30 de junio de 2009

¡Qué calor!



Un fiel seguidor de este blog cuestionó las excusas esgrimidas por el blogger pretendiendo justificar la transitoria ausencia de la prosa intrascendente que de manera periódica ocupa este espacio.

Pero me reafirmo en mi apreciación de que el excesivo calor del verano aletarga los sentidos (con excepción de alguno que otro meramente primitivo que no entiende de razones climatológicas).

Ropa que se adhiere al cuerpo, gotas de sudor que nacen en el cuero cabelludo -bajo el cual las neuronas parecen haberse declarado en huelga- y que se deslizan por las mejillas, los labios, el cuello, los hirsutos o lampiños pechos y así avanzan en camino descendente hasta que son absorbidas por alguna toalla o se impregnan en las ya húmedas prendas exteriores e interiores.

Ese es el verano al que tantos son adeptos pero que ni siquiera sirve para tenderse en la arena de la playa calcinada por un sol inclemente, especialmente en las horas centrales del día, cuando, haciendo caso omiso de los consejos médicos, los bañistas exponen sus vergüenzas al ataque asesino de los rayos de Febo. El paliativo puede ser internarse en el agua, y eso sí es placentero, pero al salir qué? Vuelta a lo mismo.

En el interior de los hogares se puede recurrir al aire acondicionado o a los ventiladores pero la vida no transcurre sólo entre cuatro paredes. En algún momento hay que salir. Hay personas que todavía tienen trabajo y deben cumplir con sus obligaciones.

Así se los ve deambulando por las calles, malhumorados e incómodos, con la menor cantidad posible de ropa, esperando el medio de transporte público que en España, por suerte, está provisto de aire acondicionado. Los que viajan en coche propio y no disponen de ese elemento, viajan como en un horno móvil, y si en el trayecto se encuentran con algún atasco, bingo! Viva el verano!

En orden de preferencias, votamos sin dudar por el siguiente orden: otoño, primavera, invierno y finalmente….último… el fucking summer.

Estos párrafos están dedicados especialmente al fiel seguidor que tuvo la gentileza de expresar su extrañeza ante los espacios vacíos. Un caluroso saludo a todos y ánimo que ya falta menos para el fin del verano.












Que el verano tiene cosas positivas? Sí, también es cierto.







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29 de junio de 2009

¡ Qué calor !



La canícula causa modorra en las neuronas (las que quedan) y en los dedos. Cuando ceda un poco volveremos a teclear. Odio el verano! I hate the summer!
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23 de junio de 2009


Una joven y agraciada seguidora del blog se ha valido de una singular expresión metafórica para acuñar una frase que ingresa a la galería de las citas célebres.

Al comentar que su lugar de residencia estaba atravesando momentos difíciles en cuanto a orden y limpieza, definió esa anómala situación de esta manera:

“Mi casa no tiene dignidad”.
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Todo un hallazgo, sin duda.
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22 de junio de 2009

Perdón troesma, casi se me pasa



jose trepat


(Escrito en “argentino”, la única forma posible para esta nota en especial)

¡Cachen Dié! Casi se me pasa troesma! Menos mal que en una pausa de mis quehaceres diarios, un programa de televisión dedicado a Argentina me avivó de que se cumple un nuevo aniversario de tu encuentro con el barba. Fue en el 35 pero no importan los años porque siempre es lo mismo; el sentimiento no cambia.

Soy jovato pero no tanto, o sea que te conocí a través de la radio que pasaban esos discos de 78, con los surcos rayados de tantas púas, y después por las películas en las que, como actor, eras de cartón pero cuando empezabas a cantar tu voz y gracejo en el decir llegaba a lo más hondo de los sentimientos. No sé si vos mismo le ponías música a las letras de Le Pera, o de dónde corno salieron esas melodías, pero en conjunto era algo único.

Unico fuiste también cuando cambiabas la N por la R y cuando reflejabas el modo de ser de los argentinos y de los porteños en especial, con ese dejo de melancolía y nostalgia, a las que la gente de tu Buenos Aires querido era y sigue siendo tan afecta.



Qué difícil es para el argentino el desarraigo, cómo les cuesta adaptarse a otras culturas, y de eso tenés en parte “culpa” Carlitos porque calaste muy hondo en el alma de tus compatriotas de adopción y de otros que llegaban desde otras latitudes. De esto doy fé, pues lo viví en carne propia.

Mi viejo, un inmigrante que como tantos otros miles –mayormente procedentes de España e Italia- habían dejado todo atrás para encontrar una nueva vida en Argentina, te escuchaba con los ojos húmedos cada vez que la radio dejaba escuchar tu nunca superado Volver, todo un himno dedicado a todos aquellos que soñaban con el terruño lejano. En la versión fílmica, cuando apoyado en la baranda de un barco, empezabas con “yo adivino el parpadeo de las luces que a lo lejos van marcando tu retorno….”, eso, eso fue la apoteosis.

Andá a saber que pasaba por la mente de esa gente pobre y derrotada, pero sea como fuere, ese sentimiento me fue transmitido y, te juro Carlitos, que cada vez que escucho Volver, se me hace un nudo en la garganta. Eso no me ocurre cuando la cantan otros intérpretes; de ahí lo de “único”.

En mi época de periodista, un viaje me llevó a Medellín, y que fue lo primero que hicimos? claro! visitar el lugar fatídico, dónde entraste en la leyenda.


Lo mismo que con Volver ocurre con El día que me quieras. No hay nada hacer querido Zorzal. Cada uno nace predestinado para algo. Algunos –millones- pasamos desapercibidos, pero otros, como en tu caso vienen para dejarnos algo, o mucho. Tu prematura muerte ayudó, que duda cabe, a crear el mito en que te convertiste, pero eso forma parte de la hoja de ruta que es la vida de cada uno.

Roberto Carlos, Plácido Domingo (nada menos), y otros GRANDES de la música, tienen su versión digna y decorosa de tus temas, pero como dijiste en alguna oportunidad: “para cantar el tango no basta con una voz melodiosa, hay que sentirlo”.


Cuesta abajo, Leguisamo sólo y tantos otros temas ... nadie te pudo pisar el poncho.

