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29 de junio de 2011

¿Un consejo? ¡No te infartes!



De nuevo estoy de vuelta
Después de larga ausencia,
Igual que la calandria
Que azota el vendaval..


No sé por qué, pero antes de decidirme a volver a garabatear algunas líneas en este blog que ya comenzaba a cubrirse de telarañas, me vinieron a la mente estos versos de la canción que tan bien interpreta Jorge Cafrune. Me sentí de alguna manera identificado, me gustó y aquí está encabezando la nota que habrá de servir para intentar convencerme de que nada cambió, aunque el rostro se me llene de rubor al escribir este concepto mentiroso.

Porque no podemos negarlo. Un infarto (muy grande como el que me visitó y dejó profundas huellas) te cambia la vida, quieras o no. Lo correcto y aconsejable es aceptar de buen grado que algunas cosas no serán como antes, y que LIMITACIÓN es la palabra que te acompañará durante el resto de tu vida.

Si ya conocías ese vocablo pero hacías caso omiso, ahora tendrás que observarlo con mayor respeto, con un respeto casi religioso, a menos que prefieras caminar por la cornisa. Si puedes incorporar a tu rutina diaria el concepto de LIMITACION en sus versiones teórica y práctica, habrás dado un gran paso adelante, llevando una vida bastante normal, alejada de la palabra TRAGEDIA, porque no lo es.

Es cierto. Tu corazón no funciona en un cien por ciento porque el tejido de una arteria fue fulminado por el infarto y no puede recuperarse, pero la porción útil que te ha quedado te permitirá desarrollar las mismas actividades (en versión limitada) que hasta ahora, y con eso tendrás que darte por satisfecho porque los médicos te repiten una y otra vez que “has tenido mucha suerte” dada la magnitud del ataque cardíaco.

Ante tales afirmaciones y sabiendo que es desaconsejable intentar escalar el Everest o practicar submarinismo, los límites que deberé respetar son el esfuerzo físico y una dieta “rigurosamente sana” libre de sal y grasas… o sea que ver a mis eventuales compañeros de mesa comerse un jugoso choripán o una porción de mollejas, será una verdadera tortura.

Las caminatas serán parte de la recuperación y seguramente podré apreciar con mayor detenimiento pequeños detalles que hasta ahora, con las enérgicas caminatas aeróbicas, pasaban desapercibidos.

Creo que después de recibir el alta médica que le envía a casa para iniciar una nueva etapa de su vida, la persona infartada comenzará a dar importancia a “aquellas pequeñas cosas” como el cariño de quienes te rodean y los cuidados de quien ha estado siempre a tu lado. Quizás no manifiestes tu estado de ánimo pero eres plenamente consciente de lo que ocurre a tu alrededor.

Un infarto puede ser expeditivo o un tanto benevolente. En este último caso, el paciente debe saber que le espera un rosario de chequeos, controles, medicación y visitas del cardiólogo.

Los brazos servirán de campo de batalla para las enfermeras que aplicarán inyecciones, extraerán sangre y colocarán vías para inyectar suero o lo que sea. Las venas que se ven claramente en los dorsos de las manos no se salvarán de la aguja por la que sacarán sangre para analizar el nivel de urea, etc. etc.

El abdomen quedará teñido de morado a causa de las dos o tres inyecciones diarias para licuar la sangre. Varios controles diarios de presión, pulsaciones y temperatura, junto con algún electrocardiograma, radiografías y ecocardiograma.

Para matizar, un cateterismo para confirmar que la arteria está bloqueada, lo cual deberá ser ratificado por la resonancia magnética, cuyo fallo es inapelable.

Por todo esto, salvo que seas masoquista, un consejo, ¡no te infartes!



- José Trepat

18 de mayo de 2011

Tranquilidad + orden = Longevidad



José Trepat


Uno se acostumbra con el tiempo y ahora se ve como un ingrediente normal del paisaje cotidiano. Pero a un recién llegado a esta ciudad de Mataró, la capital de la comarca del Maresme, cerca de Barcelona, sin duda le llamará la atención la gran cantidad de ancianos (si se puede llamar así a quienes han cumplido 80 y 90 años) que van y vienen por su calles a su libre albedrío.

Y si no quieren caminar, todos los jubilados disponen de un pase totalmente gratuito para viajar en la red de autobuses que, haciendo las combinaciones necesarias, llegan a casi todos los puntos de esta ciudad de 140.000 habitantes. Los autobuses, que circulan en horarios establecidos que pueden consultarse en las paradas, se detendrán completamente junto al cordón de la vereda y extenderán una rampa para los que deban utilizar sillas de ruedas.

Los hay de todas las capas sociales; los de familias acomodadas que se identifican como tales por sus trajes, zapatos blancos o negros lustrosos, algunos con sombrero de ala y bastones de fina madera. También están los de clase media –que son los más- y los que a juzgar por su aspecto pertenecen a un escalón inferior, pues el traje ha sido reemplazado por pantalones y calzado gastados. Las arrugas en los rostros dejan traslucir en muchos casos que la vida no ha sido fácil para ellos.




