14 de junio de 2014

Treinta días, y después.... la vida real

Este es Cristiano Ronaldo pero hay muchos más. La imagen
superior corresponde a Brasil, el país organizador
José Trepat
Empezó el Mundial de Fútbol, una "fiesta" popular organizada por empresarios multimillonarios en países que se desesperan por ser elegidos como sedes aunque (algunos) deban invertir sumas astronómicas en la construcción de estadios que 30 días después no tengan ya ninguna utilidad, o muy poca, mientras se relega o directamente se suprime la inversión en áreas que sí le deben importar a gobiernos responsables, como educación, sanidad y eliminación de la pobreza, entre otras.

Se ha dado el puntapié inicial y las pasiones se desatan: banderas, himnos, un patriotismo desaforado digno de mejor causa y un fanatismo exacerbado en el que el llamado fair play queda relegado por el único objetivo que es ganar de la manera que sea, como si cada partido fuese una guerra. Eso de que el deporte une a los pueblos, en un mundial de fútbol es una quimera.

En un Mundial de fútbol se sabe, antes de que empiece, que la victoria será para uno de los cinco o seis países futbolisticamente más poderosos, y que los demás sólo son comparsa. Casualmente, ese reducido grupo de selecciones candidatas son las que cuentan con los jugadores más caros del mundo, esos que cobran insultantes sueldos millonarios y que, hasta tienen el tupé de exigir que el premio sea mayor, como es el caso de España.

Me gusta el fútbol, pero este escenario en el que todo se hace por dinero, ya me tiene harto. Antes de sacar a relucir el "amor por la camiseta" algunos deberían ser más éticos. No se puede besar el escudo y al mismo tiempo estafar al fisco del país en el que se alcanza la categoría de millonario. ¿O sí se puede? El tema de las transferencias y sueldos fabulosos de más de un millón de euros mensuales seguramente esconde muchos secretos que despiden mal olor. Esto les cabe también a las instituciones, en las que bufetes de abogados muy caros les "sugieren" la manera de evadir impuestos. No hablemos de como se manejan estos negocios en la entidad rectora del fútbol mundial, la FIFA, sobre la que llueven toda clase de sospechas de corrupción y sobornos.

Este es el fútbol actual: por un lado señoritos que viven en regias mansiones y coleccionan coches de último modelo, y por el otro, una masa aborregada de fanáticos dispuestos a dar la vida por ellos. Todo muy lamentable.

Volviendo a la organización, Brasil ha invertido más dinero que Alemania y Sudáfrica juntos, sedes de los dos mundiales anteriores. Se construyeron estadios para 40.000 personas en zonas donde la concurrencia a un partido de fútbol promedia los 500 espectadores. ¿Y después del Mundial que pasará¿ ¿Los problemas del país habrán quedado resueltos? Para otros, el Mundial es una distracción para que la gente se olvide de los problemas cotidianos durante un mes y dar un respiro al gobierno. El estadio mencionado en este párrafo tuvo un costo de 200 millones de euros y muchas sospechas de corrupción, además de un evidente mal uso de los fondos públicos.

Los años me han hecho ver esta pasión por el fútbol desde una perspectiva más sosegada, con una mayor dosis de sentido común. ¿Que un triunfo o un título dan felicidad a todo un pueblo? Puede ser, pero ¿a qué precio? Brasil se lo juega a todo o nada: si salen campeones la alegría durará un tiempo, pero si quedaran eliminados en las rondas iniciales, lo que pueda seguir es ominoso. La confianza es una cosa y el triunfalismo otra. En este sentido la historia ha puesto a muchos en su lugar, pero la lección no se aprende y los reveses del pasado se olvidan pronto cuando conviene.

Señores fanáticos, disfruten esos treinta días (o menos en muchos casos) de ilusión, pero recuerden que la vida real empieza con la última pitada del Mundial.
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2 comentarios:

Guillermo Trepat dijo...

Mira este video, esta bien explicado...
http://www.upsocl.com/comunidad/en-13-minutos-este-comentarista-destruye-totalmente-a-la-fifa-sin-apelaciones/#

José T. dijo...

Acabo de verlo. Está muy bién; el humor para denunciar una realidad, recomendable.