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25 de septiembre de 2016

La Fé y la desmesura

José Trepat

Ya falta poco -apenas diez años- para que el Templo Expiatorio de La Sagrada Familia entre a competir oficialmente con otros templos monumentales diseminados por el mundo, que tienen un denominador común: la desmesura en nombre de la Fe.

Es uno de los cinco espacios más visitados del orbe, nos propusieron un ingreso gratuito sin las consabidas aglomeraciones, y lo tenemos cerca....entonces, por qué no volver a uno de los emblemas de Barcelona?

La jornada de puertas abiertas fue dispuesta por el Ayuntamiento de la capital de Cataluña como parte de los festejos del día de La Merced, que se celebra los 24 de septiembre de cada año desde que en 1980 la fecha fue declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional.

La alcaldesa de la ciudad ofreció 30.000 entradas gratuitas con una hora fijada para el ingreso; debían gestionarse por Internet y en 40 minutos se agotaron.

Normalmente, los turistas que recalan en Barcelona tienen la visita a La Sagrada Familia como una de sus prioridades y no les importa esperar hasta dos horas para ingresar a la recientemente terminada nave central de esta obra diseñada por Antonio Gaudí, comenzada en 1882 y que nadie sabía cuando iba a quedar concluida.

Ahora sí, con importantes aportes económicos que se suman a las donaciones populares, puede afirmarse que en el año 2026 podrá verse por fin a las 18 torres con una central de 172,5 metros de altura, erguirse majestuosas sobre el cielo de Barcelona.


En días normales, Barcelona, igual que otras grandes urbes, es un caos de automóviles y gente, y más este año que ha marcado un record de turistas. Con esos antecedentes y a fin de evitar atascos y aglomeraciones, decidimos dejar el automóvil aparcado en Mataró y trasladarnos a Barcelona en transporte público, para un viaje de 40 minutos por una espléndida autopista que bordea el Mediterráneo. Los rayos del sol en un cielo sin nubes teñían de un azul intenso las aguas del Mare Nostrum surcadas por pequeñas embarcaciones a vela que saludaban la reciente llegada de un otoño que se anticipa bastante cálido para "desgracia" de quienes odiamos el calor y preferimos el frío.


Nuestro grupo de seis (la cantidad de entradas que habíamos conseguido) estaba compuesto por un servidor, la acompañante de siempre, Beatriz, nuestro hijo Guillermo, sus dos vástagos Matías y Lucas, y también Paula, la única nieta. Intentamos convencer a los niños de que se trataba de una visita "cultural", pero eso no logró modificar la valoración final de Matías (¡es aburrido!) y de Paula (¡que rollo!). En Argentina, el "rollo" sería "plomo".

En cuanto a Lucas, una especie de conejo Duracell al que nunca se le gastan las pilas, merece un párrafo aparte y, sobre todo, una atención constante porque es un fanático del movimiento continuo y poseedor de una capacidad pulmonar realmente envidiable. Corre y corre hasta que se detiene por DECISIÓN PROPIA. Pero eso dura escasos segundos hasta recupera fuerzas y a correr otra vez; por suerte lo hace también en círculo porque de lo contrario sería Forrest Gump en miniatura. Los encargados de su "custodia" a veces nos vemos en figurillas para seguirle el ritmo.

En el autobús que nos llevaba a Barcelona, su hermano mayor Matías y su prima Paula se habían sentados juntos y conversaban animadamente vaya uno a saber de qué. En la fila opuesta de asientos, Lucas, sentado junto a su padre, pareció de pronto sentirse "marginado" y decidió tomar cartas en el asunto. Así que abandonó su asiento y se abrió paso entre Matías y Paula para compartir el de ellos. Después de algunos forcejeos y protestas el intento fue frustrado por el padre y Lucas no tuvo más remedio que ocupar su lugar pero a regañadientes y en franca actitud de rebeldía.