Tuviste imitadores, como el honesto Horacio Duval, hoy poco recordado pero que –como me dijo personalmente en una cantina de La Boca- su deseo era imitarte lo mejor posible, con respeto y dignidad, pero sólo por la admiración que te tenía.

Vinieron otros cantores de tango, todos con su estilo propio y muchos muy buenos, pero que querés que te diga maestro. Lo único que se me ocurre es lo que vengo repitiendo todos los años desde hace ya más de 50: “Cada día cantás mejor”

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21 de junio de 2009



A los siempre bienvenidos visitantes:

En la arriesgada encuesta que iniciamos hoy en la columna de la derecha, los visitantes pueden marcar su opinión sobre este blog. Se pueden tildar más de una opción; todas serán útiles.

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20 de junio de 2009

Nostalgias del campo argentino - Frutas y verduras

La palabra nostalgia, que según la Real Academia Español, en su segunda acepción, es “Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida” quizás no define exactamente el sentimiento que se pretende transmitir en estas líneas. En este caso particular eliminaría al vocablo “tristeza” pues la sensación es más bien un recuerdo agradable de una época pasada.

Se puede sentir nostalgia por muchas cosas y no es cuestión ahora de ahondarnos en las profundidades del alma y todo eso, sino que nos limitaremos tan sólo a aplicar la palabra a algo que puede ser pueril y hasta intranscendente, esto es: el tipo de nostalgia que pasa por el estómago, ese órgano que sólo entiende de necesidades básicas y primitivas.

Y es que a través de estas notas (tal vez esta sea la primera de una serie) lo que pretendo es rendir un homenaje personal al campo argentino, dónde pasé casi cuatro años de mi infancia en los que aprendí a amar la naturaleza en su conjunto.

De los animales quizás hablemos otro día pero hoy le toca exclusivamente a los productos que la tierra nos brindaba con tanta generosidad. ¿Cuál ha sido el disparador de esta nota? Una simple conversación en el entorno familiar en la que el tema era el poco sabor que tienen las frutas y en menor grado las verduras que se adquieren en los comercios, mercadillos o ferias.

Inmediatamente me vino a la mente la comparación entre esta realidad y lo que yo había vivido allá lejos y hace tiempo. Podemos decir que un producto es mejor o peor sólo si podemos compararlo, y eso sí que puedo hacerlo sin dudar un segundo.

Ubiquémonos en el tiempo. Transcurría el año 1947 cuando las vicisitudes familiares como secuela de la Guerra Civil española, nos llevaron hasta el puerto de Buenos Aires después de una travesía en barco de 22 días. La familia quedó desmembrada y a mí me tocó ir a vivir a una chacra (casa rural) que unos tíos tenían en el área de la ciudad de Arrecifes, zona fértil por excelencia con tierras inmejorables para el cultivo.

Allí comenzaron tres años de asombro en contacto directo y como testigo de primera mano de lo que la naturaleza podía ofrecernos. De las pequeñas parcelas difíciles de trabajar en España pasamos a enormes campos de una tierra negra de primerísima calidad en la que brotaba rápidamente cualquier semilla, con la ayuda de lluvias regulares que aportaban el riego necesario sin necesidad de aplicar técnicas ideadas por el hombre para lograr ese objetivo. La naturaleza lo hacía todo generosamente.



Mi tio Francisco, que había emigrado hacia Argentina allá por los años veinte junto con su esposa, la tia Antonia, había construido no con poco esfuerzo una casa cómoda y confortable y había plantado alrededor de cien árboles frutales. Las verduras tenían también su sector exclusivo en un espacio de unos 20 por 80 metros, cercado con alambre tejido para impedir la entrada de animales que pudieran pisotear lo que cultivaba con tanto esmero.

La conversación familiar mencionada más arriba se refirió que un par de sandías compradas en un supermercado “no tenían gusto a nada, parecía agua”, lo mismo que unos melocotones (duraznos en Argentina) que resultaron desabridos. Allí comenzó mi comparación personal. Me vinieron a la mente los surcos de casi 200 metros en los que crecían y maduraban las sandías en sus plantas que se extendían arrastrándose por el suelo y que llegaban a alcanzar tamaños descomunales si se les permitía completar el crecimiento en su ambiente natural.


Visualmente el espectáculo que ofrecían las centenares de sandías era asombroso por sí mismo. Sólo consumíamos tal vez menos del uno por ciento de esa producción que crecía sin cuidado alguno. Para saber si un sandía estaba “a punto” se practicaba el “calado”, que consistía en hacer un corte triangular y extraer esa porción para degustarla y decidir si la llevábamos o no.O directamente partirla por la mitad. Si no era de nuestro agrado la desechábamos. Las que no eran recogidas lógicamente se echaban a perder, con excepción de las que dábamos a los cerdos, un verdadero manjar para ellos. Como es de suponer comíamos sólo la parte central, el “corazón” que es lo más sabroso.

En aquella época no había neveras y las sandías maduraban a pleno sol. ¿Cómo se hacía para refrescarlas? Muy simple: se colocaban en una bolsa que se bajaba con una soga hasta la napa subterránea de agua helada, en el pozo abierto en la base del molino de viento que extraía el agua para consumo nuestro y de los animales. Todo por energía eólica; nunca faltaba el agua pura y cristalina.

Con los duraznos o melocotones y otras frutas que se recogían de los árboles, sucedía algo parecido. Era tal la cantidad que a veces las sobrecargadas ramas se rompían, y en ocasiones alguna ráfaga de viento fuerte hacía caer los frutos que ya estaban maduros. Una parte de la fruta caída era destinada también a los cerdos. Otro festín para los felices puercos.



Además de duraznos de diversas clases, había también ciruelas rojas y amarillas, peras, albaricoques (damasco) membrillo, nísperos, granadas e higos. Cuando nos apetecía alguna fruta en especial no teníamos más que ir al árbol y con la vista y el tacto elegíamos la que estaba a punto. Los duraznos eran enormes en su justa maduración, su piel aterciopelada y con un sabor increíble. Quien tiene que comprar en los supermercados y no ha vivido esa experiencia, obviamente no podrá saber hasta donde llega la diferencia de sabor.

