13 de septiembre de 2016

Segunda visita a Lourdes (2)


(Continuación)

A todo esto, el guía había desaparecido. Algunos opinaron que se habría adelantado hasta el hotel para traer una silla de ruedas para un anciano que apenas podía caminar. El resto seguimos adelante


pasando frente a la explanada de la Santa Basílica de la Inmaculada Concepción y 


atravesando el río Gave, hasta que acalorados, hambrientos y algunos ya al borde del desfallecimiento, llegamos al hotel Alba que tenía dispuesto todo para el almuerzo desde hacía más de una hora. 



Allí reapareció Kuki (de la silla de ruedas ni rastro). Debido al atraso, el guía se calzó nuevamente el casco del General Patton y ordenó: “Todo el mundo al comedor, después recogerán las maletas y ocuparán las habitaciones” .  Los viajeros tal vez hubiesen preferido primero lavarse las manos y acicalarse un poco, pero el tono imperativo no admitía réplica. 


Nos tocó una mesa de cuatro que compartimos con un chileno bonachón y una mujer de mediana edad que viajaba sola, igual que el amigo allende Los Andes, residente en Calella, a 15 minutos de Mataró, quien confesó con un leve sonrojo que hace quince años está en Cataluña y no habla catalán. 

Según los apuntes de Bea, comimos ensalada, “con otra cosa que no sé como se llama”, papas fritas y helado. Para el café, como ocurre siempre, hay que desplazarse hasta el bar y oblar la consumición.




La esforzada caminata para llegar al hotel fue apenas el aperitivo de lo que nos esperaba a continuación. Después de instalarnos en la habitación (la número 213 para los cabuleros) apenas hubo tiempo para lo esencial, cuando vimos que era la hora de bajar para iniciar la “visita oficial” a Lourdes, dirigida por la otra guía colega que sí estaba preparada para las explicaciones de lo que íbamos viendo. 




A las 15.15 de un día caluroso de verano, el sol castiga sin piedad a quien se anime a caminar, y caminar, y caminar bajo sus inclementes rayos. 


Pero el tiempo era limitado y había que cumplir con el programa pactado. Es dable imaginar que algunos viajeros optaron por quedarse a descansar ya que no estaban en condiciones de emprender una caminata de tres horas en esas inhóspitas condiciones climáticas. 

Avanzando en el recorrido llegamos primero a la famosa Gruta de las Apariciones, a la vera del rio Gave,  con la estatua de la Virgen María (la historia de este suceso se puede consultar en distintos textos). Allí nos pusimos en la fila de fieles y curiosos que entraban en la gruta (apenas dos/tres metros) y rozaban con las manos las paredes de piedra, se santiguaban al pasar junto a la Virgen y en fin, todos los ritos clásicos, que terminaban con el encendido de velas pequeñas y enormes según la fuerza de la FE y el presupuesto de cada uno. 


En 2012 la gruta quedó inundada por el desbordamiento del rio Gave de Pau, a causa de lluvias torrenciales y el deshielo en los Pirineos



Bea y yo nos detuvimos un rato observando la enorme cantidad de cera que iba derritiéndose en los sitios dónde se colocaban los cirios encendidos. Esto constituye una importante fuente de ingresos para el mantenimiento del Santuario, igual que los miles de litros de agua adjetivada como bendita, que los fieles se llevan al regreso. 

A todo esto, el grupo había continuado la marcha y lo perdimos. Suponiendo que nuestros compañeros se habían dirigido a la Basílica hacia allí fuimos. Entramos, tomamos fotos, pero Kuki y demás no aparecían.


Con los pies ardiendo y el cuerpo transpirado seguimos caminando en busca de nuestros compañeros. De pronto vimos a uno de ellos en un camino ascendente abierto en la ladera de la montaña donde se encuentra la gruta. Además del calor y el cansancio, el trayecto se nos hacía ahora, literalmente, cuesta arriba! Para no perderles el rastro apuramos el paso por el sendero trazado en forma de S, siempre subiendo, con la garganta seca y los pies cansados. Los alcanzamos en el rellano superior de la entrada a la Basílica y allí compramos un botellín de agua que nos hidrató.


Buena gimnasia que no todos están en condiciones de hacer, al igual que el recorrido de las estaciones del Calvario que sí habíamos completado en nuestra anterior visita. Eso quedaría para las dos horas libres que nos darían a la mañana siguiente, pero para no repetir, esta vez elegimos el paseo con un trencito que se desplaza sobre ruedas de caucho. O sea, un símil de tren, que veremos más adelante.

Foto tomada desde la entrada superior de la Basílica. Al fondo el Castillo de Lourdes, clasificado como monumento histórico que no tuvimos tiempo de visitar
Y ahora…? Que venía a continuación?  El regreso al hotel?  Nada de eso: Debíamos atravesar todo Lourdes para visitar la casa en la que había nacido Bernadette, la heroína de esta historia. Adelante! La guía encabeza nuestra procesión que más que un paseo parecía ya una penitencia!  El pavimento recalentado por el sol de la siesta mostraba la sombra de nuestros cuerpos que se esforzaban por mantener el ritmo de marcha.

Llegamos a una calle angosta donde carteles y un gran mural anunciaban que estábamos delante de la humilde vivienda donde Bernadette había  nacido y transcurrió su infancia. En realidad, era un molino en el que se procesaba el trigo para elaborar el pan.

La casa-molino de Bernadette


La casa se conserva en general bastante bien. El cuidado está a cargo de religiosas

La marmita 
La cocina familiar 


Los zuecos de Bernadette
(Continuará)
*

2 comentarios:

martagbp dijo...

Hermosos relatos y bellísimas fotos!!!!!!! LKM!!!!!!!!!!!!!!!!

José T. dijo...

Gracias Martita, siempre fiel con este blog que estuvo triste y solo durante dos meses. Una duda: ¿qué es LKM?