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23 de diciembre de 2016

Una muerte espantosa ¿por qué tanta crueldad?

Todos los que no somos vegetarianos o veganos tenemos parte de culpa y debemos asumirla. Pero éste no es un mundo ideal y nunca lo será. Sacrificar a un animal para que otro se lo coma puede ser reprobable, pero forma parte de la naturaleza; una especie devora a otra para alimentarse.

Los animales lo hacen por instinto de supervivencia. El único animal que lo hace de manera consciente es el hombre; es una práctica común entre la mayor parte de los miles de millones de humanos que habitamos el planeta. Aceptando esta realidad con el sonrojo que pueda sentir cada uno, una cosa es sacrificar a un animal con métodos indoloros para fines alimentarios, y otra muy distinta es matarlos con una repugnante crueldad sólo para aprovechar, por ejemplo, su piel para fabricar prendas de vestir que sirvan al lucimiento de personas cualquiera sea su poder adquisitivo.

Esto es lo que ocurre con los cocodrilos, como muestra un impactante video que publica el periódico argentino Clarin y que puede verse en este enlace:  http://www.clarin.com/sociedad/matan-cocodrilos-transfomarlos-carteras-lujo_0_1710428975.html . La preciada piel de estos animales no se destina obviamente a alimentar a series hambrientos sino a confeccionar carteras, zapatos y demás accesorios que empresas como Louis Vuitton ofrecen a quien quiera o pueda lucirse con ellos; no son nada baratos así que ya sabemos para quienes se fabrican. Los cocodrilos no son los únicos animales que sirven a la vanidad del hombres y mujeres. La lista es muy larga y no es el tema central de estas líneas.

Lo que se ve en el video impacta por la crueldad que se emplea (en este caso en Vietnam) para sacrificar al animal. Las imágenes lo dicen todo. Estos sacrificios tan bestiales se producen por aquello de la oferta y la demanda. Cada uno sabrá que debe hacer con su dinero.

PD. El cocodrilo no es ningún "santo" pero mata para sobrevivir. El hombre mata por dinero y a veces por placer.
-JT
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18 de septiembre de 2013

Mis amigos los chanchos

Como administrador del blog hoy me gratifico con esta nota bastante personal pero que, por supuesto me gusta compartir. Es un nuevo viaje al pasado, a aquellos felices y despreocupados días de la pre adolescencia cuando las circunstancias me situaron en un escenario que nunca pude olvidar y dónde germinó el amor que siento por CASI todos los mamíferos de cuatro patas: el campo argentino.

Es sabido y aceptado por todos que el perro y el caballo son los animales que tienen mayor afinidad con el hombre. Estos fieles compañeros entrarán y saldrán de esta nota de manera esporádica y circunstancial, ya que el protagonista hoy es el cerdo, o marrano, porcino, cochino, puerco y chancho, como todos lo conocemos en Argentina. Conocí al chancho a lo largo de todas las etapas de su vida y me encariñé con este animal cuyo triste destino es no morir nunca de viejo. Puede sonar entonces hipócrita este confesado "amor" por los marranos, cuando me los como con deleite. Debo pedir perdón por ello, pero no tengo la voluntad necesaria para engrosar la fila de los vegetarianos. ¿Hipócrita? Sí, ¿Sincero? también.

Después de este poco convincente intento de exorcismo, me dispongo a acompañar a un puerco, desde la gestación hasta que llega su hora final, de lo cual no es consciente y por lo tanto su vida, aparentemente, transcurre feliz y despreocupada.

Vamos a hablar primero de su lugar de residencia, por lo menos el tipo de recinto que yo conocí en una chacra del campo argentino. Había allí veinte o treinta chanchos de todos los tamaños que deambulaban en un espacio bastante amplio pero cercado por sólidas alambradas. Podían acomodarse también bajo un techo de chapas para resguardarse del sol, la lluvia o el frío.

Se sabe que la limpieza no es lo suyo. El chiquero estaba lleno de excrementos que estos puercos olisqueaban y también degustaban sin importarles el "que dirán". En todo lugar campestre de concentración de cerdos no debe faltar un gran charco de barro para que puedan retozar a gusto, sobre todo en verano. Allí estaban entonces padres, hijos y hermanos, ajenos a lo que el destino tenía reservado para cada uno de ellos, según tamaño y sexo.



Permanecían en ese recinto durante la noche y la mayor parte del día, porque todas las mañanas mi trabajo era abrirles la puerta para que anduvieran libremente por el campo con el hocico a ras del suelo y metiéndose en la boca todas las porquerías que encontraban. Mi tarea era vigilar que no se dispersaran y para ello contaba con la ayuda de los perros, cuya mayor diversión era -cuando recibían la orden- salir disparados hacia un chancho alejado de los demás. Cuando éste los veía acercarse echaba a correr con sus patitas cortas y rígidas, pero ya era tarde. Los perros hincaban sus colmillos en las grandes orejas marranas y uno de cada lado tironeaban hasta que el cuidador se acercaba y a patada limpia los obligaba a soltarlo.

