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28 de junio de 2014

El rincón de los bolsilibros (1)


Un recuerdo nostálgico para esos pequeños volúmenes que hace muchos años nos abrieron la puerta al mundo de la lectura. Es también un homenaje a esos "libritos de kiosko" y sus autores.


Recuérdame al morir (Silver Kane)

- Bolsilibro nro 1 leído en este blog -

Género:  Policial
Año: 1957
Páginas: 100

Grupo D
Valoración:   Bueno



Varias veces me he referido en este blog personal al afecto que siento por esos pequeños libritos de kiosko conocidos como bolsilibros, que tuvieron su esplendor en las décadas de 1950/60, y que actualmente ya no existen. Sin embargo se los puede encontrar en las librerías de segunda mano y en algunos mercadillos que se instalan un día a la semana. 

Muchos de los que cargamos ya varias décadas a nuestras espaldas nos acordamos con nostalgia de esas novelitas escritas por autores españoles con seudónimos propios del país en que se desarrollaba el argumento, mayoritariamente Estados Unidos si hablamos de novelas de vaqueros. Así, Keith Luger, Donald Curtis, Lou Carrigan, Silver Kane, parecía dar más credibilidad a las aventuras que nacían de la imaginación de los Fernández, González o Ledesma, apellidos reales de sus creadores. Otros optaron por mantener sus nombres reales, como Marcial Lafuente Estefanía o Fidel Prado. Un denominador común: todos eran/son españoles.


Uno de los más conocidos era Silver Kane, seudónimo de Francisco González Ledesma, quien, octogenario ya, sigue escribiendo pero ahora lo hace con novelas más acorde a la época, con una de las cuales ganó el codiciado Premio Planeta


Pero los "viejos" no nos olvidamos de los Silver Kane o los Lou Carrigan, y de tanto en tanto sentimos la necesidad de buscar alguno de esos bolsilibros que para muchos de nosotros fueron la puerta al mundo de los libros. Eran además una manera de evadirse de los problemas de la vida cotidiana en épocas de la dictadura franquista.


Recuérdame al morir es una de esas novelitas pero ésta pertenece al género policial; es que los esforzados autores de aquellos años no se limitaban a las praderas del Oeste sino que, para subsistir en un tiempo difícil, escribían del tema que fuere: indios, vaqueros, policiales, bélicos, ciencia ficción y hasta romance si era necesario. 


El periodista y escritor Manuel Blanco Chivite, recopilador de estos bolsilibros, nos dice de qué se trata: "La más antigua, de julio de 1957, es Recuérdame al morir y es una auténtica curiosidad, ya que el protagonista es el propio Silver Kane, escritor de novelas del oeste y policíacas que se ve envuelto en un trepidante y endomoniado caso, que él mismo convierte en novela. Acción, humor y complicidad con el lector".

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Primeras líneas  
Cuando más lo necesitaba, pues aquella semana tenía que pagar desde el último plazo de unos libros que había comprado hasta el alquiler de mi habitación, Dan Reynolds, que me debía trescientos dólares, desapareció y nunca más se ha vuelto a saber de él. Posiblemente se enroló en la Marina, se marchó de fotógrafo a Budapest o se casó, todas las cuales son, al fin y al cabo, maneras de desaparecer. 
El caso es que yo me quedaba sin mis trescientos dólares, y no podía explicar a ninguno de los acreedores que Dan Reynolds era un sinvergüenza, un fresco o un partidario de la inseminación artificial. Nadie iba a hacerme caso. 
Fui a ver a Burkam, que por entonces era mi editor, y le dije que estaba escribiendo una novela. —¿De qué? ¿Del Oeste? No se vende ni un solo ejemplar. 
Burkam era un tipo que se pasaba incluso los domingos en su oficina, haciendo números, y que tenía una casa en las afueras, con un gran jardín por donde se paseaba libremente un caimán. 
Burkam se había hecho docenas de fotografías con él, y docenas de veces también me había amenazado con traer el caimán a su despacho.
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El autor    (en este enlace puede verse una nota del blog sobre FRANCISCO GONZÁLEZ LEDESMA (Silver Kane)















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21 de marzo de 2014

Amigos generacionales


J.T.
¿Qué tienen en común estos siete escritores? Seguramente muchas cosas, pero me quedo con tres: son de mi generación, ellos y yo seguimos vivos, y por último, pero no menos importante, ellos y sus personajes me regalaron muchas horas de placentera lectura a través de las miles de páginas por las que desfilaron personas -cada una con sus conflictos y particularidades- lugares, culturas, intriga, humor, críticas sociales, diálogos ingeniosos, historia, arte, política, etc., etc. ¿Qué más se les puede pedir a los libros?

Poco a poco todos iremos dejando lugar a las nuevas generaciones, pero no está demás expresar gratitud por todo lo recibido, sin que importe que algunos escriban impulsados tan sólo por metas comerciales, algo que por otra parte es totalmente legítimo. Prefiero pensar que todos, sin excepción, abrazaron el oficio de escritor porque les gusta y eso es lo que transmiten al lector.