Hablar de ancianos en masculino, indica solo un orden genérico, pues en igual cantidad, las mujeres que han atravesado la octava década de vida hacen también acto de presencia, muchas recién salidas de las peluquerías, luciendo caros vestidos y joyas, y otras, al igual que en el caso de los hombres, exhibiendo en su rostros un pasado de penurias, ahora aparentemente olvidadas.

Pero tanto hombres como mujeres tienen un denominador común: disfrutar de las facilidades y ventajas que les otorga la sociedad mataroní; son tantas que no sé si habrá muchas más similares. Tal vez sí, y tal vez aún mejores, pero uno tiene que hablar de lo que es testigo y esta realidad está a la vista de todos.

Los ancianos de hoy llegaron a esta etapa de sus vidas usufructuando la bonanza que vivió España antes de que estallara la actual crisis, de la que no sabemos como repercutirá para las futuras generaciones de longevos. Gracias a esos años de bonanza, los trabajadores españoles podían jubilarse –si así lo deseaban- a partir de los 55 años, frente a los 70 que deberán cotizar a partir de las nuevas medidas para salvar la economía del país.

Los que se retiraban a los 55 o 60 años de edad tenían por delante 20 o 30 años de vida “parasitaria” costeada integramente por la Seguridad Social. A partir de su temprano retiro, los jubilados y pensionistas gozaban –y siguen gozando- de enormes privilegios que sin duda favorecen los altos índices de longevidad.




Los ancianos se desplazan por la ciudad ayudados muchos por su inseparable bastón, de los que hay modelos también para las mujeres. Son tantos los bastones que a alguien se le ocurrió pensar que no sería mala idea dedicarse a la fabricación y venta de esos adminículos. Pero la idea seguramente se habrá esfumado de su mente cuando entre en un comercio chino y vea que se venden bastones a partir de tres euros.

Las caminatas, ya sea en solitario, paseando a su perro o en grupos, pueden hacerse en etapas ya que la ciudad está sembrada de bancos para hacer una pausa, descansar, recordar anécdotas de la guerra y criticar a los políticos. Después, a seguir caminando, con la seguridad de que al cruzar las calles los vehículos se detendrán apenas posan un pie en las líneas de cebra. Todo dentro de un orden absoluto y respeto total de los automovilistas.



Disponen de clubes sociales, por lo menos uno en cada barrio, para que puedan reunirse y pasar el día jugando a las cartas, al dominó (no ví, lamentablemente, grupos que practiquen el ajedrez), o apuntarse en los torneos de petanca, que parecen tener muchos adeptos.






Y lo que es más importante para quien carga con tantos años encima y quiere seguir acumulándolos: la atención médica. Cada barrio tiene su ambulatorio, con médicos, enfermeras y los equipos necesarios. A la menor molestia, el jubilado acude a esos centros para la visita al médico. Si el problema puede solucionarse allí, el paciente es enviado de regreso a su casa, y si no, es llevado al Hospital de Mataró, un dechado de orden y limpieza. Todo está a su disposición.

Las eventuales operaciones y todos los medicamentos que requiera su condición física, son absolutamente gratuitos; en salud no desembolsan un solo céntimo, en una etapa de vida que suele contabilizar el mayor número de visitas a la farmacia.


Los que aún tengan espíritu viajero, disponen de un servicio especial que les permite hacer turismo dentro y fuera de España a precios risibles. Un jubilado viudo se apuntó ya tres veces para unirse a contingentes que pasaron una semana en Praga,con todo incluido, por 180 euros.

Las malas lenguas dicen que los ancianos/as reciben tantas atenciones porque cuando llega al momento de elecciones, son quienes concurren a las urnas con más asiduidad.


Otro ominoso dicho popular se refiere al tramo final ineludible. En la época del año que suele producirse la mayor cantidad de decesos, a un anciano enfermo se le dice: “Aguanta un poco más que el tanatorio está colapsado”.


*

15 de noviembre de 2010

Una excursión de la tercera edad (III)

(Tercera de tres notas, dedicadas a mis compañeros de viaje)

La segunda jornada había sido agotadora debido en gran parte a las largas caminatas de ida y vuelta a las ruinas junto al rio Uruguay y las que los viajeros hicieron luego en Villa Elisa y el pueblo de Liebig. El cariño por el coche rojo iba en aumento al tiempo que las piernas se mostraban cada vez más renuentes a facilitar los desplazamientos.

Hoy sería el último día completo de la gira ya que mañana el grupo emprendería el regreso después del desayuno.



El sol que había puesto un marco espléndido en los días previos, quedó oculto esta vez por una capa de nubes grises que desde temprano comenzaron a descargar una fina llovizna.

La guía, fiel a su papel, procuró restarle importancia a esa adversidad climatológica, ya que la visita que tenía preparada para ese día se desarrollaría en un sitio semi cerrado.
El último día de esta breve excursión tendría un carácter histórico-cultural: visitar el Palacio San José, conocido también como Museo y Monumento Histórico Nacional “Justo José de Urquiza”.



