25 de diciembre de 2008

Del fuelle a la D80


José Trepat

Las imágenes obtenidas a través de la lente de una cámara quedan grabadas como recuerdos indelebles de algún momento de nuestras vidas.

Son más resistentes al paso del tiempo que las imágenes que tratan de permanecer en nuestra memoria luchando por no desvanecerse ante la inexorable ley natural que las torna cada vez más borrosas hasta que en algunos casos desaparecen por completo.

Cómo ayudan las fotografías a recorrer las alegrías y sinsabores que han jalonado una existencia cuando esas imágenes se han almacenado cronológicamente en algún álbum familiar o en aquellos que se destinan a un tópico determinado!

Una sorpresa navideña me ha inspirado estas líneas que pretenden rendir un modesto homenaje a ese adminículo, primero rudimentario y más adelante sofisticado, que es la cámara fotográfica.

Sentado frente al ordenador o computadora, mi vista se desplaza alternativamente entre la pantalla del monitor y el cuerpo y lente de esta joya de la tecnología moderna que es la Nikon digital D80, y que desde hace pocas horas ES MIA.

Tras recibir este regalo navideño siento el deseo y el placer de efectuar un recorrido de más de medio siglo en el que convergen como en un calidoscopio todos los tipos y modelos de cámaras fotográficas que de un modo u otro han ocupado un lugar importante en esta galería de recuerdos.

Las primeras fotos a poco de arribar como inmigrante a Argentina, y que aún conservo, son aquellas que entregaban los entrañables fotógrafos ambulantes de plazas y parques públicos. Con sus grandes cajones que eran a la vez cámara y laboratorio, colocados sobre trípodes, los fotógrafos de guardapolvos grises que ocupaban puntos estratégicos en la Plaza San Martín de Buenos Aires, fueron los primeros que plasmaron las imágenes que a pesar de los años transcurridos, no han perdido ni nitidez ni brillo.

Después de indicarnos que permaneciéramos rígidos en el punto elegido, el fotógrafo introducía la cabeza en una capucha negra que estaba unido a la parte posterior del cajón, y accionaba el obturador mediante un cable externo.

Luego había que esperar a que manipulara el negativo, el cual después de pasar por el ácido revelador y el fijador se transformaba en la imagen positiva que nos era entregada no sin antes esperar a que se secara. Que maravilla llevarnos esa imagen nuestra!. En cada ocasión nos íbamos con una única foto, o más si el bolsillo lo permitía.

Después llegó el momento de la cámara propia, aunque no tanto porque era prestada. Que bueno poder hacer OCHO fotos a nuestro antojo. Eran ocho porque esa era la capacidad del rollo que utilizaban las cámaras de fuelle como la que nos había prestado un pariente. El tamaño del negativo, creo que 6x9, era el de la foto definitiva. Pero eran las fotografías que habíamos tomado nosotros. NUESTRAS FOTOS.


A la de fuelle, devuelta a sus dueños, siguió la compra de una cámara muy simple, con una lente pequeña y una sola velocidad de obturador. También cargaba carretes de ocho fotos que luego se ampliaron a 12. Después de obturar había que avanzar manualmente el carrete hasta el siguiente negativo virgen. La calidad era inferior a la de los “cajones” de los fotógrafos de plaza, pero “nuestra” cámara podíamos llevarla a cualquier sitio.

No hubo que esperar mucho para que las cámaras tuviesen distintas velocidades de obturación o apertura de diafragma, con carretes de 35 mm, para 36 o 24 tomas en blanco y negro o color, que provenían especialmente de Estados Unidos (Kodak) o Alemania (AGFA). Los laboratorios ampliaban las fotos al tamaño deseado y la industria fotográfica avanzaba hacia su consolidación definitiva.

A poco, comenzaron a proliferar en los comercios distintos modelos y marcas de cámaras fotográficas. La competencia abarató los precios y permitió que este arte para unos o hobby u afición para otros, llegara masivamente al público, sobre todo a partir de la aparición de las marcas japonesas que disputaban el mercado a las consagradas Leica alemanas.

Parece ahora tan lejano aquel tiempo en el que el revelado de un rollo de diapositivas sólo se hacía en Alemania, o sea que había que esperar unas tres semanas para recibirlo a vuelta de correo.