Algunos trascendieron más que otros ya que sus novelas fueron llevadas al cine y sus personajes se vieron corporizados. Los lectores no tuvieron que recurrir a la imaginación para "conocer" el rostro del héroe de turno. ¿Coincide esa imagen con la que tenían en la mente? ¿Resultó una decepción ver que el actor o la actriz elegidos no tenían los rasgos imaginados? Cada uno de nosotros tiene su propia respuesta.

Hagamos un repaso del escritor y sus criaturas, sólo para conocerlos un poco más, no hay otra pretensión.
Para comenzar buscamos primero a los que el cine o la televisión les dieron voz y rostro.

Henning Mankell y el comisario Kurt Wallander

Varias veces el escritor sueco fue tema en este blog. Si aparece una vez más nadie se escandalizará, teniendo en cuenta que no podía estar ausente de este grupo de longevos "amigos" contemporáneos.

No se puede soslayar una triste noticia conocida hace algunas semanas: el propio Mankell declaró que tiene tumores cancerígenos en el cuello y en el pulmón, y que su estado es muy grave. Anunció también que quiere documentar esta lucha, describiendo el proceso de la dolencia "con la visión desde la vida, no desde la muerte". Lo hará en la columna de un periódico.

Dejemos respetuosamente este drama personal que le toca vivir y recordemos al hombre que me atrapó completamente desde que leí "La quinta mujer". A esa novela le siguieron otros 28 y esta cifra aumentará. Queda dicho entonces la admiración que siento por este escritor, dramaturgo y activista de izquierda, casado con Eva Bergman, hija del cineasta sueco Ingmar Bergman. Después de La quinta mujer me aboqué a leer correlativamente la serie completa de doce novelas que tienen como protagonista al comisario Kurt Wallander, un personaje incomparable con las virtudes y defectos de una persona normal: divorciado, padre de una hija, diabético, melancólico y amante de la opera. Wallander me dejó la sensación de que me será muy difícil encontrar en la ficción a alguien que se le asemeje.

El renombre internacional de este peculiar policía sueco trascendió el libro y fue absorbido por la televisión en por lo menos tres producciones con actores diferentes, incluyendo al británico Kenneth Branagh. Pero quién más me convenció fue el sueco Rolf Lassgard en las primeras versiones de las novelas. Lassgard daba el tipo perfectamente: desaliñado, aspecto personal poco cuidado, excedido de peso, abstraído cuando escuchaba opera; era la imagen perfecta que me había formado. Vi dos veces la adaptación de Los perros de Riga y seguramente volveré a verla. Kenneth Branagh ,un excelente actor, está correcto pero muy por detrás de Rolf Lassgard, y el tecero en discordia, de cuyo nombre ni me acuerdo, no me gustó nada.

Andrea Camilleri y el comisario Salvo Montalbano

El octogenario escritor italiano Andrea Camilleri también ha sido prolífico con la saga del comisario Salvo Montalbano. El apellido es un homenaje al fallecido periodista y autor barcelonés Manuel Vásquez Montalbán. En casi treinta novelas, Montalbano se mueve a sus anchas en Vigatá, una población imaginaria de la isla de Sicilia.

Antes de comenzar a leer los libros había visto ya algunos capítulos de la serie televisiva y por lo tanto no tuve necesidad de imaginar como sería físicamente el inefable Salvo. Fornido, bien alimentado y con el cráneo rapado, el actor Luca Zingaretti parece hecho a la medida para recrear al personaje creado por Andrea Camilleri para sus narraciones cortas.

Camilleri, afiliado al Partido Comunista Italiano en 1940 (desconozco si aún continúa siéndolo), no escatima observaciones sobre la sociedad italiana, igual que lo hace Henning Mankell respecto a la sueca.
El veterano escritor desarrolló una intensa actividad cultural a lo largo de su dilatada carrera, y en 1994 decidió crear a Salvo Montalbano con el que ha estado divirtiéndose desde entonces; esta es la sensación que da leer las aventuras de este policía tan típicamente italiano, amante de la gastronomía y de la buena vida en general. Ese primer título de la saga Montalbano fue La forma del agua ("La forma dell'acqua")

Alicia Giménez Bartlett y la inspectora Petra Delicado y el subinspector Fermín Garzón

Alicia Giménez Bartlett y quienes
ponen rostro a sus personajes
Santiago Segura y Ana Belén 
En 1996 apareció en España una novela titulada Ritos de muerte, con una heroína de nombre difícil de olvidar: Petra Delicado (tal vez eso pretendía la autora Alicia Giménez Barlett). Petra es inspectora de policía de Barcelona, vive sola y es muy independiente. Como contrapunto a su carácter, la escritora le buscó un compañero apropiado, el subinspector Fermín Garzón.

