2 de abril de 2009

Una buena persona, ¿se puede pedir más?



José Trepat




Ese es el epitafio de apenas tres palabras al que muchos aspiran para que se los recuerde. Pero tienen que estar justificadas. En el caso de Raul Alfonsín, orgulloso nieto de humildes inmigrantes gallegos, no existen dudas; se lo tendría ampliamente merecido. Por sobre cualquier consideración sobre aciertos y errores que la historia ha venido juzgando y seguirá haciéndolo, Alfonsín fue una buena persona, y eso, en un político, es mucho decir.


Antes de sumergirme en los centenares de comentarios que ocupan las páginas de los diarios de Argentina y del mundo –seguramente muchos estarán muy bien redactados- la primera reacción al enterarme en la mañana del miércoles de que Raul Alfonsín había muerto, fue la de posponer esa lectura para que no condicionase de alguna manera la redacción de estas líneas, que pretenden ser tan sólo un recuerdo personal hacia quien fue uno de mis referentes cuando se habla de ética y honestidad en el turbio mundo de la política.

Tuve conocimiento por primera vez de la existencia de Alfonsín, a través de comentarios que se repetían hasta el hartazgo, por parte de mi recordado colega y amigo Enrique Alesón cuando ambos hacíamos nuestros primeros pininos de periodismo en la Agencia Reuters.

Alesón me hablaba todos los días de un joven abogado de la ciudad de Chascomús, en el sur de la provincia de Buenos Aires, que militaba en la Unión Cívica Radical, uno de los dos partidos mayoritarios de Argentina, junto con el peronismo. La creciente admiración que mi amigo sentía por Alfonsín hizo que se afiliara a la UCR, sumándose a la oleada de jóvenes que había erigido a ese joven político como líder y referente de sus ideales.

La insistencia de Alesón para que yo también me afiliara al partido no le dio resultado, no por ninguna razón en especial, pero sí le sirvió para que me interesara cada vez más en la trayectoria del abogado que defendía a presos políticos y hablaba una y otra vez a favor de los derechos humanos y contra las dictaduras militares en Argentina y América latina. Alfonsín nunca me defraudó, ni aun en los errores que se le endilgan (¿quién no se ha equivocado nunca?). A veces hay que juzgar a las personas por sus intenciones más allá de los resultados.


Ya lanzado de lleno a la lucha por alcanzar la cima del poder político, Raúl Alfonsín surgió como un líder de masas comparable a Juan Domingo Perón en sus comienzos. En una Argentina que necesitaba urgentemente la aparición de políticos honestos que defendieran valores esenciales como la libertad y la decencia, me sentí cautivado –como muchos otros millones- por los discursos de Alfonsín en actos públicos siempre multitudinarios.

Un maestro en el arte de hablar ante las masas, Alfonsín manejaba los tempos como pocos y debo admitir que me emocionaba a medida que sus palabras iban aumentando de tono hasta alcanzar la apoteosis cuando, con el brazo en alto y el dedo índice extendido, remataba sus discursos recitando el preámbulo de la Constitución Argentina: “……con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general, y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…...”
La parte “...y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”, casi no podía oirse debido al clamor de la multitud. Pero se sabía que las estaba pronunciando, y en lo personal, sentía que iban dirigidas a mí, a mis padres, y a otros miles de hombres y mujeres de buena voluntad que por los avatares del destino habían elegido a ese país como su lugar en el mundo. En esos momentos mis ojos estaban húmedos, ¿por qué no decirlo?


El día de las elecciones, 30 de octubre de 1983, regresaba a casa en mi coche y por la radio comenzaron a dar los primeros resultados. A medida que los números iban llegando y se consolidaba el triunfo de Alfonsín sobre el candidato peronista Italo Luder, sentí una profunda alegría, y en solitario, lanzaba vítores haciendo sonar la bocina. Nunca antes había sentido algo así.

Ya en la presidencia, Alfonsín cumplió su promesa electoral y llevó a juicio a los responsables de la más cruenta dictadura militar de las tantas que había sufrido Argentina. Después de ocho meses, llegó el día de darse las sentencias. A la sazón estaba en Reuters junto a la redacción en pleno, todos expectantes frente al televisor. Era algo inédito, los poderosos militares argentinos, algunos de los cuales se consideraban “Guerreros de Dios”, y procuraban mantener una actitud soberbia, aguardaban en el banquillo el fallo de los jueces.


Cuando el presidente del tribunal, Leon Arslanián, comenzó a leer las sentencias de cadena perpetua y penas de prisión, enviamos al mundo la información como era nuestro deber, y acto seguido nos pusimos de pie para aplaudir. Algo, o mucho, había cambiado en Argentina. El artífice había sido Raúl Alfonsín.


