27 de julio de 2011

Nostalgias del campo argentino VI - Las cosechas


(Sexta y última nota de la serie)

José Trepat

 Llegamos a la última etapa de este viaje a través del tiempo, que comenzó cuando un sentimiento de nostalgia inundó la mente con recuerdos de una época en la que trasponíamos los umbrales de la adolescencia y todos los sueños y proyectos nos parecían realizables.

Ese paso de la infancia a la pubertad en un escenario tan cautivante como el campo argentino, en contacto directo con la naturaleza y los seres que la habitan, transcurrió entonces sin mayores preocupaciones, las que son propias de la realidad que va acompañada del crecimiento.

No obstante, no era ajeno totalmente a las circunstancias familiares por las que me había tocado en suerte pasar mi infancia en esa chacra de Arrecifes. Mis padres habían llegado de España un año antes con una mano atrás y otra adelante, “cargando” con dos hijos y mi abuela materna, además de unos pocos enseres.  Después del fallecimiento de mi abuela a poco de llegar, mis padres debían “buscarse la vida” y no podían arrastra de un lado a otro a los dos hijos. Lo hicieron con uno, mi hermano Ramón, cinco años mayor que yo, y a mí me dejaron en la chacra de mis tíos, que tuvieron hacia nosotros un comportamiento ejemplar.
Así, la familia quedó escindida. Yo al campo y ellos tres yendo a Necochea, a casi 600 kilómetros de distancia, dónde encontraron trabajo en un hotel: ella como mucama y él, como ayudante de cocina. La preparación de ambos no les permitía otra cosa. La vivienda para ambos y mi hermano era una pequeña habitación del hotel.

A pesar de mi corta edad, yo era plenamente consciente de que sufrían la separación, y por eso mismo sentía que mi obligación era trabajar como el que más para que mis tíos no me considerasen una carga, algo que en ningún momento percibí de su parte. Me había hecho también el propósito de progresar en lo que fuese para en algún momento poder ayudar a mis padres.

La etapa siguiente tras el reagrupamiento familiar fue intentar “la conquista” de Buenos Aires, la gran capital. Ese tramo de nuestras vidas fue bastante duro y penoso, al tener que vivir en un “conventillo” ruinoso donde se hacinaban unas 15 familias, con un solo baño y un grifo por el que salía un débil chorro de agua. Pero esto es otra historia.

Volvamos ahora al tema de esta sexta y última nota sobre el campo argentino, que se refiere a las cosechas en las que tuve participación directa. En el campo hay trabajo todo el año; allí no hay vacaciones ni días de fiesta. La siembra se realiza en la estación que corresponde a cada variedad, y la cosecha también en tiempo y forma, de lo contrario se pierde todo el trabajo.

La papa
Todos sabemos que la papa (o patata) es un tubérculo, o sea que el producto que da la planta está bajo tierra y hay que desenterrarlo. ¿Se habrá modificado en la actualidad el sistema de recolección? Si es así me alegro por la cintura de los pobres trabajadores porque el método tradicional era (o es) caminar agachado llevando en un brazo una gran canasta y recogiendo con la mano libre las papas que quedaban esparcidas tras el paso de la máquina cosechadora. ¿En que consistía la máquina? Una yunta de caballos percherones o un tractor tiraban del complejo mecánico que en su parte trasera tenía una especie de rueda enorme movida por una serie de engranajes sincronizados con el movimiento de la máquina.


Cada 50 centímetros aproximadamente sobresalían de la rueda unas aspas que se hundían en la tierra y lanzaban al aire los tubérculos. Detrás íbamos los recolectores con nuestras canastas. A una distancia prudencial había bolsas de arpillera en la que vaciábamos las canastas y así hasta terminar. Mi trabajo no era tan eficiente como el de los hombres mayores, pero recuerdo que me daban 20 centavos por cada bolsa, así que me esforzaba al máximo para amasar los primeros ahorros de mi vida.


Una vez recogidas las bolsas del campo, éstas se vaciaban en un galpón techado formando una pila enorme. Después venía otra tarea: las papas que formaban esa pirámide pasaban por nuestras manos, de una en una, separando las más pequeñas que servirían de semilla para la próxima cosecha, y desechando las que iban pudriéndose para no “contagiar” al resto. ¿Dónde iban las papas podridas? A los cerdos, que se las comían con deleite. Como se podrá imaginar, la papa era un ingrediente infaltable en la comida diaria. Qué buenas eran!



El maíz 
Otro trabajo esforzado según los procedimientos de la época. La planta, sembrada en surcos, alcanza la altura de un hombre. El momento de la cosecha llega cuando la planta pasa de un color verde y lozano a otro parduzco y reseco. Las espigas están totalmente formadas y recubiertas por varias capas de “chala” que terminan en una especie de barba.



Los granos adheridos al marlo de la espiga son amarillos o rojizos según la variedad, y completamente duros. Es el momento de la cosecha. Los trabajadores se atan a la cintura una bolsa que pasan entre las piernas arrastrándola al ir avanzando. La parte inferior de la bolsa es de cuero para que no se desgaste con el roce del suelo.