Al llegar a la Sagrada Familia, distante unas diez calles de la parada del autobús, entramos sin demora pasando por los controles de seguridad que, EXTRAÑAMENTE no revisaron el voluminoso bolso de Guillermo y, más raro aún, TAMPOCO REGISTRARON a Lucas, ni lo sometieron a un exhaustivo interrogatorio.

Ya un poco más en serio, nos llamó la atención el escaso celo de los guardias, porque en los últimos días había circulado una información de que los grupos terroristas tenían a la Sagrada Familia como uno de sus objetivos. Pero lo cierto es que esta versión no fue confirmada oficialmente. Es dable suponer que las medidas de seguridad existen aunque no se exhiban abiertamente.

Ya en el interior nos dedicamos a observar la enorme nave central en medio de centenares de visitantes que hacían lo mismo que nosotros: aprovechar las cámaras digitales para atesorar una buena cantidad de imágenes.

En cuanto a esta monumental obra, cada uno llevará en sus retinas la impresión que le haya dejado. El sello de Antonio Gaudí, ese genial arquitecto con un estilo absolutamente personal y único, está impreso en cada rincón. Su obra tiene un mérito enorme, como otras creaciones que engalanan Barcelona (La Pedrera, Casa Batlló, etc.). Es ocioso hablar de los méritos de Gaudí, el máximo representante del modernismo catalán, quien diseñó el templo con apenas 31 años de edad y siguió su construcción a lo largo de cuatro décadas hasta que murió en un accidente en 1926.


Cuando el Templo Expiatorio de la Sagrada Famila esté terminado dentro de diez años no podrá evitar las comparaciones con otros monumentales recintos religiosos como las catedrales de Burgos, Sevilla, Zaragoza, Santiago de Compostela y obviamente la Basílica de San Pedro, además de otras.

Se compararán los estilos arquitectónicos, pero corresponderá a cada creyente arribar a una conclusión acerca de qué lugar ocupa cada uno de esos templos en su relación íntima y personal con el inspirador de esas desmesuradas construcciones.

Siguen algunas imágenes registradas por nuestras cámaras.



Según una información periodística, este año comienza la construcción de las cinco torres centrales que rodean a la de Jesucristo, que empezó a edificarse el año pasado. Las cinco son la torre de María y de los cuatro evangelistas.






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17 de marzo de 2014

Domingo con las Fallas de Valencia

Rita Barberá, alcaldesa
de Valencia 

(Fotos de Beatriz y J.)

Otro madrugón dominguero que iba a tener como destino la ciudad de Valencia y su fiesta tradicional: las famosas Fallas, declaradas de Interés Turístico Internacional. Toda la vida escuchamos hablar de Las Fallas, pero ¿qué son exactamente? En esta nueva excursión de un día, teníamos que resolver esta inquietud, así que a buscar en los archivos, libros y cualquier texto que nos pudiera servir.

Esta antigua tradición se celebra para el gran público entre el 15 y 19 de marzo, ya que la planificación, preparación y armado de los enormes ninots (muñecos) de cartón piedra y poliuretano o similares, comienza mucho antes; un esfuerzo de ingenio y construcción con muerte anunciada: ser consumidos por las llamas, exceptuando el conjunto que resulte ganador, que es "perdonado".


Todos los años invaden Valencia oleadas de turistas que provocan cortes de tránsito, alegría de los dueños de restaurantes y desazón entre los residentes habituales que ven como su ciudad queda cubierta de miles de latas y botellas vacías, cajas de cartón que en su momento contuvieron pizzas, colillas de cigarrillos y cucuruchos de papel en los que se venden los churros y buñuelos, otra tradición en sí misma; los puestos de venta se ven en cada esquina.

Este domingo no fue la excepción. Un día climatologicamente perfecto, con 20 grados centígrados y un cielo sin nubes, convocó a miles de turistas deseosos de ver personalmente los conjuntos de muñecos satíricos con inscripciones en valenciano (una especie de catalán antiguo) que no ahorraban críticas al gobierno, a políticos y a miembros de la familia real; el rey, la Infanta Cristina y su marido Iñaki Urdangarín, fueron los elegidos para las pullas.


