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19 de abril de 2011

El cuento de los martes





LA AUTOPISTA DEL SUR (Julio Cortázar)




Al principio la muchacha del Dauphine había insistido en llevar la cuenta del tiempo, aunque al ingeniero del Peugeot 404 le daba ya lo mismo. Cualquiera podía mirar su reloj pero era como si ese tiempo atado a la muñeca derecha o el bip bip de la radio midieran otra cosa, fuera el tiempo de los que no han hecho la estupidez de querer regresar a París por la autopista del sur un domingo de tarde y, apenas salidos de Fontainbleau, han tenido que ponerse al paso, detenerse, seis filas a cada lado (ya se sabe que los domingos la autopista está íntegramente reservada a los que regresan a la capital), poner en marcha el motor, avanzar tres metros, detenerse, charlar con las dos monjas del 2HP a la derecha, con la muchacha del Dauphine a la izquierda, mirar por retrovisor al hombre pálido que conduce un Caravelle, envidiar irónicamente la felicidad avícola del matrimonio del Peugeot 203 (detrás del Dauphine de la muchacha) que juega con su niñita y hace bromas y come queso, o sufrir de a ratos los desbordes exasperados de los dos jovencitos del Simca que precede al Peugeot 404, y hasta bajarse en los altos y explorar sin alejarse mucho (porque nunca se sabe en qué momento los autos de más adelante reanudarán la marcha y habrá que correr para que los de atrás no inicien la guerra de las bocinas y los insultos), y así llegar a la altura de un Taunus delante del Dauphine de la muchacha que mira a cada momento la hora, y cambiar unas frases descorazonadas o burlonas con los hombres que viajan con el niño rubio cuya inmensa diversión en esas precisas circunstancias consiste en hacer correr libremente su autito de juguete sobre los asientos y el reborde posterior del Taunus, o atreverse y avanzar todavía un poco más, puesto que no parece que los autos de adelante vayan a reanudar la marcha, y contemplar con alguna lástima al matrimonio de ancianos en el ID Citroën que parece una gigantesca bañadera violeta donde sobrenadan los dos viejitos, él descansando los antebrazos en el volante con un aire de paciente fatiga, ella mordisqueando una manzana con más aplicación que ganas.


(LEER EL CUENTO COMPLETO)

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1 de junio de 2009

Impresiones de viaje (VIII) Bélgica, Brujas (última parte)

Brujas



josé trepat


Ultima etapa del viaje y leit-motiv del mismo, Brujas se nos ofreció a nuestros sentidos en dos jornadas disímiles; una, breve y con cielo nuboso, ajustada a un cronograma muy constreñido, y otra con más libertad y tiempo a nuestra disposición, en la que el sol encontró huecos entre las nubes, haciendo resaltar el colorido de sus plazas, edificios y canales.

Sabemos ahora que Brujas (Brugges en flamenco) no tiene nada que ver con escobas ni birretes, sino que su nombre deriva de una palabra que significa embarcadero, lo que era en realidad en su floreciente época medieval.

Conocíamos Brujas a través de referencias de parientes y allegados que la habían descrito, cada uno a su modo, pero con el denominador común de que se trataba de un sitio digno de ser visitado.





En la primera visita integramos un grupo de turistas recogidos en varios hoteles de Bruselas, que en 10 horas iban a conocer lo más importante de Brujas y también la ciudad de Gante, todo muy apretadito como puede inferirse. Pero la excursión estaba incluida en el precio del viaje, así que ¿por qué no?

La salida de Bruselas se realizó bajo un cielo encapotado y a poco de ingresar a la autopista (sin peaje) el movimiento de los limpiaparabrisas no hacía presagiar nada bueno. Estos viajes no suelen cancelarse por lluvia salvo que se avecine un tsunami, me imagino, de modo que enfilamos hacia nuestro destino, a 93 kilómetros de la capital belga.



El guía flamenco, haciendo gala de un gran bagaje lingüístico, comenzó con sus explicaciones en francés, inglés y castellano y a los pocos minutos nos sugirió colocarnos unos auriculares en los podían seleccionarse distintos idiomas, para escuchar la información sobre lo que íbamos viendo.

Al promediar el viaje y seguramente para levantar el ánimo de algunos, el guía tomó el micrófono y nos dijo que acababa de hablar con Brujas. “Allí no llueve!”, dijo con entusiasmo, pues ello iba a facilitar seguramente su trabajo. ¿Qué podría hacerse con los turistas bajo la lluvia?.