Claro, como todos sabemos, la fruta se recoge verde y la maduración se produce fuera de su ámbito natural. Las higueras abarrotadas eran siempre una tentación. Trepábamos al árbol y sentados en una rama nos dábamos un festín de higos maduros y muy dulces. Los pájaros también participaban del banquete; sobraba para todos. Los que caían? a los exultantes chanchos que nos recibían con su clásico honk honk!.Esto se repetía con todas las frutas que estaban a nuestra disposición.

Desconozco como está actualmente el campo argentino, pero en aquella época era un verdadero paraíso terrenal. Era tal la abundancia que mi tia Antonia llenaba decenas de botellas con duraznos y peras cortadas en trozos para guardarlas “en conserva” para el invierno. El sector de las verduras era cultivado exclusivamente por mi tio Francisco. No permitía que nadie “metiera mano” en sus plantíos. El resultado como puede suponerse, también era de primera.

Lo que más recuerdo son las plantas tomateras con sus ramas sostenidas por cañas entrecruzadas. Los tomates recogidos en su momento justo eran grandes, de un rojo intenso y un sabor que no tiene comparación alguna con los que actualmente llevamos a nuestras casas. Lechugas, acelgas, zapallos, chauchas (judías verdes), todo era apetecible. Para regarlas mi tío había abierto surcos que serpenteaban a lo largo de los distintos sembrados y casi diariamente no tenía más que abrir un grifo en la cañería conectada al tanque australiano que se mantenía siempre lleno con el agua que extraía el molino. ¿Queríamos papas (patatas)? Pues no había más que desenterrar una planta y llevarnos sus raíces. Del campo a la mesa en cuestión de minutos; mejor imposible. 


¿Y los huevos? No hacía falta mirar la fecha de caducidad, ya que se sacaban directamente de las gallinas ponedoras que acababan de cumplir con su función. Los que no estaban dedicados se dejaban en nidadas de aproximadamente veinte para que las gallinas que los habían puesto, fertilizadas previamente por los felices gallos, los empollaran hasta que los pollitos perforaban las cáscaras y venían al mundo, ya para convertirse en gallos o en plato suculento de alguna comida.

Los huevos fritos eran servidos a razón de cuatro por persona. La palabra hambre era desconocida. Otro día hablaremos de la faena de los cerdos, noble animal del que se aprovecha casi todo. La Madre Tierra no daba también las esponjas naturales que se utilizan para el baño y no tienen nada que ver con las sintéticas. ¿Por qué nostalgia del campo argentino? Por todo lo que ha quedado expuesto, en parte, en los párrafos precedentes.
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18 de junio de 2009

Elongamiento mofletril
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Las clínicas especializadas en estética corporal estudian sin pausa nuevos métodos en busca de soluciones para optimizar la armonía de rasgos.
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Uno de los problemas es el desmesurado volumen de los mofletes, pero han encontrado la solución.
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Este blog tiene la primicia sobre el nuevo tratamiento. A veces lo más simple es lo más efectivo.



Este es el revolucionario elongamiento mofletril



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15 de junio de 2009

Ahora le toca a ellas


José Trepat
Ya hemos dicho desde nuestro punto de vista masculino y parcial, cuales fueron los actores que en los albores de la adolescencia se nos presentaban como máximos exponentes de los atributos que hubiésemos deseado tener.

Ahora demos vuelta la página y para que no se nos acuse de misoginia, nada más alejado de la verdad, rescatemos del recuerdo al sector femenino del llamado séptimo arte, una tarea muy placentera por cierto. En su caso el cine se nos ofrecía como una fábrica de fantasías –el que no las haya tenido es de otro planeta.

Al comienzo, antes de entrar en la pubertad, nuestros sentidos captaban lo más directo: la acción, la aventura, el ruido. Era lo que entraba primero por lo ojos y no había necesidad de ir más allá. Más adelante, nuestra percepción recibía otros aportes de todo lo que nos rodeaba, como el de la belleza enfocada exclusivamente en el sexo opuesto, que se transformaba en fantasías lúdicas.

En ese marco, comenzamos a aplicar la selectividad dentro de los parámetros en los que iban evolucionando nuestras vidas. La belleza privaba sobre el talento; no íbamos al cine para ver a una buena actriz, sino a las que tenían un rostro bonito y un cuerpo perfecto.

Con el paso de los años aprendimos a valorar el talento, el cual podía ir perfectamente de la mano con la belleza, aunque en algunos casos esa simbiosis no llegó a producirse.

En esta nota se mezclan ambas cualidades, sabedores a la distancia, de que la belleza física puede ser efímera, mientras que el talento no se pierde con los años, sino que suele aumentar con el paso del tiempo.

Cada actriz tuvo lo suyo y por eso a algunas las admiramos por lo que fueron y a otras por lo que dejaron.
Como en la nota sobre los actores, en estos párrafos nos acompañará un pequeño muestrario de belleza y talento, pero que en conjunto contribuyeron – y siguen haciéndolo- a que la vida sea más llevadera.

En la nota anterior, un visitante acotó que la misma había sido escrita con el método de “pirámide invertida”, es decir que lo principal (en ese caso el mejor actor según mi opinión, estaba mencionado casi al final de la nota, en el vértice de la pirámide invertida.

En el caso de estos párrafos no hay un orden determinado, aunque tal vez se destaque en lo cronológico. Comencemos entonces trayendo la imagen de quien fue el “amor imposible” de nuestro idolatrado James Dean, la joven actriz Pier Angeli, que nos impactó por su belleza juvenil, sin indagar demasiado en sus cualidades como actriz.

Creo recordar que murió joven (no se consultan archivos para estas notas, son sólo recuerdos) por lo que tal vez no tuvo tiempo de desarrollarse como actriz madura.

En esa época apareció en pantalla la belleza rutilante de Elizabeth Taylor, un rostro perfecto que quizás no hubiese necesitado de los servicios del maquillador. Este es un caso en que la belleza superaba a la capacidad interpretativa, aunque recuerdo una muy buena actuación suya en “La Venus de visón”, junto a uno de sus tantos maridos, Richard Burton. La verdad es que Liz Taylor aparecía en technicolor demasiado hermosa como para analizar otras cualidades.


No podemos omitir que allá por años 50 el cine nos regaló “Lo que el viento se llevó”, dónde vamos a olvidarnos del Reth Butler de Clark Gable, para recordar la belleza de su compañera de elenco, Vivien Leigh, como Scarlett O’Hara. Desconocida hasta entonces Vivien Leigh se convirtió en uno de los rostros más hermosos del cine. Había entrado en nuestra galería de “diosas”.

