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8 de mayo de 2014

Hace tres años...

En los próximos días se cumplirán tres años desde que cardiólogos, personal médico y la solidaridad espontánea de muchas personas desconocidas en una apartada región de Turquía (¡sí!, Turquía, tan lejos de mi casa), se empeñaron en agregar un plus a mi existencia terrenal, después de un infarto que "fulminó" definitivamente y de manera irrecuperable el 43 por ciento de mi corazón, la mitad del lado izquierdo.

Me es imposible proseguir con ese relato sin mencionar, claro está, el apoyo de los hijos, a más de 2.000 kilómetros de distancia, y la entereza de mi esposa Beatriz que, sola en un paraje desconocido entre gente que no hablaba su idioma y ante la visión del marido en terapia intensiva, con brazos y estómago amoratados de tantas inyecciones, en ningún momento perdió la calma. (En una hipotética situación inversa dudo que yo hubiese mantenido la misma sangre fría). Si la procesión iba por dentro, ella lo sabe más que nadie.

Pero también es cierto que todo fue una cadena de solidaridad y nunca está demás reiterar agradecimientos a tantas personas que se involucraron, aunque ninguna de ellas se entere de que estas líneas han sido escritas. Es entonces una necesidad personal esta manera de expresar a tres años vista, mi gratitud, una de las palabras de mi vocabulario que más me gustan.

¿Y cómo funcionó esa cadena? La historia está relatada a lo largo de tres notas reunidas bajo el título de "Sucedió en Capadocia", pero sucintamente, estos fueron los "eslabones" de la cadena.

Cuadro de situación. Éramos parte de un grupo de turistas que visitaba la región turca de Capadocia, a cuyos integrantes habíamos conocido al llegar a Estambul.

El infarto se produjo en un lugar apartado, lejos de zonas pobladas.

Comienza la cadena:

UNA ENFERMERA española que integraba el grupo tomó las primeras decisiones. Me dio una aspirina y pidió una pastilla sublingual de nitroglicerina. La enfermera ofreció abandonar el grupo y acompañarnos; no fue necesario.

UN MIEMBRO del grupo tenía la pastilla (¡suerte!) y me la dió.

EL GUIA (búlgaro) intentó llamar por teléfono a su hijo médico en Estados Unidos para pedirle consejo.

ALGUIEN se ocupó de llamar a una ambulancia.

A los pocos minutos llegó una ambulancia vieja y destartalada, me sentaron en una silla de ruedas y me llevaron a un pequeño dispensario por caminos en mal estado. Mi camilla se balanceaba peligrosamente debido a los saltos del vehículo y a la velocidad.

El personal del DISPENSARIO me examinó de urgencia y ALGUIEN llamó a la población importante más próxima para decir que me llevaban a lo que resultó ser una clínica privada.

Otro viaje terrible en ambulancia con Beatriz al lado mío. Nos habíamos separado del grupo y estábamos solos entre turcos con los que era imposible entenderse.

 La atención en la clínica fue inmediata. Traslado urgente a una sala especial donde ENFERMERAS turcas con la cabeza cubierta por un pañuelo o como se llame, eran dirigidas por un MÉDICO que impartía órdenes constantemente. Tres inyecciones en cada brazo, otras en el estómago, mientras me conectaban los cables para un electrocardiograma. En medio de una nebulosa y con dificultades para respirar veía a muchas personas a mi alrededor hasta que me desmayé. Cuando recuperé el conocimiento, tenía ante mí a un CARDIÓLOGO turco quien ¡oh albricias! balbuceaba algunas palabras en inglés, lo suficiente para que pudiéramos entendernos ¡al fin!. Me explicó que había sufrido un infarto muy serio y que iba a estar varios días internado (debíamos viajar de regreso dentro de dos días). Obviamente, eso era imposible.

ALGUIEN, un joven turco que hablaba español, se ofreció a mi esposa como intérprete y le facilitó el traslado al hotel para recoger nuestras pertenencias y regresar a la clínica dónde íbamos a estar los próximos días.

HIJOS, que al enterarse decidieron que uno de ellos debía viajar a Turquía. De común acuerdo insistimos en que no era necesario. Llamados diarios para ver como seguía.

UN SOBRINO MÉDICO que me llamó a la medianoche al hotel para interiorizarse de mi estado y ofrecerme su ayuda. Gracias Alejandro!

Panorama incierto pero aquí hace su aparición MONDIAL ASSISTANCE. Antes de viajar habíamos contratado un seguro médico para ambos en esa organización. Pocas veces tomamos una decisión tan acertada, ya que por el módico pago de 21,40 euros por cada uno de nosotros, apenas enterados de lo ocurrido (tras llamado telefónico de Beatriz) la organización se hizo cargo de la situación y asumió TODOS LOS GASTOS (atención médica en la clínica privada, gastos de hotel por días adicionales, e inclusive el envío de un médico que viajó de Madrid a Turquía para acompañarme en el regreso a casa). Se habló de muchos miles de euros pero nunca supe la cifra exacta.