Sin pretender dictar una clase de historia, hizo lo mismo que sus colegas en los viajes turísticos: exponer de manera sucinta, algunos rasgos del sitio en cuestión. Así, los viajeros se enteraron de que el Palacio San José fue la residencial del General Urquiza los últimos veinte años de su vida.

Construido a partir de 1848, por mandato de su morador, fue centro de un próspero establecimiento rural a mediados del siglo XIX, explicó Noemí entusiasmada por haber captado la atención del grupo, incluso la del chófer que al mismo tiempo pensaba en dónde había guardado su GPS, para terminar de una vez por todas con los despistes.

Con el ánimo templado y provistos de paraguas, los viajeros se ubicaron en el Fiat y emprendieron el viaje que sería de unos 50 kilómetros. El GPS no fue encontrado, pero la guía dijo saber que había un atajo hasta la ruta principal. Ese atajo los llevó por caminos de tierra convertidos en barrizales en algunos sectores, hasta llegar a una bifurcación sin carteles indicadores.

La llovizna había cesado y el Fiat rojo estaba en medio de la nada. Las casas vecinas parecían deshabitadas pues no se veía a nadie y ni siquiera se escuchaba el ladrido de algún perro. El camino también estaba desierto, hasta que por fin, vieron acercarse un vehículo. La guía le hizo señas para que se detuviera y acto seguido entabló un diálogo con la conductora, también mujer, quien con algunas indicaciones, solucionó el problema de orientación del cuarteto de turistas.



Ya en la carretera, el coche emprendió una rauda marcha hacia el Palacio San José, al que llegaron sin mayores contratiempos. Con renovada confianza, la guía dijo que en ese lugar, Urquiza formó una familia numerosa y desde allí dirigió los destinos de la provincia de Entre Rios, como gobernador, y los de la Confederación Argentina cuando se desempeñó como presidente.

Al llegar al que fue declarado Monumento Histórico en 1935, una tenue garúa recibió a los visitantes pero afortunadamente cesó completamente a los pocos minutos, por lo cual la visita se desarrolló con normalidad, esta vez con la asistencia de una guía local que explicó datos históricos esenciales para información de los turistas.




Entre otras cosas dijo que en una las dependencias del Palacio Urquiza fue asesinado por sus enemigos en el atardecer del 11 de abril de 1870.

Concluida la visita, la jefa del grupo sugirió-ordenó que podrían ir a comer algo en la ciudad de Gualeguaychú, a 60 kilómetros de distancia, en dirección contraria a Colón. Llegaron a la hora de la siesta y muchos establecimientos estaban cerrados, por lo cual tuvieron que conformarse con unos tostados en un bar.

Gualeguaychú, famosa por sus carnavales, no cautivó a los viajeros, o por lo menos al copiloto José, así que rápidamente se inició el regreso a Colón, que ahora estaba a 120 kilómetros de allí.

Cena de despedida en el restaurante de costumbre, regreso al hotel y al día siguiente, de camino a casa, los viajeros tendrían una última experiencia nefasta con el malhadado café.

A la mañana siguiente, el grupo se despidió de Colón, previo visita a su Iglesia principal.


Después de haber avanzado unos 150 kilómetros de los 340 que los separaban de Buenos Aires, decidieron hacer un alto en una estación de servicio, con el modesto propósito de … tomar un café.

En el salón de ventas había una máquina expendedora de café a la que había que introducir doce monedas (a razón de tres por cabeza). Los viajeros no pudieron reunir esa cantidad y pidieron a la empleada de la caja que les cambiara unos billetes. Esta contestó de mal modo que no tenía. (Que extraño que haya máquina expendedora y no se facilite el cambio de monedas).

A pocos metros había un restaurante que en ese momento estaba desierto. Los viajeros ocuparon una mesa en espera de ser atendidos. Acudió una muchacha con cara de pocos amigos. Pidieron cuatro cafés y la joven, después de unos segundos en los que su rostro dejó traslucir un gesto de resentimiento contenido, preguntó:.

- ¿No van a almorzar?
- No, cuatro cortados.
- ¿Los manda la de enfrente?
- Dice que no tiene monedas para cambiar

Se aleja dos pasos y entonces gira la cabeza hacia el grupo, para lanzar con palabras que querían ser medidas, algunos conceptos sobre la empleada de la caja. Palabras que en realidad querían decir:“Esa sucia zorra, yegua, siempre hace lo mismo”.
Sin buscarlo, los viajeros se hallaron en medio de una feroz lucha interna en torno al expendio de café en esa estación de servicio. Llegaron los cortados, frios y con demasiada leche.

Con un hilo de voz para no soliviantar aún más a la empleada, José pidió la cuenta y el grupo abandonó rápidamente el lugar.

Tomar en paz un café en Entre Rios? Misión imposible.

La breve excursión había terminado.
El chófer devolvió a los turistas sanos y salvos al punto de partida. No se puede pedir más.
La guía suplió algún problema logístico con una voluntad a toda prueba y prometió organizar futuras salidas capitalizando la experiencia recogida en este.