La novela inicial de esta saga fue seguida por otras ocho, prueba de que la presentación en sociedad había sido un éxito. El suceso literario fue aprovechado por la televisión en 13 episodios, con los rostros y buenas actuaciones de la actriz y cantante Ana Belén y el actor Santiago Segura como el subinspector Garzón. Ambos (Segura y Garzón) están encuadrados en la veta humorística, de modo que se complementan muy bien.

HÉROES SIN ROSTRO PERO NOVELAS MUY RECOMENDABLES 


Petros Márkaris y el comisario Kostas Jaritos

Petros Márkaris es un traductor, dramaturgo, guionista y narrador griego, aunque nacido en Estambul (Turquía), hijo de padre armenio (comerciante) y madre griega (ama de casa). Márkaris resume así su formación: "Hice mis estudios elementales en una escuela griega, pero después, a partir de mis estudios secundarios hasta mis años de universidad, toda mi formación y mi cultura es alemana". Como miembro de la minoría armenia, durante muchos años no tuvo ninguna ciudadanía; obtuvo la griega después de la caída de la Dictadura de los Coroneles y el retorno de la democracia en 1974, junto con el resto de los armenios que vivían en Grecia. Reside en Atenas desde los años cincuenta.

Comenzó su carrera literaria en 1965, como dramaturgo, pero aquí nos interesa como novelista y creador del comisario Kostas Jaritos, un policía ateniense, jefe de una familia normal y que le sirve para exponer sus críticas acerca de la sociedad actual griega. "Él vino a mí", dice y explica que después de haber estado escribiendo durante varios años los guiones de la serie televisiva Anatomía de un crimen, se sintió cansado de ella, pero el canal quería seguir y él accedió a prolongar su trabajo por seis meses, y fue entonces que le vino la idea del comisario. Para él mismo fue una sorpresa: "Como fui por largo tiempo un activista de izquierda, no tenía ninguna simpatía por los policías. En Grecia, habían sido sinónimo de fascistas... Pero de pronto, por primera vez, caí en la cuenta que esos pobres policías son pequeños burgueses, que tienen los mismos sueños de que sus hijos puedan estudiar para convertirse en doctores o abogados. Así se comenzó a desarrollar esta construcción: un crimen y una historia familiar contadas paralelamente".

Francisco González Ledesma y el comisario Méndez 

No puede faltar alguien que además de ser actualmente un escritor en actividad, significa para mí mucho más que eso.

Al ver hace algunos años su fotografía en un periódico con la leyenda de que en su juventud había firmado centenares de "novelitas" del Oeste con el seudónimo de Silver Kane, me embargó la emoción porque medio siglo atrás (sí, 50 años y como si fuera hoy) yo había leído más de 400 de esos bolsilibros.

Hasta ahora nunca había sabido quien era Silver Kane. Ya estaba al tanto de que él y otros de nombres similares (Keith Luger, Donald Curtis, etc) no era norteamericanos sino españoles, pero nunca les había visto el rostro. Con tantos años transcurridos pensaba también que la mayoría había fallecido, de modo que conocer a "Silver Kane" y ver que se trataba de Francisco González Ledesma, fue todo un impacto, agradable por cierto. Después de vivir más de 50 años en Argentina, regresar a Barcelona y tener la posibilidad de ver sentado en la mesa de un café a mi recordado Silver Kane, es algo que no pretendo que otros entiendan.

Días pasados, en una entrevista por televisión, Gonzalez Ledesma (hoy tiene 87 años), dijo que esos libritos era novelitas "alimenticias" porque las escribía para poder comer, él y su familia. Para mí eran tambén "alimenticias" porque las vendía en un kiosco de Buenos Aires con el mismo propósito: ganar algún dinero para llevar a casa. Nuestra común pobreza nos unía a ambos lados del Atlántico. Por eso en este caso me hizo más ilusión conocer el rostro de Silver Kane que el del comisario Ricardo Mendez, el personaje creado para sus novelas policiales de esta nueva etapa. Además, de tanto en tanto me zampo uno de esos westerns, tal vez para recordar que alguna vez fui joven.

El comisario Méndez continua recorriendo las calles de Barcelona como cuando el abogado y periodista Gonzalez Ledesma le dio vida literaria hace 25 años. Con Méndez nos internamos en una Barcelona que un día fue real: El Barrio chino, los bajos fondos. Come en lugares baratos y se comporta de manera peculiar con cierto tipo de delincuentes. Si es un joven "rescatable" le habla hasta que lo convence. A otros les lleva tabaco y periódicos a las celdas; interpreta la justicia a su propia manera. No quiere jubilarse porque se moriría de aburrimiento en una pensión

Está visto que mientras Francisco González Ledesma exista, Méndez seguirá caminando por las calles de su Barcelona.

Jordi Sierra i Fabra y el policía Miquel Mascarell 

Uno de los escritores más prolíficos del mundo (alrededor de 600 títulos). Comenzó a los ocho años y a los 12 escribió su primera novela de 500 páginas. Su otra pasión es viajar, muchas veces para recoger los numerosos premios ganados en varias partes del mundo.

