26 de abril de 2010

De la Gloria al Infierno


José Trepat
El boxeo está en franca decadencia, o por lo menos, así me lo parece. Lejanos están aquellos años en que este deporte, un tanto difícil de entenderlo como tal, llenaba páginas de diarios y revistas antes, durante y después de un combate por un título del mudo.

Las décadas de 1950, 1960 y 1970 fueron para el boxeo una época dorada, por lo menos en el ámbito en el que el autor de estas líneas desarrollaba sus actividades, no trascendatales por cierto para el destino de la humanidad, pero si importantes para el dossier personal que cada uno va compilando a lo largo de la vida.

Y esa recopilación de anécdotas se nos aparece de tanto en tanto invitándonos a ubicarlas como las piezas de un puzzle que van dando forma a una imagen que podamos describir de la mejor manera que sabemos hacerlo: a través del teclado de una PC, la sucesora de aquellas viejas máquinas de escribir que marcaron nuestros inicios en el periodismo.

Para quién se ha pasado más de 40 años tecleando millones de veces las mismas letras, números y signos, es difícil abastraerse a la tentación de intentar pergeñar algunas frases coherentes cuando se ve frente a la pantalla y tiene un teclado al alcance de la mano.

Cualquier hecho, por más insignificante que sea, puede inspirar algunos párrafos (los escritores que conocen su oficio saben mucho de esto, pero los demás mortales lo hacemos como un hobby , sin otras pretensiones).

Y el tema de hoy es el boxeo, esa disciplina deportiva que hace varias décadas llegó a apasionarme tanto como en la actualidad lo hacen el fútbol, el automovilismo y el tenis.

Los personajes que justifican estas líneas son tres boxeadores con los cuales tuve contacto directo a través del diálogo y que tienen un denominador común: pasaron de la gloria al infierno, aunque con matices, ya que uno murió tragicamene, otro en la miseria total y el restante sigue vivo pero padeciendo una cruel enfermedad. Dos fueron extraordinarios campeones mundiales en los extremos de las categorías según peso: (Pascual Pérez, mosca, y Muhammad Alí, peso completo). El restante no llegó a campeón del mundo pero igualmente alcanzó notable fama: Oscar “Ringo” Bonavena.

Pascual Pérez (4 de marzo de 1926--22 de enero de 1977)

A pesar de los años transcurridos (más de medio siglo), recuerdo muy bien aquellos días en que “Pascualito” alcanzó la cumbre cuando el 26 de noviembre de 1954 se coronó campeón del mundo al derrotar a Yoshio Shirai en la lejana Tokio.

Como casi todos los deportistas argentinos de su época, lo primero que hizo fue dedicarle el triunfo al presidente Juan Domingo Perón, el carismático líder que era idolatrado por casi todos los boxeadores de entonces. Pascualito disfrutó al máximo de su momento de gloria con un tendal de adulones a su alrededor, que dejaron de serlo cuando las mieles del triunfo fueron escaseando cada vez más.

De origen humilde, hijo de inmigrantes españoles y con nueve hermanos, el pequeño gran boxeador confió su carrera a representantes inescrupulosos que se beneficiaron de su fama y su dinero mientras éste llegaba en abundancia. A lo largo de seis años combatió en muchos países, pero los triunfos fueron dejando paso a las derrotas hasta que llegó el ocaso. Para colmo de males, su ídolo y mecenas, el presidente Perón, había sido derrocado por un golpe militar en 1955.

Los amigos ocasionales fueron dejándolo cada vez más solo y su pasado peronista no era bien visto por los militares que ocupaban el poder. Sus ganancias, saqueadas por los oportunistas de siempre, se agotaron rapidamente y Pascual Pérez tuvo que aceptar empleos más acorde con su escasa capacidad intelectual, como el de ordenaza en algún Ministerio.

Conocí a “Pascualito” muchos años después de aquel 1954 que dió a Argentina su primer campeón mundial de boxeo. En la década de los 70 se lo veía deambular por las inmediaciones del estadio Luna Park, escenario de sus noches de gloria. Pero ahora, su ámbito eran los bares de la zona donde pasaba horas esperando que alguien le pagara un vaso de vino y un “choripán”.