Eso se repetía diariamente, pero los marranos no aprendían la lección. Una y otra vez se separaban del resto y vagaban a su aire; parecería que su cerebro no recordaba que el día anterior casi habían perdido las orejas en medio de chillidos escalofriantes. Después del paseo diario, a encerrarlos en su chiquero hasta el día siguiente.

El origen

Todo comienza con la cópula del padrillo y la hembra, ritual que se llevaba a cabo con mucha parsimonia y tranquilidad. El macho monta a la cerda, totalmente inmóvil y se produce el acoplamiento, que puede durar bastante sin que prácticamente se muevan y sin gemidos de pasión. Todo se hace con mucho recato. Una vez consumado el acto, el padrillo se retira sin siquiera saludar a su compañera.

Comienza entonces una espera de poco más de tres meses sin que varíe la rutina diaria, pero cuando faltan pocos días para el parto, la cerda debe ser aislada del resto. ¿Por qué? Porque el padrillo u otros chanchos grandes suelen comerse a las crías recién nacidas.

Se disponía un lecho de paja seca en el lugar dónde la cerda iba a traer al mundo a una nueva camada de cochinillos. Si se observa la parte inferior de la hembra podrán verse alrededor de 14 o 16 tetillas, o sea que es la cantidad de pequeños gorrinos que de un momento a otro comenzarán a ser expulsados sin prisa y sin pausa. Como testigo presencial de ese momento sublime de la Madre Naturaleza, ví que apenas nacido, el pequeño cochinillo se dirige trabajosamente a una de las tetillas.El orden de nacimiento puede ser importante porque si aparecen más que la cantidad de pezones, el último en llegar puede quedar ya sentenciado. Una vez concluido el parto, la madre hace limpieza del único modo que sabe; comiéndose la placenta.



La excelente leche materna hace que los lechones crezcan rápidamente, sanos y fuertes, pero si alguno nació débil tal vez no puede recuperarse si no logra enchufarse a "su" teta, y muere; algún otro puede quedar aplastado bajo el cuerpo de la madre. Esto suele ocurrir cuando no hay asistencia externa, es ley de vida.

Superada esa etapa inicial y al poco tiempo los gorrinos y su madre pasan a integrar el grupo y se amplía su menú alimenticio, con diversos cereales, especialmente el maíz, su manjar predilecto. Esta camada ha sido espléndica, 16 cachorros lozanos, inquietos y juguetones. Ya son casi independientes y cada uno tiene su destino marcado.

A mi primo y a mí (12 y 10 años) se nos ocurrió "amaestrar" a dos lechoncitos y para ello debíamos tener contacto con ellos. Como no respondían a nuestros gestos de que se acercaran y comieran de la mano, no se nos ocurrió otra cosa que iniciar una persecución. Los lechones corrían despavoridos ya que desconocían nuestras buenas intenciones. Una vez agotada la resistencia los arrinconamos y capturamos cada uno el suyo. Respondían a nuestras caricias con chillidos aterradores, los muy desagradecidos. Frustrados, los soltamos y salieron disparados como alma que lleva el diablo, según el refrán popular. Conclusión: es muy difícil amaestrar a un cerdo, por lo menos con nuestro sistema y poca paciencia.


Alrededor de tres meses después del parto había que tomar una decisión con los gorrinos; allí se decidiría su destino. Entre tantos lechones solamente uno o dos conservarían sus testículos para seguir su vida natural y convertirse en padrillos para la continuación de la especie. Los que no tuvieron esa suerte iba a ser sometidos a un capado rápido y expeditivo. Dos personas sujetaban al lechón y otro, con un cuchillo bien afilado, hacía un corte en escroto y sin más, cortaba el testículo y lo arrojaba a sus espaldas. No llegaba al suelo; los perros lo cazaban en el aire; cómo les gustaban. Un poco de líquido desinfectante en la herida  y que pase el siguiente. Los capados se habían quedado sin esos atributos y se había firmado para ellos la sentencia de muerte: al poco tiempo serían vendidos para el consumo. Triste, pero es así. 

Mientras tanto, la vida en el chiquero continuaba con su rutina. Ajenos a lo que les aguardaba, los chanchos retozaban alegremente entre el barro, atentos siempre a la comida que pudiera llegarles que, sea lo que fuere, todo era bien recibido. Causaba mucha gracia escuchar el crunch crunch que sus mandíbulas hacían al masticar las cáscaras de sandía y la fruta podrida recogida previamente en el monte de árboles frutales. Todo era una delicia para ellos, pero con pocas cosas disfrutaban tanto como con las espigas de maíz que ocasionalmente recibían.

