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Blog personal con agenda abierta, pero con cierta predilección por los libros y la lectura.Este no es un blog literario; es el blog de un lector.
Una costumbre adquirida. Suelo leer dos libros a la vez, uno en el formato tradicional de papel y otro por el sistema de audiolibro, mientras viajo en el coche, tres horas diarias.
La suerte quiso que se “enfrentaran” Dan Brown y Jeffrey Archer, y que surgieran las consabidas comparaciones en mis neuronas de lector común y corriente. Como resultado de estas comparaciones y después de haber leído/escuchado casi la misma cantidad de páginas de uno y otro, tomé una decisión “drástica”.
“El símbolo perdido”, el último bestseller de este Dan Brown tocado por la varita mágica del marketing, pasa a mejor vida, y en cambio, “El impostor” de Jeffrey Archer, será leído hasta el final, pues me atrapó totalmente, permitiéndome al mismo tiempo notar las diferencias entre un oportunista y un novelista que conoce su oficio.
En materia de gustos todo es discutible, y en mi caso siento un rechazo casi patológico a todo lo que tiene que ver con esoterismo, vampirismo, ciencias ocultas y simbologías. Este género tiene millones de adeptos que disfrutan con esos libros, pero personalmente me inclino por una realidad palpable como la que plantea El impostor, escrito de manera ágil, concisa y con una trama que atrapa al lector desde el mismo comienzo.
Dan Brown, de quien confieso me interesó El código da Vinci –aunque menos sus otros títulos- esta vez me atosigó hasta el hartazgo con sus referencias a la masonería, sus secretos, escalas jerárquicas, la sabiduría de los antiguos líderes de la logia masónica y sus misterios celosamente guardados.
Aprovechando el filón de El código da Vinci, Brown se centra una vez más en la búsqueda de una especie de talismán antiquísimo que podría cambiar el destino de la humanidad y bla bla bla. ¿Y quién sino el inefable profesor de Simbología, Robert Langdon, es, oh casualidad! el encargado de dar con ese objeto?.
No sé en que terminará la historia, pero seguro que el destino de la humanidad no sufrirá grandes cambios. ¿Se puede opinar sobre un libro sin haberlo leído íntegramente? Tal vez sea una falta de respeto, pero yo pienso que la lectura debe ser un placer, y cuando deja de serlo lo mejor es cerrarlo y abrir otro que cumpla con ese requisito. Una vez más el consejo de Jorge Luis Borges: “si un libro no te gusta, dejalo”. Que la lectura obligatoria quede para temas de estudio.
Obviamente, Dan Brown debe su éxito al manejo editorial de sus obras, y no lo culpo de nada. Vive de su profesión y aprovecha su momento, mientras otros –tantos- escritores con muchos más méritos que esta luminaria del mundo editorial, apenas son conocidos y sus libros acumulan polvo en los anaqueles. Pero esto es así. Si un libro no se promociona no se vende; esto lo saben bien las editoriales cuyo objetivo es aumentar las ganancias.
Un ejemplo es el otro libro tema de esta nota. El impostor (A Prisoner of Birth) , editado no hace mucho (2008), seguramente es mucho menos conocido que El símbolo perdido, aunque en verdad desconozco si esto es tan así en Estados Unidos o Inglaterra, país de Jeffrey Archer (Kane y Abel, La falsificación, entre otros). Pero lo cierto es que las escasas 120 páginas que llevo leídas, me “engancharon” por completo y con seguridad llegaré al final.
Esta primera parte se centra en un juicio en el que se condena por asesinato a un inocente y es sentenciado a 22 años de cárcel. El tema es simple pero Jeffrey Archer lo lleva muy bien hasta ahora; nada hace suponer que no continuará de la misma manera.
En la misma cantidad de páginas, Dan Brown me empalagó con las virtudes de la masonería y el destino de la humanidad. En cambio, Jeffrey Archer me plantea el drama de un hombre condenado injustamente. A un buen escritor, con eso le basta.
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Ese gesto de urbanidad y buenos modales nos igualaba a todos, sin distinción de cargos jerárquicos, y nos permitía confraternizar y conocernos mejor. Ese era el propósito del encuentro, además de agradecer el esfuerzo realizado por todos a lo largo de un año.