El MÉDICO, Didio da Silva, nos dio una tranquilidad especial por su modo de comportarse, por su bonhomía y don de gentes. Traslado del hotel de Turquía hasta el aeropuerto en silla de ruedas y ambulancia, viaje en clase business y traslado del aeropuerto de Barcelona en ambulancia hasta la puerta de mi casa en Mataró. Un apretón de manos y fin de la intervención de MONDIAL ASSISTANCE.

La continuación de la historia fue el ingreso al Hospital de Mataró, atención de cardiólogos, cateterismo, resonancia magnética, etc. etc. Hoy, a tres años he podido contarlo y agradecer nuevamente a toda esa CADENA HUMANA.
-José Trepat

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25 de mayo de 2012

Un año

Se cumple un año de aquello que Sucedió en Capadocia


Un año en el que la vida continuó CASI con normalidad (el CASI abarca un abanico de cambios poco visibles pero reales). De todas maneras, un año positivo porque me ha permitido compartir el crecimiento y advenimiento de nietos, respirar aire puro y leer muchos libros.

Hoy también es un buen momento para recordar a TODOS los que se acordaron de mí en esos difíciles momentos, y no solo se acordaron sino que hicieron lo indecible para superar esa contingencia. Mi gratitud hacia TODOS ellos es eterna y si quien lee esto se siente identificado, sabe que este mensaje le incluye. ¡Vamos a por la segunda velita!.
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15 de febrero de 2012

La manguera


Tirar de la manguera puede resultar caro, engorroso y desquiciante. Ese adminículo ondulante, flexible y travieso, no tiene sin embargo vida propia. Debe ser guiado por una mano firme y ducha en esos menesteres, hasta el sitio más recóndito al que nadie puede llegar. Una vez allí cumple su cometido y se retira, o la retira la misma mano experta. Pero a veces, esa mano olvida que la manguera es débil, le falta rigidez, y solo puede alargarse o encogerse según la presión a que sea sometida. Las paredes que protegen el conducto interior, por el que sólo pasa aire y polvo, son de una materia poco resistente que, con el trajín que se le impone, suele agrietarse. La fisura puede obturarse con un apósito, hasta que se produce otra y otra. La mano, entonces, se relaja, la suelta y se escucha una voz: “esta ya no sirve más”. La manguera, heroína de mil batallas, ha muerto!

Nos referimos, claro está, a la manguera de la aspiradora doméstica, hecha de plástico corrugado, que debería tener una larga vida si a lo que es su misión específica no se le suma la función de cadena de arrastre de la máquina a la que está conectada.

El siguiente es un caso real que retrata con total fidelidad la manera en que una humilde manguera de plástico puede desquiciar la rutina diaria de un jubilado septuagenario que se ha visto arrastrado a la historia sin fin de conseguir una reemplazante, una hermanita gemela de la maltrecha manguera original.

Los personajes centrales de la historia son una esposa y su marido.

En un momento determinado, la esposa decide poner fin a la vida activa de la manguera, y abre una página de Internet como paso inicial para la búsqueda del respuesto. El marido da su aprobación mientras observa con cierta nostalgia los innumerables remiendos a que fue sometida la manguera buscando alargar su utilidad. Inclusive se regodea una vez más con su ingenioso invento de atar el extremo de un cable al cuerpo de la aspiradora y el otro a la punta de la manguera, de manera tal que al desplazar la máquina la tensión la asuma el cable y no la debilitada manguera.

 La esposa hace la consulta en Internet y recibe respuesta: hay una casa de repuestos a unas 15 calles de su domicilio. “OK. Mañana voy, dice el marido, y asunto solucionado”.

 Al día siguiente, provisto de los restos de la manguera y del código respectivo, el marido aprovecha la obligada caminata diaria y así llega hasta la casa de respuestos. Por supuesto, no estaba ese modelo, pero sí podìa comprar una manguera “universal”. Según el empleado, no había más que sacar la vieja y conectar la nueva. “Ah bueno, si es so nomás, ya lo hago yo”, dijo el marido, que salió muy orondo con su compra.

De vuelta a casa, el marido se dispuso a completar el trabajo en cinco minutos y luego seguir con sus cosas (tiene un blog y pensaba dedicarse al mismo durante la tarde). Pero después de un rato, sus neuronas no se pusieron de acuerdo sobre cómo debía hacer ese sencillo trabajo. Los minutos se hicieron más de una hora de mirar, probar y pensar, hasta que finalmente desistió. “Mañana vuelvo a la casa de respuestos”, dijo resignado.

 Dicho y hecho. Otra caminada obligada. “Ayer compré esto aquí pero no sé como se conecta”, le dijo al vendedor. “Yo tampoco porque este modelo no se puede conectar a la manguera universal. Hay que comprarlo todo entero”. ¿Y por qué no me dijeron ayer? “Yo no lo atendí”, dijo el empleado (era cierto). “Bueno, deme la manguera completa”. “Este modelo no lo trabajamos nosotros”. “¿Y ahora que hago”. “Vaya donde la compró y pregúntele a ellos”. “Allí no venden repuestos” “Que le digan donde los venden”. ¿Y usted no lo sabe?”. “No”. El marido le entrega la manguera “universal”, recibe el reintegro y se larga de allí, no tan orondo como la víspera, más bien un poco mosqueado.

