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21 de septiembre de 2016

Mediocre pero apasionado



Trebejos Staunton. Ningún otro diseño ha podido superar
su belleza
Soy un jugador de ajedrez  mediocre, pero lo compenso con una especie de "pasión" por lo que alguien definió como "mucho más que un juego y poco menos que una ciencia". Mi ELO está en los 1800 puntos, con avances y retrocesos. Mejorar el ELO no es tarea fácil ya que depende de las victorias y derrotas con suma y quita de puntos según corresponda.

Pero más allá del puntaje circunstancial, lo que me atrae de este juego de mesa (los aficionados al ajedrez me entenderán) es que el éxito no depende de la suerte sino de la capacidad de llevar a la práctica lo que nuestra mente planea, o sea, la captura del rey rival ya sea sin darle posibilidad de escape (jaque mate) o de eliminar a los trebejos que lo defienden, hasta que el final sea irreversible.

Pero el adversario piensa lo mismo, así que los contendientes deben exprimirse la mollera para desarrollar con éxito sus estrategias de ataque y defensa. Un jugador elabora un plan de ataque en base a combinaciones, celadas o sacrificio de piezas que no pueda ser detectado o contrarrestado por el rival. Al mismo tiempo debe descubrir qué es lo que está planeando su adversario. El cerebro trabaja a todo vapor: hay que pensar cuales son los siguientes seis o siete movimientos propios y las posibles respuestas del rival. Surgen así infinidad de posibilidades cada una de las cuales debe tener la respuesta adecuada. Por eso en las partidas entre Grandes Maestros, a veces una jugada requiere una hora de concentración y análisis en la que la mente analiza todas las réplicas posibles.

Es un juego tan perfecto que la victoria sólo puede alcanzarse si el rival comete un error por no haber tenido la capacidad de prever lo que hará el adversario. También puede producirse un descuido o un error garrafal producto del agotamiento mental (en el match por el título del mundo entre el indio Anan y el noruego Magnus Carslen, actual campeón mundial, el triunfo quedó para éste último por su mayor fortaleza mental, ya que la capacidad ajedrecística de ambos es similar).

Un jugador de nivel alto se prepara convenientemente en las tres fases de una partida: apertura, medio juego y final. La memoria es fundamental (este juego ayuda a desarrollarla) ya que deben conocerse centenares de aperturas para utilizar la mejor en cada caso.  Personalmente, conozco muy pocas aperturas de memoria, por eso mi juego muchas veces es una reacción a los movimientos del rival. Ahora bien, si el rival es muy inferior, no tengo problema en desarrollar un plan de ataque y llevarlo a cabo (el rival no se percata de cuales son mis intenciones). Si el rival es superior, obviamente ocurre el caso inverso: mi razonamiento no alcanza a superar el del adversario. Esta es la diferencia de ELO entre uno y otro.

En el primer párrafo hablo de la "pasión" por el ajedrez, y puedo ejemplificarlo de la siguiente manera: Ocasionalmente, Internet transmite en directo partidas de torneos importantes entre Grandes Maestros los enfrentamientos pueden durar cuatro horas, con lapsos de entre cinco y treinta minutos para cada movimiento. El aficionado tiene en la pantalla de su PC el tablero con la posición y las movidas. ¿Que hace? Pues observa y piensa cual será la jugada que se producirá a continuación. Así transcurren 10, 15 o 30 minutos pensando a la par del Gran Maestro. Si el movimiento de éste coincide con lo que uno pensó la satisfacción es enorme pero de no ser así (la mayoría de los casos) no pasa nada, a pensar la siguiente jugada!

Si esto no es pasión.....¿qué es?

-JT
*

23 de marzo de 2015

Mediocre pero apasionado

Soy un jugador de ajedrez algo mediocre o de nivel medio, si se me permite esta auto definición para levantar la auto estima, pero lo compenso con una especie de "pasión" por lo que alguien definió como "mucho más que un juego y poco menos que una ciencia". Mi ELO está en los 1800 puntos, con avances y retrocesos. Mejorar el ELO no es tarea fácil ya que depende de las victorias y derrotas con suma y quita de puntos según corresponda.

Pero más allá del puntaje circunstancial, lo que me atrae de este juego de mesa (los aficionados al ajedrez me entenderán) es que el éxito no depende de la suerte sino de la capacidad de llevar a la práctica lo que nuestra mente planea, o sea, la captura del rey rival ya sea sin darle posibilidad de escape (jaque mate) o de eliminar a los trebejos que lo defienden, hasta que el final sea irreversible.