Demos cabida aquí al inolvidable cine italiano y a tres de sus exponentes que nos dejaron una huella indeleble a mediados del siglo XX, tan lejos en el tiempo pero que gracias a la tecnología podemos refrescar a través de los DVD tan asequibles para cualquier persona que sienta pasión o interés por el cine.


El talento nos llega de la mano de la gran Anna Magnani, con la fuerza arrolladora de sus actuaciones en Filomena Marturano, Roma ciudad abierta y La rosa tatuada, para citar sólo tres. Y ya que estamos en calidad y fuerza interpretativa, un sitial importante está reservado para Bette Davis, casi siempre en papeles de “mala”, que resolvía de manera tan convincente.
En ese período conocimos a la Gina Lollobrigida de La romana y Pan, amor y fantasía, dónde el talento pasó a un segundo plano ante la exhuberancia física que nos atraía como un imán, alimentando sueños cargados de erotismo. Natural y comprensible.

Después de Gina apareció un fenómeno, tanto interpretativo como generoso en lo que ofrecía a nuestra vista: Sofía Loren, quien se ganó nuestra admiración como actriz por su memorable interpretación en La Ciociara (Dos mujeres), ambientada en la Roma de la Segunda Guerra Mundial. No extrañó que esa película dirigida por Vittorio de Sica, le valiera el Oscar en 1961.


Como una napolitana perfecta, Sofia Loren siguió cautivándonos a través de los años, ya sea en el drama o la comedia. En síntesis: un gran talento dentro de un cuerpo majestuoso, que merece un sitio de privilegio entre nuestras preferencias.

Otro nombre bien italiano sirvió también para alimentar fantasías: Rossana Podestá
Claro que entre las exuberantes no podemos omitir a Marylin Monroe, una verdadera "creadora de fantasías".


Entre tantas beldades y personalidades interesantes que nos ofrece el cine, siempre alguna se decanta para convertirse en nuestro objeto de culto, aunque algunas veces cueste explicar las razones de esa idolatría. La dama en cuestión provenía de una familia de la alta sociedad de Filadelfia, y se la conoció como Grace Kelly, luego princesa de Mónaco.



¿Por qué Grace Kelly, tan alejada del modo de vida, tan llena de dificultades y carencias que nos había tocado en suerte? Tal vez precisamente por eso. ¿No es acaso el cine una fábrica de sueños y fantasías?

El fanatismo juvenil por esa mujer tan rodeada de glamour y sofisticación obviamente hizo que viera sus películas una y otra vez.

Sus papeles fueron casi todos acorde con su condición social: elegancia, buen gusto y refinamiento, pero hay una que se apartó de esa línea y en la que se lució como gran actriz.

Fue la que en Argentina se conoció por el título “La que volvió por su amor” (Country girl – 1954) dónde compartió elenco con William Holden y Bing Crosby, haciendo de sufrida esposa de clase media baja. Por esa caracterización tan alejada de su personalidad ganó el Oscar de ese año.

En la mayoría de sus restantes películas sólo tuvo que mostrarse tal cual era: bella, fina y elegante; no hacía falta nada más. Poco antes de convertirse en princesa de Mónaco ya había quedado sólo como un recuerdo agradable de nuestra adolescencia. Otra la había sustituído de modo más real y tangible

En la misma línea que Grace Kelly destacó una delgada y frágil jovencita a la que todo le sentaba bien. Su rostro, en opinión de muchos, es el más bello que ha dado el cine. Se trata de Audrey Hepburn, recordada por La princesa que quería vivir (Vacaciones en Roma, Oscar 1952), Desayuno con Diamantes y otras.

Una perfecta síntesis de belleza y buen gusto, tuvo además una admirable actitud de vida. No hesitó en sumergir sus finos dedos en el lodo y suciedad de Africa trabajando activamente en una ONG que ayuda a los pobres en ese continente.

Desde que en 1988 fue designada embajadora de UNICEF, Audrey Hepburn se dedicó exclusivamente a su labor humanitaria.

En la vertiente dramática recordamos su notable actuación en Sola en la oscuridad, e Historia de una monja. Sin duda es la más querible entre todas las actrices mencionadas en esta nota.

Otras grandes actrices se incorporaron en los años sucesivos a la historia del arte cinematográfico para que las nuevas generaciones vieran en ellas lo mismo que nosotros en las estrellas de antaño.

Entre las que están aún en actividad mencionaremos a una que jamás ha defraudado y que no se destaca precisamente por su belleza sino por hacer de la interpretación un ARTE: Meryl Streep.


















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13 de junio de 2009

Las tendencias del verano
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Iba a ser una sesión restringida, pero el rumor se extendió como reguero de pólvora: Matt y Mofflett, nuestros ilustres seguidores, iban a presentar la tendencia para este verano en cuanto a gafas y sombreros de playa.
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Así que fue imposible contener al aluvión de medios que intentaron captar las primeras imágenes. Este fue el resultado:




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11 de junio de 2009

Conmoción en el mundo del ajedrez!!!

Los ex grandes campeones mundiales de ajedrez, Anatoly Karpov y Gary Kasparov, finalmente se pusieron de acuerdo en algo: no podían creer que después de miles de años y toneladas de libros sobre la apertura, dos novicias hubieran dado al traste con todas las teorías.

La salida con peones en diagonal en la columna de la torre de la dama por parte de las blancas, y la respuesta de las negras, sacando a su caballo de paseo por el tablero, los dejó pasmados. ¿Será este el final de las aperturas clásicas?... piensen... piensen... que ustedes no tienen por qué ser los dueños de la verdad!



Kasparov quedó realmente cabreado !!!
¿Cómo no se me ocurrió a mí?? se flagelaba una y otra vez!!
Se comenta que esta frustración lo decidió a abandonar el ajedrez y entrar en la política.
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9 de junio de 2009

Recomendable



Si en la lectura se busca entretenimiento y acopio de información -que se encuentra en mayor o menor medida en todo libro, cualquiera su temática- una muy buena opción es la trilogía Millennium, cuyos dos primeros volúmenes han sido leídos por este blog y pueden recomendarse sin lugar a dudas.

