Mostrando entradas con la etiqueta Entre Rios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Entre Rios. Mostrar todas las entradas

15 de noviembre de 2010

Una excursión de la tercera edad (III)

(Tercera de tres notas, dedicadas a mis compañeros de viaje)

La segunda jornada había sido agotadora debido en gran parte a las largas caminatas de ida y vuelta a las ruinas junto al rio Uruguay y las que los viajeros hicieron luego en Villa Elisa y el pueblo de Liebig. El cariño por el coche rojo iba en aumento al tiempo que las piernas se mostraban cada vez más renuentes a facilitar los desplazamientos.

Hoy sería el último día completo de la gira ya que mañana el grupo emprendería el regreso después del desayuno.



El sol que había puesto un marco espléndido en los días previos, quedó oculto esta vez por una capa de nubes grises que desde temprano comenzaron a descargar una fina llovizna.

La guía, fiel a su papel, procuró restarle importancia a esa adversidad climatológica, ya que la visita que tenía preparada para ese día se desarrollaría en un sitio semi cerrado.
El último día de esta breve excursión tendría un carácter histórico-cultural: visitar el Palacio San José, conocido también como Museo y Monumento Histórico Nacional “Justo José de Urquiza”.



Sin pretender dictar una clase de historia, hizo lo mismo que sus colegas en los viajes turísticos: exponer de manera sucinta, algunos rasgos del sitio en cuestión. Así, los viajeros se enteraron de que el Palacio San José fue la residencial del General Urquiza los últimos veinte años de su vida.

Construido a partir de 1848, por mandato de su morador, fue centro de un próspero establecimiento rural a mediados del siglo XIX, explicó Noemí entusiasmada por haber captado la atención del grupo, incluso la del chófer que al mismo tiempo pensaba en dónde había guardado su GPS, para terminar de una vez por todas con los despistes.

Con el ánimo templado y provistos de paraguas, los viajeros se ubicaron en el Fiat y emprendieron el viaje que sería de unos 50 kilómetros. El GPS no fue encontrado, pero la guía dijo saber que había un atajo hasta la ruta principal. Ese atajo los llevó por caminos de tierra convertidos en barrizales en algunos sectores, hasta llegar a una bifurcación sin carteles indicadores.

La llovizna había cesado y el Fiat rojo estaba en medio de la nada. Las casas vecinas parecían deshabitadas pues no se veía a nadie y ni siquiera se escuchaba el ladrido de algún perro. El camino también estaba desierto, hasta que por fin, vieron acercarse un vehículo. La guía le hizo señas para que se detuviera y acto seguido entabló un diálogo con la conductora, también mujer, quien con algunas indicaciones, solucionó el problema de orientación del cuarteto de turistas.



Ya en la carretera, el coche emprendió una rauda marcha hacia el Palacio San José, al que llegaron sin mayores contratiempos. Con renovada confianza, la guía dijo que en ese lugar, Urquiza formó una familia numerosa y desde allí dirigió los destinos de la provincia de Entre Rios, como gobernador, y los de la Confederación Argentina cuando se desempeñó como presidente.

Al llegar al que fue declarado Monumento Histórico en 1935, una tenue garúa recibió a los visitantes pero afortunadamente cesó completamente a los pocos minutos, por lo cual la visita se desarrolló con normalidad, esta vez con la asistencia de una guía local que explicó datos históricos esenciales para información de los turistas.




Entre otras cosas dijo que en una las dependencias del Palacio Urquiza fue asesinado por sus enemigos en el atardecer del 11 de abril de 1870.

Concluida la visita, la jefa del grupo sugirió-ordenó que podrían ir a comer algo en la ciudad de Gualeguaychú, a 60 kilómetros de distancia, en dirección contraria a Colón. Llegaron a la hora de la siesta y muchos establecimientos estaban cerrados, por lo cual tuvieron que conformarse con unos tostados en un bar.

Gualeguaychú, famosa por sus carnavales, no cautivó a los viajeros, o por lo menos al copiloto José, así que rápidamente se inició el regreso a Colón, que ahora estaba a 120 kilómetros de allí.

Cena de despedida en el restaurante de costumbre, regreso al hotel y al día siguiente, de camino a casa, los viajeros tendrían una última experiencia nefasta con el malhadado café.

A la mañana siguiente, el grupo se despidió de Colón, previo visita a su Iglesia principal.