Reuters, que como toda empresa comercial, quería ganar dinero, aplicaba esa política tan simple y efectiva: pagar salarios adecuados y tratar a sus empleados con respeto; no hacían falta capataces blandiendo un látigo como en una plantación de caucho, sino que todos nos esforzábamos por hacer bien nuestro trabajo, pues nadie quería perderlo.
Al preparar esta nota, que pretendía tan sólo ser una pincelada y un recuerdo fugaz de una época pasada, me vino a la mente un nombre, cuando en los párrafos precedentes me referí al Director General de la agencia.
Entre los varios que ocuparon ese cargo a lo largo de tantos años, elegí a éste en especial por considerarlo un paradigma de cultura y buena educación, fundamentos esenciales en las relaciones humanas. En este caso, esos atributos emanaban de su propia personalidad.
En busca de algún dato adicional recurrí a Google y cual no sería mi sorpresa al leer en el diario inglés The Independent el obituario de su muerte, acaecida en 1993. La sorpresa está en que su vida fue tan intensa y apasionante que supera con creces lo que pude haber imaginado. Mientras tuve contacto con Patrick Crosse, la discreción y su carácter reservado eran otras de sus cualidades.
Son muchas las personas que uno conoce en su vida y cada uno de nosotros decide la trascendencia que puedan haber tenido en nuestro crecimiento. En el caso de Patrick Crosse puedo decir que siento un profundo orgullo de haber trabajado a sus órdenes.
Con toda la apariencia de un perfecto caballero inglés, alto, delgado, con trajes de corte perfecto y siempre con su inseparable bastón, Patrick Crosse llegaba a la oficina por la mañana y saludaba cortésmente a los empleados antes de ingresar en su despacho para seguir trabajando en la difícil tarea que tenía asignada: crear una especie de agencia latinoamericana de Reuter, como lo había hecho previamente en Medio Oriente, Asia y Africa.
Para llevar su gestión a buen puerto debía mantener duras negociaciones con los gobiernos y dueños de diarios de la región. Dada la variedad de regímenes y tendencias políticas, ya podemos imaginarnos lo complicado que eso podía ser. Pero sin duda estaba capacitado para ello. Por eso lo habían enviado.
Leyendo su obituario en The Independent me entero ahora de que durante la Segunda Guerra Mundial, mientras trabajaba para Reuter como corresponsal en el norte de Africa, fue tomado prisionero por los alemanes y estuvo dos años en un campo de concentración.
Durante su encierro se las ingenió para crear un pequeño diario convenciendo a los alemanes de que podía ser algo interesante y divertido; en realidad le servía para transmitir a los aliados información importante.
Después de la guerra y tras pasar algún tiempo hospitalizado en Suiza para recuperarse de las experiencias de la contienda, volvió a la agencia como Director de la oficina de Roma. Allí conoció y se casó con Jenny Nicholson, hija del poeta Robert Graves (Yo, Claudio).
Su esposa, periodista como él, murió prematuramente en 1964, y quizás a partir de ese golpe, la personalidad de Patrick Crosse mostró un carácter más reservado.
Entre distintas asignaciones, escaló el Everest y desarrolló tareas en Pakistán y Singapur. Tenía un dominio perfecto de los idiomas francés, italiano y español, además del inglés.
Patrick Crosse, amante de la música y el teatro, se retiró a los 55 años, por considerar que ya había cumplido su misión, después de la que fue su última asignación: su período en Buenos Aires entre 1966 y 1972. Fue en esa época cuando tuve el privilegio de conocerlo. Pensar que un día le pedí una audiencia para solicitar un aumento de sueldo. Me recibió con toda cortesía y con exquisitos modales y argumentos, me trató de egocéntrico y me convenció de que mi pedido era improcedente.
Uno conoce a muchas personas; algunas son inolvidables.
Esta nota puede no haber interesado, pero después de escribirla me siento mejor.
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Leo Messi (individualismo y habilidad creativa, tan propios de los argentinos). "Este balón de oro se lo dedico a mis compañeros". Modestia y gratitud.