Ambos se llevan el agradecimiento de Beatriz y José, que poco hicieron para solucionar algún problema; simplemente dejaron que las cosas fluyeran…
(Rosa dedicada a las damas de esta excursión)

*

11 de noviembre de 2010

Una excursión de la tercera edad (II)

(Dedicado a mis compañeros de viaje)

Después de una noche de sueño reparador, los viajeros de la tercera edad, se reunieron en la mesa del desayuno que consistió en café con leche, medias lunas, tostadas, manteca, cuatro variedades de mermeladas, jugo de naranja exprimida; todo a discreción. Excelente.





Esta buena manera de comenzar el día provocó comentarios laudatorios, extensivos también a la guía Noemí por lo acertado de su elección y también, por qué no, para insuflarle ánimos en su tarea de dirigir la excursión por los derroteros que le parecieran más adecuados.




Alentada por los elogios, la guía trazó el plan de la jornada, mientas el chofer Rodolfo, Beatriz y José no podían ocultar una sensación de alivio al no tener que preocuparse por nada, ni siquiera pensar, tal era la confianza depositada en la entusiasta jefa del grupo.



El primer objetivo de los excursionistas era el Palmar de Colón, a 40 kilómetros, y hacia allí se dirigieron por una carretera poco transitada y bajo un cielo azul sin nubes a la vista.

Pero no todo anduvo sobre ruedas. Desde la salida misma del hotel, el chófer Rodolfo se mostró dubitativo sobre si debía girar a la izquierda o a la derecha; parecía no recordar que la noche anterior había hecho el mismo trayecto. “Para allá!” le ordenó la guía, sin precisar a cual de los cuatro puntos cardinales se refería.

Beatriz y José intercambiaron una mirada de preocupación. Habría que estar atentos ante estos primeros cortocircuitos entre la guia y el chófer; de ellos dependía llegar a algún sitio o perderse en la Argentina profunda.

La salida de Colón tampoco fue fácil. El primer intento por encontrar la ruta falló, y el chófer Rodolfo tuvo que dar dos o tres vueltas a la plaza principal de la ciudad mientras la guia buscaba afanosamente la arteria en un plano que había rapiñado en el hotel. La catedral, la Municipalidad y el edificio del Banco de la Nación desfilaba una y otra vez ante los ojos de los azorados Beatriz y José, que observaban un respetuoso silencio.




Finalmente, el bólido rojo se ubicó sobre la cinta asfáltica que en línea recta los llevó hasta el Palmar, 12.000 hectáreas salpicadas de palmeras, ¿qué otra cosa podía ser?.

En la entrada, el Fiat se detuvo cuando una bonita muchacha se aproximó con un ominoso talonario dispuesta a cobrar el ingreso. El chófer Rodolfo obló los 40 pesos de rigor, pero entonces alguien del grupo le preguntó si los jubilados pagaban. La joven observó los rostros de los viajeros y no le quedaron dudas de eran personas de la tercera edad. El ego quedó lastimado pero el bolsillo agradecido, pues solo Rodolfo tuvo que pagar sus 10 pesos, no por su rostro juvenil sino porque no ha recibido aún los beneficios de alcanzar la categoría de geronte.

Felices por haber usufructuado su condición de pensionados, los viajeros iniciaron el recorrido hacia el extremo opuesto del Palmar, que está delimitado por el rio Uruguay, a doce kilómetros de distancia, por caminos de tierra apisonada..

Algunos carteles advertían sobre la presencia de animales sueltos, pero cuatro pares de ojos que oteaban en busca de algún bicho de cuatro patas, fracasaron en el intento. Así llegaron al área de servicios del Palmar, con el chófer Rodolfo visiblemente aliviado pues el sendero era el único posible, sin posibilidad de desvío.


Allí encontaron los animales sueltos, representados por una pareja de lagartos que habían salido de sus madrigueras para recibirlos. Los visitantes, que ya habían estado anteriormente en ese sitio, extrañaron la presencia de miles de cotorras que desde las copas de los árboles solían inundar el lugar con sus ensordecedores trinos o graznidos o como se llame. Tal vez esta no era la época propicia.

Descendieron hasta la ribera del río a través de una tupida vegetación y allí, la guia Noemí comenzó a planificar el siguiente destino, aunque no estaba muy convencida sobre el rumbo. Rodolfo, reivindicando su condición de chófer, decidió ensayar una posición de firmeza y de pie sobre una elevación, señaló sin dudar cual era la dirección correcta.


Aventada toda duda y antes de abandonar el lugar, el grupo decidió visitar ciertas ruinas siguiendo las indicaciones de carteles a través de estrechos senderos entre el bosque. El calor y el cansancio hicieron mella rápidamente en los físicos de los viajeros, que por momentos dudaban si continuar o emprender el regreso.

Nuevamente la guia fue quien tomó la decisión de seguir hasta el asentamiento arqueológico. Cual no sería su sorpresa cuando al llegar, agotados y con las gargantas secas, vieron en una explanada que otros visitantes más avispados habían llegado en sus automóviles. En ese momento comenzó a germinar la idea de descontar a la guía algunos puntos por no haberse informado previamente.

