se amalgamara esa conjunción más numerosos serían los éxitos.

A mediados del siglo pasado, la Fórmula 1 estaba dominada en forma abrumadora por marcas y pilotos italianos, y fue así que en 1949 llegó a Buenos Aires la troupè de hombres y máquinas en las que destacaban Ferrari, Maserati y Alfa Romeo, piloteados por los ases del momento: Alberto Ascari, Giuseppe Farina y Gigi Villoressi, todos italianos.




Los aficionados recuerdan ese 6 de febrero de 1949 como un día de gloria para el automovilismo argentino. La carrera se disputó en los bosques de Palermo, un circuito callejero con los aficionados al borde mismo de la pista, bajo una lluvia intensa y fría.

Oscar Gálvez –conocido más adelante como “El Aguilucho”- se ubicó codo a codo con los “monstruos” italianos, al volante de un pesado Alfa Romeo con el cigüeñal dañado, y contra todos los pronósticos cruzó la meta en primer lugar con una mezcla de audacia y talento, dejando atrás a sus rivales en un piso resbaladizo no apto para pilotos “normales”. ( Foto: Alberto Ascari)

Las fotos nos muestran a los pilotos sentados en ángulo de 90 grados, una especie de gorro de cuero como toda protección y aferrados a un enorme volante. Los cambios de marcha se hacían obviamente, con la palanca al piso. La contextura física era muy importante para dominar los pesados bólidos.

Después de esa carrera en Buenos Aires, Fangio se trasladó a Europa para dedicarse exclusivamente a la Fórmula 1, dónde aventajó a los casi imbatibles pilotos italianos hasta conquistar cinco títulos mundiales, al volante principalmente de Ferrari, Maserati y Mercedes-Benz.
(Foto: Alfa Romeo de Gálvez)

Por su parte Oscar Gálvez optó por quedarse en Argentina y dedicarse al Turismo de Carretera. En los primeros tiempos llevaba como acompañante a Juan, su hermano menor, pero éste más adelante piloteó su propio Ford y ganó nueve campeonatos. Se mató en 1963 por no llevar cinturón de seguridad, algo que hoy parece tan elemental. (Foto: Mercedes-Benz de Fangio)

Juan Gálvez decía que no lo usaba porque “tenía miedo de no poder soltarlo y morir quemado” en una eventual accidente. El accidente se produjo y la muerte ocurrió al salir despedido del coche en una curva del camino de tierra.














Era la época “romántica” del automovilismo en Argentina. Las carreras de TC se disputaban en circuitos de tierra con curvas sin peraltes y aficionados al borde mismo de la ruta.



Fue algo inevitable que en algunas ocasiones los pesados bólidos no pudieran ser dominados por los pilotos y arremetieran contra la multitud segando la vida de los imprudentes que habían decidido estar lo más cerca posible de sus ídolos. El precio que muchos pagaron fue demasiado elevado.
Mi interés por la Fórmula Uno se acentuó cuando entré a formar parte –una manera de decir- del “circo”. Como periodista tenía asignada la cobertura de los Grandes Premios de Argentina cuando Buenas Aires formaba parte del circuito internacional.

Los periodistas teníamos contacto con pilotos y máquinas antes y después de las carreras. Tocar esas maravillas mecánicas y oler el aceite quemado de sus motores era “lo máximo”, además de poder hablar con los pilotos prácticamente cuando se bajaban del coche.


En ese ambiente tuve oportunidad de entrevistar al brasileño Emerson Fittipaldi y al austríaco Nikki Lauda. Hoy son recuerdos, pero de alguna manera son también vínculos que me atan al “circo”, hoy tan mediatizado y regido por el poder del dinero.

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5 de abril de 2009

Matías y Paula visitan otra vez el blog

Matías (21 meses)

Paula (2 meses y medio)
Dentro de un mes -día más día menos- volverán a visitarnos para sir siguiendo su crecimiento como mascotas del blog, en el que dentro de poco tendrán aquí su propio album de fotos seleccionadas.
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2 de abril de 2009

Una buena persona, ¿se puede pedir más?



José Trepat




Ese es el epitafio de apenas tres palabras al que muchos aspiran para que se los recuerde. Pero tienen que estar justificadas. En el caso de Raul Alfonsín, orgulloso nieto de humildes inmigrantes gallegos, no existen dudas; se lo tendría ampliamente merecido. Por sobre cualquier consideración sobre aciertos y errores que la historia ha venido juzgando y seguirá haciéndolo, Alfonsín fue una buena persona, y eso, en un político, es mucho decir.


Antes de sumergirme en los centenares de comentarios que ocupan las páginas de los diarios de Argentina y del mundo –seguramente muchos estarán muy bien redactados- la primera reacción al enterarme en la mañana del miércoles de que Raul Alfonsín había muerto, fue la de posponer esa lectura para que no condicionase de alguna manera la redacción de estas líneas, que pretenden ser tan sólo un recuerdo personal hacia quien fue uno de mis referentes cuando se habla de ética y honestidad en el turbio mundo de la política.

