10 de julio de 2008

Como conocí a Miguel Najdorf



José Trepat

El momento esperado estaba prácticamente a la vuelta de la esquina.

Un colega periodista, y a la vez eximio ajedrecista, había prometido llevarme al “santuario” de los amantes del juego ciencia y, con un poco de suerte, conocer al personaje que más había descollado en esa actividad en Argentina, durante las últimas décadas.

“Viene todos los días y seguro que hoy también está” me decía Simón Muller esa tarde de otoño de los años 60 mientras nos acercábamos al Club Capablanca, en la calle Sarmiento, a pocas calles de las oficinas de la agencia de noticias Reuters, luego de concluída la jornada de trabajo.

En los últimos 30 años –más precisamente en mi época de adolescente- yo había reproducido en mi tablero de ajedrez centenares de partidas del Gran Maestro Internacional y había llegado a conocer también su historia personal, enmarcada en una serie de acontecimientos, muchos de ellos dramáticos, que habían convertido a Miguel Najdorf en una figura legendaria dentro y fuera de una actividad que se transformó en pasión.

Al subir la escalera hasta el primer piso, la primera imagen que aún conservo en la retina, no dejaba dudas acerca del lugar en que nos hallábamos. Un inmenso salón sembrado de decenas de mesas de ajedrez, todas ocupadas por cientos de aficionados que daban rienda suelta a su afición predilecta en una atmósfera de humo de tabaco, permitido en esa época.

En una barra no muy larga –como para no robar espacio a las mesas- podían adquirirse sándwiches y bebidas, una especie de “peaje” para justificar la ocupación de un tablero durante horas.

Simón tenía razón. Un grupo compacto de aficionados había formado un círculo alrededor de una de las mesas impidiendo ver a quienes estaban sentados frente al tablero, pero mi colega no tenía dudas. “Allí está, a ver si podemos acercarnos”, dijo tratando de abrirse paso mientras cambiaba saludos con varios de los asiduos concurrentes.

Poco a poco pudimos acercarnos hasta la primera fila, y finalmente lo ví a “don” Miguel, a un metro de distancia. Con sus ralos cabellos grises y característicos labios carnosos, el Gran Maestro disputaba en esos momentos lo que ya era rutina, una partida rápida.
Con el codo izquierdo apoyado en la mesa, su mano derecha movía las piezas con una velocidad increíble –lo mismo que su circunstancial rival- siguiendo las órdenes de su cerebro prodigioso.

Las partidas rápidas eran normalmente a cinco minutos para cada jugador, tiempo en el cual se debían efectuar las movidas, hasta que la manecilla de uno de los relojes caía inexorablemente. Se daba también el caso en que uno de los contendientes derrotara al rival antes del tiempo establecido. Najdorf era casi imbatible en esta especialidad y también en otras.

Una mente maravillosa

En San Pablo, Brasil, desafió a 45 rivales con la intención de superar la marca que ostentaba el belga George Koltanowsky, que bajo la misma modalidad se había enfrentado a 34 adversarios en Irlanda, en 1937.

Najdorf, solo en un cuarto desprovisto de tableros y piezas, llevó a cabo la exhibición que se prolongó 23 horas y 25 minutos, tiempo en el que su mente memorizó la ubicación exacta de las 1440 piezas distribuidas entre las 2880 casillas de las 45 mesas.
Sentado en un sillón y con un micrófono y un parlante, ordenaba y recibía cada una de las jugadas o respuestas de los rivales, hasta completar –sin errores- las 1166 movidas necesarias hasta concluir la prueba. Se impuso en 39 partidas, igualó cuatro y perdió sólo dos.

En un nuevo alarde de su capacidad casi sobrehumana, 24 horas después de la exhibición, “El Viejo Najdorf” reprodujo fielmente cada una de las 45 partidas. Parece increíble.
En 1950 superó su propio record mundial de partidas simultáneas –no a ciegas- jugando frente a 250 tableros. Ganó 226, empató 14 y perdió 10.

Una dura historia personal

Pero la hazaña del Gran Maestro no perseguía tan sólo establecer un record mundial, sino llamar la atención sobre su drama personal y familiar.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial lo sorprendió en Buenos Aires, donde se desarrollaba la VIII Olímpiada de Ajedrez, en la que representaba a Polonia. Por su condición de judío, decidió quedarse en Argentina y adoptar la nueva nacionalidad. Es fácil imaginar el drama que se desarrollaba en su interior pues su familia había desaparecido en el holocausto.

on el tiempo cicatrizaron las heridas de la guerra y Najdorf formó un nuevo hogar en Argentina. Se casó y tuvo dos hijas, las que a su vez le dieron cinco nietos.
Murió el 4 de julio de 1997 en Málaga, España. Tenía 87 años.
Ver al admirado maestro esa tarde de otoño en el Club Casablanca y conociendo parte de su historia personal, constituyó para mí uno de esos momentos que jamás se borran de la memoria.

Como postdata he de confesar que mi amigo Simón Muller "se dignó" jugar conmigo en varias ocasiones. Por supuesto, me pulverizó en todas. Pero no me importó, porque en ajedrez, para aprender cada día más, hay que enfrentar a rivales superiores. Simón efectuaba las movidas en fracción de segundos, mientras que yo empleaba minutos para encontrar la réplica más adecuada. Nunca lo logré.

Mi colega y Najdorf se enfrentaron varias veces en partidas rápidas y sé que por lo menos una vez le ganó al "viejo genial".
Vaya desde aquí mi recuerdo y admiración para este amigo que falleció con apenas 62 años.
Seguramente será motivo de una próxima nota.

*

6 comentarios:

GT dijo...

Muy bueno !!!

Anónimo dijo...

Muy buen articulo. No sabia que habias conocido a alguien tan importante, ni que ibas a esos lugares, etc. Me encanta saber estas cosas. Nunca lo habias contado.
Espero que poco a poco haya mas cosas sobre estas!
Sigue asi
Tu hijo Fer

José dijo...

Para quienes han leído esta nota: se han agregado tres párrafos a manera de post data.
jt

Ana dijo...

Me encantó saber esto! Seguí contándonos anécdotas!!

Marcelo dijo...

Muy bueno, un grosso total, me acabo de enterar de este personaje porque estaba leyendo un diario clarìn de 1997 donde mencionaban su fallecimiento...hay poco en internet sobre el...Excelente el relato...

José T. dijo...

Gracias Marcelo por tu comentario. Totalmente cierto: un grosso total, digno de admiración.