Cuando faltaban diez minutos para llegar había cesado el movimiento de los limpiaparabrisas y parecía que el pronóstico iba a cumplirse, por suerte. El guía hizo algunos “comentos” –vocablo que acuñó por “comentarios”-, nos instruyó para que el grupo no se separase y sugirió que dado lo exiguo del tiempo fuésemos a almorzar a un determinado restaurante, “con prrrrecios norrrrmales y atención rrrrrrápida”. ¿Alguien podía pensar que recibía una comisión de ese establecimiento…?. Al fin y al cabo es una práctica normal en todo el mundo, así que cada uno decide que hará.

Llegamos a las 10:30 y desde el aparcadero del autocar nos dirigimos a pie hasta el punto que no puede ser otro en este tipo de excursiones express: La Plaza Mayor, o Markt, el corazón de Brujas. El guía nos ubicó al pie de la torre-campanario, el emblema de la ciudad y quizás la imagen más fotografiada.




Nos explicó que en su parte superior, la torre tiene una inclinación de más de un metro respecto a la vertical, debido a fallas en los cimientos colocados en el año 1248. “Desde arriba se obtienen unas vistas magníficas de la ciudad, pero NO VAMOS A SUBIR, porque son 366 escalones que insumen 90 minutos para ir y volver”, dijo. No hacía falta; pocos estábamos dispuestos a trepar por lal escalera de caracol.

Allí, en el centro de la plaza, dejamos que nuestros ojos completaran un giro a medida que íbamos tomando imágenes de esos característicos edificios de la Edad Media, cargados de arabescos, al puro estilo barroco, tan vistos en otras ciudades que ya conocíamos o íbamos a conocer, Gante y Bruselas.





La primera impresión es que Brujas ha sido cuidadosamente preservada sin modificaciones notorias en su típico estilo arquitectónico para que los visitantes puedan observar y transmitir a otros esa imagen un tanto idílica de cuento de hadas que tanto ha proliferado en los folletos turísticos.



Pero… ¿vive alguien en Brujas? Por las calles sólo vimos prácticamente a turistas –fácilmente identificables por la vestimenta y los equipos fotográficos- y a muy pocos residentes, que podrían ser mujeres con la bolsa de compras o hombres trajeados dirigiéndose a sus empleos.

Da la impresión de que todo está hecho para satisfacer las necesidades y tentaciones del turista. Un comercio junto al otro ofreciendo souvenirs y chocolates –producto típico de la ciudad- además de bares y restaurantes por doquier.


El guía había incluido en el plan de actividades un paseo en lancha por los canales (sólo vimos uno que se transita ida y vuelta en media hora) que ofrece la posibilidad de ver los edificios desde otro ángulo, con explicaciones del conductor de la embarcación en el idioma que toque en suerte. Nuestro paseo fue explicado en inglés. Unos se enteraron de algo, otros ni pío.




Con algo de jactancia poco justificada, se ha llegado a bautizar a Brujas como la Venecia del norte. Para quien conozca Venecia no hay punto de comparación. La navegación por el Gran Canal en los vaporettos venecianos deja un recuerdo imborrable a su paso por el Puente de Rialto y la Plaza San Marcos, con su embarcadero de las inconfundibles góndolas. Venecia es única.




Nuestros pasos nos llevaron hasta la Iglesia de Nuestra Señora. Frente a la entrada principal el guía hizo algunos “comentos” y dio CINCO minutos para visitarla, no sin antes recomendar que nos centrarámos en la estatua original de Miguel Angel, La Virgen y el Niño. Saber que había sido esculpida por las mismas manos que crearon La Piedad, en la Basílica de San Pedro, en Roma, causa una cierta sensación que cuesta explicar.




El plazo había expirado y al salir fuimos conducidos hasta el restaurante de “prrrrecios norrrmales”. Después del almuerzo vino la visita al comercio de expendio de chocolates, que el guía había promocionado durante el viaje, y que según él, ofrecía el mejor chocolate a la mitad de precio que otras marcas más tradicionales de Bruselas.


Allí se colocó detrás del mostrador y ayudó a las dependientas a despachar. ¿Hay alguien que se atreva a sugerir que cobraba también una comisión?