En 2008 inició con "Cuatro días de marzo" una saga que tiene como personaje central a Miquel Mascarell, quien en la ficción  fuera inspector de policía durante la república.  En el debut de Mascarell estamos en la Barcelona de 1939. El mismo escenario se repite en las siguientes novelas aunque, obviamente, en años posteriores, pero todas se destacan por la descripción de lo que era la capital catalana luego de finalizada la Guerra Civil.

Philip Kerr y el detective Bernie Gunther

El más "joven" de este grupo, creador de un personaje que me gusta bastante como así también la época en que se mueve: la Alemania nazi, período de la historia que encuentro fascinante cuando se trata de vivirlo a través de la literatura.

Philip Kerr nos presenta a Bernie Gunther cuando éste tiene 38 años y trabaja como detective privado después de haber abandonado el cuerpo de policía decepcionado por las purgas de Herman Goering. Gunther investiga casos de personas desaparecidas y acepta todo tipo de encargos, excepto divorcios. Es viudo ya que su esposa murió en 1922 a causa de la epidemia de "gripe española". En sus novelas suele haber situaciones en las que aparecen los conocidos jerarcas nazis como Himmler, Heyndrich, Goebbels, Goering y hasta el mismísimo Adolf Hitler. La ambientación en el Berlín de esos años está muy bien lograda.
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19 de agosto de 2012

La dama de Cachemira (Francisco González Ledesma)


Género:       Policial
Año:             2009
Páginas:       256
Elegido por:  Autor   -   Género/Tema   -   Recomendación/Críticas
Lectura: Biblioteca
Valoración:   Bueno



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Leyendo las novelas policiales de Francisco González Ledesma, salta a la vista que este escritor de aspecto bonachón, siente un cariño especial por Barcelona, su ciudad, y más precisamente por la vida y ambiente de los barrios bajos, próximos al puerto, escenario de muchas de sus novelas. La dama de Cachemira no es una excepción. Nos presenta a su personaje favorito, el comisario Ricardo Méndez, quien alterna los trabajos de poca monta que le son encomendados, con discusiones con su superior, que procura mantenerlo apartado de los casos importantes. Quienes conocen Barcelona le encontrarán más sabor a estas novelas, pues el autor nombre muchas calles y sitios que poco dicen a quien no ha estado en esta ciudad. El libro trata de una investigación que Méndez emprende contrariando las órdenes de su jefe, y que, como es de esperar lleva a buen puerto. Lectura entretenida.
J.T.

Sinopsis
El policía más célebre de los bajos fondos de la novela negra y criminal española persigue por las calles sucias de Barcelona una silla de ruedas desde la que se ha cometido un crimen, una silla de rueda sobre la que cree saber quién se sienta y tras la que vivirá una de sus aventuras más sorprendentes e inesperadas. Una aventura de mujeres que sueñan con viajar y que el único viaje que se pueden permitir es soñar. Premio Mystére a la mejor novela negra publicada en 1986 en Francia, es la prueba irrefutable de que por Méndez, aunque pasen veinticinco años, el tiempo no deja de ser un accidente inoportuno. Porque él, como sus novelas, nunca envejecen.
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El autor
Francisco González Ledesma nace en Barcelona, en 1927, en el Pueblo Seco, barrio proletario en la falda de la montaña de Montjuic. Empieza a escribir a los doce años, y a los quince a malvivir de la escritura gracias a su tío, Rafael González Martínez, que no sólo comparte con el joven Francisco su biblioteca y su interés por la literatura, sino que pronto acaba encargándole guiones de cómics. Con el dinero que obtiene de esta labor se paga los estudios de derecho, carrera que acaba en 1950, cuando entra como pasante en un conocido despacho barcelonés.

Sigue escribiendo y comienza a estudiar periodismo. Y aunque como joven jurista llegará a recibir el reconocimiento del “Premio Roda Ventura”, al abogado con mayor crédito moral de Cataluña, sus desavenencias con el régimen franquista acabarán en parte minando su vocación de jurista. En 1948, con apenas 21 años e innumeras obligaciones, se presenta al Premio Internacional de Novela, fundado por el editor José Janés. Resulta ganador del premio, otorgado por un jurado entre el que se cuentan Somerset Maugham y Walter Starkie. Sin embargo, la novela no se publica en España por cortesía de la censura franquista, que tacha al autor de ‘pornógrafo’ y ‘rojo’.