Pero el adversario piensa lo mismo, así que los contendientes deben exprimirse la molleja para desarrollar con éxito sus estrategias de ataque y defensa. Un jugador elabora un plan de ataque en base a combinaciones, celadas o sacrificio de piezas que no pueda ser detectado o contrarrestado por el rival. Al mismo tiempo debe descubrir qué es lo que está planeando su adversario. El cerebro trabaja a todo vapor: hay que pensar cuales son los siguientes seis o siete movimientos propios y las posibles respuestas del rival. Surgen así infinidad de posibilidades cada una de las cuales debe tener la respuesta adecuada. Por eso en las partidas entre Grandes Maestros, a veces una jugada requiere una hora de concentración y análisis en la que la mente analiza todas las réplicas posibles.

Es un juego tan perfecto que la victoria sólo puede alcanzarse si el rival comete un error por no haber tenido la capacidad de prever lo que hará el adversario. También puede producirse un descuido o un error garrafal producto del agotamiento mental (en el reciente match por el título del mundo entre el indio Anan y el noruego Magnus Carslen, actual campeón mundial, el triunfo quedó para éste último por su mayor fortaleza mental, ya que la capacidad ajedrecística de ambos es bastante similar).

Un jugador de nivel alto se prepara convenientemente en las tres fases de una partida: apertura, medio juego y final. La memoria es fundamental (este juego ayuda a desarrollarla) ya que deben conocerse centenares de aperturas para utilizar la mejor en cada caso.  Personalmente, conozco muy pocas aperturas de memoria, por eso mi juego muchas veces es una reacción a los movimientos del rival. Ahora bien, si el rival es muy inferior, no tengo problema en desarrollar un plan de ataque y llevarlo a cabo (el rival no se percata de cuales son mis intenciones). Si el rival es superior, obviamente ocurre el caso inverso: mi razonamiento no alcanza a superar el del adversario. Esta es la diferencia de ELO entre uno y otro.

En el primer párrafo hablo de la "pasión" por el ajedrez, y puedo ejemplificarlo de la siguiente manera: Ocasionalmente, Internet transmite en directo partidas de torneos importantes entre Grandes Maestros los enfrentamientos pueden durar cuatro horas, con lapsos de entre cinco y treinta minutos para cada movimiento. El aficionado tiene en la pantalla de su PC el tablero con la posición y las movidas. ¿Que hace? Pues observa y piensa cual será la jugada que se producirá a continuación. Así transcurren 10, 15 o 30 minutos pensando a la par del Gran Maestro. Si el movimiento de éste coincide con lo que uno pensó la satisfacción es enorme pero de no ser así (la mayoría de los casos) no pasa nada, a pensar la siguiente jugada!

Si esto no es pasión.....¿qué es?

Anticipo varias respuestas de distinto tenor.
-JT
*


21 de agosto de 2014

Solo en Berlín (fragmento)

En buen momento cayó en mis manos la formidable novela Solo en Berlín, de Hans Fallada, que ocupará su lugar en este blog una vez terminada su lectura. Hay muchos pasajes del libro dignos de ser destacados pero, haciendo una pausa en la lectura de las 700 páginas, me apetece compartir este breve fragmento relacionado con el ajedrez, una de mis aficiones. Como dato anécdotico diré que mi actividad ajedrecística fue intensa hace veinte/treinta años. En la actualidad es inexistente, pero el interés se mantiene.

Cuadro de situación
El siguiente es un extracto de un diálogo entre los dos ocupantes de una celda en la Alemania nazi. Ambos han sido arrestados por actividades contra el régimen. Uno de los reclusos, el doctor Reichhardt, es director de orquesta y goza de un régimen especial, del cual se beneficia también su compañero, el señor Quangel, un hombre simple, sin instrucción relevante, que espera ser juzgado y probablemente condenado a muerte.