La guía Noemí presentó nuevamente su dimisión, pero rápidamente fue ratificada en el cargo mediante otra votación a mano alzada. Dotada de nuevos poderes la guía ordenó el regreso a través de un kilómetro de denso bosque hasta llegar al coche. En el trayecto de vuelta los vapuleados excursionistas se detuvieron en un par de miradores desde los que se apreciaban palmeras y más palmeras, pero ningún espécimen de la fauna.


Próximos a la salida, José decidió poner la nota de espectacularidad a esta visita: se trepó a una palmera y aferrándose a dos ramas cual un Tarzán moderno, comenzó a columpiarse en el aire y haciendo valer su contextura física inclinó el grueso tronco hasta casi el suelo. La hazaña quedó documentada.

Al abandonar el Palmar y como es de suponer, el chófer Roldofo tomó la dirección contraria. Menos mal que cuando habían avanzado ya diez kilómetros, la guía, con buen tino, ordenó inmediatamente girar en redondo y emprender el regreso a Colón, no sin antes hacer una escala en la localidad de Villa Elisa. Allí, en una terminal de autobuses, los viajeros tomaron un frugal almuerzo consistente en bocadillos y gaseosas.





Con cierta aprensión, pidieron cuatro cafés –eso tan común en cualquier sitio- pero ocurrió lo que tanto temían: no habría café porque “la máquina esta rota”. La maldición del café sobrevolaba nuevamente a los viajeros.

En Villa Elisa visitaron una vieja estación de tren y continuaron viaje hacia Colón. Pero la guía tenía otros planes y decidió visitar el pueblo de Liebig, conocido por albergar la fábrica de cárnicos donde se elaboraba la carne enlatada Corned Been hace ya algunas décadas.

Esta vez el caos fue total. Desvíos por obras en la ruta, caminos de tierra sin carteles contribuyeron para que el Fiat con un estoico Rodolfo al volante, circulara como bola sin manija, yendo y viniendo por ignotos caminos que, por esas cosas del destino, condujeron finalmente a los viajeros hasta la población, muy cerca de Colón.



La tarde ya había caído. Regreso al hotel y a cenar al restaurante de la víspera. Después de comer opíparamente, José hizo un acto de valentía y ordenó cuatro cafés. Nuevamente dilaciones, consultas, manos afanosas en la máquina. Tras una prolongada espera, llegaron los cafés y con una sorpresa agradable: la casa invitaba. Había habido problemas con el café pero esta vez con un final feliz.

De regreso al hotel, el chófer pasó de largo la calle en la que debía girar y los viajeros terminaron en la orilla del río. Reorientación y llegada al hotel. Todo esto ya parecía normal.

El día siguiente sería el último de esta mini gira.
*

24 de octubre de 2010

Una excursión de la tercera edad

(Nota dedicada a los compañeros de viaje)




Dos matrimonios de la tercera edad decidieron unir sus recursos y el deseo de hacer un paréntesis en su actividad diaria -por momentos agotadora- y para ello planificaron, con ejecución inmediata, una breve escapada turística y cultural a la provincia de Entre Ríos, no muy distante de Buenos Aires.


Identificaremos a nuestros personajes con nombres ficticios con los que vamos a hilvanar el relato de esta historia. Se trata del matrimonio Beatriz y José, ambos jubilados, y de Noemí y Rodolfo, éste en los umbrales de la jubilación, a diferencia de su esposa Noemí, que alcanzó recientemente el ansiado retiro, y generadora de esta pequeña aventura.


A poco de comenzado el viaje en el pequeño bólido color rojo Ferrari (solo el color) y antes de llegar al primer peaje, José presentó una moción para que el grupo de cuatro realizase el periplo bajo la conducción de un líder, cuyas decisiones debían acatarse sin chistar.


La votación a mano alzada decidió por unanimidad que Noemí sería líder del grupo y a la vez guía de esta visita. Visiblemente emocionada, Noemí aceptó pero no sin advertir que no estaba preparada, como pudo comprobarse en los días subsiguientes.


Una vez finiquitado el trámite de la votación, se notó en el interior del habitáculo una sensación de alivio, pues ahora cada uno sabía cual era su rol; el chófer Rodolfo aferrado al volante como aconsejan los manuales (las manos en posición de las 10:10), fijó su mirada al frente y dejó que el paisaje pasara a su alrededor, al igual que todos los problemas que pudieran presentarse.


Beatriz, por su parte, rechazó otra moción que le asignaba la agotadora tarea de registrar los gastos que fueran surgiendo, argumentando que eso le provocaría tensiones indeseadas, y José, en su asiento de copiloto, se desentendió de todo, porque ya había un líder y le correspondía a éste (o ésta) tomar las decisiones.




Las órdenes de Noemí no se hicieron esperar y el destinatario exclusivo de las mismas era, claro está el chófer Rodolfo, que a veces hacía caso omiso ya sea por problemas auditivos o por una decisión personal; nunca podremos saberlo.