El reloj indicaba que debíamos emprender el regreso, así que todos, como masa aborregada fuimos hasta dónde nos esperaba el autocar para llevarnos a Gante.

Segunda visita



La segunda visita a Brujas la hicimos dos días después, esta vez por nuestra cuenta y para dedicarle una jornada completa.





La cantidad de trenes que salen de la estación de Bruselas nos jugó una mala pasada, pero ¿hay alguien que no haya tenido algún contratiempo en un viaje?.

El caso es que al comprar los billetes preguntamos a que hora salía el tren y de cual andén. “A las 09.17 en el 9”, fue la respuesta. Llegamos al andén con tiempo suficiente y a la hora prevista –minuto más, minuto menos- apareció un tren. Subimos y emprendimos el viaje de una hora.

Habíamos salido ya de Bruselas y estábamos cómodamente sentados cuando en un extremo del vagón apareció el guarda uniformado que nos hizo recordar al capitán Dreyfus de la película Casablanca. Le entregamos los billetes y acto seguido comenzó a mover la cabeza de un lado a otro. Algo iba mal.

En inglés, idioma que todos parecen dominar, nos dijo que ese tren no iba a Brujas. “Pero subimos en el andén y horario que nos dijeron”, argumentamos. “En las doce vías sale un tren cada dos minutos. Debían haber tomado el que venía atrás”, explicó.

-
Y ahora que hacemos? Bajamos y subimos al que viene atrás?
- Ahora no puede ser. Se desvió por otro ramal
-
¿Y? ¿What shall we do?
- No hagan nada. Quédense sentados y disfruten del paisaje. Yo les avisaré cuando lleguemos a Gante y allí podrán tomar otro hacia Brujas.

Así era la cosa. Le hicimos caso y disfrutamos de la campiña belga, con campos delimitados en parcelas pequeñas y perfectamente cuidadas, dónde pastaban algunas vacas que aparentemente no pasaban hambre pues todo era una alfombra verde salpicada de árboles y pequeñas casas.

Al llegar a Gante, después de un viaje de 45 minutos, apareció “Dreyfus” y nos dijo que bajáramos y subiéramos al tren que se hallaba en el andén opuesto, el cual partió a los cinco minutos. Ya escarmentados, preguntamos a tres personas distintas si íbamos a Brujas. Sin más contratiempos llegamos a Brugges por segunda vez, ahora con cielo despejado y con más tiempo para conocerla mejor.





Brujas fue en el siglo XVI o XVII un importante centro dedicado al comercio de los diamantes y del tejido. De allí salieron los mejores talladores de la época, especialidad que luego pasó a Amberes, actualmente el mayor centro mundial. Pero no vamos a hablar de la historia de esta ciudad, sino de cómo la vimos en esta visita. Sólo algún dato tangencial para ilustrar mejor un concepto. Tampoco se trata aquí de copiar gran cantidad de datos obtenibles en cualquier guía de turismo.

Evidentemente, nada había cambiado. Turistas yendo y viniendo por calles en las que carruajes tirados por caballos compartían el espacio con los vehículos motorizados y japoneses en bloque.



Observamos la torre-campanario y en ningún momento se nos pasó por la cabeza subir los 366 escalones para contemplar las “maravillosas vistas”. Si alguien lo hizo que mande fotos. Dicha torre puede verse al fondo de la primera fotografía de esta nota.


Visitamos los museos del Chocolate y del Diamante para que la visita fuese más completa. En el del Chocolate asistimos a una demostración de cómo se fabrica el producto. La persona encargada de la demostración preguntó previamente a los presentes de que país procedía y a continuación procedió a explicar en cinco o seis lenguas diferentes todas las fases del proceso. Admirable sin duda.

En el Museo del Diamante no hubo demostración así que nos limitamos a conocer las maquinarias primitivas para el procesamiento de ese mineral y pudimos ver algunas joyas famosas como el anillo que el príncipe de Mónaco, Rainiero, regaló a Grace Nelly y la perla que Richard Burton obsequió a Elizabeth Taylor. Me imagino que eran réplicas. De todas maneras, las joyas no me emocionan.

No sentimos esa sensación tan enraizada en otras personas, de que Brujas es una ciudad de cuento de hadas, sino una con muchos detalles del medioevo muy bien preservados y que sin duda atrae y seguirá atrayendo a miles de turistas cada año.

La visita estaba cumplida, fue interesante, pero quedó despojada de esa aureola idílica que la había precedido.