Ledesma pasa a trabajar en la editorial Bruguera donde, como muchos escritores de su generación, colabora a destajo y en condiciones poco felices, pero donde también dice haber aprendido el oficio novelístico. Bruguera publica novelas populares de acción, del Oeste, policíacas. Y Ledesma las escribirá durante quince años, en los que se convierte en Silver Kane, pseudónimo con el que publica una obra del Oeste a la semana. Como negro, será el autor de unas cuatrocientas obras. (Párrafos tomados de serienegra.es)
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1 de marzo de 2011

La dama y el recuerdo (Silver Kane)




Género: Oeste
Páginas: 315 
Año de publicación: 2010 


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Opinión



Como lector no podía fallarle a Francisco González Ledesma, al que conocí como Silver Kane en mi época juvenil, el seudónimo elegido para escribir tantos cientos y cientos de novelitas del Oeste, género al que acaba de volver fugazmente con La dama y el recuerdo, un regreso a la nostalgia, para él mismo y para miles agradecidos por habernos iniciado, siendo adolescentes, en el hábito de la lectura.

Para qué negarlo. Al comenzar a leer La dama y el recuerdo, sabía ya o me imaginaba como iba a terminar, pués la fórmula es la misma que utilizaron tantos escritores allá por la décadas del cincuena o del sesenta, muchos por necesidad, como el caso de González Ledesma (Silver Kane) para poder sobrevivir en la oscura época franquista.

El autor ya lo aclara en la contratapa del libro, 315 páginas de tapa dura bien encuadernada, tan diferente a las escasas 100 páginas de aquellos bolsilibros que eran flexibles y cómodos de llevar.

"Esta es la obra de un viejo insensato que se ha atrevido a ser joven..
"Seguramente usted sabe que durante años fui un autor-niño premiado por Somerset Maugham y prohibido por el franquismo imperial, que para poder acabar sus estudios tuvo que escribir centenares de novelitas del Oeste",

sigue diciédole al lector, como si tuviera que excusarse por esta obra que, me atrevo a pensar, no es más que un divertimento de este ahora veterano escritor galardonado con varios premios.

Y a fé que lo acompañé con gusto en esta especie de revival por "resucitar un tiempo que fue. Tal es el origen sentimental, puro y seguramente ingenuo, de esta novela", como señala más adelante en la misma contratapa.

Si vamos a sincerarnos, amigo Silver Kane, he de decirle que usted no fue el único a quién seguía con devoción, a razón de un libro por día, o hasta dos. Creo recordar que usted y M.L. Estefanía tenían el record de muertos por novela, pero también me gustaban otros como por ejemplo Fidel Prado, con sus toques de romance y Ralf Sheridan, que ambientaba sus libritos en montañas, llanuras y praderas. Como amante de los espacios abiertos, no me perdía ningún título de este señor Sheridan (no sé quién es realmente).

Pensar que los creía a todos de origen norteamericano, por sus nombres y los escenarios elegidos, y después me vengo a enterar de que eran todo españoles, en su mayoria catalanes como yo. Lo que puede a veces la fantasía...

La novedad en esta novela de "Silver Kane" es la dosis de erotismo que no era dable imaginar en aquellos años de los bolsilibros. Menudo problema hubiera tenido con los censores franquistas y el anquilosado clero de entonces.

Y aquí termina este comentario sui generis sobre su novela. Si a usted le hizo bien escribirla, a mi me ocurrió lo mismo al leerla.
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16 de mayo de 2010

Entre ceja y ceja: vuelve Silver Kane




José Trepat



Pasando páginas de la excelente revista QUE LEER, especializada en libros, me encuentro nuevamente con Francisco González Ledesma, el mismo que hace medio siglo adoptó el seudónimo de Silver Kane para –junto con otros colegas- inundar los quioscos de revistas con los famosos “bolsilibros” de aventuras, hoy virtualmente desaparecidos.

El “far west” americano se destacaba entre los géneros de los libritos de 10 por 15 centímetros y 100 páginas, pero también estaban los policíacos, los de espionaje y los de ciencia ficción, entre otros. Lectura fácil y entretenida para quienes los “arrebataban” de los puestos de venta por unas pocas monedas.

Pero también eran el medio de vida para los escritores que como en el caso de Silver Kane (González Ledesma) los producían a razón de dos títulos por semana, en una época oscura de la historia de España cuando la dictadura franquista amordazaba sin piedad a quien osara expresar libremente sus ideas contrarias al régimen.

Aunque su trama era simple y siempre garantizaba un final feliz, imagino que no sería fáci inventar dos historias con sus personajes dos veces a la semana en pequeñas obras que al decir de la revista hicieron más por popularizar la lectura en España que todas las campañas del Ministerio de Cultura juntas.

En lo personal les estoy sumamente agradecido y no reniego de ellas pues al igual que los andadores para niños de corta edad me ayudaron a dar los primeros pasos en el apasionante mundo de los libros. La índole de mi trabajo (un quiosco de revistas) me permitió leer en mi primera adolescencia más de un millar de esos bolsilibros que hoy solo se encuentran en mercadillos, donde se venden por 30 céntimos o se canjean dos por uno.

Más de una vez vi en los medios de transporte a hombres mayores leyendo esas novelitas. ¿Sería por nostalgia, por qué son baratos? por qué les ayudan a evadirse de los problemas cotidianos? No lo sé. Tal vez, a pesar de la edad, estaban dando los primeros pasos como el bebé con el andador.