Con el ex campeón mundial Jack
Dempsey. En el medio, Juan
Domingo Perón
A la sazón yo ya trabajaba como periodista deportivo en la agencia Reuter y los sábados a la noche la cita era el Luna Park para asistir a algún combate de box. Los colegas y algunos amigos comentaban siempre lo mismo: “A Pascualito le pagás un vaso de vino y te cuenta su vida”. Eso me hizo concebir un propósito: escribir una nota sobre el boxeo y sus ídolos en desgracia, y quién mejor que el gran ex campeón mundial para tomarlo como referente principal?.

Así que me decidí. Un sábado lo vi a Pascualito sentado en una mesa, extrañamente solo. Era la oportunidad buscada. Me acerqué a la mesa y le pregunté si podía sentarme. Su rostro triste me respondió que sí con un gesto. Pedí dos vasos de vino y dos sandwiches de milanesa y comenzamos a hablar de cualquier cosa, hasta que la conversación derivó en lo de siempre: el boxeo y su vida.

Se cumplió el vaticinio. Con voz débil y apagada respondió a todas las preguntas y con una humildad conmovedora no dejaba de agradecerme el vino y la milanesa. Me despedí estrechándole la mano y lo ví alguna otra vez con sus pantalones amplios y gastados atendiendo siempre con suma amabilidad a quienes se acercaban a saludarlo.

Nunca escribí esa nota; pensé que no estaba capacitado. Poco después murió; me imagino que solo y triste.

Oscar “Ringo” Bonavea (25 de septiembre de 1942 – 22 de mayo de 1976)


Un año antes de la muerte de Pascual Pérez se produjo la del carismático “Ringo” Bonavena, pero ocurrió de un modo aún más prematuro que la de su colega, y con visos de tragedia: fue asesinado por un matón a sueldo en Nevada, Estados Unidos.

Oscar Bonavena fue un personaje singular. Se “comía” la vida a puñetazos y a mil por hora. Pocos preveían para él un final apacible dado su carácter absolutamente extrovertido, su verborragia incontenible con frases ingeniosas que vertía continuamente con una voz aflautada que poco tenía que ver con su físico voluminoso aunque no muy estilizado.

“Ringo” se codeaba con los grandes nombres del espectáculo sin ningún desparpajo, quizás porque pensaba que también era uno de ellos, incluyendo al mismísimo Elvis Presley. No se arredraba ante nada y hasta se atrevió a cantar en televisión a pesar de su vocecita de canario. Precisamente debido a ese sonido que emitían sus cuerdas vocales, popularizó una canción titulada “Pío Pío”.

Tuvo la osadía de llamar “gallina” nada menos que a Cassius Clay en la ceremonia del pesaje previa al recordado combate que protagonizaron. Pocos se hubiesen atrevido conociendo los kilates de Muhammad Alí en su momento de esplendor. Es que Ringo sabía que eso formaba parte del “circo” y del dinero que podían generar desplantes de ese tipo. Eran dos auténticos “bocazas” que estaban en su elemento.

Ya sobre el cuadrilátero y consciente de la enorme disparidad técnica entre ambos, Bonavena le opuso un coraje a toda prueba y hasta logró derribar al intocable Cassisu Clay en el octavo asalto antes de caer tres veces en el decimoquinto perdiendo por nocaut técnico, según lo estipulaba el reglamento.

Antes de Clay, Bonavena había combatido contra los mejores pesados de la época (Joe Frazier, George Chuvalo, Zora Foley y otros). Había decidido proseguir su carrera en Estados Unidos, la meca del boxeo, cuando se quedó sin rivales en su país y en toda América del Sur.

Yo había conocido personalmente al buenazo de Ringo antes de que emprendiera ese viaje a Estados Unidos, que sería el último de su carrera y de su vida.

Detrás de esos músculos, piernas cortas, enorme mentón cuadrado y poses de fanfarrón, se escondía un ser humano sumamente sensible, generoso y abierto al diálogo, como pude comprobarlo.