Después de haber avanzado unos 150 kilómetros de los 340 que los separaban de Buenos Aires, decidieron hacer un alto en una estación de servicio, con el modesto propósito de … tomar un café.

En el salón de ventas había una máquina expendedora de café a la que había que introducir doce monedas (a razón de tres por cabeza). Los viajeros no pudieron reunir esa cantidad y pidieron a la empleada de la caja que les cambiara unos billetes. Esta contestó de mal modo que no tenía. (Que extraño que haya máquina expendedora y no se facilite el cambio de monedas).

A pocos metros había un restaurante que en ese momento estaba desierto. Los viajeros ocuparon una mesa en espera de ser atendidos. Acudió una muchacha con cara de pocos amigos. Pidieron cuatro cafés y la joven, después de unos segundos en los que su rostro dejó traslucir un gesto de resentimiento contenido, preguntó:.

- ¿No van a almorzar?
- No, cuatro cortados.
- ¿Los manda la de enfrente?
- Dice que no tiene monedas para cambiar

Se aleja dos pasos y entonces gira la cabeza hacia el grupo, para lanzar con palabras que querían ser medidas, algunos conceptos sobre la empleada de la caja. Palabras que en realidad querían decir:“Esa sucia zorra, yegua, siempre hace lo mismo”.
Sin buscarlo, los viajeros se hallaron en medio de una feroz lucha interna en torno al expendio de café en esa estación de servicio. Llegaron los cortados, frios y con demasiada leche.

Con un hilo de voz para no soliviantar aún más a la empleada, José pidió la cuenta y el grupo abandonó rápidamente el lugar.

Tomar en paz un café en Entre Rios? Misión imposible.

La breve excursión había terminado.
El chófer devolvió a los turistas sanos y salvos al punto de partida. No se puede pedir más.
La guía suplió algún problema logístico con una voluntad a toda prueba y prometió organizar futuras salidas capitalizando la experiencia recogida en este.

Ambos se llevan el agradecimiento de Beatriz y José, que poco hicieron para solucionar algún problema; simplemente dejaron que las cosas fluyeran…
(Rosa dedicada a las damas de esta excursión)

*

11 de noviembre de 2010

Una excursión de la tercera edad (II)

(Dedicado a mis compañeros de viaje)

Después de una noche de sueño reparador, los viajeros de la tercera edad, se reunieron en la mesa del desayuno que consistió en café con leche, medias lunas, tostadas, manteca, cuatro variedades de mermeladas, jugo de naranja exprimida; todo a discreción. Excelente.





Esta buena manera de comenzar el día provocó comentarios laudatorios, extensivos también a la guía Noemí por lo acertado de su elección y también, por qué no, para insuflarle ánimos en su tarea de dirigir la excursión por los derroteros que le parecieran más adecuados.




Alentada por los elogios, la guía trazó el plan de la jornada, mientas el chofer Rodolfo, Beatriz y José no podían ocultar una sensación de alivio al no tener que preocuparse por nada, ni siquiera pensar, tal era la confianza depositada en la entusiasta jefa del grupo.



El primer objetivo de los excursionistas era el Palmar de Colón, a 40 kilómetros, y hacia allí se dirigieron por una carretera poco transitada y bajo un cielo azul sin nubes a la vista.

Pero no todo anduvo sobre ruedas. Desde la salida misma del hotel, el chófer Rodolfo se mostró dubitativo sobre si debía girar a la izquierda o a la derecha; parecía no recordar que la noche anterior había hecho el mismo trayecto. “Para allá!” le ordenó la guía, sin precisar a cual de los cuatro puntos cardinales se refería.

Beatriz y José intercambiaron una mirada de preocupación. Habría que estar atentos ante estos primeros cortocircuitos entre la guia y el chófer; de ellos dependía llegar a algún sitio o perderse en la Argentina profunda.

La salida de Colón tampoco fue fácil. El primer intento por encontrar la ruta falló, y el chófer Rodolfo tuvo que dar dos o tres vueltas a la plaza principal de la ciudad mientras la guia buscaba afanosamente la arteria en un plano que había rapiñado en el hotel. La catedral, la Municipalidad y el edificio del Banco de la Nación desfilaba una y otra vez ante los ojos de los azorados Beatriz y José, que observaban un respetuoso silencio.