No es alta literatura, se trata de un best-seller, esa definición tan denostada cuando se pretende calificar los valores de una obra, que en este caso es de ficción, pero que incluye también datos y referencias a problemas de la sociedad actual, especialmente en los paises nórdicos, que es dónde transcurre la acción.

A fuer de sincero, el primer volumen, "Los hombres que no amaban a las mujeres", me gustó más que el segundo, "La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina", que aborda el tema de la violencia machista en la aparentemente pacífica Suecia, y ahora sólo resta esperar la aparición del último de la trilogía, "La reina en el palacio de las corrientes de aire" , para hincarle el diente.

Su autor, el sueco Stieg Larsson, fallecido de un infarto a la temprana edad de 50 años, ha sido considerado el autor del año -seguramente por el éxito de ventas, y ya ha sido llevado al cine el primer tomo de la serie, en la que Larsson expone a la luz los trapos sucios de la sociedad sueca.

Larsson fue en su vida de periodista y escritor un obseso en contra del nazismo y el racismo, y en su primera novela "Los hombres que....." expone a través de uno de los personajes su posición al respecto, la que reafirmaba en la revista que fundó, Expo, dónde se dedicaba a sacar a la luz cualquier tipo de movimiento sobterráneo de cariz antidemocrático.


Por ello recibió reiteradas amenazas de muerte y no se descarta que esa tensión constante haya contribuído al infarto que terminó con su vida en noviembre de 2004, sin que llegara a ver publicada ninguna de sus novelas.

El entorno de su vida privada aporta otra ingrediente a su fascinante historia. Su viuda, Eva Gabrielsson, al no estar casados, no ha recibido un sólo euro de sus derechos de autor, sino que estos fueron hacia su padre y su hermano, con quienes no tuvo relación en vida, ya que se crió con sus abuelos.

La saga presenta a dos personajes centrales: el periodista Mikael Blomkvist, alter ego de Larsson, y sobre todo Lisbeth Salander, una hacker de metro y medio de estatura, 40 kilos de peso y extraña personalidad, sobre la cual gira esta apasionante trilogía del género de suspenso y denuncia social.

En el blog http://www.jtrepat-libros.blogspot.com/ se puede encontrar una sinopsis de "Los hombres que no amaban a las mujeres" y datos biográficos del autor.
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No de muy buen talante, Mofflett, uno de
nuestros voceros y presentadores, hizo
una pausa en la sagrada hora de la ingesta

gastronómica, y cumple con su tarea
promocional.
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En la inauguración de la temporada
playera, Matías evalua el estado
del Mediterráneo y decide cual
bandera debe colocarse para
información de los bañistas.
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7 de junio de 2009

La fábrica de sueños



José Trepat
Hemos dicho en alguna oportunidad que si tuviésemos que elegir sólo tres palabras para definir los valores que consideramos esenciales en el ser humano, esos vocablos serían Gratitud, Solidaridad y Tolerancia, además de los clásicos Amor y Paz, que surgen espontáneamente cuando se pide a alguien que sintetice sus anhelos en dos o tres palabras.
Gratitud es lo que más se aproxima al espíritu de esta nota pergeñada en una mañana de domingo que nos ofrece un par de horas para aprovecharlas de la manera que más nos apetezca.
Pero Gratitud desde un punto de vista un tanto ingenuo pues estas líneas, que no son más que un rosario de recuerdos, se remontan a la época de nuestra adolescencia, cuando todo parecía posible, por lo menos en los sueños.
Y a una fábrica de sueños se refiere la nota, a la mayor que quizás haya existido: el cine, o más precisamente el Hollywood de sus años dorados. La formación de un adolescente va forjándose con lo que tiene a su alcance – el ejemplo de los padres, el entorno, lo que recibe a través de los libros y otros medios, y lo que alimenta sus ilusiones.

Algunas décadas atrás, el cine era para muchos nuestra ventana al mundo, a través de la cual echábamos a volar nuestra imaginación, corporizada en los “héroes” que descubríamos en la pantalla, convertidos en paradigma de todas las cualidades que nos hubiese gustado tener: audacia, valor, carácter, y un don irresistible para el sexo opuesto. Esos son los sueños, antes de chocar con la realidad y aceptar que en este valle de lágrimas y alegrías no todo es fácil de alcanzar.

No nos interesaba la vida privada de nuestros ídolos ni teníamos tanto acceso como hoy a su intimidad a través de la proliferación de tantas revistas “del corazón” y programas televisivos, dónde en cuestión de horas se desmitifica a quien sea y como sea –con razón o sin ella.

Hecha la salvedad de que la idealización tomaba forma sólo a través de lo que recibíamos de la pantalla mágica, vamos a ejercer la gratitud en función de ello, dejando bien en claro que la inocencia ya pasó y estamos enterados de que sus vidas privadas tenían poco que ver con lo que nos transmitían en el celuloide.

Hay una lista muy extensa de nombres pero tomaremos a solo cinco, una lista personal y subjetiva, por los que sentí verdadera admiración e idolatría en los años juveniles. Todos están en la historia grande del cine: Errol Flynn, Gary Cooper, Humphrey Bogart, James Dean y Marlon Brando.


El orden es cronológico, salvo en el caso de los dos últimos que fueron contemporáneos y salieron de la misma escuela, la del Actor’s Studio.

A los 14 o 15 años, en el cine buscábamos la aventura y la acción, en las que Errol Flynn sintetizó de manera incomparable la imagen del héroe de capa y espada, vencedor en todos los duelos y conquistador siempre de la muchacha de turno, con finales felices, como era de esperar.

Quienes tengan los años suficientes recordarán tal vez películas memorables como, El halcón de los mares y Las aventuras de Robin Hood, y si alguien no las ha visto, las recomendamos. Son películas de AVENTURAS con mayúsculas, de evasión y entretenimiento.

El propio Flynn actuaba en las escenas de riesgo y obviamente en los duelos de espada. Allí dio lo mejor cuando estaba en su plenitud. Fuera de la pantalla su vida fue un tanto caótica, con una irrefrenable pasión por las mujeres y más tarde por las drogas. Murió con sólo 50 años. Se llegó a decir que había sido agente de la CIA y algunas cosas más, pero todo eso no lo sabíamos ni nos interesaba.