Al día siguiente se dirige a Media Markt, lugar de la comprar de la aspiradora Rowenta. En el mostrador de reclamos pide directamente la dirección de la casa de respuestos. “Puedo darle el teléfono del servicio técnico”. “Bueno, si lo único que puede darme es eso, es como para pensarlo dos veces antes de comprar otra cosa aquí”. El empleado miraba a la distancia como pensando “Y a mí que corno me importa”. 

De vuelta en casa, el marido llama a ese número y pregunta por el respuesto. “Sí, hay que pedirlo, venga antes de que cerremos y lo pedimos. Estamos en la calle Diputación….” “Pero eso es en Barcelona y yo estoy en Mataró, y como no soy Superman no voy a poder llegar a tiempo”. “Ahh Mataró, entonces la daré un número para que llame…. Es el 93…….., adeu”. “Adeu….” 

 El marido hace un nuevo llamado. Al ser atendido pregunta por la dirección. “Calle tal y cual número tal. “Gracias, quiero un repuesto para una aspiradora Rowenta, le paso los datos? “Ahora no que no funciona el ordenador. Venga a la tarde después de las 17:00”.

 A esa hora el marido no podía ir. Irá mañana, pero con la terrible duda de si esta historia alguna vez tendrá un colorín colorado.

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8 de febrero de 2011

Chau querido tano


(Escrito en "argentino")
Sabés cuántas veces hablamos de cruzar el Mediterráneo, alquilar un auto y llegar hasta Ancona para darte un abrazo después de tantos años? Por qué no me esperaste? En algún momento íbamos a hacerlo.

Pero hace apenas unas horas recibí el tremendo cachetazo y me di cuenta de golpe de lo rápido que pasa el tiempo. Un tiempo que muchas veces perdemos tontamente y no hacemos aquello que realmente deseamos. El tiempo perdido no se recupera; sencillamente porque es otro tiempo, el pasado ya no vuelve. Y entonces, que nos queda? Recuerdos, muchos recuerdos. Hay quienes no quieren vivir de recuerdos, pero están allí y en estos casos afloran con mayor intensidad. Tengo ganas de compartirlos con vos tano porque estás en muchos de ellos.

¿Sabés quién te escribe esto? Claro, Giusepe, porque para vos siempre fui Giusepe de la misma manera que para mí fuiste “el tano”. Llamarnos José y Cristian parecía demasiado formal, y ambos estábamos muy mimetizados con la idiosincracia de los argentinos, esa de encajarle un sobrenombre a todo lo que se menea. Acompañame un rato en este viaje al comienzo de nuestra amistad… porque yo te considero un amigo, espero que vos también. Decir amigo es en mi opinión acotar bastante nuestra relación con la gente que nos rodea. No cualquiera puede ser amigo; tienen que confluir muchas cosas, muchas circunstancias y muchas pruebas a las que nos somete la vida.

Fijate que no te veo desde hace como veinte años o más, creo que fue cuando Nany y vos nos visitaron en Munro y dejaste una cadenita de oro para Ana, porque sos su padrino. Hasta en eso nos parecemos porque acordate que yo también soy padrino de tu hija. Pensemos en las coincidencias: un tano y un gallego, representantes de las dos colectividades que construyeron la Argentina, para bien o para mal, que cada uno lo interprete a su manera.

Como te digo, emigrantes ambos de países devastados que recalaron en Argentina y se conocieron por noviar con dos íntimas amigas que más adelante se convirtieron en nuestras respectivas esposas, también para bien o para mal desde el punto de vista de ellas. Y este es un detalle que nos unió muy fuertemente: Giusepe y el tano colocaron casi al mismo tiempo, los cimientos de lo que hoy son dos sólidas familias. Como en los edificios, fuimos levantando paso a paso esas estructuras que en conjunto aportaron siete nuevos habitantes a ese país que nos había recibido.

Si mal no recuerdo, nos conocimos en La Rural un 20 de agosto de 1966. Me acuerdo muy bien de ese día por un motivo personal. Me caiste bien de entrada y creo que yo también a vos. Menos mal porque a partir de ahí salimos muchas veces los cuatro. Tenías un carácter fuerte, pero era sólo una fachada. En realidad no eras capaza de matar a una mosca. Como buen tano –me gusta mucho la manera de ser de los italianos- te veía extrovertido y un poco gritón, pero en el fondo no eras más que un “duro sentimental” como mi admirado Humphrey Bogart.

Yo te seguía la corriente porque me sentía cómodo en tu compañía y en la de las dos pebetas de barrio que iban a ser nuestras compañeras de por vida. Congeniábamos muy bien y nos plegábamos de buen grado a las sugerencias de ir aquí o allá que proponías junto con Nany. Así nos hicimos asiduos clientes de La Fontaine, eso que entonces se llamaba boite y que no tenía nada que ver con las discotecas actuales. Allí se iba para compartir una copa, hablar y bailar con la pareja, al ritmo de una música que hoy pasó al olvido (Altemar Dutra, Mina, Milva). Nada de drogas ni de música estridente que te destroza los oídos y te impide mantener la más mínima conversación. Los jóvenes son “locos pirdidos” como dice un italiano que conocí en mi último empleo en España antes de jubilarme.