Finalmente, el bólido rojo se ubicó sobre la cinta asfáltica que en línea recta los llevó hasta el Palmar, 12.000 hectáreas salpicadas de palmeras, ¿qué otra cosa podía ser?.

En la entrada, el Fiat se detuvo cuando una bonita muchacha se aproximó con un ominoso talonario dispuesta a cobrar el ingreso. El chófer Rodolfo obló los 40 pesos de rigor, pero entonces alguien del grupo le preguntó si los jubilados pagaban. La joven observó los rostros de los viajeros y no le quedaron dudas de eran personas de la tercera edad. El ego quedó lastimado pero el bolsillo agradecido, pues solo Rodolfo tuvo que pagar sus 10 pesos, no por su rostro juvenil sino porque no ha recibido aún los beneficios de alcanzar la categoría de geronte.

Felices por haber usufructuado su condición de pensionados, los viajeros iniciaron el recorrido hacia el extremo opuesto del Palmar, que está delimitado por el rio Uruguay, a doce kilómetros de distancia, por caminos de tierra apisonada..

Algunos carteles advertían sobre la presencia de animales sueltos, pero cuatro pares de ojos que oteaban en busca de algún bicho de cuatro patas, fracasaron en el intento. Así llegaron al área de servicios del Palmar, con el chófer Rodolfo visiblemente aliviado pues el sendero era el único posible, sin posibilidad de desvío.


Allí encontaron los animales sueltos, representados por una pareja de lagartos que habían salido de sus madrigueras para recibirlos. Los visitantes, que ya habían estado anteriormente en ese sitio, extrañaron la presencia de miles de cotorras que desde las copas de los árboles solían inundar el lugar con sus ensordecedores trinos o graznidos o como se llame. Tal vez esta no era la época propicia.

Descendieron hasta la ribera del río a través de una tupida vegetación y allí, la guia Noemí comenzó a planificar el siguiente destino, aunque no estaba muy convencida sobre el rumbo. Rodolfo, reivindicando su condición de chófer, decidió ensayar una posición de firmeza y de pie sobre una elevación, señaló sin dudar cual era la dirección correcta.


Aventada toda duda y antes de abandonar el lugar, el grupo decidió visitar ciertas ruinas siguiendo las indicaciones de carteles a través de estrechos senderos entre el bosque. El calor y el cansancio hicieron mella rápidamente en los físicos de los viajeros, que por momentos dudaban si continuar o emprender el regreso.

Nuevamente la guia fue quien tomó la decisión de seguir hasta el asentamiento arqueológico. Cual no sería su sorpresa cuando al llegar, agotados y con las gargantas secas, vieron en una explanada que otros visitantes más avispados habían llegado en sus automóviles. En ese momento comenzó a germinar la idea de descontar a la guía algunos puntos por no haberse informado previamente.

La guía Noemí presentó nuevamente su dimisión, pero rápidamente fue ratificada en el cargo mediante otra votación a mano alzada. Dotada de nuevos poderes la guía ordenó el regreso a través de un kilómetro de denso bosque hasta llegar al coche. En el trayecto de vuelta los vapuleados excursionistas se detuvieron en un par de miradores desde los que se apreciaban palmeras y más palmeras, pero ningún espécimen de la fauna.


Próximos a la salida, José decidió poner la nota de espectacularidad a esta visita: se trepó a una palmera y aferrándose a dos ramas cual un Tarzán moderno, comenzó a columpiarse en el aire y haciendo valer su contextura física inclinó el grueso tronco hasta casi el suelo. La hazaña quedó documentada.

Al abandonar el Palmar y como es de suponer, el chófer Roldofo tomó la dirección contraria. Menos mal que cuando habían avanzado ya diez kilómetros, la guía, con buen tino, ordenó inmediatamente girar en redondo y emprender el regreso a Colón, no sin antes hacer una escala en la localidad de Villa Elisa. Allí, en una terminal de autobuses, los viajeros tomaron un frugal almuerzo consistente en bocadillos y gaseosas.





Con cierta aprensión, pidieron cuatro cafés –eso tan común en cualquier sitio- pero ocurrió lo que tanto temían: no habría café porque “la máquina esta rota”. La maldición del café sobrevolaba nuevamente a los viajeros.