Es que Noemí hacía sus primeras armas como conductora de grupo y eso se notaba en hechos mínimos como por ejemplo cuando indicaba/ordenaba al chofer: "doblá para allá!!" sin percatarse de que el conductor no tenía ojos en la nunca y por lo tanto no sabía si debía girar a la izquierda o a la derecha. Por lo tanto, su decisión era: manos al volante, fista al frente y adelante!


Los primeros cortocircuitos entre guía y chofer comenzaron antes de llegar al puente Zárate-Brazo Largo. Un intento de solución fue utilizar el GPS, pero probablemente estaba configurado para alguna ciudad de China, su lugar de origen. La líder Noemí se hizo cargo de la situación y recurrió al viejo truco de detener el coche y preguntar a los lugareños.


Los dos primeros intentos resultaron fallidos hasta que José, aprovechando la detención en un semáforo, preguntó al chofer de un autobús que milagrosamente había respetado el disco rojo, dónde estaba el puente. La indicación fue correcta, y así finalmente el Fiat rojo Ferrari asentó sus cuatro ruedas en la ruta nacional 14 con rumbo a la ciudad de Colón, el punto de destino.


El Fiat iba devorando kilómetros sobre el asfalto liso y recto sin que nada perturbara la calma recuperada en el interior del vehículo. La tranquilidad del viaje fue aprovechada por la líder/guía para ir preparando las actividades que se realizarían apenas llegados al hotel que había reservado por Internet.


En un momento dado se decidió hacer una parada técnica en una estación de servicio, que a la postre sería el escenario del primer capítulo de lo que iba a ser una historia aparte: "la odisea del café en Entre Ríos", una verdadera tragicomedia.


Sentados ante una mesa, los cuatro turistas pidieron al mozo unos bocadillos y tres cafés pequeños y uno grande, así de simple. Los bocadillos vinieron, fueron engullidos y los cafés no llegaban...Temiendo que la puesta del sol los sorprendiera en ese lugar, alguien del grupo interceptó al dependiente inquiriendo por los cafés. "uyy me olvidé....ya se los traigo" explicó con un envidiable tono relajado.


Enseguida comenzaron a escucharse ruidos provenientes de dónde estaba la máquina de café, que estaba siendo manipulada por seis manos al mismo tiempo. De toda esa maraña de brazos salieron finalmente los cafés. Un incidente sin importancia relacionado con el café, pero no sería el último, como se verá.




Bajo un sol espléndido y un excelente estado de la ruta, el bólido rojo hizo finalmente su entrada a la bonita ciudad de Colón, a la vera del rio Uruguay, y comenzó la búsqueda del hotel. Una sugerencia de apelar al GPS fue descartada de inmediato. Noemí fue a lo seguro: "Para ahí!" le ordenó al chofer, quien tampoco tenía le menor idea de dónde era "ahí".


Mientras la jefa Noemí iniciaba uno de sus muchos diálogos con los lugareños, José y Beatriz aprovecharon para tomar algunas fotografías de hermosos lapachos en flor, cuyo color rosa intenso destacaba sobre el azul del cielo. Ya orientados, los viajeros llegaron al pequeño pero reluciente hotel, un poco alejando del centro de la ciudad, pero muy cerca del rio.


El hotel mereció una calificación de 10 puntos y la guía Noemí fue ovacionada por su acertada elección. Se decidió ir caminando hasta la Oficina de Turismo bordeando el rio a lo cual el chofer Rodolfo insinuó una tímida oposición sugiriendo que se utilizara el vehículo. La iniciativa no tuvo éxito. Al momento de emprender el regreso al hotel se comprobó que el abnegado chofer debió haber sido, por lo menos, escuchado.


De todas maneras, la líder Noemí, se agenció de información en la oficina turística y con ella trazó la actividad del día siguiente. Para José estaba todo bien, Beatriz igual y Rodolfo, obviamente que también.




Después de un breve descanso en el hotel, el grupo se ubicó en el Fiat sin pensarlo mucho y comenzó la búsqueda de un restaurante en el centro neurálgio de la ciudad: la plaza donde invariablemente se encuentran la Municipalidad, la Iglesia, la Policía y el Banco Nación. No se encontraba nada que pareciera adecuado. Otra vez el último recurso: un hombre parado en una esquina vio perturbada su tranquilidad ante la pregunta: "hay algún lugar para comer por aqui?"


"Bueno, yo no soy mucho de aquí, pero si que hay.. vayan ......" y allí comenzó una larga explicación sobre dos o tres restaurantes de los cuales hasta parecía conocer el menú....


El grupo agradeció y, esperanzados y hambrientos, los turistas siguieron las indicaciones del ciudadano. Resultado: todos esos establecimientos estaban cerrados.


Finalmente recalaron en un restaurante que consideraron adecuado y tuvieron suerte; comida excelente, buen precio y todo bien hasta que llegó el momento de pedir el café. Después de dar la orden y al cabo de unos minutos, se escuchó el ruido de una máquina moliendo café. Allí, dos personas tenían las manos ocupadas como si trataran de destrabar algo. Superado el tiempo normal de espera los turistas reclamaron el café y éste llegó, pero nadie sabe los esfuerzos que se habrán hecho para satisfacer el pedido.