Tuve conocimiento por primera vez de la existencia de Alfonsín, a través de comentarios que se repetían hasta el hartazgo, por parte de mi recordado colega y amigo Enrique Alesón cuando ambos hacíamos nuestros primeros pininos de periodismo en la Agencia Reuters.

Alesón me hablaba todos los días de un joven abogado de la ciudad de Chascomús, en el sur de la provincia de Buenos Aires, que militaba en la Unión Cívica Radical, uno de los dos partidos mayoritarios de Argentina, junto con el peronismo. La creciente admiración que mi amigo sentía por Alfonsín hizo que se afiliara a la UCR, sumándose a la oleada de jóvenes que había erigido a ese joven político como líder y referente de sus ideales.

La insistencia de Alesón para que yo también me afiliara al partido no le dio resultado, no por ninguna razón en especial, pero sí le sirvió para que me interesara cada vez más en la trayectoria del abogado que defendía a presos políticos y hablaba una y otra vez a favor de los derechos humanos y contra las dictaduras militares en Argentina y América latina. Alfonsín nunca me defraudó, ni aun en los errores que se le endilgan (¿quién no se ha equivocado nunca?). A veces hay que juzgar a las personas por sus intenciones más allá de los resultados.


Ya lanzado de lleno a la lucha por alcanzar la cima del poder político, Raúl Alfonsín surgió como un líder de masas comparable a Juan Domingo Perón en sus comienzos. En una Argentina que necesitaba urgentemente la aparición de políticos honestos que defendieran valores esenciales como la libertad y la decencia, me sentí cautivado –como muchos otros millones- por los discursos de Alfonsín en actos públicos siempre multitudinarios.

Un maestro en el arte de hablar ante las masas, Alfonsín manejaba los tempos como pocos y debo admitir que me emocionaba a medida que sus palabras iban aumentando de tono hasta alcanzar la apoteosis cuando, con el brazo en alto y el dedo índice extendido, remataba sus discursos recitando el preámbulo de la Constitución Argentina: “……con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…...”
La parte “...y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, casi no podía oirse debido al clamor de la multitud. Pero se sabía que las estaba pronunciando, y en lo personal, sentía que iban dirigidas a mí, a mis padres, y a otros miles de hombres y mujeres de buena voluntad que por los avatares del destino habían elegido a ese país como su lugar en el mundo. En esos momentos mis ojos estaban húmedos, ¿por qué no decirlo?


El día de las elecciones, 30 de octubre de 1983, regresaba a casa en mi coche y por la radio comenzaron a dar los primeros resultados. A medida que los números iban llegando y se consolidaba el triunfo de Alfonsín sobre el candidato peronista Italo Luder, sentí una profunda alegría, y en solitario, lanzaba vítores haciendo sonar la bocina. Nunca antes había sentido algo así.

Ya en la presidencia, Alfonsín cumplió su promesa electoral y llevó a juicio a los responsables de la más cruenta dictadura militar de las tantas que había sufrido Argentina. Después de ocho meses, llegó el día de darse las sentencias. A la sazón estaba en Reuters junto a la redacción en pleno, todos expectantes frente al televisor. Era algo inédito, los poderosos militares argentinos, algunos de los cuales se consideraban “Guerreros de Dios”, y procuraban mantener una actitud soberbia, aguardaban en el banquillo el fallo de los jueces.


Cuando el presidente del tribunal, Leon Arslanián, comenzó a leer las sentencias de cadena perpetua y penas de prisión, enviamos al mundo la información como era nuestro deber, y acto seguido nos pusimos de pie para aplaudir. Algo, o mucho, había cambiado en Argentina. El artífice había sido Raúl Alfonsín.


Durante su mandato Alfonsín tuvo que hacer frente a alzamientos de militares, que zanjó de una manera que no fue aceptada por muchos, pues debió ir a negociar con los rebeldes. Pero tiempo después dijo que en esos momentos no tenía “ejército que le respondiera”. Los historiadores juzgarán sus decisiones y también las causas que condujeron a su renuncia al poder.

Pero antes del fin de su mandato, Alfonsín tuvo gestos y actitudes que reafirmaron mi admiración hacia su persona. Recuerdo especialmente la vista a Estados Unidos cuando al lado del presidente Ronald Reagan, tenía que leer el consabido discurso que la circunstancia exigía. Dobló la hoja de papel y se la guardó en el bolsillo. Acto seguido improvisó palabras que marcaban su discrepancia con la Administración Reagan respecto a la política sobre América central.

Se mostró siempre humilde, afable y cortés. Sus trajes no eran precisamente de Armani o de algún otro modisto famoso sino que parecían prêt-à-porter, a diferencia de otros presidentes que buscaban destacarse por su elegancia por encima de otras cualidades.

Y por sobre todo, Alfonsín no se enriqueció con la política. No robó. Es fácil decirlo, pero en su caso, el paso por el poder no le generó dividendos económicos.

Sus abuelos de Pontevedra no imaginaban que uno de sus descendientes iba a ser presidente cuando, al amparo de la Constitución, decidieron habitar el suelo argentino. Pero sí pensaron tal vez que iba a ser una buena persona. Su nieto no los defraudó.


























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