En Villa Elisa visitaron una vieja estación de tren y continuaron viaje hacia Colón. Pero la guía tenía otros planes y decidió visitar el pueblo de Liebig, conocido por albergar la fábrica de cárnicos donde se elaboraba la carne enlatada Corned Been hace ya algunas décadas.

Esta vez el caos fue total. Desvíos por obras en la ruta, caminos de tierra sin carteles contribuyeron para que el Fiat con un estoico Rodolfo al volante, circulara como bola sin manija, yendo y viniendo por ignotos caminos que, por esas cosas del destino, condujeron finalmente a los viajeros hasta la población, muy cerca de Colón.



La tarde ya había caído. Regreso al hotel y a cenar al restaurante de la víspera. Después de comer opíparamente, José hizo un acto de valentía y ordenó cuatro cafés. Nuevamente dilaciones, consultas, manos afanosas en la máquina. Tras una prolongada espera, llegaron los cafés y con una sorpresa agradable: la casa invitaba. Había habido problemas con el café pero esta vez con un final feliz.

De regreso al hotel, el chófer pasó de largo la calle en la que debía girar y los viajeros terminaron en la orilla del río. Reorientación y llegada al hotel. Todo esto ya parecía normal.

El día siguiente sería el último de esta mini gira.
*

24 de octubre de 2010

Una excursión de la tercera edad

(Nota dedicada a los compañeros de viaje)




Dos matrimonios de la tercera edad decidieron unir sus recursos y el deseo de hacer un paréntesis en su actividad diaria -por momentos agotadora- y para ello planificaron, con ejecución inmediata, una breve escapada turística y cultural a la provincia de Entre Ríos, no muy distante de Buenos Aires.


Identificaremos a nuestros personajes con nombres ficticios con los que vamos a hilvanar el relato de esta historia. Se trata del matrimonio Beatriz y José, ambos jubilados, y de Noemí y Rodolfo, éste en los umbrales de la jubilación, a diferencia de su esposa Noemí, que alcanzó recientemente el ansiado retiro, y generadora de esta pequeña aventura.


A poco de comenzado el viaje en el pequeño bólido color rojo Ferrari (solo el color) y antes de llegar al primer peaje, José presentó una moción para que el grupo de cuatro realizase el periplo bajo la conducción de un líder, cuyas decisiones debían acatarse sin chistar.


La votación a mano alzada decidió por unanimidad que Noemí sería líder del grupo y a la vez guía de esta visita. Visiblemente emocionada, Noemí aceptó pero no sin advertir que no estaba preparada, como pudo comprobarse en los días subsiguientes.


Una vez finiquitado el trámite de la votación, se notó en el interior del habitáculo una sensación de alivio, pues ahora cada uno sabía cual era su rol; el chófer Rodolfo aferrado al volante como aconsejan los manuales (las manos en posición de las 10:10), fijó su mirada al frente y dejó que el paisaje pasara a su alrededor, al igual que todos los problemas que pudieran presentarse.


Beatriz, por su parte, rechazó otra moción que le asignaba la agotadora tarea de registrar los gastos que fueran surgiendo, argumentando que eso le provocaría tensiones indeseadas, y José, en su asiento de copiloto, se desentendió de todo, porque ya había un líder y le correspondía a éste (o ésta) tomar las decisiones.




Las órdenes de Noemí no se hicieron esperar y el destinatario exclusivo de las mismas era, claro está el chófer Rodolfo, que a veces hacía caso omiso ya sea por problemas auditivos o por una decisión personal; nunca podremos saberlo.


Es que Noemí hacía sus primeras armas como conductora de grupo y eso se notaba en hechos mínimos como por ejemplo cuando indicaba/ordenaba al chofer: "doblá para allá!!" sin percatarse de que el conductor no tenía ojos en la nunca y por lo tanto no sabía si debía girar a la izquierda o a la derecha. Por lo tanto, su decisión era: manos al volante, fista al frente y adelante!


Los primeros cortocircuitos entre guía y chofer comenzaron antes de llegar al puente Zárate-Brazo Largo. Un intento de solución fue utilizar el GPS, pero probablemente estaba configurado para alguna ciudad de China, su lugar de origen. La líder Noemí se hizo cargo de la situación y recurrió al viejo truco de detener el coche y preguntar a los lugareños.