Este blog publicó otras dos notas sobre Francisco González Ledesma, y esta es la tercera. Aparte de que este hombre de más de 80 años me inspira afecto y admiración por su trayectoria y porque me trae reminiscencias de juventud, me entero ahora de una nueva muestra de su admirable vitalidad creadora.

Ha vuelto a ponerse en la piel de Silver Kane para escribir con ese seudónimo La dama y el recuerdo, que todavía no leí. González Ledesma, que llegó a ser redactor jefe del diario La Vanguardia, de Barcelona, y ganó el premio Planeta con su Crónica sentimental en rojo, lo explica así: "No hay ninguna novela del Oeste en el mercado y a la vez quería saber si sería capaz de volver a escribir una”.

Las dos notas anteriores sobre Silver Kane-González Ledesma fueron recogidas en su blog personal, una satisfacción más que se suma a las recibidas hace medio siglo cuando estaba convencido de que Silver Kane y sus colegas (Keith Luger, Donald Curtis, etc.) eran escritores norteamericanos y no esforzados autores españoles que no pretendían hacerse ricos con sus novelitas, sino sobrevivir.


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10 de febrero de 2010

De Silver Kane a Saramago



José Trepat
En las décadas de 1950 y 1960, por citar un espacio de tiempo sin límites claramente definidos, un fenómeno se instalaba en los kioscos de diarios y revistas: la proliferación de los llamados bolsilibros, esos pequeños libritos de 10 x 15 centímetros y no más de cien páginas, con temática sumamente variada.

Seguramente un estudio de mercado habrá convencido a las editoriales de que eso podía ser un buen negocio, y así, los puestos de venta españoles fueron invadidos por miles de títulos, obra de autores que escribían utilizando uno o más seudónimos, casi siempre de origen inglés, dado que la acción transcurría con preferencia en Estados Unidos.

Lo que ocurría en los kioscos de España se repitió enseguida en América latina y especialmente en Argentina, país en el que vivía en esos años. Como entonces trabajaba en un puesto de venta de diarios y revistas en las horas libres que me dejaba el colegio, fui testigo directo de ese acontecimiento editorial y de la aceptación masiva que tenían esos pequeños volúmenes.

Recuerdo que cuando llegaban semanalmente los envíos desde Barcelona, asentamiento de muchas de las editoriales, yo era el encargado de ir a buscarlos cargando con los paquetes de las distintas colecciones. Era necesario hacer varios viajes, todos a pie, pero el esfuerzo valía la pena.

Los consumidores de esos bolsilibros sabían que tal día y a tal hora llegaban los nuevos títulos, y se arremolinaban para ser los primeros en adquirirlos. Después de esa ofensiva inicial nos quedaba tiempo para colocar prolijamente en exhibición las colecciones, en las que destacaban las novelas de vaqueros (Rodeo, Bisonte, Búfalo), policiales (CIA y Servicio Secreto) y también las dedicadas al público femenino, dónde descollaba la prolífica Corin Tellado.

Entre los hombres, teníamos nuestros autores preferidos (Silver Kane, Donald Curtis, Keith Lugar, Alf Sheridan, A. Rolcest, y tantos otros). Pero cualquiera que no fuese uno de los mencionados a la postre daba igual, porque todos tenían el mismo esquema: la eterna lucha entre el bueno y el malo, con una medida y recatada dosis de romance, para no transgredir las estrictas normas de moralidad que imponía la dictadura de Francisco Franco.

Los autores lo tenían bien claro. Situaban la acción fuera de España, preferentemente en Estados Unidos, y así no había problemas con el régimen. Como producto de la inocencia de mi juventud, creía que los autores eran realmente de origen norteamericano, salvo algunas excepciones en las que se leían firmas de claro origen español, como Marcial Lafuente Estefanía o Fidel Prado.

Considerados como el “pariente pobre” de la literatura, esos pequeños tomos cumplían una misión altamente encomiable, como era la de fomentar el contacto entre las personas y la palabra escrita. Fuimos muchos los que nos iniciamos así en la apasionante afición a la lectura, y aunque nomás sea por eso, merecen nuestro reconocimiento.

Otra de las funciones –para la que habían sido creados- era la de entretener y ocupar la mente sin mayores exigencias intelectuales, en situaciones diversas, ya sea en salas de espera, transporte público, o simplemente disfrutar de un momento placentero en un rato de ocio.


Cada uno trataba a los bolsilibros según le apetecía; muchos los coleccionaban primorosamente, otros los leían y los canjeaban y había también quienes se deshacían de ellos de forma drástica. Conocí a un viajante de comercio que siempre llevaba varias de estas novelitas para sus viajes en tren. Pero aplicaba el sistema “use y tire”: al terminar de leer una hoja la arrancaba y la arrojaba por la ventanilla. “Así siempre sé por dónde voy”, se justificaba.

