20 de septiembre de 2009

Cubells también es UN LUGAR EN EL MUNDO

José Trepat
Dicen que el tiempo todo lo borra, aunque en lo que se refiere al aspecto material de las cosas, siempre queda algún vestigio de un pasado que resiste el avance inexorable de los años.

Detalle de la puerta de Nuestra Señora del Castell
El benemérito interés cultural del hombre tiende a preservar monumentos y edificaciones que a lo largo de la historia han enriquecido el patrimonio que pueblos y comunidades exhiben orgullosamente como prueba tangible de un pasado que marcó su inserción en el vasto escenario de lo que podemos llamar civilización.

El tema que nos ocupa hoy es un pequeño pueblo que como todos, tiene su propia historia y que como todo punto geográfico del planeta es, nada más ni nada menos, que UN LUGAR EN EL MUNDO, parafraseando aquella excelente película de título tan simple, sugestivo y poético.

Cada uno tiene su propio punto de origen, el lugar dónde todo comienza y también donde muchas veces termina, si estamos imbuidos de un espíritu sedentario forzado o por elección.

Pero el lugar de origen siempre atrae; es como un polo magnético en la brújula de los sentimientos. Quien esto escribe, nómada y sedentario, de acuerdo a las circunstancias, ha sentado sus reales en una población que distan 150 kilómetros de la villa de Cubells, y no hay visitante en nuestra casa que haya podido escapar a la “obligada visita turística” a esa población con pasado, poco presente e ignoto futuro.


Un seguidor del blog, atraído por nuestra nueva portada, ha mostrado interés por conocer algo más sobre esa tosca construcción que parece salida del neolítico, aunque no es para tanto. Seguramente no es contemporánea de la fundación de Cubells, un hecho que se remonta el Siglo XII, según los documentos de que se dispone.

Según los historiadores, allá por el año 790 comienzan a edificarse la mayoría de los castillos en las montañas o promontorios del Alto Urgell con el propósito de resistir el avance de los árabes que habían ocupado ya gran parte de la península. Del castillo de Cubells ya no queda nada, pero sí se mantienen en pie dos de las tres iglesias para una población de 2.000 habitantes en su época de esplendor. Actualmente quedan unos 600 distribuidos en sus estrechas callejuelas.

Calle del Calvario


Muchas construcciones antiguas están en ruinas y abandonadas, como resultado de la emigración a centros más populosos y también a otros destinos lejanos allende los mares como la rama familiar materna de quién esto escribe, que optó por Argentina, país con calles de oro y casas de chocolate, según las fantasías infantiles. Con esa estrambótica leyenda se pretendía ejemplificar la riqueza de ese país en la distante América del Sur.

Las periódicas visitas a Cubells haciendo de cicerone a nuestros estoicos visitantes tienen siempre dos puntos de referencia: La iglesia de Nuestra Señora del Castell y la casa que ilustra la portada del blog.


En el primer reencuentro después de 30 años la casa estaba tal cual la había dejado en el año 1947.

El primer recuerdo

No hay una imagen anterior. La primera que me ha quedado grabada de manera indeleble y que acude una y otra vez a mi mente, es la de un niñito de cinco o seis años, pequeño y delgadito, jugando con una vecinita de la misma edad, en la “costereta”, como se llamaba a un promontorio de la calle que terminaba en nuestra casa de piedra.

La construcción, tosca y simple, seguramente no había sido planificada por ningún arquitecto, sino poniendo piedra sobre piedra, con algún tipo de argamasa para que las paredes mantuvieran la vertical. El tejado caía hacia la parte de atrás, asentada casi al borde de una pendiente que terminaba en la carretera, 400 metros más abajo.

La casa tenía sin embargo dos plantas divididas por gruesas vigas de madera que hacían a la vez de techo para la parte inferior, y piso -de tierra apisonada- para lo que era nuestra vivienda –una sala, una habitación y la cocina. El reducido espacio reservado para el baño tenía sólo un boquete en el piso, junto a la pared, una especie de letrina, con un recorrido curvo en desnivel que desembocaba en la parte externa, directamente sobre el barranco, por donde no se podía pasar y nadie tenía interés en hacerlo. Esa era nuestra “red cloacal”.

Una escalera hecha también de piedra comunicaba el piso superior con la planta baja, reservada para unos huéspedes selectos. Allí pernoctaban nuestra única cabra, conejos y gallinas. De otro modo no habrían podido sobrevivir a los terribles inviernos, con nevadas que llegaron a alcanzar un metro de altura.
Allí vivía yo, junto con mis padres, mi hermano –cinco años mayor- y mi abuela materna Teresa, cuyo esposo, había muerto en la guerra de España contra Estados Unidos, en Cuba, que terminó con la presencia colonial española en un continente que había descubierto cuatro siglos antes.

Mi madre conservaba una fotografía ajada y amarillenta –la única- de mi abuelo, en la que se lo veía de pie, con una bandolera cruzándole el pecho desde los hombros hasta la cintura, las piernas separadas y sosteniendo un fusil apoyado en el suelo. Llevaba un sombrero que le tapaba parte del rostro, similar al de los arqueólogos que se ven en alguna película. Un tupido bigote negro era lo más destacado en un rostro adusto, como si esa fuese la expresión más adecuada para el momento.