De un total de aproximadamente 400 conjuntos falleros diseminados por toda la ciudad, alrededor de dos decenas (los más grandes y de mayor presupuesto) estaban concentrados en las proximidades del Ayuntamiento, desde cuyos balcones las autoridades y algunos invitados pueden presenciar uno de los momentos centrales de la fiesta, la Mascletá, nombre que proviene de un tipo de petardo, el masclet.
Se trata de una serie de explosiones de productos pirotécnicos que dura unos ocho minutos; un espectáculo no para ver sino para oir aunque uno no quiera, porque alcanza los 120 decibelios, sobre todo el terremoto final, una sucesión muy veloz de estallidos.

Este festival sonoro tiene lugar durante cinco días para "alegría" de los residentes habituales, y termina con la quema de las fallas, celebración en homenaje a San José, el patrono de los carpinteros.


En valenciano medieval, la palabra falla (del latín fac[u]la, diminutivo de fax, antorcha) daba nombre a las antorchas que se colocaban en lo alto de las torres de vigilancia. Los textos citan que las tropas del rey Jaime llevaban fallas (antorchas) para iluminarse, tanto para el camino como a la entrada de las tiendas de campaña. También se utilizaban las antorchas para alumbrar una fiesta. Más adelante se hace referencia a este término para referirse a las hogueras y luminarias que se encendían en vísperas de fiestas extraordinarias y patronales, a mediados del siglo XVIII. (Menos mal que Wikipedia nos ayuda también para ilustrarnos)


La víspera de San José se encendían hogueras para anunciar su festividad, recibiendo esa práctica ritual el nombre de falla. La versión popular del origen de las fallas fueron iniciadas por el gremio de carpinteros que quemaban en la víspera del día de su patrono, en una hoguera purificadora, las virutas y trastos viejos sobrantes, haciendo limpieza de los talleres antes de entrar la primavera. Además, quemaban sus "parots" (estructuras de las que colgaban los candiles que les daban luz) puesto que con el fin del invierno y la llegada de la primavera, y al hacerse los días más largos, ya no eran necesarios. Según esta teoría, la inventiva popular le dio forma humana a estos parots.



La fiesta se completa con desfiles de hombres, mujeres y niños de pocos meses ataviados a la usanza tradicional, seguidos de la consabida banda musical.

En tiempos remotos, os vecinos ridiculizaban con formas humorísticas y leyendas satíricas a las autoridades del barrio que no desempeñaban bien sus funciones, quedando así en evidencia. Así comenzó esta tradición que se mantiene a pesar de los problemas de presupuesto, y así continuará en el futuro, salvo alguna hecatombe de magnitud.

Un concurso de paellas en plena calle
Los valencianos tienen su manera de divertirse, frente a los españoles de otras regiones que se aferran a las propias.

Un país para no aburrirse.


Un acto de cobardía

El firmante de esta nota desembolsó siete euros para dar tres vueltas en una noria gigante CON LOS OJOS CERRADOS. 

Después de haber estado en el piso 102 del Empire State Building de Nueva York, en el punto más alto de la Torre Eiffel, y en otras dos norias gigantes, la de Viena y la impresionantemente alta de Londres, a las orillas del Támesis, el firmante sufrió de pronto un ataque de vértigo, claustrofobia, y de la cobardía más abyecta, al verse encerrado en la cabina de la noria de Valencia y mirar hacia arriba, donde lejos, muy lejos...y muy pequeñas se veían las cabinas. La rueda había iniciado ya su marcha y no podía bajarse, así que tratando de poner la mente en blanco, cerró miserablemente los ojos y durante las tres vueltas mínimas, no los abrió hasta que la cabina se detuvo en el punto de partida. Su compañera, estoicamente, tomó algunas imágenes que ahora, al verlas, no hacen más que acentuar la humillación del firmante. ¡Vergonzoso!