Tano, tenemos muchas anécdotas pero me acuerdo de cuando se te ocurrió ir un fin de semana a San Bernardo en un Iseta con capacidad para dos pero viajamos cuatro además de tu entonces pequeño hijo Cristian (porque ustedes ya se habían casado). Emprendimos el regreso bien entrada la noche viajando por un camino de tierra bastante poceado –hoy está asfaltado, faltaría más- todos apilados en el Iseta que se abría por delante.

En un momento dado dijiste: “Giusepe, te voy a enseñar una colonia de cangrejos” y aparcaste el coche al lado del camino. Saliste rápidamente. “Presto, presto Giusepe” me decías mientras corrías hacia una oscuridad total en esa noche sin luna. “Esperá que no se van a ir” te dije. Entonces me di cuenta de que no te importaban los cangrejos sino vaciar la vejiga. Cuánto recato tano, que respetuosos que éramos!.

Y cuando se te dió por la pesca y nos citaste en la laguna de Chascomús? Allí llegamos en nuestro coche y los encontramos en un camping. Vimos a Nany y alguno de tus hijos, pero vos no estabas. “¿Y el tano, dónde está?”, preguntamos. “Allá en la laguna”, dijo Nany, palabra más, palabra menos. Hacia allí fuimos. Te habías enfundado en un traje de goma que te llegaba hasta el hombro, aferrando una super caña de cuatro metros con la que pretendías dejar la laguna sin peces. No pescaste ni uno, tano!

Y cuando salíamos los cuatro en el auto de ustedes, te habías inventado una cortinilla que dividía los asientos delanteros y traseros para que las conversaciones pudieran ser privadas si así lo deseaban los ocupantes.

Pasó el tiempo. Cada uno intentando sobrevivir de la mejor manera posible en una Argentina difícil. No nos veíamos muy seguido pero la mistad seguía existiendo. Te fuiste a Italia con tu mujer y tus hijos en busca de un futuro mejor. Se hicieron cargo de una fábrica de pastas y cuando nosotros también emigramos, habíamos decidido visitarlos en Ancona. Pero iba a ser de sorpresa. Yo pensaba disfrazarme, entrar en la tienda de las pastas y allí armar una escena a ver si me conocías. Se me frustró el plan, tano, no pudo ser.

No obstante, siempre quisimos hacer ese viaje. Incluso lo pensamos cuando visitamos Roma, Florencia y Venecia, pero por una cosa u otra lo postergamos. Una lástima.

Los años se nos vinieron encima a todos. Los amigos de la juventud van dejando lugar a otras relaciones que sin embargo no pueden sustituir a las que forjamos en una época irrepetible de nuestras vidas. Tano, sos parte de mis sentimientos, y los sentimientos no envejecen. Si alguien nos extraña es que hemos dejado algo.


Nosotros te vamos a extrañar.
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28 de diciembre de 2010

Sensaciones

A todos nos gustan los regalos navideños. Agradecemos por igual los modestos, valorando la intención, y los llamados "caros", valorando el esfuerzo además de la intención.



Lo que corresponde es agradecerlos, de la manera que uno sabe y puede. Aunque hay veces en que no se encuentra la actitud más adecuada.

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Un sobre debajo del plato navideño, una tarjeta y unas palabras manuscritas, pueden convertirse en un precioso regalo. El agradecimiento puede ser apenas un cruce de miradas. A veces no hacen falta las palabras; una bonita excusa para quien en ese momento no las encuentra.

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4 de octubre de 2010

Momentos



Dia muy importante para las pequeñas mascotas:

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Primer día de guardería para Paula.

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Esa dulce sonrisa no presagiaba en absoluto que a los pocos días, siniestros virus agazapados entre sus compañeritas/os, la tumbaran despiadadamente con fiebre, otitis y faringitis. Pero ya está recuperándose y muy pronto volverá a ser la de siempre!

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Matías dispuesto a partir hacia su primera jornada de "Salita de tres", una nueva etapa en su educación.


Tenemos noticias de que la adaptación ahora es buena, después de un áspero comienzo en las relaciones con los demás.
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Paula y Matías ya han comprobado que al trasponer las puertas de sus casas, deben aprender a estar casi "solos ante el peligro", con los momentos de hostilidad, tolerancia, solidaridad, y las mil facetas que les tiene preparadas la vida diaria.

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29 de agosto de 2010

¡Mejor imposible!

Con las textuales palabras del título resumió nuestra "hormiguita viajera", protagonista una vez más de la sección VIAJES de este blog, su visita de una semana a Menorca, la menor de las islas Baleares, a solo 30 minutos de avión desde Barcelona.

En esta ocasión, ella y su compañero de viaje, el ínclito JM, optaron por una excursión compartida con un grupo de amigos que se complotaron para alquilar una casa y compartir techo, mesa y sobre todo, el sol que los "castigó" durante toda su estadía.



Alejada de la contaminación que conlleva la cercanía de las grandes urbes, la pequeña isla todavía agreste en gran parte de su extensión, recibió al grupo de turistas en vacaciones, con lo mejor que puede ofrecer: un sol luminoso y aguas absolutamente cristalinas.


Según nos relató la impenitente viajera, ninguno recordaba haber visto tal transparencia en las aguas del Mediterráneo, que llegan mansamente a las pequeñas y tranquilas playas llamadas calas, o sea muy pequeñas entradas del mar que circundan ya sea acantilados de poca altura o frondosos bosquecillos que dan al agua un increíble color verde esmeralda.