(Continuará)

29 de agosto de 2009

¿Volver al trabajo?, que agobio!





¿Por qué hay tanta gente desconectada de la realidad social del mundo en que vive?



¿Por qué los “noteros” de la televisión, por llamarlos de alguna manera, utilizan el micrófono para la pregunta convencional, carente de imaginación? y ¿por qué el entrevistado aprovecha sus “cinco segundos de gloria” para dar también la respuesta fácil, reiterada y casi siempre vacía de contenido?

¿Será que con la edad agudizamos nuestra sensibilidad y nos volvemos menos tolerantes con la estupidez sin fronteras?

Quien ha llegado hasta aquí se preguntará: ¿y éste a donde quiere llegar con estos planteamientos…?

Acabo de ver en la televisión una nota única, inédita, espectacular sobre el fin de las vacaciones. Es la misma nota que veo hace decenas de años, siempre con las mismas preguntas y la misma respuesta. ¿Qué piensa ahora que se le han terminado las vacaciones? es la incisiva pregunta que se hace en una playa. “Me agobia pensar que tengo que volver a la rutina”, dice con más o menos las mismas palabras el 99 por ciento de los entrevistados.

Volver a la rutina, o sea volver al TRABAJO, esa es la desgracia que les aguarda a los hasta hoy veraneantes!!.. y lo dicen con una total falta de respeto para los millones en el mundo que NO TIENEN TRABAJO, y sí muchas dificultades para sobrevivir.

No escuché a ninguno/a que se muestre agradecido/a de poder volver al trabajo, con un desprecio absoluto para tantos miles de padres que en estos momentos deben sentirse desesperados por no poder dar a sus hijos lo elemental para que éstos puedan crecer con las mismas posibilidades que otros afortunados tienen.

No se trata de criticar las vacaciones, ese bien merecido derecho arrancado a las patronales a base de sacrificios (se aconseja leer algo sobre las luchas obreras), pero pienso que aquellos que pueden disfrutarlas se abstengan por lo menos de exhibir la hipocresía de sentirse “agobiados” por tener que volver al TRABAJO, cuando en realidad deberían estar felices de poder hacerlo.

Desde el otro lado de la pantalla, quienes viven –algunos- de miserables subsidios oficiales y que todavía pueden tener un televisor, ya quisieran sentir un poco de ese “agobio”. Su realidad es muy otra: noches sin poder dormir, pensando en un mañana incierto, sobre todo si hay criaturas de por medio. Y los que ni siquiera reciben un subsidio, por mínimo que sea, qué deben pensar al ver estas notas de “actualidad”?

Y lo que es también sintomático es la imagen que la televisión muestra para ilustrar lo de “volver a la rutina”: una mujer o un hombre de edades envidiables, generalmente jóvenes, sentados frente al ordenador en espaciosas oficinas seguramente con aire acondicionado. Pobres! Han venido a este mundo para sacrificarse en aras del trabajo!

Ese es el ejemplo que se utiliza, olvidándose de aquellos que con más fundamento podrían sentirse agobiados de volver a su rutina diaria: los que trabajan al aire libre bajo un calor sofocante en verano o un frío inclemente en invierno, los obreros de la construcción o de otros sectores de riesgo. Que cada cual busque un ejemplo

Pero estos no son noticia porque no se los encontrará en las playas o lugares de veraneo; demasiado tiene ya con pensar en cómo llegar a fin de mes y en ahorrar algún dinero para que los hijos tengan lo imprescindible al comienzo del ciclo lectivo.

Estos párrafos no van contra los que toman/tomamos vacaciones. Que bonito sería que todos pudieran ejercer ese derecho. Pero mostremos respeto hacia los que deben quedarse en sus casas y sólo pueden ver en la televisión como los ministros y jefes de gobierno y de estado –que son en definitiva los responsables del bienestar o malestar de los ciudadanos- vuelven a sus tareas llenos de vitalidad e imaginación para enfrentar la crisis que nos agobia.

El “nos” significa que nos agobia a TODOS. O sea que a ellos también. Pobres!


*


5 de octubre de 2008

VIDA COTIDIANA - Esa delgada línea roja entre el amor y el odio




José Trepat



¿Quién no se ha visto envuelto alguna vez en una sensación de ternura al alzar la vista y ver surcar el cielo azul una nívea paloma, símbolo de la paz y amor entre los hombres?

Ese grácil ser alado que ha servido de inspiración a poetas y artistas, convive con el hombre desde los albores de la historia y su candorosa imagen ha quedado plasmada en innumerables textos e ilustraciones que hablan de la concordia humana.

El genial Pablo Picasso la inmortalizó con un par de trazos que se transformaron en emblema universal. Otros artistas dejaron para la posteridad sus propias creaciones y muchos poetas la utilizaron metafóricamente en versos inmortales.

El autor de esta nota, amante de los animales en general, la tenía también en el podio de sus preferencias, hasta que…sin ser invitadas, las palomas decidieron compartir su techo, o mejor dicho, su balcón techado.

