26 de diciembre de 2011

Sucedió en Capadocia (I)


DRAMA DE LA VIDA REAL EN TRES ACTOS

¿Por qué esta nota? Por una auto promesa: Si después de seis meses podía contarlo, eso haría.
 *
Primera parte
*

¿Está incluido el seguro médico?

 “Sí. Es un seguro básico, pero por 21,60 euros más cada uno, puede contratar el de Mondial Assistance, que le cubre todo”, dijo la empleada de la agencia de viajes sin levantar la vista de los papeles que estaba ordenando. José se quedó pensando unos segundos. El costo del viaje a Turquía subiría 43,20 euros, ¿valdría la pena? Finalmente dijo que sí, que aceptaba. Fue una de las mejores decisiones de su vida.

 Al día siguiente, provistos de toda la documentación necesaria, José y Beatriz emprendieron el viaje, que comprendía dos fases: cuatro días en Estambul y tres en la región de Capadocia, desde donde regresarían directamente a Barcelona en vuelo directo. Habían considerado otras opciones: Polonia, Portugal y Holanda, pero se impuso la curiosidad por conocer el famoso Gran Bazar, y algunas de las más importantes mezquitas de una ciudad levantada entre dos continentes: Europa y Asia.

 Estambul, antiguamente Bizancio y luego Constantinopla, está dividida por el estrecho del Bósforo, que conecta el Mar de Mármara y el Mar Negro. Esta información se lee en los folletos turísticos, en los que, sin embargo, no encontrarían algunos datos que les reveló la guía a bordo del autocar que los trasladaba desde el aeropuerto hasta el hotel en el distrito comercial de la ciudad más importante y populosa de Turquía.

 La guía explicó en un más que aceptable castellano, que Estambul es una de las ciudades más seguras del mundo, en contraposición a lo que se pudiera pensar, si se tenía en cuenta su gran densidad demográfica y la cantidad de callejuelas oscuras e inquietantes en su periferia. La guía aconsejó a los visitantes no aventurarse en esos sitios en horas de la noche; durante el día no pasaba absolutamente nada. Como no estaba en sus intenciones hacerlo, José y Beatriz no se preocuparon y se dispusieron a comenzar la visita turística a la mañana siguiente junto con el grupo con el que compartirían los seis días venideros.

Estos viajes en grupo están diseñados para que los visitantes puedan conocer los lugares más importantes en el menor tiempo posible. Así, siguiendo a la guía cual masa aborregada, después del desayuno se dirigieron a pie hasta el Gran Bazar, a pocas calles del hotel y allí quedaron librados a su suerte no sin antes haber recibido instrucciones precisas sobre el lugar de encuentro al cabo de 45 minutos.

 Cientos de locales comerciales estaban distribuidos en las galerías interiores de este conocido bazar en el que predominaban ostensiblemente los puestos de venta de alfombras turcas, además de joyas, cerámicas, ropa, dulces y todo lo que suele encontrarse en estos sitios. Habían sido advertidos de que, bajo ningún concepto, debían adquirir ningún reloj Rolex o de otras marcas conocidas, porque a los diez minutos de haber salido de allí, la preciosa maquinaria “suiza” dejaba de funcionar; todo es falso en ese rubro, aunque las imitaciones son perfectas.

Síntomas extraños

José comenzaba a notar que las caminatas lo cansaban excesivamente, pero lo atribuyó a la edad, al pesado bolso en el que llevaba la cámara fotográfica, y también a los seis/siete kilos propios que lo separaban del peso ideal. La sensación era de ahogo pero no le dio excesiva importancia y en ningún momento le pasó por la mente que podía ser un problema cardíaco. Más aún teniendo en cuenta que pocos días antes se había sometido a una prueba de esfuerzo, con resultados óptimos. A las horas del almuerzo y cena, que se servían en el hotel, José, extrañamente, se mostraba un tanto desganado debido a problemas digestivos que no sabía a qué atribuirlos.