El diálogo
.......
Quangel le preguntó, indeciso:
   -Y sigue jugando solo al ajedrez, doctor? Pero pueden jugar unos cuantos, no?
   -Sí, dos personas. Le gustaría aprender?
   -Me parece que no soy lo suficientemente inteligente para algo así.
   -No diga tonterías. Podemos probar ahora mismo.
   Y el doctor Reichhardt cerró el libro que estaba leyendo.
   Y así fue como Quangel aprendió a jugar al ajedrez enseguida y con sorprendente facilidad. Pudo comprobar una vez más que una de sus convicciones era falsa, porque consideraba pueril y ridículo que dos hombres pasaran el tiempo en la mesa de un café moviendo piezas de madera hacia adelante y hacia atrás, era matar el tiempo, algo para criaturas.
   Y ahora se daba cuenta de que desplazar figuras de madera arriba y abajo podía provocar una sensación parecida a la felicidad, una inmensa claridad mental y una profunda alegría cada vez que hacía una jugada inteligente, y descubría que era más agradable perder una buena partida que ganarla aprovechando un error del rival.
   Y ahora, cuando el doctor Reichhardt leía, Quangel se ubicaba frente al tablero con las figuras blancas y negras, con el manual de Dufresne sobre el juego de ajedrez a su lado; practicaba aperturas y finales. Más adelante se aprendió las partidas de los grandes maestros y su mente clara y despierta retenía sin esfuerzo entre veinte y treinta movimientos, hasta que en poco tiempo se convirtió en mejor jugador que su compañero de celda.
   -Jaque mate, doctor!
   -Me ha ganado Quangel! -dijo el doctor asintiendo con la cabeza en señal de aceptación-. Veo que tiene el talento de un gran jugador.
   -A veces pienso, doctor, que tengo talento para muchas cosas, pero no lo sabía. Recién ahora, que estoy a punto de morir, me doy cuenta, en este bloque de cemento, de lo mucho que me he perdido en la vida.
   ...
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24 de mayo de 2013

El ajedrez y los guionistas

Todo jugador de ajedrez de nivel medio puede intuir con dos o tres jugadas de antelación si su rival está en condiciones de darle jaque mate; y con más razón si el desenlace puede producirse en la jugada siguiente. Por lo tanto, hará lo necesario para que eso no ocurra; esto es de manual y no admite discusión, salvo si enfrente tiene a un Capablanca o un Morphy, algo que no viene al caso. 

Lo cierto es que los guionistas de cine o de televisión parecen no tener la más remota idea de lo que es una partida de ajedrez, o sí lo saben, pero confían en que el espectador lo ignore. Por lo tanto, TODOS, o la inmensa mayoría de ellos, hacen exactamente lo mismo: cuando los personajes de una escena dialogan frente a un tablero de ajedrez, invariablemente utilizan como remate contundente de una frase, esas dos palabras nefastas para el jugador que les escucha: JAQUE MATE! 

El interlocutor que lleva la voz cantante y tiene la “última palabra” es SIEMPRE el que está en posición ventajosa y le asesta el fatídico JAQUE MATE a su adversario, que queda boquiabierto por partida doble: ha sido derrotado en el diálogo y en el tablero. Nunca se da el caso en que pueda decir “tu me dices esto pero yo te doy JAQUE MATE”. 

Habría entonces un reparto de éxitos y eso restaría dramatismo a la escena. El guionista puede valerse legítimamente de este recurso y así lo hace, sin forzar mucho su imaginación, pero para el espectador o espectadora que sabe algo de ajedrez, resulta chocante ver esta escena una y otra vez: parecería que el triunfante en el diálogo tiene la potestad de ganar también en el tablero y eso, en la realidad, no tiene por qué ser así. 

La escena termina y la historia continua siguiendo el argumento de la obra, pero ver tantas veces lo mismo ya me produce hartazgo pues sé por anticipado lo que va a ocurrir. Un poco más de imaginación por favor, o sino, no mezclen al ajedrez en esos remates efectistas. El llamado juego ciencia tiene un poco más de previsibilidad, porque los ajedrecistas sabemos si nuestro rival está en posición de rematar la partida, o no, en su siguiente movimiento. 

El ajedrez ayuda a pensar y a razonar. Muchos deberían practicarlo, también los guionistas.
- José T.
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13 de febrero de 2012

Por el buen camino

Se van dando cuenta... algo es algo pero no entiendo por qué les cuesta tanto a los responsables de la educación aceptar algo que es tan evidente: la utilidad pedagógica y terapéutica del ajedrez como asignatura en las escuelas. ¿Qué es un juego difícil? Sí, y diría que hasta muy difícil si se lo encara profesionalmente.  Pero también es difícil aprender a leer  y escribir para el que no sabe. También en el ajedrez el aprendizaje debe ser gradual y lo bueno es que no tiene límites salvo los que impone la capacidad de la mente humana.

