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29 de agosto de 2014

La maleta de mi padre (Orhan Pamuk)

- Libro nro. 287 leído en este blog -
(Total de leídos en todos los géneros: 2645)

Género:  Testimonial  
Año:        2006  
Páginas:  97
Título original:  Babamin Bavulu
Traducción:   Rafael Carpintero Ortega
Grupo B

Valoración:  Muy bueno 



Valiosas reflexiones de Orhan Pamuk sobre la escritura y lo que ha significado y significa para él. Tiene valor testimonial para quienes se interesan por lo que opina un escritor acerca de su mundo y otros temas.  En estos discursos al recibir el Nobel de Literatura, los galardonados preparan cuidadosamente su mensaje de aceptación. Recuerdo ahora los discursos que pronunciaron en su momento John Steinbeck y José Saramago, distinguidos ambos con el Nobel; magníficos textos que siempre conviene tener a mano para releerlos.
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Contratapa
Orhan Pamuk fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 2006. En la entrega oficial del galardón, Pamuk leyó "La maleta de mi padre", un emocionante discurso que habla de la naturaleza de la escritura, del amor a los libros y del propósito de la literatura. Acompañan a este discurso otros dos textos igualmente pronunciados con motivo de la recepción de premios: "El autor implícito", discurso que leyó en abril de 2006 al recibir el premio Puterbraugh, otorgado por la revista norteamericana World Literture, trata de la psicología del autor, de la aventura que supone ser escritor y de la necesidad de serlo. "En Kars y en Frankfurt", discurso pronunciado al recibir el Premio de la Paz de la Unión de Libreros Alemanes en 2005, estudia la posibilidad que tiene el novelista de ponerse en el lugar de otros y las consecuencias políticas de una capacidad tan humana.  La maleta de mi padre contiene estos tres discursos, considerados una totalidad por el propio autor. 
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El autor 
Orhan Pamuk nació en Estambul en 1952. En 2006 obtuvo el Premio Nobel de Litertura. Ha realizado estudios de arquitectura y periodismo, y ha pasado largas temporadas en Estados Unidos, en las universidades de Iowa y Columbia. Es autor de ocho novelas. Su éxito mundial se desencadenó a partir de los elogios que John Updike dedicó a su novela El castillo blanco. Desde entonces ha obtenido numerosos reconocimientos internacionales. Con la publicación de Nieve (2004), que aborda el tema de la confrontación entre la cultura occidental y la oriental. Orhan Pamuk pasó a ser objetivo predilecto de los ataques de la prensa nacionalista turca. 

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26 de julio de 2011

Y me lo había creído....








Después de ver por primera vez la película El expreso de medianoche, hace ya muchos años, sentí aversión hacia los turcos, una sensación que era compartida por muchos, a juzgar por lo que podía leerse en distintos medios de la época.


Es de justicia aclarar ahora que la película de Alan Parker me engañó, porque tanto Parker como el guionista Oliver Stone, mienten bastante al intentar reflejar en la pantalla un hecho de la vida real: la dura experiencia del ciudadano estadounidense William Hayes como prisionero en una cárcel turca.


La película nos presenta a Hayes como un “buen” norteamericano que es arrestado por la policía turca en el aeropuerto de Estambul, cuando intentaba salir del país con dos kilos de hachís en paquetes sujetados a su cintura. El rostro “angelical” de Hayes parecía serlo aún más, en contraposición a las miradas torvas y gestos adustos de los policías turcos.


El frustrado traficante de drogas (“lo hice por dinero”, diría después) es llevado a la cárcel y alojado en un calabozo hasta que se celebra el juicio, en el que se le aplica una sentencia de cuatro años. ¿Es que acaso esperaba una felicitación por lo que había intentado hacer?


Durante el tiempo de su encierro no faltan las escenas de vejaciones, peleas, malos tratos, castigos, como ocurre en tantas cárceles del mundo (Guantánamo, sin ir más lejos). La película exhibe la “maldad” de los turcos en la figura del jefe de los guardianes, que somete a los reclusos a todo tipo de castigos.


Oliver Stone escribió el guión en base al libro del propio William Hayes, pero parece ser que la película difiere bastante de lo que cuenta el propio autor. Los cineastas se tomaron demasiadas licencias sin tener en cuenta que sus invenciones podían afectar negativamente la imagen de Turquía, como en realidad sucedió.


Me interesé por ver otra vez El expreso de medianoche luego de una visita a Turquía en la que no observé ningún comportamiento fuera de lugar de los turcos hacia los extranjeros ni entre ellos. Me pareció un pueblo sumamente civilizado y, en lo personal, siempre tendrán mi agradecimiento por la manera como se comportaron durante un grave problema de salud. Literalmente, me salvaron la vida personas a las que no conocía.


Pero volviendo a la película (filmada en la isla de Malta), hay escenas que parecen cargadas de intencionalidad política, como la del protagonista cuando habla durante la revisión del juicio en el que se le condena a 30 años de prisión “para que sirva de escarmiento”. En verdad, el recluso ya había pagado su delito con los casi cuatro años de encierro que llevaba.


Pudo expresar su indignación en ese alegato, cuando dirigiéndose a los jueces les dijo a viva voz: “Para una nación de cerdos, es curioso que ninguno los consuma. Odio a los turcos, a este país. ¡Son todos unos cerdos!”.