Con prisa y sin pausas, el itinerario turístico continuaba sin mayores inconvenientes, aunque la pareja protagonista de esta narración no lo inició con buen pie. Ese primer día, después de ver el Gran Bazar, el grupo tenía programado visitar el Palacio Topkapi, la Mezquita Azul y el circo romano, todo antes del almuerzo. Igual que en el Gran Bazar, una vez en los predios del Topkapi, que significa literalmente ‘Palacio de la puerta de los cañones’, la guía “soltó” a los visitantes y fijó hora y lugar para el reagrupamiento.

 José y Beatriz acudieron puntualmente al que habían entendido como punto de encuentro y allí esperaron más de media hora a los demás. Nadie apareció, a excepción del estrés que comenzó a sentir José debido a ese inconveniente. Cansados de esperar, tomaron la decisión de caminar hasta la Mezquita Azul, cuyos minaretes se veían a unos 500 metros. Recorrieron el templo de punta a punta y ni rastros del grupo. Pensando que se habían adelantado, se dirigieron al siguiente punto del itinerario, el circo romano.

Llegaron a una explanada con un monolito en el centro, pero no vieron traza alguna de que eso hubiese sido un circo romano. José preguntó en inglés a un turco y este chapurreó en un galimatías incomprensible que lo que buscaban estaba lejos de allí.

Solos, en una ciudad con un idioma que no entendían y sin ningún número de teléfono al qué llamar, los nervios aumentaban a medida que pasaban los minutos. ¿Qué hacer? Decidieron que lo más aconsejable era buscar un taxi y dirigirse al hotel, del cual, lo único que sabían, era el nombre: ‘Black Bird’. Era como estar perdidos en el desierto. Comenzaron a caminar por calles estrechas con un tráfico muy intenso, en el que los vehículos circulaban en la dirección que se les antojaba. José transpiraba de los nervios y se sentía bastante cansado de subir y bajar por esas callejuelas. La crisis cardíaca estaba comenzando sin que él lo sospechara.

 Finalmente tuvieron suerte y entre el mar de automóviles dieron con un taxi libre. Las únicas palabras de comunicación con el chófer fueron “Hotel Black Bird”. Hubo suerte, lo conocía y comenzó a serpentear entre esas calles girando en una esquina tras otra sin que los pasajeros tuviesen la menor idea de donde se encontraban y a donde iban. “Este nos lleva a recorrer todo Estambul antes de llegar al hotel”, le previno José a Beatriz. Pero, después de un tiempo razonable, el taxi se detuvo frente al Black Bird. 

Explicaron lo ocurrido al conserje (por suerte hablaba inglés) y éste los puso en contacto telefónico con la guía… El grupo había estado una hora buscándolos en el palacio Topkapi y finalmente recalaron en el restaurante contratado para el almuerzo. Les dio calle y número y dijo que fueran rápidamente en otro taxi. El conserje llamó a uno, hicieron el trayecto y, oh sorpresa! les cobró lo mismo que el anterior (20 euros). El primer taxista no los había engañado.


En el lugar fijado los esperaba la guía y los acompañó al interior del restaurante, que estaba …a 20 metros de lo que efectivamente había sido el circo romano. Aclarado el malentendido y después de reprocharle a la guía que no les hubiese dejado el número de su teléfono móvil (lo que admitió como falta), el estrés se transformó en alivio cuando José y Beatriz volvieron a ocupar sus asientos en el autocar. Habían vuelto a la normalidad… pero no por mucho tiempo.

(Continuará)

4 comentarios:

martagbp dijo...

Arriba José y viva el sentido del humor frente a las desgracias!!!!!!!!!!!!!

Guillermo T dijo...

quiero la segunda parte para saber si al protagonista le pasa algo o no... (jeje)Un poco de Humor negro para condimentar el relato...

JotaT. dijo...

No le habrá pasado nada serio, porque,como vemos, pudo escribir su "odisea".
Marta: en estos momentos no había mucho sentido del humor, más bien... nada.

martagbp dijo...

Ja, ja, pero lo hay ahora!!!!!