
José Trepat
Fue de menos a más, o aún más rotundo: de nada a mucho. Asó podría definir mi relación con el tanto, esa música que tanto identifica a un país hasta convertirse en artículo exportación a todo el mundo, incluido el tan lejano y diferente Japón, en las antípodas de la nación sudamericana, tanto en situación geográfica como en las costumbres.
Aunque bien es cierto, el tango es más conocido y aceptado mundialmente en su versión danzante, como baile de salón, un regalo para la visita y el oído cuando la pareja de bailarines se fusiona con los compases, sincronizando sus movimientos con la precisión de un reloj suizo.
En la mente tomará forma ahora la imagen de un escenario de categoría, con un piso reluciente sobre el que evoluciona la pareja; el hombre, con impecable esmoquin negro y si es posible cabello negro, lacio, engominado y peinado hacia atrás, y la mujer, perfectamente maquillada y enfundada en un vestido ceñido a sus caderas, con el detalle infaltable de la costura abierta en una de sus piernas, requisito indispensable para permitir la plasticidad de sus movimientos.
Ese es el tango de exportación, pero que en esencia no difiere mucho del mismo baile practicado con una vestimenta más sencilla y convencional como un traje cruzado y siempre abotonado en el hombre y una falda, eso sí, lo más ajustada posible, en su pareja.
Un sombrero ladeado y un pañuelo blanco al cuello del hombre podría ser otra diferencia entre esta versión popular y la más sofisticada del baile de salón que se detalla en los párrafos precedentes.
Hecha la ineludible presentación del tango bailado que ha recorrido el mundo entero, esta nota va a centrarse más bien en la música que en Argentina se llama “típica” (no sé por qué, que alguien me desasne), circunscripta a las tantas orquestas y sus cantores que tuvieron su época de esplendor en las décadas que van de 1950 a 1970, aproximadamente, tiempo en el que fueron gestándose mis preferencias por esta música tan particular.

Elegir ese período de tiempo es una opción muy personal y subjetiva, pero no excluye la mención de otros nombres anteriores o posteriores a esas fronteras del calendario. Como ejemplo, dos extremos fundamentales en la historia del tango: Carlos Gardel y Astor Piazzola.
En las noches de verano en el campo, a un primo mío se le daba por cantar tangos a capella, con una voz que desafinaba bastante y era una verdadera tortura. ¿Cómo les puede gustar esto?, me decía. Mis oídos todavía estaban acostumbrados a las armoniosas y pegadizas coplas españolas y para mí, no existía otra música.
Con el paso del tiempo y ya radicado en Buenos Aires, el contacto con el escenario propio del tango me hizo ver paulatinamente que no era necesario que hubiese nacido en Argentina para que el tango llegara a convertirse en una de mis músicas preferidas. Es que había tantas orquestas y cantores que tenían sus espacios en las radios, que era imposible abstraerse y así poco a poco fue creciendo ese romance.
La idolatría que los argentinos sienten por Carlos Gardel y la continua difusión de sus temas, casi todos con letras que calaban hondo en los sentimientos, como el amor a la “vieja” (madre), la miseria, el amor, la amistad, la traición. Esas letras reflejaban el sentir de los argentinos, su manera de ser. Y como ya llevaba más años en ese país de los que había vivido en España, no es de extrañar que también me consustanciara con ellas.
Normalmente, los cantores de tango eran parte de una orquesta y algunos, o muchos, con el tiempo se transformaban en solistas, según sus condiciones. Una de las primeras voces que recuerdo es la de un tal Fiorentino (nombre o apellido de ascendencia italiana como tantos) que cantaba en la orquesta de uno de los grandes: Anibal “Pichuco” Troilo, por la que pasó también un músico genial e inicialmente resistido, Astor Piazzola, bandeonista de la orquesta.
Precisamente, esa comunión con los receptores a válvulas que se recalentaban y por eso había que apagarlos cada tanto, marcó mi adhesión incondicional a esa “música ciudadana” a raíz de la presentación de una orquesta y sus dos cantores que desde entones están entre mis preferidos.
En la misma calle donde vivíamos en Buenos Aires, funcionaba una “boite” llamada “Rendez Vouz” que según supe después era propiedad de Osvaldo Fresedo, uno de los directores de orquesta de tango preferidos por la clase pudiente del Buenos Aires de entonces. Se lo consideraba un hombre “fino” seguramente por su impecable atuendo y por provenir de una familia acomodada.

Hablar de de Edmundo Rivero es hablar del lunfardo, esa especie de idioma tan propio de Buenos Aires que empleaba en casi todos sus temas, y que realmente lo hizo como ninguno, ayudado por una voz profunda y grave.
Roberto Goyeneche, apodado “el polaco” supo interpretar como pocos el alma del “porteño castigado por la vida” pareciendo que dejaba el alma en cada tema. Siguió cantando casi hasta el fin de sus días con lo que le quedaba de una voz que en sus primeras épocas había sido espléndida.
La cantante Adriana Varela, dueña de un estilo muy personal, de voz también grave y profunda, se refiere a Goyeneche en uno de sus temas como “garganta con arena”, que no es más que un homenaje al “polaco” que en sus últimos tiempos más que cantar “decía” los versos.
Entre los solistas, no mencionar al uruguayo Julio Sosa parece una herejía. Salido también de una orquesta (fue la de Leopoldo Federico por casualidad?) se consolidó luego como solista con su estampa varonil y recia voz. Su muerte prematura, en un accidente automovilístico, contribuyó a cimentar su leyenda.
Quedan muchos nombres en el tintero: Angel Vargas, Alberto Castillo, etc. etc. de Carlos Gardel ya se ha dicho todo.

Ambos estilos pueden convivir perfectamente, cada uno de acuerdo a sus convicciones y acólitos, pero Piazzola trascendió los límites de Argentina y si hay alguien a quién no le gusta la música de Piazzola tal vez se abstenga de decirlo.
El tango más tradicional como yo lo conocí en su época de esplendor ha quedado más bien de fronteras para adentro como un tesoro que Argentina, y Buenos Aires en particular, guardan orgullosamente.
Por eso puede haber algún dato erróneo, cuya enmienda aceptaré con gusto.


