Las hadas sólo existen en los cuentos.

(Fin de la serie Impresiones de viaje – Bélgica).


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29 de mayo de 2009

VIAJES - Bélgica (VII) Gante

Noventa minutos en Gante





Esta si que ha sido una visita fugaz, si se la puede llamar así, ya que tuvo una duración de exactamente 90 minutos, el tiempo que tenía estipulado una excursión relámpago incluida en el paquete del viaje, y que decidimos aprovechar por aquello de “…y si es gratis, vamos…”

Esta visión a vuelo de pájaro, pensada para turistas apurados y con poco tiempo, que visitaban Bélgica en un fin de semana, incluyó también a Brujas –que después visitamos por nuestra cuenta, como se verá en la próxima y última nota.

El guía políglota (le escuchamos hablar fluidamente en cinco idiomas) nos había llevado primero a Brujas y al caer la tarde “pasamos” por Gante –como debe llamarse en castellano en lugar de Gantes- en viaje de regreso a Bruselas.



De manera que dada la mezquindad del tiempo que se nos otorgaba, el contacto con Gante debía ser complementado con información adicional que solemos llevar siempre para situarnos mejor en un sitio determinado. En los folletos se presenta a Gante como “la Perla de Flandes oriental, ciudad estudiantil, turística y multicultural..una mezcla caliente entre cultura y placer”.

Aceptémoslo como cierto, aunque sólo podemos dar fe de que efectivamente es una ciudad turística, por el número de visitantes con que nos cruzamos, y también de que el espacio en que nos movimos, el casco antiguo e histórico, nos dio la sensación de que a pesar de algunos toques de modernidad, como automóviles y medios de transporte, nos encontrábamos en un escenario del medioevo, con la fascinación que siempre encuentra en esos lugares el autor de esta nota.



El autocar cargado de turistas recogidos en varios hoteles de Bruselas, nos depositó en una zona de aparcamiento muy cerca de los lugares de máximo interés, y allí el guía nos condujo a través de las calles adoquinadas –de hecho casi todas lo son en esos sitios- hasta la plaza mayor de la ciudad. Allí dio las correspondientes explicaciones que se sabía de memoria, en inglés, francés y castellano, y nos “ordenó” estar de regreso en el punto de partida en un plazo de una hora, para abordar el autocar.

Una hora! Poco tiempo realmente para formarnos una impresión cabal de esta ciudad, considerada “la gran desconocida de Bélgica” y cuna del emperador Carlos V de España, aquel del que los libros de historia dicen que “en su imperio no se ponía el sol”. También como dato complementario, nos enteramos de que en el Siglo XVI, Gante fue, después de París, la ciudad más grande de Europa al norte de los Alpes.

Después de atender cortésmente a las explicaciones del guía, quedamos en libertad de aprovechar al máximo los 60 minutos –que en realidad se extendieron a 90. Nos encontrábamos en el centro de la Plaza Mayor y tomamos las consabidas fotos de la catedral de San Bavón, el ayuntamiento gótico renacentista como casi todos los edificios, y de lo que nos llamaba la atención, siempre pendientes del reloj.

Hablando de relojes, es muy llamativo el que puede verse en lo alto de Belfort, la torre-campanario de 95 metros de altura, aunque no pudimos acercarnos lo suficiente para apreciarlo de cerca. Leemos en nuestra fuente de datos que el idioma oficial de Gante es el neerlandés, pero que la cultura políglota de sus habitantes permite hablar también en inglés, francés y alemán.


No hay una cantidad excesiva de automóviles y como transporte público se utiliza aquí también el ecológico tranvía. También hay trolebuses. Se dice que hay mucha vida nocturna en restaurantes y bares. De noche puede ser, pero lo que es de día en nuestra caminata no encontramos un bar abierto para tomar un mísero café. Parece que al mediodía cierran (eran las cuatro de la tarde). Costumbres difíciles de aceptar para quienes estamos acostumbrados a la vida en otro tipo de ciudades.

Lo que vimos en nuestro breve paseo es todo historia pura y fascinante, lo cual corrobora la afirmación de que Gante es la ciudad flamenca con mayor número de edificios históricos, en un radio no muy amplio que puede recorrerse a pie, en bicicleta o en un paseo por los canales que atraviesan la ciudad.