Los dos primeros intentos resultaron fallidos hasta que José, aprovechando la detención en un semáforo, preguntó al chofer de un autobús que milagrosamente había respetado el disco rojo, dónde estaba el puente. La indicación fue correcta, y así finalmente el Fiat rojo Ferrari asentó sus cuatro ruedas en la ruta nacional 14 con rumbo a la ciudad de Colón, el punto de destino.


El Fiat iba devorando kilómetros sobre el asfalto liso y recto sin que nada perturbara la calma recuperada en el interior del vehículo. La tranquilidad del viaje fue aprovechada por la líder/guía para ir preparando las actividades que se realizarían apenas llegados al hotel que había reservado por Internet.


En un momento dado se decidió hacer una parada técnica en una estación de servicio, que a la postre sería el escenario del primer capítulo de lo que iba a ser una historia aparte: "la odisea del café en Entre Ríos", una verdadera tragicomedia.


Sentados ante una mesa, los cuatro turistas pidieron al mozo unos bocadillos y tres cafés pequeños y uno grande, así de simple. Los bocadillos vinieron, fueron engullidos y los cafés no llegaban...Temiendo que la puesta del sol los sorprendiera en ese lugar, alguien del grupo interceptó al dependiente inquiriendo por los cafés. "uyy me olvidé....ya se los traigo" explicó con un envidiable tono relajado.


Enseguida comenzaron a escucharse ruidos provenientes de dónde estaba la máquina de café, que estaba siendo manipulada por seis manos al mismo tiempo. De toda esa maraña de brazos salieron finalmente los cafés. Un incidente sin importancia relacionado con el café, pero no sería el último, como se verá.




Bajo un sol espléndido y un excelente estado de la ruta, el bólido rojo hizo finalmente su entrada a la bonita ciudad de Colón, a la vera del rio Uruguay, y comenzó la búsqueda del hotel. Una sugerencia de apelar al GPS fue descartada de inmediato. Noemí fue a lo seguro: "Para ahí!" le ordenó al chofer, quien tampoco tenía le menor idea de dónde era "ahí".


Mientras la jefa Noemí iniciaba uno de sus muchos diálogos con los lugareños, José y Beatriz aprovecharon para tomar algunas fotografías de hermosos lapachos en flor, cuyo color rosa intenso destacaba sobre el azul del cielo. Ya orientados, los viajeros llegaron al pequeño pero reluciente hotel, un poco alejando del centro de la ciudad, pero muy cerca del rio.


El hotel mereció una calificación de 10 puntos y la guía Noemí fue ovacionada por su acertada elección. Se decidió ir caminando hasta la Oficina de Turismo bordeando el rio a lo cual el chofer Rodolfo insinuó una tímida oposición sugiriendo que se utilizara el vehículo. La iniciativa no tuvo éxito. Al momento de emprender el regreso al hotel se comprobó que el abnegado chofer debió haber sido, por lo menos, escuchado.


De todas maneras, la líder Noemí, se agenció de información en la oficina turística y con ella trazó la actividad del día siguiente. Para José estaba todo bien, Beatriz igual y Rodolfo, obviamente que también.




Después de un breve descanso en el hotel, el grupo se ubicó en el Fiat sin pensarlo mucho y comenzó la búsqueda de un restaurante en el centro neurálgio de la ciudad: la plaza donde invariablemente se encuentran la Municipalidad, la Iglesia, la Policía y el Banco Nación. No se encontraba nada que pareciera adecuado. Otra vez el último recurso: un hombre parado en una esquina vio perturbada su tranquilidad ante la pregunta: "hay algún lugar para comer por aqui?"


"Bueno, yo no soy mucho de aquí, pero si que hay.. vayan ......" y allí comenzó una larga explicación sobre dos o tres restaurantes de los cuales hasta parecía conocer el menú....


El grupo agradeció y, esperanzados y hambrientos, los turistas siguieron las indicaciones del ciudadano. Resultado: todos esos establecimientos estaban cerrados.


Finalmente recalaron en un restaurante que consideraron adecuado y tuvieron suerte; comida excelente, buen precio y todo bien hasta que llegó el momento de pedir el café. Después de dar la orden y al cabo de unos minutos, se escuchó el ruido de una máquina moliendo café. Allí, dos personas tenían las manos ocupadas como si trataran de destrabar algo. Superado el tiempo normal de espera los turistas reclamaron el café y éste llegó, pero nadie sabe los esfuerzos que se habrán hecho para satisfacer el pedido.


(Continuará)