Con el paso del tiempo y a medida que uno iba creciendo, esos pequeños libritos de acción y aventura fueron dejando paso a otros con la misma temática, pero más elaborados. Así, Donald Curtis, Ralf Segram y Keith Lugar, fueron reemplazados por Ken Follet, John le Carré, Michael Crichton, Henning Mankell, etc. etc., hasta desembocar en José Saramago, García Márquez o Paul Auster. Queda descartado el "cuarteto inaccesible" (para mi modesto intelecto) integrado por Joyce, Camus, Mann y Kafka. Pero esa es otra historia.

Muchas veces me he preguntado por qué las editoriales dejaron desaparecer a esos compañeros de viaje tan cómodos de llevar, ya que podían alojarse sin molestias en los bolsillos de las chaquetas y también de los pantalones (también en las carteras de las damas).

Los sobrevivientes de esas viejas ediciones pueden verse todavía en algunas librerías “de viejos” o en puestos de mercadillos o ferias. Todos sin excepción reflejan en su estado actual el paso del tiempo y las decenas o centenares de mano por las que pasaron. Números de teléfonos y nombres apuntados en sus tapas o páginas esconden historias personales. Suelen venderse por pocas monedas o canjearse 2x1.

Llegará el momento en que estén tan ajados que muchos los arrojarán directamente a la basura después de la que habrá sido la última lectura. Triste final para un buen amigo.

Siempre tuve curiosidad por saber quién y como era la persona que “se escondía” tras esos seudónimos anglófilos. Esa inquietud quedó disipada en parte cuando a través de las idas y vueltas por Internet, me enteré que, por ejemplo, Silver Kane, era –es- el conocido escritor y periodista Francisco González Ledesma.


El caso de Francisco “Silver Kane” González Ledesma demuestra que detrás de un Luger, un Curtis o un Sheridan podrían ocultarse otros nombres importantes de la literatura. O tal vez no, ¿lo sabré algún día?, pero el caso es que todos ellos me ayudaron a mí y seguramente a otros miles, a ingresar al apasionante mundo de los libros.

Gonzalez Ledesma recuerda en varias entrevistas como eran esos días para esos escritores. Su caso puede ser emblemático. Para poder sobrevivir en una época difícil tenía que escribir dos novelas por semana y como resultado de ello aportó a los bolsilibros centenares de títulos.

Ha sido un placer conocer mejor a “Silver Kane” aunque más no sea a través de reportajes y artículos periodísticos. Seguramente, mientras camina por las calles de su Barcelona natal y con más de 80 años a sus espaldas, habrá visto a algún congénere sentado en un banco de una plaza, leyendo uno de sus libritos. Ambos –el autor y el lector- no podrán evitar un sentimiento común: nostalgia, según la interpretación de cada uno.

Para quienes son reacios a iniciarse en la lectura, estos diminutos bolsilibros, pueden marcar ¿por qué no? el comienzo de una hermosa amistad.

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7 de noviembre de 2008

Personajes - FRANCISCO GONZALEZ LEDESMA - escritor


José Trepat

Confieso que allá por los años 50 y 60, en mi época de adolescente, vivía engañado pero feliz.

Esta primera línea suena un poco estrambótica pero tiene una explicación sencilla y se refiere a mis primeros escarceos en el mundo de la lectura, en el que se mezclaban revistas de historietas con novelitas cortas de muy fácil comprensión que cumplían perfectamente su cometido: posibilitar un momento de esparcimiento en jornadas duras no exentas de carencias materiales y económicas.

La evasión la hallaba en personajes de tiras de historietas, como el Colt Miller de la revista Rayo Rojo, el Coronel X en Fantasía, y también Kansas Kid y Misterix en la revista del mismo nombre. Había otros que me llegaban a través de episodios diarios en la radio de entonces, como El león de Francia y Las aventuras de Tarzán.

Cuando comencé a trabajar en un puesto de venta de diarios y revistas en la esquina de Maipú y Córdoba, en el Buenos Aires de los tranvías, se me abrió un nuevo filón a mi avidez de lector. Una verdadera invasión de novelitas cortas en pequeños libros de bolsillo atiborraba los kioscos. Procedentes de España, los títulos ofrecían una variada gama de géneros: policiales, de amor (recordar a la prolífica Corin Tellado), de guerra y westerns, sobre todo westerns. Me decanté por estos últimos.

Habré leído más de un millar de estas novelitas que no tenían otro propósito que el de entretener. A medida que las iba consumiendo iba elaborando una lista de preferencias por autor. Nombres como Donald Curtis, Ralf Sheridan, Keith Luger, Clark Carrados, etc., me hicieron creer que eran todos norteamericanos, pues la acción se desarrollaba exclusivamente en alguno de los estados del país del norte.

Entre tantos, uno se destacaba, SILVER KANE.