En esas aguas -cuenta la viajera- tuvieron ocasión de observar nitidamente numerosas variedades de peces de colores, algunos de tamaño considerable, con solo colocarse unas antiparras y sumergirse pocos centímetros. Los peces no huían sino que los rozaban casi, como dándoles la bienvenida.


Agrega la viajera que fue un acierto haber alquilado anticipadamente un automóvil -que los esperaba en el aeropuerto a su llegada- y así poder visitar bastantes calas, aunque el tiempo no les alcanzó para hacerlo con todas.


Al igual que en el resto de España durante esa semana, en Menorca hizo mucho calor, pero eso no representaba un problema sino todo lo contrario, pues tenían el agua de mar a "dos pasos". Incluso en las noches cálidas aprovecharon la piscina que tenía la propiedad, un aditamento más para que la estadía fuese perfecta.



A diferencia de su hermana mayor, Mallorca, lugar de veraneo de la familia real española y del jet set internacional, Menorca puede recorrerse rapidamente si tenemos en cuenta que hay solo 50 kilómetros de un extremo a otro.


El alojamiento del grupo estaba situado justo en la otra punta de la capital de la isla, Mahon, que por circunstancias diversas no alcanzaron a visitar.


El blogger, o sea, quien escribe estas líneas, olvidó comentarle con antelación que Mahon tiene un valor que podríamos llamar sentimental, pues el abuelo paterno de la viajera estuvo allí recluído en un campo de concentración franquista durante la Guerra Civil, y tal vez se conserve aún alguna placa o rastro de esa época.

En la breve conversación que pudimos mantener con la viajera, nos contó que desde los promontorios que están en la costa pueden verse espléndidas puestas de sol, como las que muestran las fotos adjuntas.


Una vez más, la viajera nos ha permitido compartir vivencias en el marco de su peregrinaje por sitios a los que no suele volver, porque, habiendo tanto para conocer, ¿por qué repetir escenario? Estamos de acuerdo.


París, Londres, Roma, Amsterdam, Florencia, Pisa, Venecia, Roma, Duvronik, Bruselas, Brujas, Gante, Egipto con sus pirámides y el Nilo, Praga, Viena, Budapest, Bosnia, Cubells, Burgos, Artesa de Segre, etc., son sitios ya hollados por la hormiguita viajera y el ínclito. ¿Cual será el próximo?


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17 de diciembre de 2009

Aquellas cenas y aquella calidad humana

José Trepat

La cita era a las nueve de la noche. El lugar, un restaurante elegante de Buenos Aires.
Como todos los años, la empresa en la que trabajaba, la agencia británica de noticias Reuters, había organizado la tradicional cena de fin de año para todo el personal, sin distinción de escalafón.

Poco antes de la hora fijada comenzaban a llegar los empleados con sus esposas/os o parejas –al fin y al cabo, desde directivos hasta ordenanzas, todos estábamos bajo el denominador común de asalariados-.

Algunos lo hacían en sus propios automóviles, otros preferían llegar en taxi y los menos pudientes utilizaban el transporte público.


A todos nos recibía el Director General de la agencia, normalmente de origen británico (conocí a varios en mis 30 años en Reuter).


Ese gesto de urbanidad y buenos modales nos igualaba a todos, sin distinción de cargos jerárquicos, y nos permitía confraternizar y conocernos mejor. Ese era el propósito del encuentro, además de agradecer el esfuerzo realizado por todos a lo largo de un año.




Reuters, que como toda empresa comercial, quería ganar dinero, aplicaba esa política tan simple y efectiva: pagar salarios adecuados y tratar a sus empleados con respeto; no hacían falta capataces blandiendo un látigo como en una plantación de caucho, sino que todos nos esforzábamos por hacer bien nuestro trabajo, pues nadie quería perderlo.



Al preparar esta nota, que pretendía tan sólo ser una pincelada y un recuerdo fugaz de una época pasada, me vino a la mente un nombre, cuando en los párrafos precedentes me referí al Director General de la agencia.

Entre los varios que ocuparon ese cargo a lo largo de tantos años, elegí a éste en especial por considerarlo un paradigma de cultura y buena educación, fundamentos esenciales en las relaciones humanas. En este caso, esos atributos emanaban de su propia personalidad.

En busca de algún dato adicional recurrí a Google y cual no sería mi sorpresa al leer en el diario inglés The Independent el obituario de su muerte, acaecida en 1993. La sorpresa está en que su vida fue tan intensa y apasionante que supera con creces lo que pude haber imaginado. Mientras tuve contacto con Patrick Crosse, la discreción y su carácter reservado eran otras de sus cualidades.

Son muchas las personas que uno conoce en su vida y cada uno de nosotros decide la trascendencia que puedan haber tenido en nuestro crecimiento. En el caso de Patrick Crosse puedo decir que siento un profundo orgullo de haber trabajado a sus órdenes.

Con toda la apariencia de un perfecto caballero inglés, alto, delgado, con trajes de corte perfecto y siempre con su inseparable bastón, Patrick Crosse llegaba a la oficina por la mañana y saludaba cortésmente a los empleados antes de ingresar en su despacho para seguir trabajando en la difícil tarea que tenía asignada: crear una especie de agencia latinoamericana de Reuter, como lo había hecho previamente en Medio Oriente, Asia y Africa.