Fue una visita incompleta, que duda cabe, pues su riqueza histórica merece mucha mayor atención, pero el “ultimátum” de nuestro guía estaba a punto de cumplirse, así que resignadamente emprendimos al regreso, lamentando también que el sol hubiese estado ausente una vez más, malogrando algunas fotografías que pudieron haber sido muy bonitas.

El día había terminado para nosotros. La siguiente etapa iba a ser un día completo dedicado a Brujas, el objetivo central del viaje.

En la próxima nota compartiremos la visita con quien nos quiera acompañar. Au revoir Gante!

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25 de mayo de 2009

VIAJES - Bélgica (VI) Amberes

Un día en Amberes



La planificación previa del viaje incluía una jornada completa en la ciudad de Amberes, la segunda más importante de Bélgica después de Bruselas, de manera que hacia allí nos dirigimos en un día de cielo plomizo aunque sin amenaza de lluvia.

El tan deseado color celeste del firmamento salpicado de alguna nube blanca bien definida es, para quienes nos gusta la fotografía, como el néctar de las flores para las abejas, pero cuando esas condiciones no se dan, hay que aceptar la realidad, rogando que por lo menos los paraguas no tuviesen que ser utilizados. Ese era el escenario y en él nos instalamos.

Bruselas y Amberes están separados por apenas 50 kilómetros que se cubren en el transporte público más utilizado en Bélgica: el ferrocarril. Este pequeño país centroeuropeo tiene una red ferroviaria de 3.400 kilómetros, y el servicio es realmente eficiente.

Es tal la frecuencia de trenes que en la estación Bruselas Norte, la más cercana a nuestro hotel, parte uno cada dos minutos desde alguna de sus 12 vías. Nunca vimos ocupada la totalidad de los cómodos asientos, dotados de mesitas rebatibles como en los aviones, en las que algunos apoyaban sus computadoras portátiles, otros un libro y también bebidas o lo que fuese. Confort de alto nivel.


Llegamos a la estación central, conocida también como la “segunda catedral” de Amberes, ubicada al comienzo del boulevard Meir, una ancha calle peatonal flanqueada por comercios, bares y restaurantes, y que lleva hasta el centro histórico de la ciudad en una caminata de 15 o 20 minutos.

Uno de los objetivos de la visita era conocer el Museo del Diamante, mundialmente famoso por ser Amberes la ciudad que produce el 70 por ciento de los diamantes del mundo. Además aquí se encuentran los mejores talladores de esta piedra preciosa, hasta el punto de que la mayor garantía de calidad internacional es la de que un diamante haya sido tallado en Amberes (“Cut in Antwerp”). Esta tradición se mantiene desde hace cinco siglos.

En este punto se puede decir que nuestro primer objetivo fue un rotundo fracaso. Al salir de la estación consultamos el mapa de la ciudad tratando de ubicar el famoso museo del diamante. Estaba complicado; los nombres de las calles eran difíciles y formaban laberintos, así que optamos por lo práctico. Vimos a un grupo de taxistas charlando animadamente y nos acercamos a preguntarles dónde estaba dicho museo. Uno de ellos señaló con el dedo un edificio a sólo 20 metros de distancia. “Allí”, dijo.

“Que suerte!”. Estábamos a un paso y hacia allí nos dirigimos. Las puertas estaban cerradas y en el interior no se veía un alma. Tocamos un timbre y apelando al útil e imprescindible inglés preguntamos si se podía visitar. “Wednesday is closed” (Los miércoles está cerrado) nos respondieron amablemente. Efectivamente… era miércoles!



Fracaso, resignación, algunas fotos de la Estación Central por dentro y por fuera, y en marcha hacia el siguiente objetivo: la Plaza Mayor o Grote Markt, el centro neurálgico e histórico de la ciudad.

En la zona de la estación y del Museo de Diamante, está el barrio de los judíos con calles en las que se suceden uno tras otro comercios casi iguales dedicados a la venta de joyas y diamantes. Es imposible contarlos, tal es la proliferación. Un verdadero deleite para quienes disfrutan mirando o admirando estas creaciones.

Caminando por el boulevard Meir y admirando las fachadas barrocas de antiguos edificios, llegamos a la Plaza del Pueblo, más pequeña y menos impresionante que la Grand Place de Bruselas, pero también interesante y atractiva.