El primer contacto personal se produjo una tarde en el gimnasio del Lunar Park de Buenos Aires al que había ido para observar el entrenamiento de los boxeadores profesionales y buscar tema para alguna nota. Llevaba también mi cámara fotográfica.

Ringo estaba aporreando la bolsa de arena y luego, con el cuerpo totalmente mojado por la transpiración, se dedicó a darle a la “pera” esa especie de pelota colgante para coordinar la rapidez y precisión de los movimientos de los puños. Me situé cerca de Bonavena y buscaba el mejor ángulo para la foto. El me miraba de reojo y de pronto se detuvo y se acercó a mí.

“Mirá pibe (era dos años menor que yo), vos querés sacar una foto, yo te voy a decir como tenés que hacer. Ponete acá y apuntá. Cuando te diga, apretás”. Le agradecí y seguí sus indicaciones. Volvió a la pera y comenzó a darle. En determinado momento puso cara de “malo” y gritó “ahora!”. Lamento haberla perdido.

Más adelante lo ví y hablé con él muchas veces al final de sus combates, dentro mismo del vestuario y mientras se duchaba y se secaba con la toalla, tratando de inventar (no le costaba mucho) alguna frase ingeniosa que yo después utilizaba en mis notas. En ese entonces, los periodistas –no todos- podíamos entrar libremente a los vestuarios inmediamente después de las peleas. Me imagino que en la actualidad eso es inimaginable, a menos que se desembolsen unos cuantos miles para una exclusiva.

Ese es el Bonavena que conocí, un “niño” con un corazón tan grande como su ego. Me enteré de su muerte por la radio mientras estaba en una cancha de fútbol. Yo tenía 36 años y el apenas 34 cuando una bala le atravesó el corazón. Vi su rostro por última vez en el féretro que había sido expuesto en el Luna Park. Aquel niño grande había encontrado finalmente la paz.

Cassius Clay (Muhammad Alí) – 17 de enero de 1942

La experiencia personal con Cassius Clay fue muy breve e importante solo para mis recuerdos personales.

Se disputaban los Juegos Deportivos Panamericanos de 1987 en Indinápolis y allí me encontraba como parte del equipo de periodistas enviado por la agencia Reuter.

El gran Muhammad Alí, enfermo de Parkinson, era uno de los visitantes ilustres y una tarde concurrió a las instalaciones para saludar a la prensa. No podía firmar autógrafos y solo estrechaba la mano de quienes se le acercaban.

Para quienes nos gustaba el boxeo, el Cassius Clay de su primera época que se negó a combatir en Vietnam y había derrotado a Sonny Liston, Joe Frazier, Joe Walcott, Georges Forema y tantos otros, era la máximo y no podíamos desaprovechar la ocasión.


Cuando llegó mi turno y mi mano quedó encerrada entre sus temblorosos dedos, solo atiné a levantar la vista y mirarlo a los ojos. Intercambiamos algunas palabras; no recuerdo absolutamente nada de ese “diálogo”. Pero lo que nunca se me olvidará fue ese instante en que pude estrechar la mano del más grande boxeador de la historia (junto con Sugar Ray Robinson –opinión personal). Tal vez esto solo me interese a mí. Es más que probable.


*

3 comentarios:

flaco dijo...

A José: Muy linda la nota, ya que me gusta el boxeo y conocí a Ringo en el gimnasio del Club Huracán. Tengo una duda:No fuiste como periodista a ver la pelea de Monzón-Valdes.(es que yo era tan niño que no recuerdo si fue fantasìa o realidad).Amén

. dijo...

No flaco, no vi la pelea Monzon-Valdez, pero estoy seguro de una cosa: cuando se hizo ya no llevabas pañales precisamente. Convencete: somos contemporáneos. Slds.

flaco dijo...

A José:Me gusta como "montás en pingo".Pepe, en este momento en Argentina son las 0.00hs. te deseo UN MUY FELIZ CUMPLE y "oh alá" (ojalá) nos veamos muy pronto. Un beso enorme para toda la flia y en especial para vos que siempre te llevo junto a los tuyos en mi corazón. Perdoná que use tu blog para saludarte pero es que la hora daba para eso.Amén