Cómo no recordar el día aquel en que el autor, desde el interior de la habitación, observó como una hermosa paloma se posaba en el borde mismo del piso del balcón. Inmóvil, para no asustarla, el autor contemplaba extasiado las gráciles líneas de su visitante, hasta que, en cuestión de segundos, éste emprendió el vuelo.

El autor pensó que debía hacer algo atraer nuevamente a la palomita y en consonancia con ese deseo, desmigajó pacientemente un pan para que el fugaz visitante tuviese un motivo para volver. El cebo quedó allí. Cuan grande fue su felicidad al ver que el plan había dado resultado. La paloma o el palomo no solo volvió sino que lo hizo acompañado. En cuestión de segundos, las migas desaparecieron.

Esto se repitió en los días siguientes. Se había establecido una comunión entre paloma y autor. Lo único desagradable, pero absolutamente natural, era que las palomas parecían canjear las migas de pan por deposiciones en el piso del balcón hasta entonces limpio de toda suciedad, salvo alguna hoja caída de las plantas que la esposa del autor cultivaba en tiestos. La esposa sentía que los pájaros habían invadido su territorio y no les profesaba el mismo amor e interés que su cónyuge.

Este siguió observando día a día que las palomas (ya eran más de una) parecían sentirse muy a gusto en ese rincón del balcón que pacientemente iban cubriendo de ramitas de árboles y ….más deposiciones.

Poco a poco la disposición de las ramitas iba adquiriendo la forma de nido. El proceso seguía de maravillas: después del nido vendrían los huevitos y luego, con suerte, el nacimiento de los pichones. El autor seguía esas etapas con gran interés, no exento sin embargo de una incipiente preocupación porque una superficie cada vez mayor del balcón estaba ya cubierta por ramitas y deposiciones. La esposa quería desalojar a los visitantes y limpiar ese espacio, pero finalmente se acordó esperar al nacimiento y posterior alejamiento de los “okupas” ocasionales.

Cada vez más ramas, arrullos, plumas sueltas y deposiciones en toda el área del balcón.
Los huevos llegaron y al poco tiempo, se produjo el milagro de la vida: dos pichones recién salidos del cascarón se ofrecieron a la vista. Como crecían día a día y como aumentaba también la suciedad en todo ese ámbito colombófilo!.

Con la aparición de las primeras plumas de los pichones, el autor convino con su esposa en que era deseable que los palominos echaran a volar cuando antes.. YA!! para así poder limpiar el balcón y reanudar la vida cotidiana.

Una mañana no los vimos más y entonces, albricias!, dimos por concluida nuestra relación con esos pájaros urbanos. Pero ellos no pensaban lo mismo.

Al quitar las ramas del nido notamos con desagrado que en el piso pululaban insectos que se movían entre ramitas y deposiciones adheridas firmemente al suelo. Raspamos el mosaico con espátulas pero las manchas quedaron. “No quiero ver más una paloma aquí”, dijo amenazante la esposa del autor, quién estuvo totalmente de acuerdo.

Había sido transpuesta la delgada línea roja entre el amor y el odio.

Cuan rápida fue la transición de símbolo de la paz a pajarraco inmundo.

Las palomas volvieron. Les gustaba el lugar. Eran cada vez más (lo notábamos por las deposiciones.. que ya eran directamente cagadas). Las ahuyentábamos, se iban, volvían…dejaban huevos sin siquiera hacer el nido, los quitábamos, volvían...¿qué hacer?

Colocamos un tejido a todo lo largo de la reja del balcón pensando que esa era la solución. No lo fue. Siguieron entrando por la parte superior de la baranda, aprovechando el espacio libre de casi dos metros entre la baranda y la azotea. La invasión había comenzado. Debíamos ausentarnos por un tiempo y por lo tanto quitamos todos los tiestos o macetas del balcón. Colocamos un tejido precario desde la baranda del balcón hasta la pared y puerta de acceso, y abandonamos el piso.

El cuñado del autor efectuaba visitas periódicas para airear el piso y al hacerlo comprobaba que las otrora dulces palomitas aprovechaban los resquicios del tejido para entrar, instalarse, procrear y cubrir toda la superficie de excrementos, ramas, plumas, basura e insectos.

Ingentes fueron los esfuerzos del cuñado para frenar el avance; reforzó las defensas, remendó el tejido roto y colocó maderas para tapiar algunas vías de acceso. Todo en vano.

Cuando el autor y su esposa volvieron al piso se encontraron con un panorama desolador en los dos balcones: nidos, pichones, huevos, ramas, plumas y plumones, eyecciones, es decir, todo lo que hace al habitat colombófilo. Había que declarar la guerra. “Entre estos bichos y yo hay algo personal”, dijo el autor mientras diseñaba el plan de defensa.

Con riesgo de su vida y encaramado en lo alto de una escalera, mientras la esposa lo sostenía de la cintura para no caer al vacío desde un segundo piso, construyó una estructura metálica y revistió de un tejido plástico todo el espacio abierto. ¿Será esta la solución final? El tiempo lo dirá.

El autor sigue amando a los animales, pero en este caso prefiere contemplar a las palomas a la distancia, en fotografías y en el trazo magistral de Picasso.
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