Para llevar su gestión a buen puerto debía mantener duras negociaciones con los gobiernos y dueños de diarios de la región. Dada la variedad de regímenes y tendencias políticas, ya podemos imaginarnos lo complicado que eso podía ser. Pero sin duda estaba capacitado para ello. Por eso lo habían enviado.

Leyendo su obituario en The Independent me entero ahora de que durante la Segunda Guerra Mundial, mientras trabajaba para Reuter como corresponsal en el norte de Africa, fue tomado prisionero por los alemanes y estuvo dos años en un campo de concentración.

Durante su encierro se las ingenió para crear un pequeño diario convenciendo a los alemanes de que podía ser algo interesante y divertido; en realidad le servía para transmitir a los aliados información importante.

Después de la guerra y tras pasar algún tiempo hospitalizado en Suiza para recuperarse de las experiencias de la contienda, volvió a la agencia como Director de la oficina de Roma. Allí conoció y se casó con Jenny Nicholson, hija del poeta Robert Graves (Yo, Claudio).

Su esposa, periodista como él, murió prematuramente en 1964, y quizás a partir de ese golpe, la personalidad de Patrick Crosse mostró un carácter más reservado.



Entre distintas asignaciones, escaló el Everest y desarrolló tareas en Pakistán y Singapur. Tenía un dominio perfecto de los idiomas francés, italiano y español, además del inglés.



Patrick Crosse, amante de la música y el teatro, se retiró a los 55 años, por considerar que ya había cumplido su misión, después de la que fue su última asignación: su período en Buenos Aires entre 1966 y 1972. Fue en esa época cuando tuve el privilegio de conocerlo. Pensar que un día le pedí una audiencia para solicitar un aumento de sueldo. Me recibió con toda cortesía y con exquisitos modales y argumentos, me trató de egocéntrico y me convenció de que mi pedido era improcedente.

Uno conoce a muchas personas; algunas son inolvidables.
Esta nota puede no haber interesado, pero después de escribirla me siento mejor.
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14 de mayo de 2009

Todo un personaje



josé trepat

Es alto, espigado. Debe andar por el metro ochenta y su apelativo de “flaco” le cuadra perfectamente. Pero las características físicas no es lo que más importa cuando se intenta trazar la semblanza de un determinado congénere.

Unos miembros huesudos o un abdomen prominente quedan relegados a un segundo plano para quienes preferimos juzgar a las personas por su manera de encarar la vida y relacionarse con los demás. En definitiva, por su personalidad integral.

El “flaco” forma parte del grupo de personas que se mueven dentro de nuestro círculo de afectos y a las que valoramos por conocimiento personal.

Existen otros personajes que aportan plenitud a nuestras vidas, por su actividad en el mundo de la cultura en sus más amplias manifestaciones, pero su influencia nos llega a través de sus obras y no del trato directo. Cada uno de nosotros tendrá su propia lista de referentes. Un libro, un aria de ópera, una pintura, un descubrimiento científico, un deportista, y hasta un político decente, despiertan nuestra admiración, no para emularlos –tarea titánica para la mayoría de los mortales- sino para hacernos ver que muchas cosas son posibles.

El personaje central de esta nota es fiel seguidor registrado de este blog al que aporta agudos comentarios y expresiones de apoyo que mucho valoramos. Pero no es esta la razón de la presente entrada. Va un poco más allá.

En estos días se cumplen quince años de la “fundación” de una singular “asociación” que se dio en llamar LOS PRIMOS, que como su nombre lo sugiere, reúne una vez al mes a un grupo heterogéneo de miembros de ese vínculo familiar, ya sea en un restaurante o en la casa particular de alguno de ellos en Buenos Aires.

El primer encuentro fue eso, una reunión de primos directos con sus respectivos consortes, creo que en total éramos ocho matrimonios. Actualmente las fronteras se han abierto y ya no hay solo primos, sino hijos de primos, nietos de primos, novias de hijos, etc. etc. El espíritu sigue siendo el mismo: fortalecer los lazos familiares, y uno de los objetivos básicos también sigue siendo el mismo: comer todo lo que el cuerpo aguante.

Si alguno de los integrantes iniciales del grupo lee estas líneas, tal vez me corrija, pero estoy casi convencido de que el alma mater, o en este caso, el alma pater , si me permite el neologismo, de todo este proyecto que tanto ha ido creciendo, es nuestro “flaco”.

¿Quién redactó el “acta fundacional”? : El flaco!

¿Quién se tomó el trabajo de preparar una carpeta para cada uno en las que incluía textos y fotos de domicilios antiguos y actuales?: El flaco!

¿Quién instituyo el HUEVO (ya sea de PLATA, ORO O TITANIO) que se entrega mensualmente a quién se lo considera merecedor? El flaco!

¿Quién sugirió que cada uno presentara un objeto familiar antiguo que de alguna manera hubiese representado algo importante para sus vidas? El flaco! . (Aunque desconozco si esto se llevó a la práctica).

Seguramente me han quedado en el tintero otras muchas iniciativas del flaco u otros miembros del grupo.