Juego de ajedrez Staunton, el más utilizado en
 torneos internacionales
Leí ayer en un artículo de un periódico que el Parlamento Europeo está debatiendo la conveniencia de aumentar el número de colegios de la Unión Europea que ya lo imparten como asignatura o actividad extraescolar. Esto que venimos pregonando desde hace tiempo parece que por fin está tomando color.

A juzgar por el artículo firmado por el comentarista especializado en ajedrez del diario EL PAIS, Leontxo García, ya hay países que lo han introducido como materia, pero seguramente son más los que aún se muestran renuentes, al tiempo que mantienen aburridas materias que se olvidarán al finalizar los estudios.

Con el ajedrez, el niño podrá mejorar su concentración, paciencia y perseverancia. Le ayudará a desarrollar el sentido de la creatividad, la memoria, el razonamiento, la motivación y la capacidad de análisis. Estas capacidades, reforzadas con la práctica del llamado juego-ciencia, mejorarán también su rendimiento en matemática y lectura, algo tan necesario en estos tiempos de horas perdidas frente al televisor y video juegos.

Se entiende que la indiferencia de muchos padres ante esta iniciativa pueda deberse a que ellos mismos no conocen esto juego ni lo han practicado nunca, pero los que jugamos ajedrez desde la infancia estamos convencidos de que no hay nada mejor para ejercitar nuestra mente. Por eso corresponde a las autoridades responsables de la educación imponerlo como asignatura, aunque en un principio fuese solo opcional.

Hay que enseñar a los niños los fundamentos de este juego, y si los padres no saben...alguien tendría que hacerlo. Después correrá por su cuenta esforzarse para ganar o saber aceptar una derrota. A nadie le gusta perder, así que la autoestima tendrá también aquí un papel importante.

Estudios científicos señalan que la práctica frecuente del ajedrez retrasa el envejecimiento cerebral y podría prevenir el alzhéimer. De la misma manera que el ejercicio físico fortalece los músculos, el ajedrez es "un excelente gimnasio para la mente", en opinión de un neurólogo.
-José Trepat
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26 de septiembre de 2011

Staunton

Para muchos, el nombre Staunton puede decir poco o nada, pero para los aficionados al ajedrez, Staunton es sinónimo de Pelé o Maradona en fútbol, o del Papa para los católicos. No hay palabra mejor que defina la excelencia y calidad de los elementos esenciales para el juego ciencia: los trebejos, también llamados piezas.

Quienes confesamos sin rubor que el ajedrez forma parte de nuestras vidas, y lamentamos que no sea materia obligatoria en los colegios, nos quedamos embelesados al ver expuesto en algún escaparate un juego de ajedrez Staunton, y ni que decir si se trata de uno original, cuyo precio de venta ronda los 10.000 dólares.




Cuando años atrás, concurríamos a un determinado club de ajedrez, hubo veces que cancelábamos algún compromiso porque sabíamos que ese día, uno de los aficionados habitués iba a llevar su Staunton original, algo que rara vez solía darse, por temor a un posible extravío o sustracción.

¿Qué es lo que diferencia a un trebejo Staunton del resto? Primero su diseño, único y diferente, un placer para la vista. Y también el peso ideal de las piezas, producto de las maderas con que fueron hechas, ébano y boj, cada una con su color natural, es decir que no se pintan. Mover esas piezas sobre el tablero da una sensación difícil de explicar y difícil de entender para los que no son fanáticos del ajedrez.





Como aquellas cosas que son inmunes al paso del tiempo, el modelo Staunton mantiene su exclusividad desde el año 1849 y es el utilizado en todos los torneos oficiales. Los países asiáticos se encargaron de masificarlo al producir juegos de plástico, maderas pintadas y otros materiales, pero ello solo han logrado publicitar el diseño y alimentar el sueño de poseer un juego original.



No es tan sencillo hacerse con uno porque el único autorizado a fabricarlo y venderlo es la casa Jaques London, con su firma autentificada en cada caja. La tradición se mantiene desde que a mediados del siglo pasado, John Jaques y Nathaniel Cook diseñaron los famosos trebejos y le pidieron al campeón británico de ajedrez Howard Staunton, que lo promocionara.


A principios del siglo 19 alguien decidió que era necesario crear una especie de modelo de pieza universal que pudieran ser facilmente reconocibles por todos los jugadores. La solución llegó entonces en 1849 de manos de la casa de venta de juegos de mesa, Jaques.