Tampoco nos importaba mucho el trasfondo político de las películas en las que, oh casualidad!, los americanos blancos siempre eran los buenos y siempre ganaban, como en Murieron con las botas puestas donde Flynn interpretó el papel del general George Custer. En la batalla final Custer muere como un héroe y los sioux eran muy, pero muy malos. El rigor histórico ofrece otras opiniones al respecto. Pero como cine de aventuras, chapeaux Errol.

Se nos aparece ahora en la lista la figura alta y desgarbada de Gary Cooper, más taciturno y no tan “lindo” como el anterior. En la memoria aparecen dos películas de aventuras cien por cien –Beau Geste (1939) y Tres lanceros de Bengala (1935), ambientada en la India cuando era colonia británica y dónde, por supuesto, los ingleses también eran los buenos.

Luego llegaron Veracruz y El árbol de la horca, hasta que con A la hora señalada (o Solo ante el peligro), Gary Cooper, ya mayorcito, dio vida al personaje que catapultó a este actor a uno de los sitiales más elevados entre mis preferidos.

La película de 85 minutos que transcurre en tiempo real, tiene todos los aditamentos que la ubican entre los mejores (tal vez el mejor) westerns jamás salidos de Hollywood. Quien la ha visto nunca podrá olvidar la melodía que se escucha en el comienzo mismo cuando un pistolero va acercándose a una pequeña estación de ferrocarril teniendo como fondo musical aquella balada interpretada por Tex Ritter, que comienza con Do not forsake me O my darlin', On this our wedding day….

El rostro de Gary Cooper trasunta de manera magistral la amargura que siente cuando su esposa (de religión cuáquera) decide abandonarlo, subiendo al mismo tren en el que llega el pistolero que ha jurado matarlo junto con otros tres que lo aguardan en la estación. En su mirada triste se ve también el miedo y a la vez su voluntad de quedarse sólo ante el peligro, a medida que los habitantes del pueblo –sus amigos- se esconden y le retacean su apoyo.

La escena final, cuando después de haber acabado con los cuatro, los cobardes salen de sus madrigueras para rodearlo y felicitarlo, es de antología. Cooper, que era el sheriff Will Kane, los mira despectivamente, se quita la estrella, la arroja al suelo y parte sin decir palabra. Cuesta pensar en otro actor para ese papel, tal vez Clint Eastwood, quien junto a Cooper, ha sido para muchos el arquetipo del americano perfecto.

Ya un poco alejados de la adolescencia, el cine nos presenta a otro de sus “monstruos”. De baja estatura, facciones no muy agraciadas pero poseedor de una personalidad y una voz que nadie ha podido imitar: Humphrey Bogart, inigualable en su papel de “duro” pero a la vez con un toque sentimental. Muchos de sus personajes fueron extraídos del submundo del hampa neoyorquina, al menos en sus comienzos, pero ha quedado en la historia grande por El tesoro de Sierra Madre, El halcón maltés y sobre todo la mitológica Casablanca.

Al Bogart ya en edad madura, lo recuerdo y valoro especialmente en dos actuaciones memorables –La Reina Africana y El motín del Caine.

James Dean, con sólo tres películas, fue el modelo de lo que todos queríamos ser cuando teníamos casi 20 años. Rebelde, rubio, ojos azules y buen actor parecía ser suficiente, pero si a ello se le agregaba su carácter introvertido y un halo triste y solitario, todo eso, en conjunto era una marca registrada, algo único. Su trágica muerte al volante de un Porsche fue la frutilla del postre y lo convirtió en mito.
Su debut en Al ese del Edén lo lanzó al estrellato de manera fulminante. Había aparecido un actor distinto. El delirio de las veinteañeras llegó al paroxismo con su segunda aparación, Rebelde sin causa. Y luego Gigante, que ni siquiera pudo terminar de rodar, puso el colofón a su efímera carrera, antes de entrar en la leyenda.

Su primera escena en Gigante, donde se lo ve sentado en un viejo coche con las piernas extendidas sobre el parabrisas y el sombrero echado sobre los ojos como si no le importara nada de lo que pasaba a su alrededor, es una de las imágenes mejor logradas por el director George Stevens.
La mirada huidiza y gestos como a la defensiva en busca siempre de protección y afecto, despertaba en las adolescentes una sensación de ternura y amor pocas veces vista en el cine. La palabra icono le sienta muy bien a James Dean.

Y esta secuencia de recuerdos asociados a una etapa de sueños e ilusiones, tiene que finalizar con quien en mi modesta opinión, ha sido el más grande actor de todos los tiempos, Marlon Brando.

Polifacético como el Robert de Niro de nuestros días, Brando se acomodaba a todos los papeles, los exprimía al máximo y les ponía el sello de su propio estilo, tan personal e inconfundible que hizo escuela, aunque jamás los imitadores pudieron superar al modelo original.

Brando y Dean salieron del Actor’s Studio, al igual que Montgomery Clift, quien según algunos fue el creador de esa manera tan particular de enfrentar a las cámaras. Pero Montgomery Clift no tuvo el magnetismo personal que sus colegas derrochaban a raudales. Los tres eran los símbolos inconformistas de su generación.

El ocaso de Marlon Brando fue triste y lamentable, con una vida personal signada por relaciones conflictivas con sus hijos y sus mujeres. Al morir, su figura distaba años luz de la apolínea imagen que ofreció en la parte inicial de su carrera.

Su debut en Un tranvía llamado deseo representado a un polaco bruto y colérico, con un físico y rostro envidiables, le abrió el camino al estrellato y a una legión de admiradores. Sus películas más memorables son creaciones tan personales e impactantes que cuesta encontrar un parangón del nivel que alcanzó para interpretar a personajes tan disímiles.

Su recreación del guerrillero mexicano Emiliano Zapata me impactó sobremanera, sin entrar a considerar el rigor histórico del guión que se le encomendó. Estamos hablando de cine, o sea de una gran dosis de ficción.

En Nido de Ratas (1954) (On the waterfront), una de las mejores películas que jamás he visto, Brando, aquí un ex boxeador- se convierte en una especie de líder sindical ad-hoc que enfrenta a los poderosos que controlaban el trabajo en el puerto de Nueva York. La película tiene muchas connotaciones políticas que atañen a la vida personal de su director Elia Kazan, pero repetimos que sólo hablamos de Marlon Brando como actor y lo que transmitía desde la pantalla.