El “flaco”, ávido lector de libros de historia, investigador y polemista, es también un profundo y orgulloso conocedor de su querida Buenos Aires.

Pero sobre todo, es un gran tipo.

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21 de noviembre de 2008

Cuando un amigo se va (I)

José Trepat

Prólogo
La siguiente nota puede ser leída por quien lo desee, para eso está en el blog, faltaría más…pero quienes le encontrarán más sustancia son aquellas personas que han conocido a los dos personajes centrales de este collar de recuerdos hilvanados a golpe de memoria. José Trepat



Nace una amistad Fueron más de 30 años. Esta es una historia pequeña, mínima, de amistad sin concesiones, en los que mi amigo y yo compartimos todas las alegrías y sinsabores de una trayectoria laboral que nos llevó a escenarios diversos –algunos insólitos- pero con una particularidad: siempre coincidíamos en el debut y despedida en todas las actividades que desarrollamos.


Mi relación con Enrique Emilio Santiago Alesón en lo que hace a esa dualidad, comenzó en el año 1961 y terminó en 1994 con el cierre de la sede central de la Agencia de Noticias Reuters en Buenos Aires, y su traslado a Estados Unidos. Allí culminó una trayectoria conjunta de exactamente 30 años en un mismo lugar de trabajo.


Nuestros caminos se bifurcaron con suerte diversa, pero la amistad continuó hasta que, estando ya radicado en España, un aciago día me enteraba a través de un correo electrónico, de que “Piraña” o “el enano”, o “el petiso” , como le llamábamos, había fallecido a la edad de 66 años, un día antes de que finalmente le hubiese sido adjudicada la jubilación que tanto necesitaba para subsistir.


En 1961 comenzó mi vida laboral cotizando para la lejana jubilación argentina…y 47 años después aún sigo aportando a esos fondos del estado que teóricamente nos garantizarían una vejez digna y decorosa. Mis aportes actuales son para la Seguridad Social de España, a la espera de que su contraparte argentina le comunique oficialmente la cantidad de años que he trabajado en el país donde viví 55 años.


Las ilusiones, esperanzas e inconsciencia de los años juveniles nos habían hecho creer a muchos que no tendríamos que depender de la jubilación, pues nuestros éxitos en la vida iban a garantizarnos un muy buen pasar cuando la senectud invadiera nuestros cuerpos y mentes.


Un consejo a los jóvenes: no piensen nunca que no van a necesitarla. Trabajen pensando en que la mayoría dependerá de ese retiro pago para que en las postrimerías de la vida se encuentren preparados para no depender de ayudas externas. Este párrafo ha sido una digresión al paso. Volvamos al meollo de esta nota. “Hola, me llamo Alesón” Ingresé a CIDRA (Compañía Internacional de Radio) empresa de comunicaciones dependiente de la norteamericana ITT (International Telephone and Telegraph).


El primer día de trabajo, un joven bajito, de anteojos oscuros y traje negro, se me acercó y dijo (recuerdo exactamente las palabras): “Hola, me llamo Alesón. Si no nos presentamos nosotros acá no te presenta nadie”. Tenía dos años más que yo. Había comenzado a trabajar allí pocos días antes y era también su primer empleo “serio” después de un período como ejecutante de trombón en un grupo musical en el sur del Gran Buenos Aires, cerca de la localidad donde vivía, Luis Guillón. Ninguno de los dos había terminado los estudios secundarios.


El motivo había sido el mismo: estrechez económica de los padres y necesidad de aportar ingresos al hogar. Muchos años después ambos íbamos a saldar esa deuda pendiente, uno en cursos nocturnos y otro en Bachillerato para adultos. Notamos que había afinidad entre nosotros y enseguida comenzamos a simpatizar.


Eramos auxiliares a cargo las tareas menores como insertar papel carbónico en los formularios de los telegramas o ir a comprar un sándwich o bebidas a quien nos lo pidiera. Sentíamos admiración por los operadores de sistema Morse que enviaban y recibían los telegramas. Nos maravillaba verlos con los auriculares puestos y “escuchando y escribiendo” a través de ese sistema de golpecitos cortos y largos -puntos y rayas- que hoy parece tan lejano y olvidado en los arcones de la historia.


Tal es así que comenzamos ambos un curso de Morse pues veíamos allí nuestro futuro. Nos cansamos pronto del curso. Fue una suerte porque al poco tiempo el sistema Morse fue sustituido por las teletipos, que utilizaba cintas perforadas para enviar y recibir mensajes.


Vino después la conexión punta a punta de esas ruidosas máquinas Siemens u Olivetti, que permitían escribir directamente en el teclado de las mismas. Cuando una de las partes terminaba de escribir finalizaba el párrafo con los signos +?, para indicarle al interlocutor lejano que era su turno.


Habían comenzado las comunicaciones por telex. “Piraña” –bautizado así por un compañero de trabajo- y yo, nos familiarizamos pronto con esa nueva tarea y fuimos ascendidos a “Operadores de Telex”, un gran salto hacia adelante. Yo estaba mejor preparado pues había hecho un curso de dactilografía en las entonces famosas Academias Pitman. Escribía por lo tanto rápido y con los diez dedos, mientras que mi amigo utilizaba sólo tres o cuatro.