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21 de junio de 2013

Volver a los orígenes


José Trepat

Se puede condensar toda la historia de un lugar en un pequeño libro hecho "a pulmón", sólo con el esfuerzo de una persona? Esto es lo que ha intentado Jaume Camps Poch "como un deber del presente hacia los hijos de los cubellenses, como una herramienta para conocer su propia historia", y también para que amigos y visitantes puedan acceder a un fragmento pequeño pero real y significativo del recorrido histórico de Cataluña.

Hurgando en la biblioteca personal me encuentro nuevamente con este libro escrito hace 20 años, que me sirve de guía para buscar una vez más datos acerca de la historia familiar, tarea que sabía iba a ser infructuosa, pero al menos queda el consuelo de poder conocer mejor el entorno de nuestros orígenes.

Sobre el promontorio más elevado de la pequeña serranía, la antiquísima Villa de Cubells domina gran parte de la comarca lleidetana de l’Urgell. Algunos han bautizado a este poblado como “el balcón de l’Urgell”, y no les falta razón, ya que sólo basta situarse en la plazoleta frente a la histórica iglesia del Castell y recorrer con la mirada el entorno, 400 metros más abajo, para ver la ciudad de Lleida, capital de la provincia. A la izquierda del observador se atisba Cervera, y en días luminosos hasta se alcanza a ver la formación rocosa de Montserrat.

Iglesia de Nuestra senyora del Castell


Actualmente Cubells es un pueblo que sólo guarda recuerdos de su antiguo esplendor, un esplendor relativo, claro está. La emigración a urbes más pobladas ha sido el factor que lo ha ido desmoronando poco a poco, aunque también es cierto que muchos de sus antiguos pobladores volvieron para edificar casas de vacaciones o fines de semana. Los vecinos recuerdan que Cubells tenía unos dos mil habitantes, en los siglos XVII, XVIII y XIX, contra los 600/700 actuales. Estos guarismos carecen de exactitud; son apenas referencias de quienes siguen viviendo en sus calles estrechas, muchas de las cuales permiten sólo el paso peatonal.

Llegando a Cubells desde Artesa de Segre
La desaparición de sus viñedos, la crisis en la producción de aceite, la falta de regadíos y la desvalorización del campo como contrapartida por los elevados precios en las ciudades, ha hecho que muchos afirmen que este pueblo ha tenido un pasado interesante y que visto el presente, se pregunten si tendrá un futuro.

"Mi" casa reformada. En 1940 no tenía revoque, tal como puede
verse debajo de estas líneas

Esta foto se había extraviado; la encontré y la publico.
Parte trasera de la casa que se ve en la foto anterior
Llegando desde Artesa de Segre por la ruta nacional número 12, la subida al poblado en coche se ve muy facilitada por un acceso amplio, de escasa pendiente y totalmente seguro. En el punto más alto, en una explanada llegamos a lo que fue el castillo de Cubells, en el centro de la medieval y románica población, y del que apenas quedan rastros. Como otros en las distintas comarcas, el castillo comenzó a construirse en el año 791, como una especie de línea de resistencia cristiana al avance los árabes que habían invadido la península.

Calla del Calvario por la que pasaba la procesión de Semana Santa
¿Cómo se obtienen estos datos? La respuesta sería que indagando en archivos del Ayuntamiento o las sedes parroquiales, además de alguna biblioteca bien provista, pero en este caso la tarea se ha visto facilitada por un pequeño libro que un ciudadano cubellense, Jaume Camps Poch, editó hace algunos años después de, seguramente, un ingente esfuerzo por recopilar datos y fotografías en blanco y negro que aun resisten el paso del tiempo. Una vez impreso, el libro fue distribuido entre familiares y amigos del autor. El resto de la edición fue entregada a las autoridades del pueblo para que las ganancias derivadas de su comercialización fuesen destinadas a la reconstrucción de la fachada de la iglesia de Nostra senyora del Castell.