Se dice que para el diseño de los trebejos, Cook se basó en conceptos de arquitectura, familiares a los círculos de la alta sociedad londinense de su época, influenciada por las culturas griega y romana. Las piezas reflejaban así ese tiempo victoriano: una elegante mitra para la cabeza del alfil, una corona fina para la dama y otra imponente para el rey, amén de la cabeza de un corcel, tallada finamente en madera, y de una torre que revela seguridad y fuerza. La forma de los peones parece ser derivada de los balcones de la arquitectura victoriana. Sin embargo, esta teoría no es la única.



Sea como sea, el diseño Staunton ha resistido el paso el tiempo y todo indica que así continuará. Es la sobriedad frente a los miles de modelos creados en todo el mundo, que utilizan a las más diversas figuras para representar a las piezas, y que van desde guerreros romanos y egipcios, pasando por elementos de la época medieval, y de todos los períodos históricos de la humanidad.


Son todos vistosos y lucen como adorno en alguna repisa, pero para la práctica del ajedrez, el Staunton, cuyos juegos de ébano y boj se lastraban con plomo, es insuperable.


En 1934, la Federación Internacional de Ajedrez (FIDE) lo seleccionó para ser utilizado en todas las competiciones oficiales.



- José Trepat



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10 de julio de 2008

Como conocí a Miguel Najdorf



José Trepat

El momento esperado estaba prácticamente a la vuelta de la esquina.

Un colega periodista, y a la vez eximio ajedrecista, había prometido llevarme al “santuario” de los amantes del juego ciencia y, con un poco de suerte, conocer al personaje que más había descollado en esa actividad en Argentina, durante las últimas décadas.

“Viene todos los días y seguro que hoy también está” me decía Simón Muller esa tarde de otoño de los años 60 mientras nos acercábamos al Club Capablanca, en la calle Sarmiento, a pocas calles de las oficinas de la agencia de noticias Reuters, luego de concluída la jornada de trabajo.

En los últimos 30 años –más precisamente en mi época de adolescente- yo había reproducido en mi tablero de ajedrez centenares de partidas del Gran Maestro Internacional y había llegado a conocer también su historia personal, enmarcada en una serie de acontecimientos, muchos de ellos dramáticos, que habían convertido a Miguel Najdorf en una figura legendaria dentro y fuera de una actividad que se transformó en pasión.

Al subir la escalera hasta el primer piso, la primera imagen que aún conservo en la retina, no dejaba dudas acerca del lugar en que nos hallábamos. Un inmenso salón sembrado de decenas de mesas de ajedrez, todas ocupadas por cientos de aficionados que daban rienda suelta a su afición predilecta en una atmósfera de humo de tabaco, permitido en esa época.

En una barra no muy larga –como para no robar espacio a las mesas- podían adquirirse sándwiches y bebidas, una especie de “peaje” para justificar la ocupación de un tablero durante horas.

Simón tenía razón. Un grupo compacto de aficionados había formado un círculo alrededor de una de las mesas impidiendo ver a quienes estaban sentados frente al tablero, pero mi colega no tenía dudas. “Allí está, a ver si podemos acercarnos”, dijo tratando de abrirse paso mientras cambiaba saludos con varios de los asiduos concurrentes.

Poco a poco pudimos acercarnos hasta la primera fila, y finalmente lo ví a “don” Miguel, a un metro de distancia. Con sus ralos cabellos grises y característicos labios carnosos, el Gran Maestro disputaba en esos momentos lo que ya era rutina, una partida rápida.
Con el codo izquierdo apoyado en la mesa, su mano derecha movía las piezas con una velocidad increíble –lo mismo que su circunstancial rival- siguiendo las órdenes de su cerebro prodigioso.

Las partidas rápidas eran normalmente a cinco minutos para cada jugador, tiempo en el cual se debían efectuar las movidas, hasta que la manecilla de uno de los relojes caía inexorablemente. Se daba también el caso en que uno de los contendientes derrotara al rival antes del tiempo establecido. Najdorf era casi imbatible en esta especialidad y también en otras.

Una mente maravillosa

En San Pablo, Brasil, desafió a 45 rivales con la intención de superar la marca que ostentaba el belga George Koltanowsky, que bajo la misma modalidad se había enfrentado a 34 adversarios en Irlanda, en 1937.