Un año antes, caracterizado como Marco Antonio en la película Julio Cesar, Marlon Brando había ofrecido una actuación descollante al traducir en palabras, ante el cadáver de Cesar, el monólogo salido de la pluma de William Shakespeare, nada menos. Ello le valió la nominación al Oscar, que finalmente obtuvo por Nido de Ratas y El Padrino.

Que mejor que precisamente El Padrino para aplaudir a este grande del cine cuyo estilo podrá imitarse pero habrá de crearse algún otro diferente para quedar en la historia por mérito propio.

¿Alguien le habrá indicado como debía componer el personaje o eso quedó librado a su creatividad? Difícil saberlo, o no tanto para quienes están más interiorizados del tema, pero lo cierto es que su Don Corleone salido del libro de Mario Puzo, se resume en una palabra: inolvidable!

Estos hacedores de sueños, tal vez contra su voluntad, tuvieron vidas difíciles pero nos acompañaron en nuestro crecimiento a través de la única faceta que nos llegaba de ellos, la pantalla mágica.

Estos párrafos han sido escritos desde el punto de vista masculino. El cine nos ofreció mujeres bellas y grandísimas actrices, pero claro, a éstas no queríamos imitarlas. Además de admirarlas, recreaban nuestros sueños de amor platónico en algunos casos, y más terrenal, en otros. Honor también a ellas, porque ¿qué es un “héroe” sin una mujer a la que vayan destinadas sus “hazañas”?.
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1 de junio de 2009

Impresiones de viaje (VIII) Bélgica, Brujas (última parte)

Brujas



josé trepat


Ultima etapa del viaje y leit-motiv del mismo, Brujas se nos ofreció a nuestros sentidos en dos jornadas disímiles; una, breve y con cielo nuboso, ajustada a un cronograma muy constreñido, y otra con más libertad y tiempo a nuestra disposición, en la que el sol encontró huecos entre las nubes, haciendo resaltar el colorido de sus plazas, edificios y canales.

Sabemos ahora que Brujas (Brugges en flamenco) no tiene nada que ver con escobas ni birretes, sino que su nombre deriva de una palabra que significa embarcadero, lo que era en realidad en su floreciente época medieval.

Conocíamos Brujas a través de referencias de parientes y allegados que la habían descrito, cada uno a su modo, pero con el denominador común de que se trataba de un sitio digno de ser visitado.





En la primera visita integramos un grupo de turistas recogidos en varios hoteles de Bruselas, que en 10 horas iban a conocer lo más importante de Brujas y también la ciudad de Gante, todo muy apretadito como puede inferirse. Pero la excursión estaba incluida en el precio del viaje, así que ¿por qué no?

La salida de Bruselas se realizó bajo un cielo encapotado y a poco de ingresar a la autopista (sin peaje) el movimiento de los limpiaparabrisas no hacía presagiar nada bueno. Estos viajes no suelen cancelarse por lluvia salvo que se avecine un tsunami, me imagino, de modo que enfilamos hacia nuestro destino, a 93 kilómetros de la capital belga.



El guía flamenco, haciendo gala de un gran bagaje lingüístico, comenzó con sus explicaciones en francés, inglés y castellano y a los pocos minutos nos sugirió colocarnos unos auriculares en los podían seleccionarse distintos idiomas, para escuchar la información sobre lo que íbamos viendo.

Al promediar el viaje y seguramente para levantar el ánimo de algunos, el guía tomó el micrófono y nos dijo que acababa de hablar con Brujas. “Allí no llueve!”, dijo con entusiasmo, pues ello iba a facilitar seguramente su trabajo. ¿Qué podría hacerse con los turistas bajo la lluvia?.

Cuando faltaban diez minutos para llegar había cesado el movimiento de los limpiaparabrisas y parecía que el pronóstico iba a cumplirse, por suerte. El guía hizo algunos “comentos” –vocablo que acuñó por “comentarios”-, nos instruyó para que el grupo no se separase y sugirió que dado lo exiguo del tiempo fuésemos a almorzar a un determinado restaurante, “con prrrrecios norrrrmales y atención rrrrrrápida”. ¿Alguien podía pensar que recibía una comisión de ese establecimiento…?. Al fin y al cabo es una práctica normal en todo el mundo, así que cada uno decide que hará.

Llegamos a las 10:30 y desde el aparcadero del autocar nos dirigimos a pie hasta el punto que no puede ser otro en este tipo de excursiones express: La Plaza Mayor, o Markt, el corazón de Brujas. El guía nos ubicó al pie de la torre-campanario, el emblema de la ciudad y quizás la imagen más fotografiada.




Nos explicó que en su parte superior, la torre tiene una inclinación de más de un metro respecto a la vertical, debido a fallas en los cimientos colocados en el año 1248. “Desde arriba se obtienen unas vistas magníficas de la ciudad, pero NO VAMOS A SUBIR, porque son 366 escalones que insumen 90 minutos para ir y volver”, dijo. No hacía falta; pocos estábamos dispuestos a trepar por lal escalera de caracol.

Allí, en el centro de la plaza, dejamos que nuestros ojos completaran un giro a medida que íbamos tomando imágenes de esos característicos edificios de la Edad Media, cargados de arabescos, al puro estilo barroco, tan vistos en otras ciudades que ya conocíamos o íbamos a conocer, Gante y Bruselas.





La primera impresión es que Brujas ha sido cuidadosamente preservada sin modificaciones notorias en su típico estilo arquitectónico para que los visitantes puedan observar y transmitir a otros esa imagen un tanto idílica de cuento de hadas que tanto ha proliferado en los folletos turísticos.



Pero… ¿vive alguien en Brujas? Por las calles sólo vimos prácticamente a turistas –fácilmente identificables por la vestimenta y los equipos fotográficos- y a muy pocos residentes, que podrían ser mujeres con la bolsa de compras o hombres trajeados dirigiéndose a sus empleos.

Da la impresión de que todo está hecho para satisfacer las necesidades y tentaciones del turista. Un comercio junto al otro ofreciendo souvenirs y chocolates –producto típico de la ciudad- además de bares y restaurantes por doquier.