 El libro lo conseguimos durante una anterior visita a Cubells, lugar de nacimiento de quien esto escribe, y del que guarda recuerdos -no todos felices- que perduran en la mente a pesar de los años -o décadas- transcurridos. En esa visita, estábamos dando la vuelta a una de las dos iglesias que se mantienen en pie -la del campanario, o sea la iglesia de Sant Pere- cuando, de una casa vecina, salió un hombre de mediana edad que llevaba varios libros bajo el brazo y se dirigió directamente hacia nosotros. Se presentó como el encargado de cuidar las iglesias y acto seguido ofreció un libro a cada uno diciendo que se trataba de la historia de Cubells, y que el precio era "a voluntad" como una manera de sostener su publicación. Compramos uno y como "premio", extrajo una enorme llave y nos ofreció visitar la iglesia en cuyo interior sólo había un Cristo en la cruz y la imagen de una virgen.

Foto tomada desde una de las viviendas nuevas que se levantan
junto a la carretera. Al fondo a la izquierda, en el promontorio,
está Cubells
Evidentemente feliz por haber vendido un libro -sólo uno- y por la presencia de visitantes, se ofreció para llevarnos hasta la otra iglesia, la del Castell, que estaba más ornamentada pero todo dentro de un plano muy modesto. "Estais pisando las tumbas de miembros de la iglesia", dijo al ingresar. Efectivamente, a nuestros pies estaban grabados sobre la piedra los nombres y el año de la muerte. Al finalizar la breve visita el hombrecillo se alejó rápidamente haciendo tintinear las gruesas llaves, feliz en su limitación mental, por haber cumplido con su tarea de "cuidar y mostrar las iglesias del pueblo".

Vista desde la parte alta del pueblo
Casas derruídas y otras nuevas en construcción ofrecían un marcado contraste entre lo que era el pueblo cuando lo abandoné en 1947 para ir "a la América" y lo que es hoy. En esos años posteriores a la Guerra Civil los habitantes no se ocupaban de construir sino de sobrevivir, mientras que en la actualidad lo que se construye son casas de fin de semana, pero por suerte el núcleo histórico está siendo respetado por la piqueta.

Casas abandonadas. El tiempo no perdona
Cubells tiene ayuntamiento, escuela y una tienda de comestibles que abastece a la escasa población, que sin embargo no se deja ver mucho cuando uno camina por sus calles, todas en desnivel. También, en la parte baja, una bien provista residencia para ancianos. Las construcciones nuevas se han hecho casi todas junto a la carretera que une a la villa con Balaguer, a 20 kilómetros, y Artesa de Segre, a ocho, las dos ciudades próximas más importantes.

Cubells hace algunos años
Algo que es común en los pequeños pueblos: el alcalde es propietario de la tienda de comestibles y el encargado de perpetuar una tradición familiar, como es el faenado del cerdo y la elaboración de embutidos que desde hace años gozan de merecida fama en los alrededores. Ese reconocimiento es de absoluta justicia ya que sus productos artesanales tienen un sabor que no se encuentra en otros puntos más industrializados como Barcelona, por ejemplo. Por eso es casi una obligación hacer acopio de esas delicias en cada visita a Cubells.

Carretera abajo, en dirección a Artesa, Cubells tiene, cómo no!, su propio cementerio; nichos y fosas en una pequeña parcela rodeada por una pared de ladrillos revocados y al que se accede a través de una vieja puerta enrejada, siempre y cuando se pida la llave al ayuntamiento. El tiempo ha hecho estragos y muchas de las inscripciones en cruces y lápidas ya no pueden leerse, o sea que la búsqueda de nombres y fechas suele terminar en fracaso.



Una estación de servicio y un restaurante-hotel ofrecen al viajero hacer un alto en el camino y ayudan a que el progreso mantenga al pueblo en el mapa.

Como toda comunidad celosa de su lugar en la historia, Cubells celebra anualmente sus fechas tradicionales, y en todas la gastronomía ocupa un lugar importante.



Final de la visita. Los caracoles son una excusa para degustar las
diferente salsas, todas de gusto intenso, como corresponde. El vino,
siempre con moderación, como lo documenta la foto.