Se convirtió en uno de los preferidos, pues el héroe de cada una de sus novelas, era el tirador más rápido, el más certero, el que sin desenfundar alojaba una bala entre ceja y ceja de su enemigo. La muchacha más hermosa del lugar siempre caía rendida a sus pies y el final, el mismo en todos los casos: después de dejar un tendal de muertos, el héroe se quedaba con la joven. Esa fórmula se repitió en sus 400 novelas de vaqueros.

El paso del tiempo trajo aparejado otro tipo de lecturas, pero siempre recuerdo con nostalgia esos pequeños libritos que podían llevarse en cualquier bolsillo y acompañaban en viajes y en tiempos de espera. No reniego de ellas.

Pero ese de que los autores eran norteamericanos…nada que ver! Eran todos españoles. Cuestiones de “marketing” como se suele decir. Sólo dos que tuvieron un lugar prominente, se atrevieron a utilizar nombres castellanos –sean estos reales o no- Fidel Prado y M.L.Estefanía.

Esa fuente inagotable de sorpresas que es Internet ha sido el disparador de esta nota que vincula la nostalgia con el presente. Se me dio por escribir SILVER KANE en el buscador y allí apareció entonces el nombre de FRANCISCO GONZALEZ LEDESMA, un personaje sumamente interesante que avivó mis ansias de conocer más sobre su vida y su obra literaria.

Sencillos cálculos matemáticos me revelaron que este abogado, periodista y escritor, nacido en Barcelona en 1927, había comenzado a elucubrar sus “novelitas” del oeste a la edad de 15 años, según confirman artículos biográficos.

A medida que iba interiorizándome de la trayectoria de Francisco González Ledesma, crecía mi admiración e interés por este intelectual que fue otra de las tantas víctimas de la represión franquista. A los 21 años ganó el Premio Internacional de Novela por Sombras viejas, que al igual que otros trabajos suyos, no vieron su publicación hasta 1977, cuando España entró en el período de transición democrática.

Su consagración literaria llegó en 1984 cuando ganó el Premio Planeta por Crónica sentimental en rojo. A partir de ese preciado galardón publica con regularidad novelas de corte policial pero siempre con un trasfondo social. En una de sus últimas obras, Tiempo de venganza, narra las vicisitudes de dos viejos amigos en una Barcelona que el autor ha convertido en escenario referencial de sus obras.

Según sus propias palabras, los dos idealistas de Tiempo de venganza están inspirados en su vida de juventud “cuando los estudiantes pobres todavía creíamos en la posibilidad de que existiera un país mejor. Los ideales eran nuestro único capital”.

En las entrevistas, Gonzalez Ledesma vuelve recurrentemente a su infancia entre gente muy humilde pero idealista, prototipo del republicanismo pobre de esa época. Soy un nostálgico. “Para mí, el pasado tiene mucha importancia porque lo he vivido, mientras que el presente es huidizo y el futuro una incógnita. O sea que el pasado es lo único que tienes”.

Recuerda que cuando se prohibió la publicación de Sombras viejas, la censura lo tachó de “rojo indeseable” y un pornógrafo, porque el protagonista le tocaba el muslo a una chica. “Para simplificar, diría que mi libro era como Los cipreses creen en Dios pero dos años antes y en lugar de ofrecer el punto de vista de la derecha, planteaba el punto de vista de la izquierda. Total: la mía la prohibieron y la de (José María) Gironella no”.

Tuvo que haber sido duro para un escritor de sólo 21 años, ver que su novela premiada no podría ser publicada hasta que Franco hubiese muerto, como así ocurrió, y que el único trabajo literario que se le ofreció fue el de escribir novelas del Oeste; allí nació entonces el seudónimo de Silver Kane.

Al igual que el exitoso escritor sueco Henning Mankell con su personaje del policía Kurt Wallander, González Ledesma creó el suyo propio, el comisario Méndez, que se repite en media docena de sus libros.

Méndez es un nostálgico de sus amistades con prostitutas y gente humilde de la vieja Barcelona. En el cuerpo policial no lo quiere nadie. Siendo un investigador de raza, Méndez siente la frustración de que no sólo no le encargan que descubra un asesinato sino que se le ordena que lo tape. Todo lo contrario de sus convicciones, de su obsesión por la búsqueda de la verdad.

Actualmente estoy leyendo Una novela de barrio, publicada en 2007, con el comisario Méndez como protagonista. El texto me interesa y ya me he hecho el firme propósito de transitar por los títulos previos, si es posible en un orden cronológico.

El periodismo, la pasión que González Ledesma ejerció durante 20 años, lo llevó a jubilarse como Redactor en Jefe y presidente del Consejo de Administración del diario La Vanguardia.

En su faceta de escritor “lento” -cuatro años en terminar una novela- revela que el argumento parte de una calle, de un personaje o de una situación que le haya llamado al atención.

Ya he conocido al Silver Kane de mi juventud.

Ahora me acicatea la curiosidad de saber quién se oculta detrás de aquellos Donald Curtis, Ralf Sheridan, Keith Luger, Clark Carrados y otros. ¿Alguien lo sabe?
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