A mediados de los años 60 me había hecho el propósito de tener una cámara propia de buena calidad. Es así que después de un período de ahorro y alguna privación, pude acceder a la entrañable Minolta SRT 101, cámara reflex japonesa de cuerpo metálico y objetivo cambiable que me acompañó durante más de 30 años, y que por supuesto todavía funciona, pero que ahora descansa en un anaquel de la casa de mi hijo mayor que me pidió conservarla como recuerdo.


La Minolta fue testigo fiel de algunos de los momentos más memorables. Con ella, un amigo realizó las fotos de mi casamiento porque no había dinero para pagarle a un fotógrafo. Con ella nacieron los hijos, se festejaron los aniversarios y fue compañera inseparable en numerosos viajes, ya sea por placer o por motivos de trabajo.

Con alguna melladura, la Minolta SR1 está en el podio de mis afectos y allí se quedará por siempre.

Los avances tecnológicos y la masificación del mercado fotográfico se hizo incontenible, así que en busca de una mayor versatilidad, decidí jubilar a la Minolta y pasar a la Nikon reflex F601. Sé muy bien que una buena fotografía no depende tanto de la calidad de la cámara sino del ángulo y del MOMENTO justo en que es accionado el obturador. Las obras de Cartier Bresson y Robert Capa, entre otros, pueden dar fe de ello.

De todas maneras, la hermosa Nikon analógica tuvo una corta vida activa pues la explosión digital se precipitó como un incontenible alud de nieve sobre la industria de las cámaras analógicas, así que por razones de costos y la posibilidad de ver las fotos al instante de la toma pudiendo repetir ésta tantas veces como fuese necesario, hizo que la flamante y cara Nikon quedase archivada junto con su gama de teleobjetivos y flash electrónico, también bastante caro.


La comodidad y pequeño tamaño de las digitales me llevó a adquirir la Sony DC-P12 de cinco megapíxeles, el término que se puso de moda en el mundo de la fotografía. Los centenares de modelos y marcas ponen actualmente el sistema digital al alcance de una gran mayoría de usuarios y este arte o hobby experimentó un cambio espectacular.

La Sony me ha posibilitado hasta ahora más de 10.000 tomas y sigue tan activa como el primer día. Pero pobre! Acaba de surgirle un contrincante de mucho peso y tamaño equipado con un espectacular arsenal de artilugios que todavía no he comenzado a descifrar. Y además, un golpe demoledor: parece que en la Nikon D80 se pueden utilizar los teleobjetivos de su pariente lejana, la Nikon F601!

Qué haré con esta joya que ha caído sorpresivamente el árbol navideño todavía no lo sé, pero sólo espero seguir mirando la vida a través de su objetivo con la misma ilusión que cuando la observaba en el visor de la Minolta y de las hermanas que le siguieron.



Lo de obtener buenas fotografías ya es otra historia.
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PD: Cuando esta nota fue escrita, la D80 era uno de los modelos más avanzados. El aluvión de marcas y modelos que le siguieron resulta imposible enumerarlos.
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4 comentarios:

Ana dijo...

Cómo olvidarte de tu primera digital, la RECORDING!! rrr...rrr...rrr... (después de cada foto) y los disquetes encima!! jaja..

José T. dijo...

Es verdad!! me olvidé de la primera digital SONY (1.000 u$s, buahhh) que en lugar de tarjetas de memoria llevaba disketes y sacaba fotos horrendas comparado con las máquinas actuales. Lamento la omisión, pero está hecha la aclaración gracias a la sagacidad de la visitante REGISTRADA Ana.

Anónimo dijo...

jajajajaja Es cierto...Cómo nos divertimos con esa máquina...y pensar que éramos super modernos con ella.....pero lo pasamos muy bien sacando un montón de fotos con el ruidito ....rrrrr...rr...¡buenísimoo!!

Mamá Bea

Pablo dijo...

Bueno, a disfrutar del artilugio digital de última tecnología!
Ahora tenemos que hacer salidas fotográficas para comparar prestaciones entre NIKON y PENTAX. Y no te olvides de participar en concursos fotográficos, que hay muchos por ahí fuera.