20 de septiembre de 2009

Cubells también es UN LUGAR EN EL MUNDO

José Trepat
Dicen que el tiempo todo lo borra, aunque en lo que se refiere al aspecto material de las cosas, siempre queda algún vestigio de un pasado que resiste el avance inexorable de los años.

Detalle de la puerta de Nuestra Señora del Castell
El benemérito interés cultural del hombre tiende a preservar monumentos y edificaciones que a lo largo de la historia han enriquecido el patrimonio que pueblos y comunidades exhiben orgullosamente como prueba tangible de un pasado que marcó su inserción en el vasto escenario de lo que podemos llamar civilización.

El tema que nos ocupa hoy es un pequeño pueblo que como todos, tiene su propia historia y que como todo punto geográfico del planeta es, nada más ni nada menos, que UN LUGAR EN EL MUNDO, parafraseando aquella excelente película de título tan simple, sugestivo y poético.

Cada uno tiene su propio punto de origen, el lugar dónde todo comienza y también donde muchas veces termina, si estamos imbuidos de un espíritu sedentario forzado o por elección.

Pero el lugar de origen siempre atrae; es como un polo magnético en la brújula de los sentimientos. Quien esto escribe, nómada y sedentario, de acuerdo a las circunstancias, ha sentado sus reales en una población que distan 150 kilómetros de la villa de Cubells, y no hay visitante en nuestra casa que haya podido escapar a la “obligada visita turística” a esa población con pasado, poco presente e ignoto futuro.


Un seguidor del blog, atraído por nuestra nueva portada, ha mostrado interés por conocer algo más sobre esa tosca construcción que parece salida del neolítico, aunque no es para tanto. Seguramente no es contemporánea de la fundación de Cubells, un hecho que se remonta el Siglo XII, según los documentos de que se dispone.

Según los historiadores, allá por el año 790 comienzan a edificarse la mayoría de los castillos en las montañas o promontorios del Alto Urgell con el propósito de resistir el avance de los árabes que habían ocupado ya gran parte de la península. Del castillo de Cubells ya no queda nada, pero sí se mantienen en pie dos de las tres iglesias para una población de 2.000 habitantes en su época de esplendor. Actualmente quedan unos 600 distribuidos en sus estrechas callejuelas.

Calle del Calvario


Muchas construcciones antiguas están en ruinas y abandonadas, como resultado de la emigración a centros más populosos y también a otros destinos lejanos allende los mares como la rama familiar materna de quién esto escribe, que optó por Argentina, país con calles de oro y casas de chocolate, según las fantasías infantiles. Con esa estrambótica leyenda se pretendía ejemplificar la riqueza de ese país en la distante América del Sur.

Las periódicas visitas a Cubells haciendo de cicerone a nuestros estoicos visitantes tienen siempre dos puntos de referencia: La iglesia de Nuestra Señora del Castell y la casa que ilustra la portada del blog.


En el primer reencuentro después de 30 años la casa estaba tal cual la había dejado en el año 1947.

El primer recuerdo

No hay una imagen anterior. La primera que me ha quedado grabada de manera indeleble y que acude una y otra vez a mi mente, es la de un niñito de cinco o seis años, pequeño y delgadito, jugando con una vecinita de la misma edad, en la “costereta”, como se llamaba a un promontorio de la calle que terminaba en nuestra casa de piedra.

La construcción, tosca y simple, seguramente no había sido planificada por ningún arquitecto, sino poniendo piedra sobre piedra, con algún tipo de argamasa para que las paredes mantuvieran la vertical. El tejado caía hacia la parte de atrás, asentada casi al borde de una pendiente que terminaba en la carretera, 400 metros más abajo.

La casa tenía sin embargo dos plantas divididas por gruesas vigas de madera que hacían a la vez de techo para la parte inferior, y piso -de tierra apisonada- para lo que era nuestra vivienda –una sala, una habitación y la cocina. El reducido espacio reservado para el baño tenía sólo un boquete en el piso, junto a la pared, una especie de letrina, con un recorrido curvo en desnivel que desembocaba en la parte externa, directamente sobre el barranco, por donde no se podía pasar y nadie tenía interés en hacerlo. Esa era nuestra “red cloacal”.