Najdorf, solo en un cuarto desprovisto de tableros y piezas, llevó a cabo la exhibición que se prolongó 23 horas y 25 minutos, tiempo en el que su mente memorizó la ubicación exacta de las 1440 piezas distribuidas entre las 2880 casillas de las 45 mesas.
Sentado en un sillón y con un micrófono y un parlante, ordenaba y recibía cada una de las jugadas o respuestas de los rivales, hasta completar –sin errores- las 1166 movidas necesarias hasta concluir la prueba. Se impuso en 39 partidas, igualó cuatro y perdió sólo dos.

En un nuevo alarde de su capacidad casi sobrehumana, 24 horas después de la exhibición, “El Viejo Najdorf” reprodujo fielmente cada una de las 45 partidas. Parece increíble.
En 1950 superó su propio record mundial de partidas simultáneas –no a ciegas- jugando frente a 250 tableros. Ganó 226, empató 14 y perdió 10.

Una dura historia personal

Pero la hazaña del Gran Maestro no perseguía tan sólo establecer un record mundial, sino llamar la atención sobre su drama personal y familiar.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en Buenos Aires, donde se desarrollaba la VIII Olímpiada de Ajedrez, en la que representaba a Polonia. Por su condición de judío, decidió quedarse en Argentina y adoptar la nueva nacionalidad. Es fácil imaginar el drama que se desarrollaba en su interior pues su familia había desaparecido en el holocausto.

on el tiempo cicatrizaron las heridas de la guerra y Najdorf formó un nuevo hogar en Argentina. Se casó y tuvo dos hijas, las que a su vez le dieron cinco nietos.
Murió el 4 de julio de 1997 en Málaga, España. Tenía 87 años.
Ver al admirado maestro esa tarde de otoño en el Club Casablanca y conociendo parte de su historia personal, constituyó para mí uno de esos momentos que jamás se borran de la memoria.

Como postdata he de confesar que mi amigo Simón Muller "se dignó" jugar conmigo en varias ocasiones. Por supuesto, me pulverizó en todas. Pero no me importó, porque en ajedrez, para aprender cada día más, hay que enfrentar a rivales superiores. Simón efectuaba las movidas en fracción de segundos, mientras que yo empleaba minutos para encontrar la réplica más adecuada. Nunca lo logré.

Mi colega y Najdorf se enfrentaron varias veces en partidas rápidas y sé que por lo menos una vez le ganó al "viejo genial".
Vaya desde aquí mi recuerdo y admiración para este amigo que falleció con apenas 62 años.
Seguramente será motivo de una próxima nota.

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30 de junio de 2008

EL AJEDREZ, juego (¿?) maravilloso



José Trepat
En un estante de la biblioteca de mi casa, 32 piezas de madera, mitad blancas mitad negras, descansan alineadas como reponiéndose de las cientos de batallas libradas sobre un ahora raído tablero de cartón. Los mismos trebejos y el mismo tablero me acompañan desde hace 53 años, cuando a la edad de 15 los adquirí con una pequeña parte de mi primer salario y, sobre todo, con una tremenda ilusión.

El tablero ha sido reemplazado por uno nuevo de madera, pero el original de cartón prensado que se pliega por su parte media, aún lo conservo. Jamás podría tirarlo a la basura. Forma parte de mi vida y de mis recuerdos de una infancia ya remota.
Los comienzos
Me es difícil precisar en que momento se despertó mi pasión por este maravilloso juego –por llamarlo de alguna manera- inventado hace quince siglos por los chinos o los indios, no se ha podido determinar con exactitud. Los árabes lo llevaron a Sicilia y a España

Quizás contribuyeron varios factores a esta afición: el auge que tenía en esos años en Argentina y en el mundo, y la extraña circunstancia de que en el decrépito edificio en el que vivía con mi familia –y otras 25- cuando nos establecimos en Buenos Aires, dos jóvenes vecinos aproximadamente de mi edad y cuatro o cinco personas mayores, coincidimos en el interés por este “pasatiempo”, barato y apasionante.

Pasábamos fines de semana enteros disputando torneos entre nosotros y jugábamos las partidas “a muerte”. Nadie quería perder; hacíamos cumplir a rajatabla la norma “pieza tocada, pieza movida”, lo cual provocaba a veces acaloradas discusiones sobre si haber rozado una pieza con los dedos significaba que había sido tocada y por lo tanto, debía moverse ese trebejo.