Comerciantes frustrados La oficina de telex fue consolidándose con el paso del tiempo y tanto Enrique como yo fuimos escalando posiciones hasta alcanzar los cargos de Encargado de Turno y Supervisor de Telex; éste último puesto me tocó a mí.


El trabajo era interesante y comenzamos a familiarizarnos con el idioma inglés pues nuestra tarea lo requería. Así y todo, los salarios no eran muy buenos, así que elaboramos planes para incrementar los ingresos. Para ello incorporamos a nuestra “sociedad” a Alberto Gutierrez , a la sazón empleado bancario que por la noche venía a trabajar a la oficina de Telex y habíamos congeniado bien con él. “Guti” era hábil con los números pero reacio a cualquier esfuerzo físico; eso quedaba para nosotros.


Decidimos incursionar en el comercio, pero a lo grande. Vestidos de traje y corbata, Enrique y yo visitábamos a dueños de fruterías y nos hacíamos pasar por mayoristas que extendían su actividad al sur del Gran Buenos Aires. Nuestros precios iban a ser los mejores y la entrega estaba asegurada.


Para movilizarnos contábamos con un Rastrojero destartalado que “el enano” había comprado de ocasión. Nuestros recursos financieros eran muy escasos y ni siquiera nos alcanzaban para comprar una batería, de modo que para ponerlo en marcha, lo empujábamos hasta el centro de la calzada hasta que pasaba un camión o un colectivo, o autobús, que no tenía más remedio que darnos un empujón para que pudiera continuar su marcha.


Al entregar los pedidos de la mercadería que comprábamos en el Mercado Central, decíamos al cliente que el camión asignado para la distribución en esa zona estaba en el taller.


Ganábamos muy poco como puede suponerse dada la carencia de aparato logístico. Esa sarta de mentiras no podía durar mucho, como así ocurrió. Decidimos entonces apuntar más alto y citábamos a la oficina de telex a comerciantes que tenían varios negocios de venta. Allí –siempre en horario nocturno, sin jefes a la vista- lo sentábamos frente a una teletipo, y uno de nosotros mantenía una “conversación” con un supuesto exportador de San Pablo, que iba a enviarnos un cargamento de bananas y piñas.


Nuestros clientes observaban con ojos muy abiertos el diálogo que se imprimía en la máquina, sin percatarse de que el “exportador” era uno de nosotros instalado en otra teletipo a dos metros de distancia. No sé que queríamos hacer exactamente pero por supuesto, no concretamos ningún negocio. A esa edad todo eso era una especie de divertimento entre nosotros.


Cabe consignar que jamás estafamos a nadie. Introdujimos entonces una variante en el negocio. Nuestras mentes brillantes pensaron que podía resultar. Cargábamos el trajinado Rastrojero con naranjas compradas al por mayor y nos apostábamos los domingos cerca de un estadio de fútbol, principalmente el de Boca Juniors. Allí vendíamos las naranjas para los aficionados que desearan saciar su sed o simplemente arrojarlas al árbitro de turno. Otro fracaso.


Sin desalentarnos, decidimos entonces instalar un comercio para la venta de frutas, verduras y artículos de almacén, el cual sería atendido por los tres en nuestro tiempo libre. Alquilamos un local en la zona de Belgrano, con todos los requisitos legales de habilitación y permisos. El único dinero que nos quedaba alcanzaba justo para la compra de mercadería para el día de la inauguración. Pero qué pasó?


El día señalado, mi amigo Enrique debía traer la mercadería en su Rastrojero, pero al venir por la avenida General Paz, el castigado motor de la camioneta dijo basta! y se fundió por falta de aceite. Nadie recordaba cuando había sido la última vez que se había cambiado el lubricante, tal vez nunca. Ese domingo el local no fue inaugurado. Nuestro esquema logístico había quedado pulverizado al quedarnos sin vehículo para el abastecimiento diario.


La solución obligada fue que yo me levantara a las cuatro de la mañana, fuera a comprar la fruta y verdura al Mercado de Dorrego y la llevara al local en una furgoneta alquilada. En esas condiciones las ganancias eran mínimas y los gastos –alquiler, impuestos, etc.- muy altos. Ergo: el local fue cerrado con pena y sin gloria.


El día del cierre, un domingo, decidimos jugarnos el todo por el todo con los escasos pesos que teníamos. Fuimos al hipódromo de Palermo y dejamos hasta la última moneda en las patas de un caballo que indudablemente no sabía cuánto dependíamos de su esfuerzo. El animal llegó tranquilamente en el quinto puesto y nosotros emprendimos el regreso a casa. No dramatizamos. Los tres teníamos nuestro empleo y nadie dependía de nosotros. Capítulo cerrado.


Mi relación con “Piraña” se había afianzado. Hablábamos de nuestros fracasos, esperanzas, proyectos, pero siempre con humor y afinidad de criterios. Nos encontrábamos los domingos para ir al fútbol –el simpatizaba con Boca y yo con River- y también los sábados a la noche para asistir a la velada de boxeo en el Luna Park. Nuestro mutuo interés por el deporte fue lo que nos abrió las puertas del periodismo, como se verá más adelante. (Continuará)


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