Llegamos pasando por antiguas callejuelas y otras en las que las vias de tranvias -uno de los medios de transporte público- nos traen el recuerdo de calles de Buenos Aires de hace 50 años, con sus adoquines castigados por el traqueteo de aquellos ruiodosos tranvias. Los actuales son obviamente más modernos, pero cumplen la misma función ecológica de contaminar menos el aire.



Ubicados en el centro de la plaza de suelo adoquinado vemos a nuestro alrededor el impactante edificio de la Municipalidad con su fachada casi cubierta por coloridas banderas, y otras construcciones colmadas de ventanas y esculturas doradas en su punto más alto.
En el medio de la plaza se yergue el que se considera el monumento más representativo de Amberes, dedicado a Silvio Brabo, quien le dio el nombre a la ciudad. Según la leyenda, un gigante que vivía en el río Scheldt cortaba las manos de los marineros que se oponían a pagarle cierto dinero. Pero Brabo logró matarlo, cortar su mano y tirarla al río. Por ello, el nombre de la ciudad en flamenco, Antwerpen: "Ant" significa mano; "werpen", tirar. Y la mano se transformó en símbolo de la ciudad. En foto pequeña puede verse a Brabo sosteniendo la mano del gigante. Leyenda o verdad, forma parte de la historia de Amberes.
En otra de nuestras fotos vemos un curioso autobús de tracción a sangre que se utiliza evidentemente para paseos turísticos.


Rubens y Amberes

La ciudad está ligada indisolublemente a su famoso pintor Peter Paul Rubens. Se dice que Rubens es Amberes y Amberes es Rubens. La metamorfosis entre ambos puede verse por doquier. Estatuas en las calles y posters en los comercios hacen palpable esta fusión. El pintor flamenco vivió aquí la mayor parte de su vida y su casa-museo es visita obligada.


Pero antes, y aprovechando que la Catedral de Nuestra Señora se encuentra junto a la plaza, el paso siguiente fue ingresar al edificio de estilo gótico que comenzó a construirse en 1352 y se finalizó en 1559. En su interior, las paredes están prácticamente cubiertas con obras de reconocidos artistas, pero se destacan dos enormes trípticos de Rubens: Elevación de la Cruz, y El descenso de la Cruz.

Como no podía ser de otra manera, tomamos varias fotos de esas pinturas, pero el resultado no fue el mejor por haber quedado ligeramente fuera de foco. Así que tras reconocer nuestro “fracaso artístico” incluimos en esta nota sendas fotografías de esas obras, similares a las nuestras pero con mejor definición. Queda aclarado entonces que estas dos fotografías son las únicas que no nos pertenecen.

Son apenas un poco mejores que las nuestras, pero como puede apreciarse, distan mucho de ser tecnicamente aceptables; una especie de consuelo para nosotros...

Después de la visita a la Catedral entramos en otra iglesia con historia, San Jacobo, en cuyo interior puede verse la tumba de Rubens, que junto con , Van Dijck, Jordaens, Bruegel y Plantin, constituyen el patrimonio pictórico de Amberes.

Después de una mañana en la que procuramos aprovechar cada minuto, hicimos una pausa para un almuerzo ràpido y ya entrada la tarde nos dirigimos a la casa-museo de Rubens, donde el artista tenía su atelier y en la que pueden verse algunas de sus obras. La mayor colección de pinturas de Rubens está en el Museo de El Prado, de Madrid.

La tarde llegaba a su fin y el día había sido corto. La visita a Amberes quedó circunscripta a su núcleo céntrico y antiguo. No hubo tiempo para más. Queda ahora la tarea de indagar más a través de textos y documentos gráficos para almacenar en la memoria todo lo que pueda caber en la "carpeta Amberes".

Regresamos a la estación también por el boulevard Meir con la última imagen de este buscavidas uno de los tantos que suelen verse en las grandes urbes del planeta, sin distinción de nacionalidad.

Suerte muchacho! Hay que sobrevivir!

(Próxima nota: Gantes, apenas dos horas)
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21 de mayo de 2009

VIAJES - Bélgica (V) Bruselas

Jardines del Palacio Real



La visita a los jardines del Palacio Real, residencia oficial de los Reyes de Bélgica, fue obra de la casualidad, o sea que no estaba prevista.