¿Cómo se hacía? Los hombres llevaban una especie de manopla de hierro rematada en punta con la que pelaban la espiga quitándole la chala. Con la otra mano arrancaban la espiga con un movimiento seco y la ponían en la bolsa que obviamente tenía la boca en la parte delantera, debajo de la cintura.Las bolsas se iban vaciando en otras más grandes y a continuar cortando espigas!.


Una vez concluido el trabajo, el campo se abría a la invasión del ganado que, además de alimentarse, aplastaba las plantas. Así hasta que llegaba el momento de entrar con el arado, roturar la tierra y volver a empezar el ciclo. Las espigas se llevaban luego a una máquina desgranadora que separa los granos de los marlos. Estos, una vez bien secos eran utilizados como combustible para las cocinas (que eran a leña).
Los granos se embolsaban y estibaban en espera de ser transportados a su destino final.

El trigo 
Cuando los campos argentinos sembrados de trigo semejan un inmenso manto dorado sobre el verde circundante, ello quiere decir que es el momento de la cosecha (la trilla). En esa época ya se utilizaban las máquinas trilladoras, que facilitaban enormemente el trabajo pero dejaban los pulmones a la miseria. Todo el mundo las ha visto en fotografías así que no hace falta describirlas.


Pero lo que las imágenes no muestran es lo que padecen quienes trabajan arriba de esas trilladoras, como me tocó también hacerlo. La máquina realiza el proceso de cortar la planta y separar la paja del trigo. La paja va nuevamente al campo por la parte trasera y los granos de trigo salen por unas aberturas dispuestas en pares.

En una boca se enganchan las bolsas de arpillera.Cuando una se llena se cierra la boca y se abre simultáneamente la otra. La bolsa llena se desengancha, se cose rápidamente y se echa en una rampa que la deja caer a tierra. La salida del grano va acompañada de una nube de polvillo que va a los ojos y a la nariz, y de allí a los pulmones. Este proceso repetido decenas de veces durante una jornada de trabajo debe dañar seguramente las vías respiratorias aunque uno lleve un pañuelo tapando boca y nariz. No era en verdad un trabajo placentero pero había que hacerlo como uno más de la esforzada rutina de los hombres de campo.
 


Las bolsas eran recogidas luego y apiladas en grandes estibas expuestas al sol para que el grano se mantuviese seco. Eso sí, había que estar atento a la menor amenaza de lluvia y salir corriendo a cubrir la estiba con una gran lona Pampero. Si no se llegaba a tiempo, el agua de lluvia podía arruinar toda una cosecha.

La alfalfa
Nunca he estado en medio de un campo sembrado de lavanda, pero puedo afirmar sin duda alguna que, por lo menos según mi experiencia, no existe un aroma a naturaleza tan maravilloso como el de la alfalfa recién cortada. Conservo ese recuerdo desde la infancia y nada me he hecho cambiar de opinión. Si pudiera conservarse en un frasco, como los perfumes, lo compraba seguro.



La alfalfa se corta cuando la planta muestra un verde intenso y el tallo está enhiesto. Por lo menos así se hacía antes. Claro que había máquinas especiales para esa tarea y eran muy simples. El asiento de quien manejaba las riendas de los caballos estaba montado sobre un eje con dos ruedas de hierro. En el flanco derecho estaba la cuchilla que se llevaba de manera vertical y se ponía a ras del suelo en el momento de iniciar el corte.

La cuchilla era una fila de dientes afilados en forma de triángulo que se desplazaban con rapidez de izquierda a derecha y viceversa, mediante engranajes sincronizados con el avance de la máquina. El aspecto triste pero inevitable que existe en el trabajo del campo, era en este caso que a su paso la máquina destrozaba los nidos de pájaros que los hacían en tierra, como teros, perdices o lechuzas.



Después de algunos días, cuando la alfalfa ya se había secado, se pasaba el rastrillo (como se ve en la foto) haciendo montones que luego eran cargados en esos rudimentarios carruajes llamados chatas para llevarlos hasta el lugar donde se hacían las parvas.

El forraje era el alimento de los animales en invierno. En otro tipo de cosechas no participé pero con estas cuatro ya tengo suficiente para recordar bastante bien como era la vida en el campo, además de las otras tareas mencionadas en las notas precedentes.

El campo argentino, que aparte de la tecnificación no debe haber cambiado mucho, retribuía así –con la ayuda muchas veces de las lluvias- el esfuerzo de quienes le dedicaban sus vidas, sea por elección o por necesidad.
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4 comentarios:

Fer.T dijo...

Muy buena la nota!!!!!
Estas cosas las nuevas generaciones no las vimos!!! jajaja
Me gusto leer estas cosas y conocer mas de tu infancia.

flaco dijo...

A José:excelente descripción.

Monica dijo...

justo estoy parando en un hotel en recoleta por trabajo, me encanto leer esta nota, muy buena informacion

JotaT. dijo...

Muchas gracias Mónica por tu comentario.