Una de las mayores diversiones de los cerdos es escaparse de su lugar de encierro. Las alambradas debían estar bien tirantes y a ras del suelo porque con el hocico multiuso los puercos también hacen pozos y ello les permitía pasar por debajo del alambre hacia la libertad. Después había que ir a buscarlos y encerrarlos nuevamente antes de que entraran en alguna huerta y pisotearan todo lo sembrado, además de comérselo. Se probó con electrificar las alambradas, pero tampoco dio resultado. Por eso había que vigilarlos durante el día y encerrarlos a la noche en un lugar más protegido y seguro.

Los lechones que habían sido capados permanecían en la chacra algún tiempo más y luego eran vendidos a las empresas de chacinados. De ese grupo inicial se reservaban uno o dos que recibían un trato preferencial cuyo propósito ellos desconocían: se los engordaba para el faenado y consumo interno. Ese animal alegre, feliz y despreocupado se transformaba en jamones, chorizos, morcillas, costilla, panceta, corteza, hígado, riñón, en fin... prácticamente todo en el cerdo es aprovechado.

Vease la nota El faenado del cerdo  

Los afortunados que habían conservado sus testículos crecían en tamaño, comían a placer, daban rienda suelta a su líbido y eran posiblemente -no lo puedo asegurar- los únicos que morían de viejos.
-José Trepat


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24 de mayo de 2010

¿Hasta cuando?

Esta fotografía -que muy bien puede ser la foto periodística del año- dice más que mil palabras.

Pobre torero (Julio Aparicio). Ojalá se recupere y reflexione al ver estas imágenes, si esta salvajada puede ser considerada una "fiesta". ¿Cual es el público que se regocija con este llamado "arte de la tauromaquia"? . ¿Es arte ver como un pobre animal ensangrentando por banderillas y picaneado por el rejoneador, se defiende con lo único que tiene, sus cuernos y su fuerza ciega?

¿Es arte ver como el diestro (si fuera zurdo, ¿sería siniestro?) le atraviesa el corazón con su espada? o cuando el toro le abre el vientre con una cornada, fruto de su desesperación?

Llegará el día en que el toreo desaparecerá y dejará de ser "cultura". Es inevitable. ¿Por qué entonces no acelerar ese momento y terminar de una vez por todas con esta animalada? (con perdón a los animales).

(Lo de diestro debe aplicarse a destreza, supongo).

Acotación final: no nos alegramos cuando un torero es corneado. Sólo bregamos para que esa situación no tenga que producirse.


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29 de enero de 2010

¡Exactamente!



Gracias al escritor Juan José Millás por poner en palabras tan bien enlazadas lo que uno piensa exactamente.

La siguiente es una transcripción de la columna que publica hoy en el diario EL PAIS.

http://www.elpais.com/articulo/ultima/Verdad/palmaria/elpepuult/20100129elpepiult_1/Tes


Juan José Millás


VERDAD PALMARIA

Los toros, pueden gustar o no gustar, claro, cada uno es cada uno. Pero sería estimulante que los aficionados a esa expresión cultural hicieran una crítica del gusto. En otros ámbitos admitimos sin problemas que disfrutamos con pasatiempos detestables y nos aburrimos con distracciones admirables. ¿Qué hay de malo en aceptar los aspectos oscuros o mal considerados de nuestras inclinaciones? El maltrato a los animales está mal visto (ya era hora), incluso hay leyes que lo persiguen, aunque estableciendo salvedades. Nada que objetar a las salvedades, la vida es así, no lo he inventado yo, etcétera. También la tortura está prohibida, a menos que la ejerzas en Guantánamo, con gente cuya piel es más oscura que la tuya. Y el terrorismo se persigue de manera implacable, excepto cuando se trata de bombardear Irak. Anomalías culturales, qué le vamos a hacer, lo que no quita para darse cuenta de que el terrorismo es terrorismo incluso si lo practico yo.


Parece evidente que al toro de lidia se le maltrata. ¿Que a usted le gusta? Nos parece muy bien, no lo vamos a censurar. Pero hombre, hombre, reconozca que las banderillas, las puyas, el estoque y demás instrumentos quirúrgicos hacen daño (además de humillar). En el acto de arrojar una cabra viva desde un campanario hay belleza, no vamos a negarlo. A mí al menos me sobrecoge esa lucha titánica entre el cuerpo del animal y la fuerza de la gravedad (de la que siempre sale vencedora, por cierto, la última), por no mencionar la precisión matemática del movimiento uniformemente acelerado, que se cumple con todas y cada una de las cabras, no importa su condición. Todo eso está muy bien y si a uno le gusta le gusta. Pero hay tortura, hay maltrato, hay vilipendio. ¿Por qué a los taurinos, muchos de ellos intelectuales de pro, les cuesta tanto admitir esta verdad palmaria?















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