Cuando estábamos en la Grand Place de Bruselas vimos una Oficina de Turismo y hacia allí nos dirigimos en busca de un mapa de calles que nos ayudaría en los desplazamientos. La empleada, que como todas dominaba varios idiomas, nos sugirió que aprovecháramos la circunstancia de las cercas (sic) – por puertas o rejas- estaban abiertas ese día, hecho que ocurre durante sólo tres semanas al año.

Como se encontraba a sólo 10 minutos de caminata del Atomium, no dudamos en sacar provecho de esa circunstancia.

Luego de localizarlo en el plano, abordamos el Metro hasta la estación que vimos más próxima al Palacio, cuya construcción data de 1779. Vimos en el plano que estábamos cerca, así que decidimos ir caminando, pero al preguntar a una mujer hacia que dirección debíamos dirigirnos, nos aconsejó que lo hiciéramos en autobús.





Por suerte le hicimos caso pues era cerca del mediodía y el sol estaba casi en el cenit. La distancia, unos dos o tres kilómetros, no era ciertamente para cubrirla a pie. Al llegar frente a las rejas pintadas de negro con ribetes dorados, nos encontramos con muchos autocares de turismo.

Claro, los guías turísticos sabían perfectamente que el lugar podía visitarse y allí estaban con sus numerosos contingentes. Sí! También había japoneses con su artillería fotográfica, siempre en grupos compactos siguiendo al guía que indicaba su posición levantando un paraguitas.

Después de traspasar la enrejada puerta de entrada custodiada por policías belgas, también políglotas, de excelentes modales y buena disposición, ingresamos a una amplia explanada con un sendero adoquinado que conducía al Palacio que podía verse tomo telón de fondo, y también a los jardines, objeto de nuestra visita.





No pudimos ingresar al palacio propiamente dicho por estar cerrado al público ese día, y así nos perdimos una gran colección de tapices españoles, especialmente de Goya, y pinturas de Rubens o Van Dijck. Tampoco pudimos ver, obviamente, la Gran Sala del Trono, coronada por grandes lámparas de araña de bronce y cristal, y tapices españoles.





Concentrémonos entonces en lo que sí pudimos ver: el gigantesco invernadero abarrotado de flores y plantas diversas. Los visitantes iban ingresando en la medida que los que nos habían precedido salían por otra puerta, tras completar el recorrido perfectamente delimitado.





Aproximadamente a la mitad del recorrido, los visitantes que seguían las flechas direccionales salían del invernadero para volver a entrar luego de avanzar por un sendero al aire libre desde el cual se ofrecía una amplia visión panorámica de extensas superficies verdes de césped cuidado como en las canchas de golf.





Aparentemente, a este lugar vienen los miembros de la familia real a distenderse y a secarse la transpiración causada por sus “obligaciones oficiales”.

El espacioso invernadero, con altas cúpulas y paredes vidriadas, es también utilizado para alguna recepción oficial, como puede verse en fotografías y DVDs que se venden como recuerdo de la visita, que por otra parte, es gratuita.









(Próxima nota: Amberes)


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17 de mayo de 2009

VIAJES - Bélgica (IV) - Bruselas

Vamos despidiéndonos de Bruselas, pero todavía no de Bélgica
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Agotada ya casi la visita a la magnífica Grand Place, buscamos nuevos puntos de interés, y uno de los que teníamos muy cerca de allí es el Manneken Pis, considerado el monumento o estatua más visitado de Bruselas y al que los belgas profesan más cariño.

Para encontrarlo dejamos a un lado el mapa de calles y seguimos el consejo acuñado por un seguidor de este blog para estos casos: "hay que seguir a la masa aborregada", o sea ver hacia donde se dirigen masivamente los turistas, incluído los centenares de japoneses que parecían haber sido descargados de containers.

Con sus cámaras al cuello y sombreritos de ala estrecha para protegerse del sol, que por momenos nos bendecía con su presencia, los japoneses, todos de corta talla y muchos en edad de jubilación, avanzan por las calles en grupos compactos dando la impresión de que todo lo tienen planificado; saben a dónde van.



Caminando por una estrecha calle, vimos que a pocos metros, en una esquina, se habían aglomerado muchas personas. Allí debía estar! Y así fue: ante nuestros ojos, el Manneken Pis. Que no es más que una pequeña estatuilla, casi oculta en una ochava, aunque se trata de una copia pues el original, fabricado en 1619 en estilo renacentista, fue robado en 1960.