El guía había incluido en el plan de actividades un paseo en lancha por los canales (sólo vimos uno que se transita ida y vuelta en media hora) que ofrece la posibilidad de ver los edificios desde otro ángulo, con explicaciones del conductor de la embarcación en el idioma que toque en suerte. Nuestro paseo fue explicado en inglés. Unos se enteraron de algo, otros ni pío.




Con algo de jactancia poco justificada, se ha llegado a bautizar a Brujas como la Venecia del norte. Para quien conozca Venecia no hay punto de comparación. La navegación por el Gran Canal en los vaporettos venecianos deja un recuerdo imborrable a su paso por el Puente de Rialto y la Plaza San Marcos, con su embarcadero de las inconfundibles góndolas. Venecia es única.




Nuestros pasos nos llevaron hasta la Iglesia de Nuestra Señora. Frente a la entrada principal el guía hizo algunos “comentos” y dio CINCO minutos para visitarla, no sin antes recomendar que nos centrarámos en la estatua original de Miguel Angel, La Virgen y el Niño. Saber que había sido esculpida por las mismas manos que crearon La Piedad, en la Basílica de San Pedro, en Roma, causa una cierta sensación que cuesta explicar.




El plazo había expirado y al salir fuimos conducidos hasta el restaurante de “prrrrecios norrrmales”. Después del almuerzo vino la visita al comercio de expendio de chocolates, que el guía había promocionado durante el viaje, y que según él, ofrecía el mejor chocolate a la mitad de precio que otras marcas más tradicionales de Bruselas.


Allí se colocó detrás del mostrador y ayudó a las dependientas a despachar. ¿Hay alguien que se atreva a sugerir que cobraba también una comisión?


El reloj indicaba que debíamos emprender el regreso, así que todos, como masa aborregada fuimos hasta dónde nos esperaba el autocar para llevarnos a Gante.

Segunda visita



La segunda visita a Brujas la hicimos dos días después, esta vez por nuestra cuenta y para dedicarle una jornada completa.





La cantidad de trenes que salen de la estación de Bruselas nos jugó una mala pasada, pero ¿hay alguien que no haya tenido algún contratiempo en un viaje?.

El caso es que al comprar los billetes preguntamos a que hora salía el tren y de cual andén. “A las 09.17 en el 9”, fue la respuesta. Llegamos al andén con tiempo suficiente y a la hora prevista –minuto más, minuto menos- apareció un tren. Subimos y emprendimos el viaje de una hora.

Habíamos salido ya de Bruselas y estábamos cómodamente sentados cuando en un extremo del vagón apareció el guarda uniformado que nos hizo recordar al capitán Dreyfus de la película Casablanca. Le entregamos los billetes y acto seguido comenzó a mover la cabeza de un lado a otro. Algo iba mal.

En inglés, idioma que todos parecen dominar, nos dijo que ese tren no iba a Brujas. “Pero subimos en el andén y horario que nos dijeron”, argumentamos. “En las doce vías sale un tren cada dos minutos. Debían haber tomado el que venía atrás”, explicó.

-
Y ahora que hacemos? Bajamos y subimos al que viene atrás?
- Ahora no puede ser. Se desvió por otro ramal
-
¿Y? ¿What shall we do?
- No hagan nada. Quédense sentados y disfruten del paisaje. Yo les avisaré cuando lleguemos a Gante y allí podrán tomar otro hacia Brujas.

Así era la cosa. Le hicimos caso y disfrutamos de la campiña belga, con campos delimitados en parcelas pequeñas y perfectamente cuidadas, dónde pastaban algunas vacas que aparentemente no pasaban hambre pues todo era una alfombra verde salpicada de árboles y pequeñas casas.

Al llegar a Gante, después de un viaje de 45 minutos, apareció “Dreyfus” y nos dijo que bajáramos y subiéramos al tren que se hallaba en el andén opuesto, el cual partió a los cinco minutos. Ya escarmentados, preguntamos a tres personas distintas si íbamos a Brujas. Sin más contratiempos llegamos a Brugges por segunda vez, ahora con cielo despejado y con más tiempo para conocerla mejor.





Brujas fue en el siglo XVI o XVII un importante centro dedicado al comercio de los diamantes y del tejido. De allí salieron los mejores talladores de la época, especialidad que luego pasó a Amberes, actualmente el mayor centro mundial. Pero no vamos a hablar de la historia de esta ciudad, sino de cómo la vimos en esta visita. Sólo algún dato tangencial para ilustrar mejor un concepto. Tampoco se trata aquí de copiar gran cantidad de datos obtenibles en cualquier guía de turismo.

Evidentemente, nada había cambiado. Turistas yendo y viniendo por calles en las que carruajes tirados por caballos compartían el espacio con los vehículos motorizados y japoneses en bloque.



Observamos la torre-campanario y en ningún momento se nos pasó por la cabeza subir los 366 escalones para contemplar las “maravillosas vistas”. Si alguien lo hizo que mande fotos. Dicha torre puede verse al fondo de la primera fotografía de esta nota.


Visitamos los museos del Chocolate y del Diamante para que la visita fuese más completa. En el del Chocolate asistimos a una demostración de cómo se fabrica el producto. La persona encargada de la demostración preguntó previamente a los presentes de que país procedía y a continuación procedió a explicar en cinco o seis lenguas diferentes todas las fases del proceso. Admirable sin duda.

En el Museo del Diamante no hubo demostración así que nos limitamos a conocer las maquinarias primitivas para el procesamiento de ese mineral y pudimos ver algunas joyas famosas como el anillo que el príncipe de Mónaco, Rainiero, regaló a Grace Nelly y la perla que Richard Burton obsequió a Elizabeth Taylor. Me imagino que eran réplicas. De todas maneras, las joyas no me emocionan.

No sentimos esa sensación tan enraizada en otras personas, de que Brujas es una ciudad de cuento de hadas, sino una con muchos detalles del medioevo muy bien preservados y que sin duda atrae y seguirá atrayendo a miles de turistas cada año.

La visita estaba cumplida, fue interesante, pero quedó despojada de esa aureola idílica que la había precedido.



Las hadas sólo existen en los cuentos.

(Fin de la serie Impresiones de viaje – Bélgica).


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