Al principio de la película, Hayes pensaba que pronto quedaría libre pero otro recluso le quitó esa idea de la cabeza: "En Turquía no hay abogado honesto , están todos comprados, son peores que las ratas. La corrupción se enseña en las Universidades... "


Estas definiciones, apoyadas por las duras imágenes, ensucian a todo un país, mientras que el delincuente se nos ofrece como una buena persona en todos los aspectos, que ama y respeta a sus padres. Sin embargo, según el libro de William Hayes, este admite que ha sido un gran consumidor de drogas y que incluso transporto ilegalmente hachís por Europa en varias ocasiones.


Durante el viaje a Turquía, nuestro guía comentó que siempre se le pregunta si la imagen que transmite El expreso de medianoche es la real. Agregó que por supuesto no es así, y que se había invitado a los cineastas a visitar el país para que lo comprobaran por sus propios medios, pero estos se negaron. De todas maneras, el mal ya estaba hecho.


En lo personal, esta nota ha sido una modesta “reparación histórica”. El cine tiene mucho poder, pero todos deberíamos saber cuando una película pretende ser algo más que un mero entretenimiento. (El de la foto es el verdadero William Hayes).











-José Trepat



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12 de julio de 2011

Visita interruptus a Turquía

Quiérase o no, parte de la visita a Turquía se cumplió, y ya forma parte de los Recuerdos de Viajes. La otra mitad no pudo completarse por las causas ya expuestas oportunamente.

Pero como se trata de mirar el vaso medio lleno, se incluyen aquí algunas fotos (muy pocas), como una manera de valorar el hecho de que el mal momento haya sido superado, aunque pagando un precio (¿alto o bajo? hummm... todo es según el color del cristal... etc.)



¡Hola amigos; bienvenidos a Estambul!. Al pie de cada foto se incluye una breve referencia sobre la misma.
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Filigranas en la entrada de una mezquita. La guía explicó que en las dos partes de Estambul (la europea y la asiática) hay unas dos mil mezquitas. (No sé si creermelo).
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¿Una de las 2.000?
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Cúpula de una mezquita
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Un puesto de venta en el Gran Bazar de Estambul, una de las atracciones de la ciudad.
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Otro, éste dedicado a figuras de metal
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El estrecho del Bósforo divide los sectores europeo y asiático.

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Excursión por el Bósforo
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¿Que bandera será?

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Restos de un antiguo castillo
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Después del paseo por el Bósforo, visita a un palacio de algún sultán
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Después de Estambul, avión hasta Ankara, la capital del país y otros 350 kms en autorcar hasta Capadocia, conocida por estas formaciones rocosas.

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Se trata de piedra volcánica, porosa, en la que es relativamente fácil abrir los boquetes que servían de viviendas o recintos religiosos.
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Estas fotos marcaron el principio del fin de nuestro viaje a Turquía.
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Diez kilos han desaparecido ya de la voluminosa figura de la derecha.
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8 de junio de 2011

El lado oscuro de un viaje

Este espacio podía haber sido utilizado para contar algunos pormenores de un viaje más, de esos que solemos hacer de tanto en tanto. Pero esta vez habría que hablar del lado oscuro de los viajes, que también los hay, como la excepción que confirma la regla.

Pero como todavía los recuerdos son frescos y algunos desagradables, no es mi intención revivirlos, sino que estas líneas constituyen apenas un intento de responder y dar alguna información a todos quienes se interesaron por mi estado de salud.

La duración original del viaje a Turquía era de una semana, pero debió extenderse diez días más debido a un infarto que me postró en la unidad coronaria de una pequeña ciudad en la región de Capadocia, centro de Turquía y a muchos kilómetros de ciudades importantes.

Cinco días en terapia intensiva, sin reloj, sin ventana, con la luz encendida día y noche, con el inglés como único medio de comunicación con los médicos, no constituye precisamente un recuerdo agradable.

Tratando de ver el vaso medio lleno, dentro de la desgracia, algunos hechos puntuales y la rapidez con que actuaron los médicos turcos, hicieron posible que estas líneas puedan ser escritas, ya de regreso a casa y en fase de recuperación.

El comportamiento de mi entorno familiar, comenzando por la entereza, sangre fria y sentido comun de mi compañera de siempre, y la reacción y actitud de nuestros cuatro hijos, es algo que conservo para mí y nunca voy a olvidar.

Los "hechos puntuales" mencionados más arriba son un ejemplo de solidaridad por parte de personas a quienes no conociamos ni nunca volveremos a ver. "Alguien" tuvo que haber reaccionado al instante y llamar a una ambulancia. "Aguien" tuvo que haber pedido una silla de ruedas. Todos esos "alguien" y algunos más, fueron los eslabones de una cadena que me salvó la vida.

Gracias desde aquí -aunque dificilmente se entere- a la mujer española, enfermera ella, que asumió el mando y ofreció acompañar a mi esposa e incluso ofrecernos dinero.

Gracias a la muchacha musulmana -enfermera tal vez- que en terapia intensiva me apretaba la mano mientras le caían las lágrimas.

Gracias a las personas que se acercaron a Bea y la ayudaron a trasladar nuestro equipaje desde el hotel hasta la Clínica, a distancia considerable.

Gracias a los médicos que dieron con el tratamiento adecuado.

Gracias a la compañía Mondial Assistance, que atendió nuestro caso de manera ejemplar haciendose cargo de todo: gastos médicos (muy elevados), de hotel y de traslado hasta la puerta de casa.

Gracias al médico de la institución, Dr. Didio da Silva, quien me acompañó en el viaje de vuelta,
por haber sabido crear el clima perfecto entre médico y paciente.

Algunas cosas han cambiado. Mañana, una nueva vida comienza.
-José Trepat