Hay varias leyendas sobre sus orígenes pero la que parece más verosimil dice que se trata del hijo de un famoso escultor que se perdió y que luego fue encontrado orinando en el lugar precison donde se levanta la pequeña estatuta.



 Réplicas de este niño que iba a ser famoso pueden encontrarse en todos los sitios, ya sea en chocolate -otro motivo de orgullo de los belgas- o en souvenirs de Bruselas, de esos que pueden imantarse en las puertas de las neveras. Tomamos las consabidas fotos del Manneken Pis y lo dejamos librado a su suerte ante el ametrallamiento de disparos de las cámaras.

La estatuilla nos pareció algo curioso, pero poco más, así que continuamos en busca de nuevos objetivos. Seguimos avanzando entre restaurantes que han invadido las calles petonales del sector céntrico y nos despedimos de esos establecimientos con fotos de día y de noche, y con sus ofertas de menús en los que no podían faltar obviamente los mejillones, servidos en ollas de color negro, cuyas tapas se utilizan para depositar las conchas. Un fiasco.... y caro


Otro de los puntos de visita turística "obligada" en Bruselas es el Atomium, la representación de nueve átomos aumentados 150.000 millones de veces, construído como emblema de la Exposición Universal de 1958. Está en las afueras de la ciudad y se llega facilmente por Metro. Hacia allí nos dirigimos en ese medio de transporte, munidos de los correspondientes tickets adquiridos en máquinas expendedoras, pero de no tenerlos igual hubiéramos llegado.

Las entrada y salida de las estaciones de Metro es totalmente libre y no vimos ningún tipo de control; todo el mundo va y viene como Perico por su casa. ¿Habrá controles en algún momento? Nosotros no vimos ninguno. Curioso.



A distancia, las brillantes nueve esferas de acero-aluminio impresionan, más cuando uno se coloca debajo de la estructura de 102 metros de altura. Ya que estábamos allí, oblamos los nueve euros de la entrada (caro) para ascender hasta la esfera superior, desde dónde se podían registrar fotografías panorámicas de la ciudad.



El precio de la visita permitía ir bajando luego hacia los átomos inferiores para visitar las distintas exposiciones, las que en verdad, nos defraudaron totalmente. Una de las esferas proponía adentrarnos en la Antártida tuvimos que atravesar un pasillo con las paredes recubiertas con lienzos blancos (una pobre representación de los hielos eternos) para llegar a un recinto donde se proyectaba un documental sobre pingüinos, y se ofrecían algunos otros datos.

En otra de las relucientes "bolas" sus muros convexos contenían fotografías enormes de personalidades que en algún momento habían visitado el atomium. Otras estaban cerradas al público y la esfera dedicada a bar brillaba, pero por la ausencia de oferta gastronómica. En resumen. El atomium por fuera: digno de verse. Por dentro: silencio piadoso. ¿Sabían esto los japoneses? Porque no vimos a ninguno en el interior.



El turno de las iglesias
La visita a iglesias durante nuestra estadía en Bruselas se limitó a sólo dos. Una, monumetal por su tamaño y la otra, una muestra de pulcritud y buen gusto. La primera es la quinta mayor del mundo pero su estilo Art Deco y su relativa modernidad (comenzó a construirse en 1905 y fue terminada en 1971) no llega a emocionar como pueden hacerlo otras famosas basílicas o catedrales cargadas de historia.


Se trata de la Basílica de Koekelberg, o del Sagrado Corazón, construída para conmemorar el 75 aniversario de la independencia de Bélgica. Su interior, de enormes columnas y paredes lisas y practicamente desnudas, transmite poco más que admiración por sus dimensiones.

La otra visita fue para la catedral de Bélgica. Su aspecto exterior no es muy impactante, pero al ingresar el visitante no puede menos que quedar extasiado por su maravillosos vitrales, la pulcritud de su construcción y el buen gusto arquitéctonico y artístico en cada uno de sus rincones.


La catedral de San Miguel y Santa Gúdula, patrona de Bruselas, fue levantada entre los siglos XIII y XVI, y restaurada entre 1983 y 1989, de ahí su buen estado de conservación y magnífico aspecto. Como esta nota no es una lección de historia, nos limitaremos a reproducir algunas fotografías de este bello templo y resaltar que su visita no defraudará a quienes saben apreciar las obras de arte. Nos despedimos de Bruselas con las imágenes de Santa Gúdula y San Miguel.
Próxima nota: Los jardines del Palacio Real





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