En esa primera visita al lugar dónde todo había comenzado, mi retina coincidía con el archivo de la memoria, a diferencia de la imagen que ofrece ahora, después de las “refacciones” decididas por sus actuales propietarios.


Un intento de conocerlos y hablar con ellos no prosperó pues la construcción parecía abandonada y no había señales de vida. Tampoco ningún animal que pudiera indicar una probable presencia humana. Quería saber un poco más sobre sobre su historia y sobre todo sobre sus orígenes. Las refacciones -revoque de las paredes y poco más, por lo menos en la parte externa- indican que alguien debe vivir allí, pero como siempre, puertas y ventanas cerradas en medio de un silencio total.

También habían desaparecido las tres cruces de madera que recuerdo se erguían en una elevación del terreno a escasos metros de la casa, al final de calle del Calvario, dónde antaño se realizaba la procesión de Semana Santa con toda la liturgia que siempre acompañaba esas conmemoraciones religiosas.


Vista de la carretera a Artesa de Segre

En la actualidad, Cubells tiene ayuntamiento escuela y una tienda de comestibles que abastece a la escasa población, que sin embargo no se deja ver mucho cuando uno camina por sus calles, todas en desnivel. También, en la parte baja, una bien provista residencia para ancianos.Las construcciones nuevas se han hecho casi todas en la parte baja del pueblo, junto a la carretera que une a la villa con Balaguer, a 20 kilómetros, y Artesa de Segre, a ocho, las dos ciudades próximas más importantes.

Según un pequeño libro sobre Cubells, adquirido a un cuidador de la iglesia Nuestra Señora del Castell, el pueblo tuvo su mayor esplendor en los siglos XVII, XVIII y XIX y el primer tercio del XX, cuando abundaban las plantaciones de viñedos, olivares y cultivos de cereales. La desvalorización de las tierras y el atractivo de las grandes urbes contribuyeron a la despoblación

Carretera abajo, en dirección a Artesa, Cubells tiene, cómo no!, su propio cementerio; nichos y fosas en una pequeña parcela rodeada por una pared de ladrillos revocados y al que se accede a través de una vieja puerta enrejada, siempre y cuando se pida la llave al ayuntamiento.

El tiempo ha hecho estragos y muchas de las inscripciones en cruces y lápidas ya no pueden leerse, o sea que la búsqueda de nombres y fechas terminó también en un previsto fracaso.



A pesar de todo Cubells sigue en pie luchando para que el “progreso” no lo borre del mapa. Para ello una estación de servicio y un restaurante-hotel bien atendidos, ofrecen al viajero la posibilidad de hacer un alto en el camino, y si lo desea, conocer algo más de la historia de Catalunya.

Esperamos haber satisfecho el interés del seguidor/visitante que ha pedido esta nota.

*

8 comentarios:

martagbp dijo...

Muy sentido homenaje al "lugar en el mundo" que te tocó en suerte. Para cada uno de nosotros donde se ha nacido es un referente (y a veces condicionante?) de nuestras historias primarias. Un beso.

flaco dijo...

A JOSE: Sabés que con esta nota me compraste, ya que soy un entusiasta de la historia.Hay un pecado en ella y es que no te pudiste despegar de los sentimientos y los afectos y ese "pecado" es la parte de la historia en general y particular que mas me gusta. Te aseguro que me gustaría conocer tu pueblo y que seas vos el guia del mismo, ya que siempre hay detalles que son difíciles de explicar por escrito y generalmente son los mas ricos. No solamente me has satisfecho, sino que te agradezco tu generosidad. Amén. Siempre hay que amar ,respetar y defender de donde somos.

José T. dijo...

A Marta y Flaco. Claro que vamos a ser cicerones porque nadie puede salvarse de la visita a Cubells, aunque hay que agendarlo con tiempo porque a veces los contingentes turísticos compactan el poblado, pero haré valer mi influencia. Verán en una de las fotos que hay dos turistas. la de pantalón blanco es tu primita.
Abzs.

Fer.T dijo...

Muy buena la nota.
A ver si algun dia de estos nos damos una vuelta por ahi, yo tengo ganas de ir, ademas a mary ya le habia dicho que algun dia iremos, asique en cuanto quieran cuenten con nsotros para ir!!!!!
Ademas asi Paula tiene fotos de donde nacio su abuelo!!!!

José T. dijo...

Fer: muy bien, ya lo arreglaremos. No me hará falta el GPS; llego con los ojos cerrados. Tu madre también tiene muchas ganas de ir...

Noemi dijo...

Hola ,la primita de la foto, soy yo?, que no solo tuve el privilegio de que nos llevaras a conocer "tu lugar en el mundo" sino que tambièn degustamos y compartimos unos bocadillos , y recorrimos los lugares que vos caminaste alguna vez ,maravilloso, gracias .....

Noemi dijo...

aparte del aleman tambien me esta persiguiendo la ceguera , la primita es mi cuñada, caramba....

José T. dijo...

Ja ja. El alemán a mí me visita todos los días. Efectivamente, es tu cuñada, aunque a la distancia todos los gatos son pardos. Slds.