Un formidable texto para aprender

En esa época –la década de los 50- cursaba el primer año del colegio secundario, y una de mis profesoras era tía del gran maestro argentino Carlos Guimard. A través de ella, el ajedrecista recomendó a quien estuviera interesado, que para aprender debíamos estudiar los cuatro tomos del Tratado General de Ajedrez del maestro Roberto Grau, para muchos la mejor obra que se ha escrito jamás para la enseñanza de este juego.

Apenas pude reunir el dinero necesario, adquirí el primer tomo del Tratado y lo leí y estudié de cabo a rabo. Con ese primer tomo completé prácticamente mi aprendizaje pues para mi nivel de jugador mediocre era más que suficiente. Ni pensar en los tres tomos restantes que abordaban el intrincado mundo de las tácticas y estrategias!.

Pasé horas y horas frente al tablero reproduciendo las grandes partidas que contenía el libro, seleccionadas a manera de ejemplo y con un nivel de complejidad que iba de menor a mayor. En la reproducción se llegaba a un punto en el que un diagrama permitía ver las posiciones de las piezas en ese momento. El autor del Tratado invitaba entonces a resolver el desenlace diciendo sólo que se produciría en un determinado número de movidas.

Allí había que exprimirse el cerebro y pensar y analizar las combinaciones que cada uno descubría –o no- de acuerdo a su capacidad. Generalmente ganaba el NO. Cuando el aprendiz se rendía, debía proseguir con la reproducción de la partida y al ver cuales habían sido las definiciones, tan lógicas y exactas, no podía menos que sentir una tremenda admiración por genios como Capablanca, Alekhine, Morphy y tantos otros.

Qué es lo que estimula el ajedrez

Y es que el ajedrez es concentración, razonamiento, retentiva, memoria, análisis, táctica y estrategia para planificar y librar una batalla. Se trata esencialmente de eso. Un combate entre dos ejércitos con la misma paridad de fuerzas, sin ventaja inicial para ninguno.

Qué útil sería que toda esa gimnasia mental se aplicara como materia en los colegios. Algunos países lo hace, pero otros muchos no. En la época de mis comienzos, nadie soñaba siquiera con ganarle a los grandes ajedrecistas de los países de Europa del Este, que dedicaban ocho o diez horas diarias a su estudio, pagado por el Estado.

La aparición de Bobby Fisher pateó el tablero

Era la única manera de hacerlo pues nadie podía vivir de lo que ganaba jugando al ajedrez. Se jugaba por el orgullo. Como todos los campeones eran soviéticos, los ganadores de torneos recibían pagas paupérrimas. Eso cambió con la explosiva aparición de Bobby Fisher, uno de esos raros prodigios que aparecen de tanto en tanto.

Las a veces extravagantes actitudes de Fisher dieron al ajedrez una importante penetración en los medios y así aumentaron las ganancias de los grandes maestros, sobretodo a partir de la victoria del estadounidense sobre el soviético Boris Spassky en Islandia.

Mi interés por el también llamado juego ciencia, no decayó cuando me tocó ingresar al mundo laboral con mayores exigencias. En mi período inicial como periodista en la agencia británica Reuters me relacioné con otro “fanático”, Luis Longhi, con quién cada mediodía, en la hora del almuerzo, íbamos a la confitería Richmond, de la calle Florida.

En el subsuelo había muchos como nosotros. Mientras comíamos un sándwich en alguna de las mesas provistas de tableros y relojes, librábamos “encarnizadas” batallas de partidas rápidas, es decir utilizando el reloj. Allí había que desarrollar otra habilidad de este juego: la rapidez de pensamiento y reflejos. Había que derrotar al rival antes de que las fatídicas agujas cayeran al cumplirse el tiempo estipulado previamente, que era normalmente de cinco o siete minutos.

Grandes maestros en acción, lo máximo para un aficionado

Otro recordado colega, Simón Muller, más adelante, me llevó a conocer el club Capablanca, colmado siempre de aficionados que además de jugar sus propias partidas, disfrutaban con el espectáculo de ver en acción a grandes maestros internacionales que concurrían con asiduidad enfrentándose en electrizantes partidas rápidas con quien se le sentara en frente. Uno de estos grandes maestros, el inolvidable Miguel Najdord, será objeto de otra nota.

Después llegaron las computadoras con toda su parafernalia tecnológica, pero nada ha podido superar el romanticismo de dos mentes humanas frente a frente exigidas al máximo, solos ante el peligro.

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