Una escalera hecha también de piedra comunicaba el piso superior con la planta baja, reservada para unos huéspedes selectos. Allí pernoctaban nuestra única cabra, conejos y gallinas. De otro modo no habrían podido sobrevivir a los terribles inviernos, con nevadas que llegaron a alcanzar un metro de altura.
Allí vivía yo, junto con mis padres, mi hermano –cinco años mayor- y mi abuela materna Teresa, cuyo esposo, había muerto en la guerra de España contra Estados Unidos, en Cuba, que terminó con la presencia colonial española en un continente que había descubierto cuatro siglos antes.

Mi madre conservaba una fotografía ajada y amarillenta –la única- de mi abuelo, en la que se lo veía de pie, con una bandolera cruzándole el pecho desde los hombros hasta la cintura, las piernas separadas y sosteniendo un fusil apoyado en el suelo. Llevaba un sombrero que le tapaba parte del rostro, similar al de los arqueólogos que se ven en alguna película. Un tupido bigote negro era lo más destacado en un rostro adusto, como si esa fuese la expresión más adecuada para el momento.

En esa primera visita al lugar dónde todo había comenzado, mi retina coincidía con el archivo de la memoria, a diferencia de la imagen que ofrece ahora, después de las “refacciones” decididas por sus actuales propietarios.


Un intento de conocerlos y hablar con ellos no prosperó pues la construcción parecía abandonada y no había señales de vida. Tampoco ningún animal que pudiera indicar una probable presencia humana. Quería saber un poco más sobre sobre su historia y sobre todo sobre sus orígenes. Las refacciones -revoque de las paredes y poco más, por lo menos en la parte externa- indican que alguien debe vivir allí, pero como siempre, puertas y ventanas cerradas en medio de un silencio total.

También habían desaparecido las tres cruces de madera que recuerdo se erguían en una elevación del terreno a escasos metros de la casa, al final de calle del Calvario, dónde antaño se realizaba la procesión de Semana Santa con toda la liturgia que siempre acompañaba esas conmemoraciones religiosas.


Vista de la carretera a Artesa de Segre

En la actualidad, Cubells tiene ayuntamiento escuela y una tienda de comestibles que abastece a la escasa población, que sin embargo no se deja ver mucho cuando uno camina por sus calles, todas en desnivel. También, en la parte baja, una bien provista residencia para ancianos.Las construcciones nuevas se han hecho casi todas en la parte baja del pueblo, junto a la carretera que une a la villa con Balaguer, a 20 kilómetros, y Artesa de Segre, a ocho, las dos ciudades próximas más importantes.

Según un pequeño libro sobre Cubells, adquirido a un cuidador de la iglesia Nuestra Señora del Castell, el pueblo tuvo su mayor esplendor en los siglos XVII, XVIII y XIX y el primer tercio del XX, cuando abundaban las plantaciones de viñedos, olivares y cultivos de cereales. La desvalorización de las tierras y el atractivo de las grandes urbes contribuyeron a la despoblación

Carretera abajo, en dirección a Artesa, Cubells tiene, cómo no!, su propio cementerio; nichos y fosas en una pequeña parcela rodeada por una pared de ladrillos revocados y al que se accede a través de una vieja puerta enrejada, siempre y cuando se pida la llave al ayuntamiento.

El tiempo ha hecho estragos y muchas de las inscripciones en cruces y lápidas ya no pueden leerse, o sea que la búsqueda de nombres y fechas terminó también en un previsto fracaso.



A pesar de todo Cubells sigue en pie luchando para que el “progreso” no lo borre del mapa. Para ello una estación de servicio y un restaurante-hotel bien atendidos, ofrecen al viajero la posibilidad de hacer un alto en el camino, y si lo desea, conocer algo más de la historia de Catalunya.

Esperamos haber satisfecho el interés del seguidor/visitante que ha pedido esta nota.

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