Durante su mandato Alfonsín tuvo que hacer frente a alzamientos de militares, que zanjó de una manera que no fue aceptada por muchos, pues debió ir a negociar con los rebeldes. Pero tiempo después dijo que en esos momentos no tenía “ejército que le respondiera”. Los historiadores juzgarán sus decisiones y también las causas que condujeron a su renuncia al poder.

Pero antes del fin de su mandato, Alfonsín tuvo gestos y actitudes que reafirmaron mi admiración hacia su persona. Recuerdo especialmente la vista a Estados Unidos cuando al lado del presidente Ronald Reagan, tenía que leer el consabido discurso que la circunstancia exigía. Dobló la hoja de papel y se la guardó en el bolsillo. Acto seguido improvisó palabras que marcaban su discrepancia con la Administración Reagan respecto a la política sobre América central.

Se mostró siempre humilde, afable y cortés. Sus trajes no eran precisamente de Armani o de algún otro modisto famoso sino que parecían prêt-à-porter, a diferencia de otros presidentes que buscaban destacarse por su elegancia por encima de otras cualidades.

Y por sobre todo, Alfonsín no se enriqueció con la política. No robó. Es fácil decirlo, pero en su caso, el paso por el poder no le generó dividendos económicos.

Sus abuelos de Pontevedra no imaginaban que uno de sus descendientes iba a ser presidente cuando, al amparo de la Constitución, decidieron habitar el suelo argentino. Pero sí pensaron tal vez que iba a ser una buena persona. Su nieto no los defraudó.


























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5 comentarios:

martagbp dijo...

Mucho hemos reflexionado en estos dos días de duelo sincero, sin entrar a plantear ideologías políticas. Una buena persona y un estadista, con errores y aciertos como todo ser pensante y activo. Los valores y principios tendrían que ser el estado más natural y no lo asombroso, pero así somos los humanos...

José Sabatini dijo...

No sabia mucho de Alfonsín, y bastó que desapareciera para que muchos acá se den cuenta que fue el único de los presidentes electos que no tiene una causa por corrupción.
Al dia siguiente, lei la Nación y al ver lo que la gente opinaba de Él , también me emocioné.

Muy buena nota, como siempre.

José T. dijo...

Gracias martagbp y jose sabatini por los comments. Si la mención de una figura pública que ha enaltecido la ética y la decencia, merece algún comentario, misión cumplida. Slds.

flaco dijo...

Mi querido José:parece que la figura de Alfonsín nos alcanzó a muchos por igual. El jueves mandé una carta a los lectores de La Nación que hacía referencia al mismo y me gustaría compartirla en tú blog si me permites.
Según se cuenta que cuando Bartolomé Mitre recibió el gobierno "en el tesoro público había una onza de oro falsa y dos monedas de plata de baja ley" así dice Don Bartolo desde La Nación el 9 de enero de 1870. Sin embargo logró construir ferrocarriles, telégrafos y reorganizar las finanzas públicas a pesar de de su grandeza , personalmente dejó el gobierno muy pobre ya que el pueblo de Buenos Aires le obsequió la casa donde vivió y murió. Mitre durante cinco meses cobraba como senador y el resto del año un sueldo de 78 pesos es por eso que apeló a sus magnífica pluma y fundó La Nación el 1 de enero. Contados fueron los argentinos que en aquellos años se enriquecieron en la función pública y los que lo hicieron merecieron el rechazo de sus conciudadanos.Así Leandro N.Alem murió pobre, Elpidio González, vicepresidente de Yrigoyen vendió anilinas para subsistir, Hipólito Yrigoyen dejó de existir en una pobre casa de mobiliario austero, Lisandro de la Torre murió agobiado por las privaciones y arruinado, a pesar de haber sido un hombre pudiente, podemos seguir nombrando a Frondizi, y fundamentalmente al Dr.Illia que haciendo honor a sus convicciones vivieron con la austeridad de los grandes hombres. No me llama la atención que el gran ejemplo del Dr.Alfonsín sea su vida dedicada a la política honesta y para beneficio de sus conciudadanos, su sincera humildad y su patriotismo a toda prueba heredado de la vieja pero digna política de nuestros antepasados. Sería interesante preguntarnos si todos los que ocuparon y/o ocupan cargos públicos pueden salir a la calle con la cabeza bien alta como lo hacía él.
Creo que comulgamos los mismos sentimientos hacia él y bien sabemos que la historia lo juzgará.
Un abrazo

José T. dijo...

A flaco. Muchas gracias por tu interesante aporte histórico. tambien en la política tenemos buenos ejemplos, sólo hay que buscarlos y difundirlos; creo que esta es una buena manera de interactuar. Un beso a Facu y un abrazo.